Cuando la música cambia vidas

Una mirada humana al movimiento de orquestas sinfónicas juveniles en la República Dominicana

Por Darwin Aquino

Recibí una llamada telefónica desde Santo Domingo, una fría noche de invierno  del año 2004, con una propuesta que me sorprendió. Me encontraba realizando estudios de composición musical en la  ciudad de Estrasburgo, Francia, una gran oportunidad para un joven músico dominicano.

El recién elegido gobierno de mi país y sus nuevas autoridades culturales me ofrecían liderar el relanzamiento del Sistema de orquestas sinfónicas infantiles y juveniles. Todos conocemos a que me refiero, gracias al increíble movimiento social que creó el Maestro José Antonio Abreu a inicio de los años setenta, en  Venezuela. Sin duda, un verdadero modelo de altruismo, visión y entrega, que nos legó a mi entender el cambio mas trascendental en la educación musical de las ultimas décadas. No solo para Latinoamérica, sino para todo el mundo. 

De allí han surgido innumerables artistas en todos los instrumentos, orquestas sinfónicas infantiles, juveniles y profesionales, hasta llegar a su cima, con el ascenso de una de las máximas estrellas de la música clásica actual: el joven director Gustavo Dudamel.

Yo, con 23 años, había dirigido algunos conciertos con una pequeña orquesta de jóvenes. Era ya compositor y violinista profesional, pero en el ámbito de la dirección no había hecho mucho. No se aun las razones de mi elección, pero finalmente accedí. Empaque mis maletas y con un “au revoir” retorne a casa. Estaba listo, con lo único que tenia para enfrentar la inesperada tarea: grandes deseos y la energía de la juventud. 

Nuestro Sistema fue creado en el 1999, por decreto presidencial. Fue el fruto de varias visitas de músicos venezolanos a inicios de los años noventa. Vivimos en ese entonces la creación de la Orquesta Sinfónica Juan Pablo Duarte, del Conservatorio Nacional de Música y mas tarde la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, la principal agrupación del incipiente Sistema

Quiero relatar como la vida de muchas personas cambia profundamente al formar parte de un Sistema. Hay debates sobre si es el modelo apropiado para la enseñanza musical. Pienso que su parte humana esta por encima de cualquier aspecto técnico, efectivo o no. Han pasado diez años, y ahora es cuando empiezo a reconocer el efecto emocional que ha desencadenado. En fin, esto es lo mas importante para nuestro destino como civilización. Solo puedo contar lo que he vivido junto a miles de niños y jóvenes músicos, y sus familiares, en toda la isla. Sin dudas, nuestra experiencia musical mas importante hasta el momento.

A inicios del 2005, al retornar a mi país, viaje a Venezuela. Allí me recibió calurosa y humildemente el Maestro Abreu. Su pregunta sencilla y directa: dime que necesitas? Nosotros necesitábamos arrancar, lo mas difícil. Me hablo de nuestra misión como jóvenes músicos latinoamericanos de multiplicar este modelo en nuestras naciones, pues decía que “cada quien conoce la realidad de sus países”. Fue la primera vez que escuche la palabra multiplicar, en ese contexto no matemático.

Vuelta a casa así inició. La pasada Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil se había desintegrado, por inestabilidad política. Dicha agrupación esta llamada a reunir a los mejores talentos musicales a nivel nacional. La primera acción fue realizar un arduo proceso de reclutamiento que nos llevo a viajar por múltiples provincias del país. Muchas de ellas no las conocía. Era como un extranjero, llegado del extranjero, en mi propia tierra. Conocía la música de Boulez, Varese y Messiaen. Pero no había ido a Santiago Rodríguez, en la línea noroeste. Las muestras de talento no se hicieron esperar.

Nunca olvido aquel pequeño niño de la humilde provincia de Hato Mayor, al suroeste, que llego con trompeta en boca. No me pasaba de la cintura y la trompeta era casi mas grande que el. Así mismo nos sorprendimos con numerosos casos excepcionales en provincias del norte, sur y oeste. Mi vida cambió pues esto me enseño a darle valor a la propia identidad y a mi nación.

No teníamos los recursos suficientes para absorber a tantos niños que lo merecían. Iniciamos en pequeño para poder crecer con el deseo de llegar a ellos en un futuro. Los cuarenta nuevos miembros de la orquesta provenían entonces de las provincias mas cercanas a Santo Domingo, la capital, nuestra pequeña sede todavía sin sillas y atriles.  Aun así, había niños y jóvenes que viajaban cuatro horas por autobús para llegar a los ensayos. Muchos se levantaban de madrugada y llegaban sin haber tenido un buen desayuno. Algunos de ellos aun así soplaban con fuerza sus instrumentos de viento! Entonces pude apreciar el enorme sacrificio que hacían para ser parte del nuevo Sistema, al lado de ellos, sentía  que eran mucho mas  grandes que los míos.

Me entrenaba dirigiendo la orquesta y ellos aprendían a tocar. Honestamente, no existe mejor escuela que esta. Un intercambio jovial de conocimientos, un dar y recibir. No hay distancia entre el director y sus músicos, ni entre los músicos en si, todo lo contrario. Creo que este es el elemento característico de este tipo de proyecto. Su sello indeleble.

Los resultados de esta nueva forma de hacer música sobrepasaron las expectativas. Ya en verano del 2005 pudimos brindar a mas jóvenes el acceso a la orquesta con un gran campamento de verano, donde tocamos la primera obra en versión original. En las agrupaciones jóvenes se interpretan arreglos o versiones mas sencillas. Tocamos la Sinfonía “Nuevo Mundo” de A. Dvorak. No olvido la cara de satisfacción de los jóvenes la noche del concierto y la de sus familias.

La mayoría de los familiares venían de las provincias a ver y oír a sus hijos tocar. El orgullo y satisfacción hacia brillar sus ojos. Entre ellos se sentía la percepción del efecto que tendría esa música en su descendencia. Allí pude palpar de cerca la importancia del apoyo familiar, algo que el Sistema promueve a toda capacidad.

Unos sesenta miembros nos acompañaban en esta travesía orquestal. Y así, después de un año, con ayuda de las autoridades, pudimos organizar mas presentaciones (incluyendo un intercambio con una joven orquesta alemana), talleres, clases y establecer algunos “núcleos” orquestales.  Pusimos en práctica uno de los pilares del Sistema, la creación de pequeñas agrupaciones que funcionan exclusivamente en cada localidad (provincia, municipio o ciudad). Los nombres de estos remotos lugares recuerdan a localidades de “Cien Años de Soledad” de García Márquez, pero en mi corazón, despiertan recuerdos imborrables. Trabajamos en Santiago, Consuelo, Bani, Bonao y Santo Domingo, en las regiones norte, este, suroeste y sur, respectivamente. 

Poco a poco los jóvenes mayores y mas avanzados, por iniciativa propia, se hacían cargo de los núcleos. El efecto multiplicador no se hizo esperar. Para mi, una lección mas, la fuerza indetenible del agradecimiento.

Cuando pensábamos que ya habíamos hecho mucho con los limitados recursos a mano, un gran milagro aconteció en el 2007. Nos íbamos para Alemania! Aquella orquesta que recibimos en intercambio nos había invitado a una gira de conciertos! Nuestro gobierno asumió con entereza los altos gastos del viaje, un milagro en nuestros países. Mas de la mitad de la Orquesta, ya en ochenta miembros, gestionó sus pasaportes por primera vez pues nunca habían abandonado la isla.

La emoción era intensa, sobrecogedora. La gira por la Selva Negra al sur de Alemania, fue un éxito. Hay historias personales que son siempre recordadas por nosotros, con frases como: “para el amor no hay idiomas”. 

Quizás este fue el clímax de nuestros diez años de trabajo.  Niños que subían por primera vez en un avión, conocían otro país, idioma, cultura, teatros, museos, ciudades, etc. Siempre me he preguntado si la vida les hubiese dado esa oportunidad fuera de la música. A Alemania siguió una gira de conciertos a Nueva York.  Vivimos todos estos milagros como recompensa por el trabajo hecho.

Inspirados por el modelo venezolano, creamos la Fundación Orquesta Sinfónica Juvenil para continuar nuestra expansión. En el próximo lustro se logro el afianzamiento de la orquesta y de otras a nivel provincial, aumentaron los núcleos orquestales, adquisición de nuevos instrumentos, realización de importantes eventos de carácter internacional, con la visita de destacados maestros que han marcado nuestras temporadas de conciertos.

Al día de hoy muchas de estas iniciativas corren solas, para mi sorpresa. Esto me trae a la mente el poder de la inclusión, ya sea social, cultural, económica o educativa. El Sistema las contempla todas, de allí su grandeza y resultados.

Hemos crecido, por supuesto, nunca tanto como desearía. Los antiguos miembros de la Orquesta son ya maestros y directores de los núcleos orquestales y padres son parte esencial de nuestras directivas. Podemos decir que somos un familia que esta siempre unida espiritualmente a través de la música. Recientemente, decidí salir del país por un tiempo para realizar una Maestría en dirección orquestal. Me di cuenta que la verdadera maestría la había completado ya con el trabajo y experiencia adquirida. 

El proyecto sigue creciendo aun no este en Santo Domingo, ya sea por compromisos internacionales o conciertos. Ha seguido creciendo con un compromiso firme de la nueva generación. Nunca lo esperaba.

He aquí lo que nos sorprende y enseña el amor. La base de un verdadero Sistema

 

Darwin Aquino es director de orquesta, compositor y violinista dominicano. Es representante dominicano en Jeunesses Musicales International, Orquesta Juvenil Centroamericana y Orquesta Juvenil de las Américas (YOA). Es el miembro mas joven del Colegio Latinoamericano de Compositores. Galardonado con tres premios nacionales de música y el Young Artist Humanitarian Award de la Hildegard Behrens Foundation de los Estados Unidos. www.darwinaquino.com