Ayacucho

El autor de este artículo, Edilberto Jiménez Quispe, parado enfrente de uno de sus retablos que representa la violencia política. 

Violencia Política y los colores del arte

Por Edilberto Jiménez Quispe 

Ayacucho es capital de la artesanía peruana con más de 60 líneas artesanales, pero también es uno de los departamentos que se ubica dentro del mapa de la pobreza,  e históricamente siempre estuvo entre la pobreza y la violencia. El 17 de mayo de 1980, los miembros del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso (PCP-SL), dieron inicio a sus acciones armadas, y algún tiempo después el gobierno peruano decidió la intervención de las Fuerzas Armadas (FFAA), generándose una cruenta guerra interna, que obligó a la  población civil a sobrevivir, a un alto costo. Los que más sufrieron fueron los campesinos/as quechua hablantes y nativos Asháninkas, quienes sufrieron desapariciones forzadas, violaciones sexuales, torturas, asesinatos y ejecuciones extrajudiciales de ambos bandos, sin tener piedad por la edad o por el sexo. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) estima que la cifra más probable de víctimas fatales de la violencia, muertos y desaparecidos, es de 69,280 personas, de los cuales se concentra en Ayacucho más del 40%. Frente a los acontecimientos deshumanizadores de esos años, el arte popular ayacuchano fue la voz silenciosa, recreando esos sucesos dolorosos del poblador desamparado, como un acto de denuncia a la barbarie cotidiana, sin ningún respeto por los derechos humanos básicos. Retablistas, ceramistas, tejedores, escultores de piedra de Huamanga, pintores de las tablas del distrito de Sarhua, expresaron la  violencia política de 1980 al 2000. Muchos artesanos fueron detenidos, desaparecidos y asesinados, como consta en los testimonios que dieron sus familiares a la CVR.

Como retablista, descubrí los colores en mi infancia, gracias a mi padre Florentino Jiménez, imaginero y pintor; y de mi madre Amalia Quispe, tejedora de mantas y fajas multicolores, ellos eran del pueblo de Alcamenca, en la provincia de Víctor Fajardo, del departamento de Ayacucho. Soy de aquel pueblo y crecí en esa hermosa envoltura de la cosmovisión andina. Muy tierno jugaba bajo la mirada de los cerros majestuosos,  de los cóndores, del sol, de la luna, de las estrellas, en un mundo de vida, y alegría. Descubría, sentía y cortejaba a los paisajes, al color del arco iris, a las flores multicolores, que me proveían sus estímulos, sus pigmentos y se apoderaban de mi alma, y así cada color florecía en mi existencia y me procuraba su sabiduría. Cuando el atardecer exponía sus celajes de matices rojizos me decían, “va a llover, es vida para las plantas y animales”; cuando exponía sus celajes de matices amarillentos decían, “es para la ausencia de la lluvia, es para la angustia y el llanto”. En la fiesta de los ganados, los dueños  colocan las cintas de su color preferido en las orejas de sus animales, y la sangre se bebe junto al aguardiente, luego se colorean sus caras en medio de cantos ceremoniosos; recuerdo que me decían que era “para la  procreación de los ganados y para que perdure el apego entre el animal y su dueño”. En la fiesta de los carnavales, las mujeres muy gozosamente entre risas se pintan sus caras de un matiz de rojo vivo, con ello expresan estar listas para dar inicio al matrimonio. En el pueblo siempre a las mujeres solteras no les faltan las flores más blancas en sus sombreros, dicen que es señal de su pureza y de su virginidad.

Pero cuando era niño, la noche oscurecía, y lo más oscuro expresaba el miedo donde transitaría el “kuku” diablo, condenado, incestuoso, sancionado por el castigo  divino. Los meses de lluvia hacen que las siembras y el campo se vistan de un hermoso matiz verde, ahí se oye el trinar de las aves, se ve el coqueteo de picaflores ante la mirada de las magníficas flores, entonces es la época de la felicidad y de la nueva vida. Viví en ese mundo y coloreaba mis retablos con aquellos matices de la vida.

Pero la violencia política de los años de 1980, también me violenta a mí, y sentí que debía expresar mis sentimientos, mi dolor, ese dolor humano que percibía,  sentía y vivía en esa maldita guerra que habían iniciado los miembros de Sendero Luminoso. Los colores de mi infancia se habían manchado con los colores de la barbarie, que revelaban ya el horror de lo cotidiano: el rojo señalaba el peligro y el miedo, era la sangre del detenido, torturado y asesinado; el  verde que conocí, mostraba ahora el matiz moteado de las fuerzas represivas del Estado; el amarillo palidecía  y señalaba la muerte lenta del torturado, y la tristeza de los familiares de los detenidos y secuestrados. La oscuridad de la noche era el miedo, el tormento y el salvajismo que  cometían los del PCP-SL y las FFAA. Los familiares víctimas de la violencia política se vestían de negro, como luto permanente, por sus seres queridos. Consta en los testimonios a la CVR que los conducidos al destacamento militar del Cuartel los Cabitos Nro 51, eran vendados de distintos colores: si el detenido tenía una venda roja, era porque había cometido algún delito y tenía que ser ejecutado; los que tenían venda verde eran investigados, y si tenían vendas blancas eran liberados. Entonces en Ayacucho primaron los matices del color rojo, verde, amarillo, negro y blanco, los cuales ingresaron fuertemente a mis cajones portátiles (retablos). Y cada retablo poseía el nombre de un acontecimiento específico de la violencia: los condenados, la muerte, la labor humanitaria de la Cruz Roja Internacional, el hombre, el huamanguino, la tortura, a oscuridad, el juicio popular, el choque armado, los detenidos, el abuso a las mujeres, el asesinato de niños, la muerte en Yerbabuena, la fosa en Chuschihuaycco, el sueño de la mujer huamanguina en los ocho años de la violencia, entre otros.

Puedo expresar un breve testimonio del retablo “Sueño de la mujer huamanguina”: Pensé en la lucha incansable de la mujer ayacuchana quien desde el primer instante del terror, batallaba en medio de la guerra desigual para  encontrar a sus seres queridos, arrebatado por los militares. Las mujeres constituirían luego la  Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú-ANFASEP. Para ellas, no terminaba el día y aún de noche debían buscar al detenido. Entristecidas, con lágrimas en los ojos, rogaban a los verdugos en la puerta del cuartel, en las dependencias policiales. Caminaban, como llevadas por el viento, a lugares donde los militares acostumbraran arrojar a sus víctimas. Vestidas de negro, pedían colaboración para enterrar a sus hijos. Una cruda realidad. Entonces la figura principal del retablo es la mujer huamanguina vestida de luto (negro) quien después de tanta búsqueda, ya cansada, se queda  dormida en el interior de una montaña (apu o wamani) de oro y de plata; allí, abrazando a sus dos hijos, sueña que está encima de un charco de sangre,  y percibe la detención de su esposo por los militares, que está encarcelado, luego asesinado y arrojado a un abismo de tunales y cabuyas en donde los animales hambrientos lo devoran. El Padre Eterno, espantado de los hechos, manda al arcángel de Paz a recoger el alma del asesinado, mientras el padre sol, la madre luna y los cerros (apus) apenados, entre lágrimas, observan el horror del salvajismo inhumano. 

Edilberto Jiménez Quispe es antropólogo, periodista y retablista egresado de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. Premio Nacional Bienal-Caretas 1991. Actualmente se encuentra afiliado al IEP, trabajando como miembro del equipo del programa Apoyo para la Paz, con sede en Ayacucho-Perú.

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