La comida de los dioses

Una pintura en estilo tradicional del pueblo de Sahua, Ayacucho. La escena representa el banquete de montañas que rodean el pueblo. La figura central es la montaña Mariano Borao que protege la comunidad, y las otras figuras son las montañas vecinas o las apus. Pintura por La Asociación de los pintores de Sarhua/cortesía de Luis Millones.

Por Luis Millones

A principio de la década de los noventa, viajé con frecuencia a Osaka. Los investigadores del Museo Etnográfico Nacional de Japón tenían como eje de su labor la sierra del Perú, y en especial Ayacucho, departamento de una larga y sufrida historia. Como parte de este equipo y en calidad de profesor invitado, se me abrieron las puertas de una sociedad que mostraba sus encantos día a día. A lo largo de mi estadía, descubrí que uno de mis colegas tenía una relación importante con el sacerdocio de la Iglesia de Tenrikyo. Me interesé por su religión y lo que aprendí de ella fue suficiente como para querer participar en el peregrinaje anual de sus creyentes, a la ciudad sagrada de Tenri, en la prefectura de Nara, región de Kansai. Por un corto período, Tenri había sido la capital del Imperio de Japón (488-498), y aún hoy es una ciudad hermosa y sede del culto de Tenrikyo.

 El recorrido fue duro y fascinante; de lo mucho que conocí esos días, es pertinente recordar en esta ocasión lo que me respondieron cuando pregunté sobre lo que se comía en el Paraíso, o su equivalente al dogma cristiano. Para mi total sorpresa, el lugar de premio o Youkigurashi era un espacio similar al de castigo: un gran banquete, con viandas iguales en ambos lugares. Si se observaba con detalle, condenados y bienaventurados tenían para comer palillos de un tamaño desmesurado, y quienes estaban castigados lucían demacrados y padecían de hambre, mientras que los premiados aparecían rozagantes y bien nutridos. La explicación era simple para una fe que practica y enfatiza la solidaridad: mientras que los condenados intentaban comer cada uno de ellos con palillos de ese tamaño, y no acertaban a hacerlo, por su parte, los favorecidos por la divinidad aprovechaban la longitud de sus instrumentos para alimentarse uno al otro. 

De regreso a tierras ayacuchanas, llevé la pregunta a mi trabajo de campo, recordando que en Huamanga estaría tan lejos del pensamiento occidental europeo como lo había estado en Tenri, cuando los sacerdotes bailaban en los recintos subterráneos del templo, para renovar la creación del universo.

Conocía las cosas escritas por los cronistas españoles o indígenas cristianizados de fines de siglo XVI y XVII. Las fuentes concuerdan en que los dioses andinos comían mullu, es decir conchas de mar (Spondylus), e incluso nuestra única fuente escrita en quechua nos recuerda que al masticar el sonido que hacían era «¡cap, cap!» rechinando los dientes mientras comían (Ávila 2007, 127). 

Todavía hoy las conchas de mar, también las menos vistosas, tienen prestigio religioso; se les usa en las ceremonias como recipiente para absorber por la nariz los jugos de plantas alucinógenas, en otras regiones del Perú. Pero en Ayacucho, Cusco, y en general en la sierra peruana, alimentar a los dioses es un tema complicado. 

En primer lugar, conviene aclarar que la evangelización cristiana destruyó toda imagen visible de las religiones precolombinas. Quedó incólume la geografía sagrada: el culto a la Tierra y a sus expresiones visibles, los cerros. A lo que hay que agregar las áreas de contacto con los seres humanos: las cuevas y los manantiales. Pero, además de la imposibilidad de borrar esta última forma de religiosidad, la persecución se detuvo porque el trabajo forzado de los indígenas era la fuente de riqueza del imperio español y todo hostigamiento a su labor perjudicaba su rendimiento. En el siglo XVIII, ya la sociedad andina había consolidado una estructura religiosa que reinterpreta la doctrina cristiana y la suma a las reminiscencias precolombinas, y que es el germen de la religión indígena que ahora conocemos. En ella, los dioses, es decir, la Madre Tierra y los cerros (apus o wamanis) deben recibir alimentos de sus muchos creyentes. Se los envían a través de una ceremonia que tiene por lo menos dos nombres en español quechuizado: pagapu y despacho. Así se alude a las razones primordiales de la ceremonia que vamos a describir: se paga a la Tierra y se despacha, es decir se envía lo que ella necesita. Si el oferente es un quechua hablante usará las voces apachiku, mallichi, kutichi, etc., en general las variaciones tienen relación con la composición de lo que se ofrece y del lugar en que se hace, que están vinculados con los intereses de quien o quienes van a alimentar a la Mama Pacha. Esto quiere decir que hay pagapus específicos para ser usados por ganaderos, los que necesitan agua de la lluvia o del caudal de los ríos, los que van a cazar animales silvestres, o aquellos que buscan de recobrar la salud, etc., etc.

Como dije líneas arriba, hay varias formas de preparar un pagapu, pero una de las más importantes es la que debe alimentar la Mama Pacha o Madre Tierra, para que nos asegure su generosidad al permitir que obtengamos buenas cosechas. Dejaré a continuación que don Juan Quispe Andia, nos relate desde Chungui, La Mar, Ayacucho, cómo se hace un pagapu

«En las alturas de Chungui, cuando se va a cosechar papas, el dueño invita a todos sus vecinos para que le ayuden, todos van a ayudarle porque es ley, todos ayudan siempre. El dueño les da a cambio de la ayuda coca, trago, comida, y cuando toca a otro campesino cosechar, tiene que ir a pagar la ayuda que le ha dado. Por eso nadie deja de ayudar. Los vecinos van con toda la familia, los hombres son los cosechadores, las mujeres las pallapadoras y las que cocinan, los jóvenes son los ayudantes para trasladar y amontonar la papa. Se cosecha haciendo siempre bromas, a veces con música y si no, contando chistes, siempre con alegría, por los frutos que da la tierra. Cuando termina la cosecha, las papas se guardan en la casa del dueño, pero primero se escogen las que van a servir de semilla para la próxima siembra, y las papas que se han malogrado con las lampas. La dueña cocina para invitar a los comuneros la papa malograda al cosechar mientras los hombres guardan la papa y las semillas. Cuando ya han terminado, comen la papa cocinada con ají y sal, a veces con carne o algún picante que ha preparado la dueña y con la chicha y con el trago. Todos después chacchan su coca y fuman su cigarro. Entonces, todos se van menos el compadre del dueño. Ellos regresan a la chacra solos llevando las mejores papas, las más hermosas, para hacer el “pago” a la tierra para que les siga protegiendo. El compadre hace un hueco en un rincón de la chacra, de unos 50 o 60 centímetros y cuando ha hecho el hueco, le tinka con trago en forma de cruz y luego le hace la ofrenda de la papa, con su trago, generalmente un cuartito, un puñado de coca kinto, un par de cigarros, y luego lo tapa diciendo: Madre Tierra recibe la ofrenda de tus hijos para agradecerte la cosecha que mi compadre ha recogido y para que le sigas dando buena producción, por eso te pagamos para que tu abundancia nos des. Luego regresan a la casa y el dueño invita a su compadre a tomar y comer. Pero durante el “pago” el dueño no dice nada, todo lo dice el compadre que hace de intermediario para que acepte la tierra» (Delgado Sumar 1984, 146-147).

Cabe algunas aclaraciones: 1) coca (Erithroxylum coca) es el arbusto cuyas hojas mantienen su carácter sagrado y son el signo de respeto en las relaciones interpersonales. Chaccchar es masticar las hojas con una pasta hecha de ceniza de vegetales que se denomina generalmente lluqta. Al mezclarse con la saliva produce la sensación de revigorizar al consumidor, anulando el cansancio. 2) Trago: alcohol industrial puro, diluido con tres volúmenes de agua hervida con semillas de anís y otras plantas, a lo que se agrega azúcar. 3) Pallapadoras proviene del quechua pallay, que significa ‘recoger’. Son mujeres habitualmente jóvenes que colaboran en la cosecha. 4) Tinka: rociar con el dedo índice un poco de chicha o licor, del vaso que se va a beber. 5) Cuartito: vaso pequeño o porción pequeña de licor.

 El texto de Quispe Andia no necesita mayores explicaciones, el hueco «en un rincón de la chacra» en general es interpretado como «boca» de la Madre Tierra y al alimentarla, la familia agradece la cosecha y asegura prosperidad futura.

Luis Millones, Doctor en Letras (Historia) por la Pontificia Universidad Católica del Perú (1965) y Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, es Director del Fondo Editorial de la Asamblea Nacional de Rectores del Perú en la actualidad.

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