Guaraníes y jesuitas en la imaginación histórica moderna

Por Guillermo Wilde

Ruinas de San Miguel Arcángel. Reconocidas como patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Foto por Artur H.F. Barcelos .

Desde 1610, los jesuitas fundaron en la región meridional de América un conjunto de pueblos de indios, también conocidos como “misiones” o “reducciones”, que alcanzó enormes dimensiones territoriales, demográficas y políticas. En las primeras décadas del siglo XVIII, las 30 misiones del Paraguay albergaron una población total de 140.000 habitantes. Los indígenas allí congregados, hablaban mayoritariamente la lengua guaraní, que se convirtió en el medio básico de trasmisión de la fe cristiana. Cada reducción tenía dos jesuitas, un sacerdote y su compañero, encargados de la administración espiritual y “temporal”, ayudados por una elite indígena con cargos administrativos y eclesiásticos que sabía leer y escribir en guaraní, español y latín. Los sacerdotes supervisaban estrictamente las tareas cotidianas, controlando que los indígenas cumplieran con la asistencia a la misa y a los trabajos en las chacras, campos y estancias, de donde se obtenían los medios básicos de subsistencia de todos los pueblos: maíz, mandioca, algodón, yerba mate, carne. Dentro de las misiones también se desarrollaban actividades en talleres de oficios muy diversos, donde eran fabricadas la mayor parte de las esculturas y ornamentos para las iglesias. La actividad musical estuvo muy difundida en todas las misiones, donde no solo se escribían y copiaban partituras, sino que también se fabricaban instrumentos musicales de diferente tipo. En el templo de una de las misiones, Santísima Trinidad, se conserva hoy un friso representando ángeles músicos que tocan el arpa, el violín, la trompeta, el clave, y hasta las maracas. La contemplación del friso nos lleva a imaginar sonoridades singulares que mezclaban la música traída de Europa con elementos sonoros de la tierra.

A pesar de su éxito aparente, las reducciones fueron afectadas numerosas veces por epidemias y conflictos devastadores que redujeron la población de manera abrumadora. Brotes de viruelas, sarampión y fiebres las afectaron constantemente, ocasionando gran cantidad de muertes. Durante todo el siglo XVII, las tropas de esclavistas bandeirantes que provenían de la ciudad de Sao Paulo, realizaron expediciones de captura de indios misioneros, lo que ocasionó la destrucción temprana de varias misiones. Las expresiones religiosas constituyeron un medio privilegiado para superar los efectos traumáticos de estas crisis, y en este sentido se orientó la pedagogía jesuítica, con alusiones a formas cristianas de devoción nativa, como el culto al arcángel Miguel o la virgen Maria. También existieron expresiones religiosas heterodoxas elaboradas por los indígenas, frente a las cuales los jesuitas tuvieron actitudes variables, que oscilaron entre el rechazo y la adaptación. A veces los jesuitas promovieron la incorporación de elementos visuales y sonoros locales a las prácticas cristianas dominantes, desde la ornamentación de los templos hasta las celebraciones del calendario litúrgico. Aunque la historia de este experimento concluye abruptamente con la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona española, en 1767, los indígenas mantuvieron su sistema de gobierno en las misiones y continuaron con sus prácticas devocionales, al menos hasta la etapa de las guerras civiles que se inició en la región a partir de 1810.

Ángel con maraca, un instrumento musical. Foto cortesía de Guillermo Wilde.

En los últimos tres siglos, las misiones aparecen como un tópico recurrente en la literatura histórica y de ficción. Los jesuitas difundieron por el suelo europeo numerosas noticias sobre aquel apartado rincón de los dominios coloniales americanos, brindando informaciones de gran valor sobre las sociedades nativas con las que entraron en contacto. En base a esas informaciones, el público europeo pronto polarizó sus opiniones. Mientras las posturas apologéticas defendieron a las misiones como un noble experimento de civilización de los indios que habitaban en la selva, las posturas antijesuitas vieron a los ignacianos como explotadores de los indios cuya intención era crear un reino independiente de las coronas ibéricas. La primera postura se encontró representada en numerosas cartas y crónicas sobre las misiones escritas por los mismos jesuitas, y la llamativa gravitación de una obra no jesuita, El cristianismo Feliz (1743), del italiano Ludovico Muratori, quien manifestó toda su admiración a la experiencia jesuítica. La defensa de las misiones continuaría incluso después de la expulsión de la orden, en manos de los mismos jesuitas exiliados en Italia. El jesuita expulso José Manuel Peramás escribió una llamativa obra llamada La República de Platón y los Guaraníes, en la que comparaba una a una las virtudes de la organización misional con las máximas de gobierno establecidas por el clásico maestro de la antigüedad. Incluso autores manifiestamente antijesuitas como Montesquieu o Voltaire, no ocultarían elogios al régimen de los jesuitas en las selvas sudamericanas como una expresión perfecta del buen gobierno.

La nutrida literatura del siglo XVIII también contó con exponentes del antijesuitismo, que comenzaron a imponerse en la Europa borbónica en clara oposición al poder que había adquirido la Compañía de Jesús en los siglos anteriores. Fueron ilustrados ibéricos como el Marqués de Pombal, en el caso de Portugal, o el secretario Rodríguez de Campomanes, en caso de España, los que con mayor fuerza atacaron a los jesuitas. Ambos insistieron sobre el peligro de las ambiciones jesuitas de creación de un estado dentro del estado, amenaza flagrante para las coronas ibéricas. En sus opiniones tuvo mucha influencia un ex jesuita renegado, Bernardo Ibañez de Echavarri, autor de El Reino Jesuítico (1762), obra que se publicó casi simultáneamente en español y portugués. Dicha obra sostenía abiertamente que los jesuitas habían creado una organización política independiente entre los guaraníes que atentaba contra las coronas ibéricas, y brindaba informaciones detalladas sobre el modo de gobierno jesuita. En la misma época, se difundió el rumor de que en el Paraguay jesuita se había ungido a un rey llamado Nicolas I, de quien se había plasmado una efigie en monedas especialmente acuñadas para circular por la región. Aunque los jesuitas lo negaron sistemáticamente, se sospechaba que el tal Nicolas I podría haber sido el conocido cacique Nicolás Ñeenguirú, de la misión de Concepción, quien había tenido una participación decisiva en el conflicto bélico llamada “guerra guaranítica”. En 1750 las coronas ibéricas habían firmado un Tratado de límites acordando que una parte del territorio de las misiones pasara al dominio de los portugueses. Frente a esta decisión, los guaraníes se alzaron en armas y resistieron a la ejecución del tratado. Los enfrentamientos armados entre las milicias guaraníes y el ejército luso-español se extendieron entre 1754 y 1756, concluyendo con la derrota de los guaraníes después de numerosas muertes. Este acontecimiento precipitó las opiniones negativas de las cortes hacia los jesuitas, que fueron acusados de instigar a los indios a resistir a las decisiones monárquicas.

En el siglo XIX continuaron las disputas en torno de la naturaleza del gobierno de las misiones. Diversos exponentes de los movimientos románticos las reivindicarían como realización de una sociedad utópica, de la que la sociedad europea debía seguir el ejemplo. Entre los alemanes deben mencionarse a Eberhard Gothein quien publica en 1887 Der Crhistlichsoziale Staat der Jesuiten in Paraguay tratando de confrontar la experiencia jesuítico guaraní con la utopía de Campanella. Años más tarde las reducciones fueron inspiradoras de las ideas socialistas del escocés Cunningham Graham, uno de los fundadores del partido laborista, quien escribió el opúsculo A Vanished Archadia íntegramente dedicado a reivindicar la labor de los jesuitas en el Paraguay.

Coincide con el inicio del siglo XX la publicación de la bien conocida obra de Leopoldo Lugones El Imperio Jesuítico, encargada por el gobierno argentino, y claramente opuesta a los jesuitas. Dos décadas más tarde, salió publicado un pequeño opúsculo del intelectual paraguayo Blas Garay titulado El comunismo de las Misiones de la Compañía de Jesús en Paraguay (1921). El texto se desprendía de una introducción que el autor había dedicado a la publicación, en 1897, de la Historia de las misiones, del jesuita Nicolás del Techo (escrita en 1687). Con tono severo Garay se refería a la herencia de las misiones de manera muy negativa en la historia del país. Años después el alemán Fassbinder publicó Der Jesuitenstaat in Paraguay (1926) y el austríaco Fritz Hochwaelder Das Heilige Experiment (1941). En el contexto de la segunda guerra el religioso suizo Clovis Lugon publicó su obra La république communiste-chrétienne des Guaranis (1609-1768). En los años ochenta el debate se reabrió con la película The Mission, en la que se presenta una imagen benevolente de los jesuitas y su trabajo evangélico entre los guaraníes.

Los ejemplos citados permiten constatar el interés renovado que las misiones suscitaron en los últimos siglos, donde se mantiene constante la contraposición entre posturas apologéticas y antijesuitas. En general, la literatura tendió  a concebir a las misiones como un “Estado”, “República” o “Imperio”, desde un punto de vista político, y como un “paraíso”, o una “utopía”, desde un punto de vista religioso y filosófico. En algunos segmentos de su obra, Michel Foucault referiría a las misiones guaraníes como una “heterotopía”, un lugar o espacio de otredad que escapaba a la concepción hegemónica, y funcionaba de acuerdo a su propia lógica.

Si bien los debates han sido elocuentes, las posturas dicotómicas esbozadas arriba han tendido a crear una imagen excesivamente simplificada de la situación interna de las misiones a lo largo del tiempo. El resultado fue concebir al régimen misionero o bien como un beneficioso régimen civilizatorio o bien como un opresivo sistema esclavista. Esta visión también imposibilitó el análisis de la participación y respuestas indígenas en la formación de las misiones tendiendo. Por el contrario, la población indígena fue considerada como un sector homogéneo y pasivo en este proceso. El debate europeo sobre las misiones parece, en este sentido, muy alejado de la realidad concreta. Por otro lado, la insistencia en la noción de Estado para referir a las misiones, ha tendido a aislarlas del entorno regional en el que se desenvolvieron. En efecto, las misiones participaban de la red de circulación de personas y bienes de consumo en el espacio rioplatense. Los diferentes establecimientos jesuitas comerciaban productos como la yerba mate y los cueros en toda la región e influían en las políticas de las autoridades coloniales. Los indios guaraníes, a su vez, intervenían en las milicias regionales asistiendo a las autoridades de Buenos Aires y Asunción en diferentes actividades económicas y de defensa del territorio. 

Las misiones constituyeron una “comunidad imaginada” que a lo largo de 150 años incorporó una gran diversidad de poblaciones que debieron adaptarse a un mismo patrón de organización espacial y temporal. Dicho patrón implicó incorporar nuevas tecnologías, desde las directamente vinculadas a la construcción de edificios y almacenamiento de alimentos hasta la escritura o la cartografía, que no existían antes en esos contextos indígenas. La introducción de una vida rutinaria que alternaba la asistencia a la iglesia con el trabajo en las chacras, claramente atentaba contra las formas tradicionales de organización del tiempo y el espacio. El proceso de transformación del modo de vida indígena fue lento y prolongado y las actitudes indígenas frente a los colonizadores fueron también variadas. Inicialmente, muchos líderes políticos y chamanes resistieron enérgicamente a la evangelización. Posteriormente readaptaron sus estrategias para negociar su ingreso en las misiones, en cuyo gobierno intervinieron de manera directa, a través de instituciones como los cabildos y las milicias. En las circunstancias políticas y económicas que afectaban a la región del Paraguay y el Rio de la Plata, las misiones fueron convirtiéndose gradualmente en un espacio de refugio para muchas poblaciones indígenas que sirvió de vehículo para la reconstitución de lazos sociales y políticos y la recreación de formas nativas de identidad religiosa. Aunque ya no podrían hacerlo en los términos de sus propias tradiciones, sino en los de un cristianismo sui generis, intervendrían de manera directa en las constantes negociaciones y readaptaciones que marcan todo el período.

Guillermo Wilde enseña en la Universidad Nacional de San Martín y es investigador para CONICET en Argentina. Es autor de Saberes de la Conversión: Jesuitas, indígenas e imperios coloniales en las fronteras de la cristianidad y Religión y Poder en las Misiones de Guaraníes (Latin American Studies Association Book Award, 2010).