Energía eólica en América Latina

El desarrollo de su potencial

por Carlos Rufín 

La energía eólica en Marcona, Peru. Foto por David Huamani B./Ojos Propios.

La energía eólica tiene un enorme potencial en América Latina.  Con su relativamente baja densidad de población, grandes distancias y necesidades de energía en lugares remotos, América Latina ofrece un entorno ideal para aprovechar la energía del viento.

Las necesidades de energía en lugares con mucho viento, pero aisladas o remotas, como las islas del Caribe, las montañas y mesetas de los Andes y las cordilleras de Mesoamérica, así como las vastas sabanas de la región (llanos, cerrado, Chaco y pampas), se pueden atender más eficientemente por medio de turbinas eólicas que con cualquier otra alternativa.  La energía eólica es más fácil de adaptar a gran escala que la energía solar: en comparación con los paneles solares o concentradores solares, las turbinas eólicas generan más electricidad con respecto al área que ocupan, y esta diferencia as cada vez mayor, a medida que los aerogeneradores aumentan de tamaño y eficiencia.  Por lo tanto, la energía eólica puede ser una tecnología más apropiada en zonas aisladas con necesidades energéticas importantes.  Si se planifican con cuidado, las instalaciones de turbinas eólicas tienen poco efecto adverso sobre los ecosistemas, y en los grandes espacios deshabitados de la región, pueden tener escasos o nulos impactos estéticos y de sonido.  La energía eólica complementa muy bien las redes eléctricas de la región, en las que predomina la generación hidroeléctrica, ya que la generación hidroeléctrica puede responder fácilmente a la intermitencia de los vientos, en contraste con la generación térmica, que es mucho menos flexible en general; y, al menos en algunas partes de la región, los vientos son más fuertes durante la estación seca, precisamente cuando la generación hidroeléctrica es más limitada.  Por último, la condición relativamente accesible de la tecnología eólica significa que puede ser fabricada en la región, a diferencia de otros tipos de tecnologías energéticas. Brasil, por ejemplo, exige el uso de materias primas locales y la fabricación local de instalaciones de energía eólica, y uno de los principales fabricantes de la región es una empresa argentina, IMPSA.

Varias zonas de la región están utilizando cada vez más la energía eólica.  El Caribe, de hecho, tiene una larga historia de uso de la energía eólica; muchos molinos de caña de azúcar en las islas fueron accionados por molinos de viento antes de la llegada de las máquinas de vapor de alta eficiencia que podían usar el bagazo de la caña como combustible.  Pero con el retroceso de la industria azucarera del Caribe en las últimas décadas, desplazada por los productores altamente competitivos de Brasil y otros países, la zona enfrenta altos costos de la energía, ya que el archipiélago (a excepción de Trinidad) carece de recursos energéticos tradicionales.  Por ello, no es sorprendente que la explotación de los poderosos y constantes vientos alisios se haya convertido una vez más en una propuesta muy atractiva para el Caribe, con un fuerte crecimiento en Jamaica, República Dominicana y Aruba.

México es, después de Brasil (cuyo caso se analiza ampliamente en otro artículo de este número de la ReVista), el segundo mayor mercado para la energía eólica en América Latina, sobre todo en la parte sur del país, donde las condiciones de viento son más favorables.  Costa Rica, con un fuerte compromiso con las energías renovables, ha instalado el mayor número de turbinas de energía eólica en América Central, seguida de cerca por Honduras.  En el Cono Sur, Chile y Argentina están invirtiendo fuertemente en energía eólica, y se espera que ambos países superen a México en cuanto a potencia total instalada en los próximos diez años.  Por último, varios nuevos proyectos también están tomando forma en el Perú y Uruguay.

No obstante, la energía eólica sigue siendo un recurso relativamente poco explotado en la región, especialmente en relación con su enorme potencial.  Para que este potencial se haga realidad, la política energética tiene que superar la mentalidad que ha dominado el sector en toda su historia en América Latina y el Caribe: la obsesión por la generación hidroeléctrica.  A pesar de los crecientes costos de construcción de grandes represas en lugares cada vez más remotos, de más protestas de las comunidades indígenas afectadas por la construcción de estas represas, y del creciente conocimiento de los costos ambientales de este tipo de instalaciones, muchos gobiernos de la región siguen convencidos de que el aprovechamiento del potencial hidroeléctrico restante es el mejor camino a seguir, y están gastando grandes sumas de dinero en proyectos como el complejo del Río Madeira en Brasil.  Esta mentalidad retrógrada también afecta el funcionamiento de las redes nacionales de la región, acostumbrado a la predictibilidad de la generación basada en represas con grandes embalses de agua, en contraposición a la mayor intermitencia a corto plazo de la energía eólica cuando se considera cada instalación por separado—y todo ello a pesar de la realidad del cambio climático, que está alterando los patrones hidrológicos y haciendo que la generación hidroeléctrica sea también menos predecible.

Muchos países de América Latina, después de haber reestructurado sus sectores de electricidad para dar un papel más destacado a la propiedad privada de las instalaciones de generación, también se enfrentan al reto de atraer inversión privada en energía eólica.  Las instalaciones de energía eólica se enfrentan a un tipo diferente de riesgo que las tecnologías con una trayectoria más larga.  En lugar de los riesgos hidrológicos o la volatilidad de los precios de los combustibles, la energía eólica depende de un recurso, el viento, que es menos conocido en toda la región, y que sigue sus propios patrones.  Tal incertidumbre disuade a los inversores privados.  Así pues, es necesario desarrollar políticas innovadoras para superar la reticencia de los inversores, tal vez siguiendo el modelo de las empleadas con éxito en Europa, que ofrecen un precio fijo por cada unidad de energía generada.

Aunque los impactos ambientales y sociales son más leves que los de las grandes represas, las ubicaciones idóneas para los parques eólicos pueden encontrarse en tierras indígenas, o las líneas de transmisión pueden tener que cruzar estas tierras u otras áreas ambientalmente sensibles.  Algunos proyectos eólicos en México y en otros lugares ya han experimentado reveses debido a la oposición local.  Estos proyectos no son diferentes de otros tipos de extracción de recursos, y como tales requieren la consulta y el consentimiento previo de las comunidades afectadas, lo que a su vez puede implicar la necesidad de compartir algunos de sus beneficios con estas comunidades.  Los responsables políticos, promotores privados y financiadores deben ser conscientes de este contexto más amplio y desarrollar protocolos y normas adecuadas para involucrar a estos actores a satisfacción de todos.

En resumen, la energía eólica puede y debe desempeñar un papel importante en el futuro de la energía en América Latina.  Corresponde a los responsables políticos y al sector privado hacer de este potencial una realidad.

Carlos Rufín es Profesor Asociado de Gestión Internacional en la Sawyer Business School de la Universidad de Suffolk en Boston, y consultor en temas de energía para el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo