Estrategias de actuación para un ambiente resiliente

Por Alfredo M. Garay

El territorio misionero ha sido un escenario donde se asentaron diferentes conformaciones sociales, con sus particulares modos de percibir la realidad y de intervenir sobre ella. Es el territorio que los pueblos guaraníes concibieron  como una tierra sin mal, y en ese medio experimentaron la transición de una economía basada en la caza a la agricultura.

Para los conquistadores españoles la navegabilidad de los grandes ríos que conformaban la cuenca del Plata (Paraná y Uruguay) presentaban dos grandes obstáculos que ponían limite a la navegación: el Salto Grande (nombre que actualmente ha recibido la represa) sobre el río Uruguay, y los Rápidos de Apipé (donde actualmente se emplaza la represa de Yacyretá). La ocupación colonial se desplegó sobre los tramos navegables (hasta llegar a Asunción) pero agua arriba los conquistadores españoles avanzaron con inseguridad, en tanto la espesura del bosque subtropical dificultaba  su control y puesta en explotación.

Los ríos fueron para los guaraníes la principal vía de comunicación y su economía tenía como  elementos centrales a la selva y el rio. Fue justamente a la vera de estas cuencas superiores[1]  donde, la Compañía de Jesús promovió la creación de pequeños núcleos poblacionales autónomos (misiones) de producción agropecuaria. La experiencia de las reducciones jesuíticas abarcó un inmenso territorio. Mientras la ocupación colonial se apoyó sobre el sistema de asentamientos originario de los pueblos que habían alcanzado mayor desarrollo agrícola[2], la experiencia Jesuítica priorizó los limites selváticos, las cuencas superiores de los grandes ríos, donde se asentaban pueblos con escasa acumulación de excedentes agrícolas. La región de las misiones, nombre con el que se conoce a esta parte del antiguo territorio guaraní, ha quedado marcada por esta experiencia que a finales del siglo XVI se propuso otra forma de relación entre las dos culturas.

El traumático final de estas misiones (después de la expulsión de los jesuitas de América en 1775) devolvió a los antiguos pobladores a la espesura, mientras se producía un lento proceso de apropiación jurídica[3] de unas tierras que no se ocupaban.

En la primera mitad del siglo XIX, los procesos de independencia distribuyeron las orillas entre diferentes naciones, agudizando la mirada de estas tierras como campo de batalla. La violencia que caracterizó el periodo de la conquista, volvió a presentarse como disputa de fronteras, o como  guerras fratricidas.

A fines del siglo XIX la comunicación a través de los ríos estimuló un nuevo sistema de asentamientos sobre sus márgenes. Este proceso de poblamiento quedó en manos de empresas colonizadoras, que convocaban a sus potenciales colonos (trabajadores agrarios) en regiones empobrecidas de Europa. La llegada de estos nuevos inmigrantes[4], con sus idiomas e idiosincrasias,  produjo un fuerte impacto cultural, sobre una población que a lo largo de quinientos años debió experimentar varias mutaciones. Aceleró también la transformación de la selva en área de cultivo, desplazando a los pueblos originarios que no podían demostrar títulos de propiedad.

El minucioso  relevamiento de la fisonomía en las cartografías del instituto geográfico militar a comienzos del siglo XX da cuenta de la percepción de estas tierras como posible campo de batalla. Debe reconocerse que durante toda la etapa de desarrollo industrial que caracterizó a la segunda mitad del siglo XX, el predominio de esta mirada geopolítica (doctrina de la seguridad nacional) postergó el desarrollo de la Región[5]. Recién a comienzos de la década del 80, con la firma de los acuerdos del Mercosur[6], esta mirada fue revisada, multiplicándose los proyectos de construcción de infraestructuras tendientes a vincular la región.

La división del territorio entre diferentes naciones dio lugar a una intensa actividad comercial, que dinamizó la actividad fluvial y el crecimiento de ciudades de frontera. Los movimientos de población de una a otra orilla dan cuenta de la profunda unidad de los habitantes de esta región, que los viejos luchadores de la independencia (como San Martin, Artigas o Andresito Guacurarí) nunca concibieron como desmembrada.

Puede concluirse que la obra de Yacyretá se produce sobre un territorio con una historia muy potente, donde la cantidad de elementos que fueron contribuyendo a la transformación de la sociedad y del medio ambiente, lo identifican como un territorio en transición.

La construcción de la represa de Yacyretá (como en la mayoría de las grandes intervenciones hidráulicas), ha tenido un impacto evidente sobre las características de la región.  El proyecto, que en sus comienzos priorizaba la continuidad de la navegación del rio Paraná, ya incluye en 1905 la propuesta de generación de energía. Un acuerdo (1958)  entre Argentina y Paraguay encomienda la formulación de un primer proyecto, que en 1973  con la firma del tratado Binacional de Yacyretá pone en marcha los trabajos. En diciembre de 1983 se da comienzo a las obras. Si se analizan la evolución política  de la región en estos años, resulta evidente que esta obra aparece llena de contradicciones. Su mayor crisis queda expuesta durante la década del 90, cuando las obras se interrumpen, dejando en claro que cualquier proyecto de continuación debe incorpora la mirada de los actores locales. El nuevo programa se comprometió a compensar la superficie de tierra inundada  con la formación de áreas reserva ecológica, realizar las obras de defensa y de infraestructuras de interés regional (caminos puentes, etc.) la recomposición de la trama urbana de las ciudades afectadas , relocalizar el circuito comercial de la ciudad de Encarnación (cuya dinámica se desplazó del sector del puerto al del puente) y relocalizar a las familias afectadas en ambas márgenes.

Desde el punto de vista físico, la obra Yacyretá se basa en la construcción de una presa de 1.908.000m3 de hormigón, canalizando un caudal promedio de 14.000 m3/seg[7] para producir más de 3.100MW con una energía media anual de 20.700 GWh/año. Esto representa el 22% de la demande de energía del país. La represa convirtió el curso de un tramo de 342km rio Paraná en un lago de 1800km2 (21.000Hm3 de agua), que obligaron a la realización de obras de defensa costera, la reconstrucción del área urbana, la construcción de caminos de integración entre Posadas y Encarnación y el desarrollo de áreas de protección ambiental. Estos trabajos implicaron 3 millones de m3 en excavaciones, 24 millones de m3 de rellenos y terraplenes, 3 millones de m3 de protecciones en roca y 100km de obras viales de recomposición de la trama urbana, puentes y accesos. Además, los trabajos incluyeron la constitución de 155.000 hectáreas de nuevas áreas de reserva ambiental[8] y 600 hectáreas de reserva urbana, el desarrollo de 5.000 metros lineales de playas y 500 hectáreas de parques urbanos y áreas verdes completamente equipados y la construcción de 8.500 casas para la atención de demandas sociales. Respecto del circuito comercial de Encarnación, este fue relocalizado en tres sectores urbanos  con la apertura de 3.000 nuevos comercios.

Estas dimensiones llevan a considerar su impacto, en el contexto de un territorio, que como estuvimos analizando, ha experimentado profundas transformaciones sociales, económicas y culturales, entre las cuales, el crecimiento de las ciudades es una de sus expresiones más elocuentes. La idea de un territorio en transición, nos sitúa en el contexto de una realidad en movimiento, reforzando la necesidad de concebir y alcanzar un horizonte más estable, es decir de un territorio y de una sociedad resiliente[9].

Entendemos como resilencia al grado de respuesta y capacidad de adaptación de los distintos grupos humanos a las condiciones adversas y variadas que le ha tocado enfrentar, conformando un conjunto de rasgos que definen su identidad cultural. Se trata de rasgos que caracterizan a un colectivo social que en gran medida  guardan relación con las características de los espacios que habitan, pero también con la experiencia  de las rupturas, fusiones y transformaciones que definen un sentido de pertenencia, y que se manifiesta como parte de una identidad.

La imposibilidad de revertir determinados procesos históricos o grandes transformaciones del territorio nos sitúan frente a la necesidad de adaptarnos a una nueva realidad poniendo en marcha un proyecto de resiliencia. Esto supone una actitud proyectual que frente a la ruptura de un sistema en equilibrio debe proyectar  uno nuevo. La primera medida es la implementación de acciones de remediación, dirigidas a corregir efectos no deseados de las transformaciones operadas. La segunda es monitorear la evolución de la realidad  en el marco de las nuevas condiciones. Sobre la base de estas tareas, desde una perspectiva de planeamiento, se puede ponderar cuales son las acciones que se deben encarar para proyectar el futuro de la región desde en una perspectiva de desarrollo sustentable.

La viabilidad de un proyecto, no tiene tanto que ver con el tamaño como con la complejidad de las intervenciones. El problema es que la viabilidad de estas intervenciones depende de la capacidad de quien asume la iniciativa para proponer consignas que logren hacer confluir a un amplio espectro de actores sociales con posiciones (intereses, imaginarios y capacidad de intervención) muy diversas. Desde esta perspectiva, la evolución cotidiana de los trabajos (y sus efectos) promueve un permanentemente reacomodamiento de las posiciones que asumen los diferentes actores vinculados al proyecto, obligando a los responsables de su implementación a desarrollar  un verdadero ejercicio de planeamiento estratégico.

En el caso de Yacyretá se debe considerar, que durante los años transcurridos entre la elaboración del proyecto, el inicio de su construcción y el momento de su finalización, ha cambiado profundamente la mirada de la sociedad respecto de la realización de estas grandes obras. La evaluación de su impacto ambiental y social ha llevado a revisar los criterios iniciales respecto del cuidado del territorio y las condiciones que es necesario generar para garantizar su resilencia. Ha llevado a incrementar las obras complementarias, la afectación de áreas de reserva, así como la realización de acciones de protección ambiental y de desarrollo social, como condiciones indispensables para garantizar la sustentabilidad del desarrollo propuesto.

Desde esta perspectiva resulta interesante analizar los factores que en la década del 90 llevaron a la detención de las obras. El intento de privatización en el marco de la implementación de políticas de corte neoliberal que se desprenden del consenso de Washington, presentaba dificultades para asumir los costos asociados a la realización de las obras complementarias.  Debe señalarse  que como consecuencia de la crisis por que atravesó el proyecto original, (basado en la contribución que las obras al desarrollo energético nacional), cualquiera que se propusiera avanzar con el proyecto necesitaba que la región identifique con mayor claridad cuáles serían los efectos de estas obras sobre el desarrollo local.  Para la sociedad local la concreción de las obras de tratamiento ambiental, sobre todo respecto del desarrollo de infraestructuras y urbanización para las localidades afectadas por el completamiento de la represa (al pasar de cota 76 a cota 83) tenía una importancia fundamental .

El plan de trabajos desarrollado entre los años 2002 y 2014 (que posibilitó el reinicio de las tareas) ha tenido un impacto sumamente positivo en la conformación urbana de estas localidades, y si bien quedan todavía muchas tareas pendientes, existe una economía (vinculada con la generación de energía) que garantiza los recursos necesarios para su financiación.

Desde el punto de vista urbanístico, una serie de factores vinculados con la realización de las obras  redefinen las tendencias de crecimiento de las principales ciudades.

En primer lugar por el impacto económico de una inversión que ha significado para la región el equivalente a un millón de dólares que diariamente se incorporan a su economía. Ya habíamos conocido este fenómeno en el caso de Itaypú donde el monto fue superior a los 5 millones U$S/día. Este impacto que tiene como primer efecto la generación de empleos, directa o indirectamente[10] vinculados con el desarrollo de las obras, tiende a incentivar el flujo migratorio (la región paso de 80.000 a 500.000 habitantes), acelera la urbanización, y consecuentemente las demandas de vivienda, equipamiento, servicios, etc.

Desde la perspectiva económica cambia también el perfil productivo de la región: la economía tradicional se basaba en la agricultura (yerba mate, te, Tung), en la década del 70 se sumó la actividad forestal y la industria papelera con importantes efectos sobre el ambiente original. En la actualidad el PBI de la región da cuenta de su importancia como productor de energía, poniendo en discusión la posibilidad de desarrollar nuevos emprendimientos hidroeléctricos.

También cabe mencionar que el crecimiento de la importancia de las ciudades ha incrementado su contribución al desarrollo del sector terciario, tendencia que se agrega a su carácter de centros de comercio de frontera y en la medida que incrementan su complejidad  como productores de servicios, su trascendencia dentro del sistema de ciudades a nivel nacional.

En este marco, la calidad ambiental y el interés paisajístico de estos asentamientos incrementan su performance como lugares turísticos  y como destinos migratorios, convirtiéndose en lugares atractivos para la radicación de nuevas empresas. La actividad inmobiliaria ha acompañado estos procesos, incrementando los metros cuadrados que se producen por año, lo que contribuye a una significativa modernización de su imagen urbana.

Desde el punto de vista social, el Área Metropolitana de Posadas[11] ha remontado su posición relativa dentro de los niveles de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) de los hogares, pasando de 18.25% en 2001 a 13.9% en 2010. Otro indicador, la mortalidad infantil que en la década del 90 era del 29 por mil, en la actualidad se ha reducido al 9 por mil.

Una vez encarados los problemas más urgentes referidos a la mitigación de los efectos dela presa, y de posicionar a las localidades dentro de una perspectiva de desarrollo sustentable, se hacen presentes cuestione de mayor profundidad, como el problema de la inserción de la región en el contexto nacional y global [12], y la participación que han de tener los sectores más desfavorecidos dentro de este desarrollo. Se destacan también cuestiones  generales vinculadas con el cambio de época, que a nivel local nos refiere a la experiencia de grandes grupos sociales (etnias, pueblos originales, contingentes migratorios) que están inmersos en un proceso de transición que lleva ya muchos años. También plantean la necesidad de revisar la construcción de un imaginario social que observa los efectos de estas transformaciones desde la perspectiva de diferentes cosmovisiones, que  tienen en general dificultades para comprenderlos. Si bien la dinámica migratoria (muy por encima de la media nacional) multiplica los niveles de demanda la construcción de infraestructuras vivienda y servicios, va obteniendo mejoras en  los estándares medios obtenidos por la región. Es de destacar que las mejoras más significativas se verifican en las ciudades, en tanto las áreas rurales, donde permanecen las modalidades productivas tradicionales, presentan los mayores atrasos.

En este marco se plantea, la iniciativa de creación de un espacio donde estos temas sean planteados. La idea de construir un espacio cultural, (Museo del Patrimonio Cultural) que dé cuenta de las profundas mutaciones que ha experimentado la sociedad y el territorio en la región. La idea de estudiar, exhibir y conservar la herencia cultural y ambiental que han dejado los ancestros de la población actual. Se trata de desarrollar las potencialidades de un patrimonio (tangible o intangible) incorporando todos los aspectos que componen la identidad de una cultura, se presenta como una contribución importante a las acciones de resilencia que encara la Entidad Binacional Yacyretá y el Gobierno de la Provincia de Misiones.

Se propone que este centro incluya el desarrollo de líneas investigación, retomando una experiencia ya existente en la región. La promoción de ámbitos de intercambio y dialogo, la producción, clasificación y exposición de materiales, así como la generación de espacios de encuentro, eventos, y otras expresiones que den cuenta de la producción cultural de esta región que lleva impresa la experiencia del pueblo Guaraní.  

Este centro se emplazará en un punto destacado de la nueva costanera de Posadas (el sector del brete), constituyendo un Hito representativo del presente y el pasado de la región.

Alfredo Máximo Garay es arquitecto argentino, presidente del Antiguo Puerto Madero Corporation y profesor en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad de Buenos Aires (UBA).