Territorios y territorios

Por Carlos Reboratti

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier iluminan el mundo con sus antorchas, grabado en cobre por el indio guaraní Juan Yaparí, para una edición guaraní. Ejemplo del Padre JE Nieremberg,Of the Difference between the Temporal and the Eternal, 1700.

Territorio es una de esas útiles palabras que tienen  significados relativamente diferentes, pero no mucho, lo que nos sirve para utilizarlas en diversas circunstancias sin caer necesariamente en el error conceptual. Siempre que se dice “territorio” nos estamos refiriendo en principio a un área determinada por la existencia de algo o de alguien, lo que le da al término principal su sentido (en nuestro caso “territorio guaraní”). Si bien no es el único significado posible, dicha área suele estar referida al espacio concreto, a partir de lo cual surgen siempre distintas cuestiones sobre la definición territorial: cuáles son los límites, cómo y quién los determina, cuál es su objetivo, cómo y por qué cambian con el tiempo, qué dejan y qué no dejan esos cambios sobre el territorio… Para mostrar la riqueza de las posibilidades, vamos a utilizar el tema del título de este número de la revista, yendo hacia atrás en la historia, ubicándonos hace 2.000 años cuando los guaraníes ya habitaban un área aproximadamente ubicada entre lo que es hoy el este del Paraguay, el sudoeste de Brasil y el noreste de la Argentina. En primer lugar lo definimos como “territorio guaraní” simplemente porque allí vivían los guaraní. Pero no era un territorio exclusivo, ya que ni ellos eran los únicos grupos étnicos que lo habitaban, ni tampoco pretendían controlar todo el territorio. Marcado por su presencia, era un territorio virtual. Dada su forma de vida, seminómade y sin una arquitectura con intención de permanencia, no dejaron marcas visibles ni organizaron el territorio, aunque podríamos decir que, a pesar de que su número actual es seguramente muchísimo menor a lo que fue antes de la llegada de los españoles, dejaron una marca indeleble: el lenguaje.

Ese territorio comenzó un lento proceso de fragmentación a partir de la llegada de los conquistadores españoles y portugueses quienes, imbuidos de una cultura donde la posesión de la tierra era un factor fundamental (y digamos posible, totalmente ajeno a la idea que tenían los guaraníes y otros pueblos originarios), lo primero que hicieron fue fijar los límites de un espacio que se consideraban con derecho a poseer en exclusividad. En un principio, fueron los españoles los que se arrogaron ese derecho, definiendo su posesión sobre todo el territorio antes  guaraní: hay dos símbolos que así lo indican, la fundación de Asunción y la decisión de que el área estaba dentro del virreinato del Perú. De territorio virtual pasamos a territorio concreto y excluyente, y este tipo de territorio necesita y se formaliza por un mapa, que define los límites del mismo. En los primeros mapas españoles, notablemente imprecisos, se puede inducir que el territorio guaraní ya había cambiado de “dueño”, y la corona española lo controlaba (o decía controlar). Incluso para reafirmar eso, dentro del virreinato del Perú se crea un fragmento territorial especifico, la Gobernación del Guayrá. Y comienzan a aparecer las primeras marcas que trascenderán los primeros límites, y esas marcas, ante la ausencia de lo que hoy llamaríamos “infraestructura” (los barcos a vela no dejan marcas perdurables y la marcha a pie o a caballo tampoco) son básicamente las ciudades: la propia Asunción, luego Corrientes y Concepción.

En el siglo XVI se produce una novedad: un territorio dentro del territorio. Llegan los jesuitas con una idea bien clara de la organización territorial, basada en centros urbanos de concentración de los indígenas, conectados por una red de caminos. Y también una idea bien clara de la perdurabilidad de esa organización: los edificios son de piedra, y su marca permanece hasta ahora. Ahora el territorio es concreto, formal y organizado. El problema surge con la definición del límite oriental, que comienza a ser disputado por los portugueses que avanzan desde la virtual línea de Tordesillas hacia el oeste, empujando a los jesuitas hasta hacerlos atravesar el río Uruguay. Como suele pasar, los limites formales (políticos) de los territorios no se deciden en el mismo territorio, sino desde lejos: en 1767 se crea el Virreinato del Río de la Plata, que si bien cubre prácticamente todo el territorio guaraní, lo fragmenta en tres: la Intendencia de Paraguay, la gobernación de Misiones (creada por lo que quedaba del territorio jesuítico, cuyos promotores fueran expulsados diez años antes) y el extremo norte de la intendencia del Río de la Plata. Son en parte territorios formales y en parte virtuales: nadie en el fondo está muy seguro de cuáles son los límites del territorio de las Misiones, y esa inseguridad se traslada al momento siguiente.

A partir de 1810 se desarrolla un nuevo periodo de fragmentación territorial, correspondiente a la definición de las nuevas republicas: Paraguay y Argentina se comienzan a delimitar sobre las antiguas intendencias, mientras Misiones permanece como una zona de débil presencia formal, proceso que recién termina a fines del siglo XIX después de terminada la Guerra del Paraguay cuando los dos países y el Brasil - ahora una república independiente - y mediante acuerdos bilaterales y arbitrajes internacionales definen sus fronteras. Y al mismo tiempo los tres países van conformando divisiones internas necesarias para administrar el territorio, llamados provincias en Argentina (Corrientes y Misiones), departamentos en Paraguay (Alto Paraná y Canendiyú) y estados Brasil (Santa Catarina y Paraná).

Por encima de los territorios formales, y a veces sin hacer caso de estos, se desarrollan otros procesos territoriales relacionados con la explotación de los recursos naturales y la valorización de espacios. El primero de estos procesos es la explotación de la rica selva atlántica, espacio específico de los antiguos pobladores guaraníes y base de su existencia material. Pero el relativamente débil impacto sobre la selva que podía ejercer una población poco densa y de agricultura migratoria como la de los guaraníes no tiene parangón con el que produce la explotación de la madera y la yerba mate silvestre que se desarrolla a partir de 1880. La primera utiliza los ríos como forma de transporte, lo que limita la explotación a zonas relativamente pequeñas,  limitadas por las características técnicas de la producción y el transporte de la madera. La explotación de la yerba mate, en cambio, se organiza mediante la concesión de grandes territorios, manejados por compañías argentinas o brasileñas que se mueven ,  como lo indica J.B. Ambrosetti en una narración de un viaje hecha a Misiones a fines de siglo XIX, en un espacio donde prácticamente no existe la presencia estatal, una curiosa forma de territorios de organización espontánea. Ni la yerba mate ni la explotación maderera, formas mineras de explotación del bosque, dejan marcas indelebles, salvo dos: los embarcaderos sobre el Paraná usados para la producción yerbatera, que en muchas ocasiones son el comienzo de una pueblo, y las “picadas” (así se llaman los rudimentarios caminos hechos para llegar a los yerbales) de penetración a la selva, que serán utilizadas por los siguientes actores territoriales, los colonos.

Al antiguo territorio guaraní empiezan a llegar en el siglo XX colonos en búsqueda de tierra desde varios frentes: en Argentina el gobierno federal organiza colonias en Misiones que atraen inmigrantes centroeuropeos, que se dedican primero a la yerba mate y luego al tung y al té; en Paraguay la colonización es más espontánea en un primer momento, empujada por miles de campesinos provenientes del centro del país, en parte luego reemplazados por colonos brasileños. En Brasil, convergen dos corrientes: la primera desde el sur, provenientes de las colonias alemanas e italianas de Río Grande do Sul que se habían formado en el siglo XIX, pequeños productores de maíz y frijol; otras, más tarde, empujada por la colonización privada de  Paraná basada en la producción de café. El límite de las heladas marca el punto de contacto entre ambas. Para mediados del siglo XX los dos antiguos habitantes del territorio, los guaraníes y la selva atlántica, han sido acorralados y diezmados por el avance de la agricultura y el nuevo territorio se organiza por una densa red de pueblos y ciudades, unidos por carreteras: Encarnación, Posadas, Eldorado, Montecarlo, Cascabel, Chapecó…. 

Faltan todavía dos actores que van a generar nuevos cambios en la organización del territorio guaraní: la soja y las represas. Relacionada con el contexto comercial internacional, ávido de alimentos, llega al área el producto central del comercio internacional: la soja, producida en su origen en el sur del Brasil y el centro de la Argentina y que en busca de tierras se expande hacia el corazón de la tierra guaraní, arrasando lo que quedaba de la selva atlántica en Paraná y avanzando en el este paraguayo en uno de los procesos más devastadores y veloces de deforestación del planeta. Curiosamente, el territorio que fuera fragmentado entre países vuelve a unificarse, medio en serio y medio en broma, a través de la aparición de una “República de la soja”, no ya controlada por loe estados sino por el agronegocio. Los ríos vuelven a tener la importancia que tuvieron, y el eje Paraguay-Paraná se transforma en un corredor de cargas hacia el río de la Plata.

Los ríos son también los actores de otro momento de organización territorial al conformar una serie de represas de diverso tamaño a lo largo del Paraná, del Uruguay y el Iguazú, algunas gigantescas como Itaupú o Yacyretá, destinadas a la producción de energía eléctrica para los grandes centros poblados. Su impacto regional es muy discutible, en parte por la inundación de grandes espacios y el desplazamiento de pueblos enteros, en parte por no dejar en el propio territorio una marca que vaya más allá de dicha inundación.

Como podemos ver a partir de esta rápida y necesariamente incompleta reseña, el territorio guaraní está en constante transformación y sus usos se han ido modificando junto con sus formas de organización y las poblaciones que se identifican con el. La sucesiva fragmentación territorial ha modificado radicalmente la geografía guaraní, conformándola como una superposición de marcas históricas correspondientes a cada momento, algunas evidentes como las ciudades, otras menos tangibles como la cultura y la lengua, aunque el guaraní persiste también como una marca, a través de la extensa toponimia de ese origen: Mondaí, Itacaruaré, Cunha Porá, Caaguazú.

Carlos Reboratti es geógrafo argentino y dirige la investigación para CONICET sobre los recursos naturales en Argentina. Es autor de varios libros, incluyendo La naturaleza y nosotros: El problema ambientalClaves para todos Del otro lado del río: ambientalismo y política entre uruguayos y argentinos.