Afro-Perú

Una escultura de San Martín de Porres, quien es especialmente en Peru por sus poderes de sanidad. 


Un Legado de Trabajo y de Cultura Negra 

Por Omar H. Alí

Durante más de tres siglos, los flujos de gente, el humo del incienso, y los sonidos de trompetas, campanas e himnos han llenado las calles de Lima a fines del mes de octubre. Cada año decenas de miles de peruanos le hacen homenaje a un fresco de Cristo crucificado pintado por un esclavo angolano del siglo XVII.

La tradición local cuenta cómo la pintura sobrevivió varios terremotos poderosos, incluyendo uno en 1867 que dejó en pie solamente al fresco y al altar debajo de él. Cada año los fieles, muchos de ellos usando túnicas o hábitos de color púrpura, similares a los de las monjas nazarenas encargadas de cuidar la pintura, siguen a una réplica de El Señor de los Milagros por las calles de Lima en la procesión religiosa más grande de toda América Latina.

Entre las masas se encontraba mi abuelita, católica devota y experta en la fabricación de muñecas. Con su vestido púrpura, velo blanco, y llevando una pequeña copia de El Señor de los Milagros, mi abuela Carmela se unía al flujo de peruanos de todas las razas, grupos étnicos y trayectorias detrás del “Cristo Negro” – como también se conoce a la pintura.

Aunque el nombre del pintor de El Señor de los Milagros ha sido olvidado desde hace mucho tiempo, su creación se yergue como un testamento de su vida y de sus compatriotas y mujeres que sobrevivieron la devastación de siglos causada por la trata trasatlántica de esclavos.

El costo humano de la trata trasatlántica de esclavos no puede ser cuantificado y no habrá jamás compensación razonable posible: cualquier intento palidecerá frente a la magnitud de su horror. Sin embargo, sabemos que gran parte de la riqueza del imperio español fue producida por el trabajo de negros esclavizados.

Además de construir gran parte de la infraestructura de Lima, los africanos occidentales y centro-occidentales infundieron sus tradiciones y costumbres a la sociedad peruana que se estaba creando. Su historia es, sin embargo, poco conocida en América Latina y sigue siendo poco conocida aún entre los peruanos de hoy día.

Mi propio viaje a la historia del Afro-Perú comenzó hace unos veinte años cuando mi madre me regaló un pendiente para ayudar a recuperarme después de haber sido atropellado por un carro. Una cara del pendiente tiene una imagen de El Señor de los Milagros; la otra, una imagen de San Martín de Porres.

San Martín de Porres es uno de los santos más célebres del Perú - venerado en particular por sus poderes curativos – quien fue el hijo de una esclava negra y de un funcionario colonial español. Las historias del hacedor de milagros afro-peruano habían circulado en mi familia desde hacía mucho tiempo pero se hablaba muy poco del pasado africano del Perú o de su legado vivo.

La diáspora africana en el Perú se inició en 1527 con la llegada de los primeros soldados negros (ladinos, africanos hispanizados) bajo el mando de Francisco Pizarro. Los ladinos fueron usados para conquistar a los pueblos indígenas del Perú como parte de las incursiones españolas en las tierras imperiales incas. Muy pronto se importaron esclavos africanos no hispanizados (bozales). Con el correr del tiempo, muchos cautivos negros se escaparon y formaron colonias cimarronas (palenques, o comunidades de esclavos fugitivos), algunas de ellas en los alrededores de las haciendas donde habían trabajado y que ahora asaltaban para obtener alimentos y suministros.

Comunidades indígenas completas fueron destruidas como resultado de la guerra continua en el Perú y de su falta de inmunidad a la viruela y a otras infecciones (el ejército invisible más letal de los extranjeros). Los cautivos africanos de guerra eran traídos a través del Atlántico para trabajar en las minas y plantaciones peruanas - es decir para complementar el trabajo de los indios quechuas y aimarás. Durante los tres siglos siguientes decenas de miles de esclavos africanos fueron llevados a través del Atlántico, y del istmo de Panamá para ser embarcados por la costa pacífica al Perú.

Los africanos eran llevados desde El Callao, el puerto de entrada de Lima, a Malambo, donde eran preparados para subasta y distribución. Aproximadamente una cuarta parte de los africanos llevados al Perú por vía del Pacífico permanecieron en Lima; el resto fue vendido a las plantaciones, tales como la temida Hacienda San José, donde hasta 800 hombres, mujeres y niños trabajaron la tierra en un momento dado. Pero muchos escaparon también. Con el correr del tiempo los cimarrones de la hacienda formaron su propio palenque cerca del pueblo de EL Carmen en la Provincia de Chincha.

Aunque la mayoría de los esclavos africanos fueron llevados al Perú por el puerto caribeño de Cartagena en la Nueva Granada, otros llegaron vía Buenos Aires en el Atlántico, desde donde los hicieron caminar a través de las abrasadoras pampas y de los gélidos Andes para trabajar en las minas. Los angolanos, que incluían una amplia variedad de gentes y culturas – fueron los cautivos más prominentes del Perú, seguidos de los del Congo, Mozambique, la Costa de Oro y Senegambia.

Varios cronistas explican la presencia visible negra en Lima durante la era colonial temprana. Como lo anota el historiador peruano Carlos Aguirre en el documental de PBS Black in Latin America (Los Negros en América Latina), narrado por Henry Louis Gates, Jr., de Harvard, Lima fue en una época considerada una “ciudad negra”. La sede imperial recibió decenas de miles de hombres y mujeres esclavizados, cuyas tradiciones, habilidades, culturas, religiones y prácticas espirituales diferían considerablemente. Algunos eran animistas; otros practicaban la veneración ancestral, y otros más eran politeístas aunque había monoteístas – notablemente musulmanes de Senegambia. Muchos practicaban una combinación de estas prácticas religiosas y espirituales.

Como lo describe el historiador Frederick Bowser en su estudio clásico The African Slave in Colonial Peru, 1524-1650 (El Esclavo Africano en el Perú Colonial, 1524-1650), los cautivos en el Perú limpiaban la tierra, construían las calles, llevaban los suministros, y construían las iglesias, casas y palacios de la élite española. De puertas adentro servían como cocineros, encargados de la limpieza, nodrizas y empleados domésticos. Al mismo tiempo, el trabajo urbano africano hacía funcionar la mayoría de las actividades cotidianas de Lima; los africanos y sus descendientes trabajaron como artesanos, vendedores ambulantes, pasteleros, aguateros, jardineros y vendedores de frutas y verduras.

Sus vidas estaban en marcado contraste con las de los esclavos que trabajaban en las montañas. Las tasas de mortalidad en los Andes entre las poblaciones esclavas negras eran particularmente altas y la esperanza de libertad muy débil. Allí, en las entrañas de las minas, los capataces rompían los dorsos y los espíritus de la gente negra, para maximizar la extracción de la plata que alimentaba la riqueza del imperio español.

Mas la resistencia a la esclavitud, que comenzó en Africa occidental, se llevó a cabo a lo largo de todo el proceso de trata de esclavos: tierra adentro, en el primer punto de contacto, en las marchas forzadas a la costas, al abordar los temidos barcos de esclavos, en alta mar, y continuó en las Américas bajo la forma de fuga, pretensión de enfermedades, destrucción de herramientas, incendio de cosechas, y menos frecuentemente, con la rebelión armada.

Hombres y mujeres resistieron a la esclavitud de diferentes maneras. Los archivos españoles están llenos de tales sugerencias o de casos explícitos, siendo el registro más frecuente el de los cimarrones: en 1595 un tal Domingo Biafra se escapó una vez durante semanas (su nombre indica que venía del Golfo de Biafra, hoy día la moderna Nigeria); en 1645, Francisca Criolla fue vendida “sin garantía” a causa de su reputación de escapar. El castigo oficial por escapar cambió con el tiempo, pero 100 azotes, para comenzar, no eran poco comunes.

Aunque Lima pudo haber tenido la más alta concentración de africanos y de sus descendientes en el Perú, los negros y otras gentes de alguna manera descendientes de africanos tenían una presencia significativa en otras ciudades. Por ejemplo, tan tarde como en 1763, cerca de la tercera parte de la ciudad nórdica de Trujillo y de sus alrededores inmediatos era gente de ascendencia africana. En total más de 100.000 africanos occidentales y centro-occidentales fueron llevados por la fuerza al Perú.

A diferencia de los aprietos de los africanos que terminaron en las montañas, la esclavitud en la costa urbana del Perú permitía cierto grado de movilidad social. Una clase particular de esclavo urbano, el jornalero, un trabajador por días que le daba una porción de sus ganancias a su propietario, trabajaba con poca o sin supervisión. Bajo tales condiciones, los trabajadores por días tenían la capacidad de ahorrar lentamente suficiente dinero para comprar su libertad y la de sus seres queridos – creando así una población cada vez más grande de descendientes africanos libres en Lima.

El pintor afro-peruano del siglo XIX Pancho Fierro nos da una valiosa vista de las vidas de los afro-limeños. Tanto pintor como etnógrafo, sus pinturas muestran escenas cotidianas de los negros, mulatos, mestizos (indio-españoles) y de otras personas racialmente mezcladas que constituían el vibrante tejido multirracial y multiétnico de la ciudad. (Con el correr del tiempo, se crearon en el Perú las castas, un muestrario aturdidor de categorías que definían las combinaciones y fronteras raciales).

El análisis lingüístico, así como el de la música, danza, y prácticas religiosas, indica influencias africanas o inspiradas en Africa en la cultura y sociedad peruanas. Pero también es el caso de que los mismos africanos se transformaron por las prácticas y tradiciones españolas e indígenas. Como lo hacen claro las pinturas de Fierro, los afro-peruanos crearon nueva cultura con lo que sus ancestros trajeron y con lo que encontraron. Entre las manifestaciones más notables están las celebraciones de “Amancaes” y “Pinkster”, siendo la última una especie de coronación de martes de carnaval. La fusión de estilos musicales, danzas y costumbres habla por sí misma de la síntesis de culturas en el Perú.

En la actualidad existen aproximadamente tres millones de afro-peruanos. Es menos del diez por ciento de la población total del Perú, un porcentaje significativamente inferior al del período colonial temprano. El fin de la trata de esclavos (y en consecuencia de africanos nuevos), la migración de los indígenas de las tierras altas a las ciudades de la costa, y las presiones para incorporarse a la sociedad dominante son todos factores de la caída de la población negra visible. A esto hay que añadir el aumento de nuevos grupos de inmigrantes, incluyendo a los trabajadores chinos obligados después de la abolición de la esclavitud en 1854, que fueron seguidos de inmigrantes italianos, alemanes, polacos, checos y japoneses.

Sin embargo, un motivo prevalente para la visibilidad más baja de los afro-peruanos es la permanente glorificación de los ibéricos y de otros europeos blancos, acompañada de formas sociales e institucionales de discriminación hacia la personas de ascendencia africana. En el año 2009 el gobierno peruano formuló formalmente “excusas a las personas afro-peruanas por el abuso, la exclusión y la discriminación perpetuados en su contra desde la época colonial” – un gesto simbólico, pero como lo enfatiza la artista-activista afro-peruana Mónica Carillo, cuando se trata de dar tratamiento igual: “No pedimos, exigimos; no es un favor, es nuestro derecho”. Ella y otros afro-peruanos han usado el arte como medio para documentar su historia y su presencia viva.

La música, danza y cocina afro-peruanas se han vuelto cada vez más conocidas (aunque no siempre producidas bajo los términos de los afro-peruanos mismos): Manos Morenas, una peña o restaurante con música en vivo, fue durante mucho tiempo un sitio favorito del vecindario de Barranco en Lima, con atracción principal de música y cocina afro-peruana – comida criolla.

En danza, el landó, con los sonidos rítmicos y poderosos de los cajones (tambores de madera en forma de caja), ha sido popularizado por Eva Ayllón, la “reina del landó”. Es una forma de danza y música afro-peruana particularmente elegante que los etnomusicólogos han rastreado al londú angoleño. Este, como otros géneros de música afro-peruana tales como el Festejo, es parte integral de las festividades, incluidas las del Día de Independencia (28 de julio) y la de Emancipación (3 de diciembre).

            Tal vez ninguna otra persona haya hecho más para llevar a la cultura afro-peruana a la atención pública que el músico y poeta del siglo XX Nicomedes Santa Cruz; (otros embajadores culturales incluyen al difunto Ronaldo Campos del conjunto musical afro-peruano Perú Negro y a Susana Baca, cantante dos veces ganadora del Premio Grammy).

A pesar de la conciencia creciente de los afro-peruanos, su historia, y los retos que enfrentan como grupo, todavía tienen la tendencia a ser excluida de la mayoría de las narrativas y de las caracterizaciones de la nación, que minimizan sus contribuciones a la formación de la sociedad peruana – una fusión no homogénea de múltiples tradiciones, que incluyen indias, africanas y españolas.

Pero como sucede en los casos de construcción de todas las identidades raciales y étnicas, estos términos tienen un origen político. Como lo argumenta la historiadora Rachel O’Toole en Bound Lives: Africans, Indians, and the Making of Race in Colonial Peru, (Vidas Atadas: Africanos, Indios y la Formación de la Raza en el Perú Colonial), las autoridades españolas le daban el rótulo de “negro” a diversas poblaciones africanas para connotar un estatus de esclavitud y al mismo tiempo obtener tributo y trabajo de diversas comunidades indígenas o “indios”. En consecuencia, las identidades raciales y étnicas que todo lo abarcan niegan la complejidad de nuestra diversa y compartida humanidad e historia.

A pesar de las limitaciones de identificación racial, las vidas del pintor de El Señor de los Milagros, los trabajos de milagros de San Martín de Porres, las viñetas visuales de Pancho Fiero, la música y poesía de Nicomedes Santa Cruz, y el activismo social y político de Mónica Carillo, indican los múltiples papeles y contribuciones de la gente de ascendencia africana en la construcción y reconstrucción del Perú.

 Omar H. Alí, Ex-Becario de la Biblioteca DRCLAS, es profesor de historia comparada de Diáspora Africana en la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro. Fue Profesor Fulbright de historia y antropología en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. E-mail:ohali@uncg.edu.

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