Angela Yesenia Olaya Requene: Frontera entre Colombia y Ecuador: migración afrodescendiente y “espacialidad de las violencias armadas”

Angela Yesenia Olaya Requene es Doctora en Antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es investigadora asociada en el Afro-Latin American Research Institute (ALARI), de la Universidad de Harvard y, Coordinadora Académica del Certificado en Estudios Afrolatinoamericanas organizado por ALARI.

 

Frontera entre Colombia y Ecuador:

migración afrodescendiente y “espacialidad de las violencias armadas”

 

 

Por Angela Yesenia Olaya Requene

 

Como mujer afrocolombiana, investigar acerca de las migraciones de comunidades afrodescendientes en contextos del conflicto armado colombiano, es una experiencia que atravieza mi propia historia. Nací en el municipio de Tumaco,  en el Pacífico sur colombiano, uno de los territorios más afectados por la violencia y que concentra el mayor indice de cultivos ílicitos del país. Mi madre, una mujer negra, quien por más de 30 años ejerció la docencia en algunos pueblos ribereños de Tumaco, transmitió en mí, la importancia de hacer de la educación un proceso reflexivo de la historia de mi comunidad.

La práctica docente de mi madre, se desarrolló en pueblos con altos indices de pobreza, exclusión y precarización. Gran parte de sus estudiantes,  niños y niñas, han sido victimas de desplazamientos forzados a causa del conflicto armado en sus lugares de origen; algunos de estos pequeños, testimonian el asesinatos de familiares y amigos por diversos actores armados ilegales. En el pasado, acompañé a mi madre a la escuela en la que enseñaba. Desde la zona urbana de Tumaco, abordabamos una lancha que nos conduciria por mar y río a su lugar de trabajo. Durante el trayecto la espacialidad del entorno se caracteriza por extensas selvas y manglares. Algunos pueblos se encuentran ubicados en las orillas de los ríos, otros se han contruido en los pequeños islotes de tierra que deja el mar cuando las aguas retroceden. Cada uno de estos lugares definen estrategias de organización, apropiación del espacio y construcción de culturas asumidas por los pobladores locales.

En uno de nuestros viajes a la escuela un hombre con pasamontañas y pistola en la cintura ordenó la señal de que la lancha en la cual viajábamos junto con algunos pobladores locales, se detuviera. El piloto de la lancha, inmediatamente accede a la solicitud del hombre. El hombre con pasamontañas, con voz fuerte, ordena al piloto detener el viaje en algunos pueblos ribereños para informar a otros hombres armados a qué lugares se dirigian  los pasajeros y cuál era el motivo del viaje. Esta experiencia comenzó a generar algunas reflexiones en mí, por una parte, estos territorios de comunidades negras, trabajados por la antropología colombiana de la decada de los 80 y 90, como lugares de identidades y culturas negras, progresivamente se han ido transformando en lugares controlados por diversos actores armados ílegales; por otra parte, el control ejercido sobre los tripulantes de la lancha en algunos lugares del río ponia de manifiesto una forma de poder que, a tráves del miedo buscaba controlar y/o restringir las trayectorias y movilidades de las personas. Estas reflexiones me llevarón a trabajar en mis estudios de doctorado una investigación acerca de las movilidades de comunidades afrocolombianas en la frontera entre Colombia y Ecuador.

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Teniendo presente la prática pedagogica de mi madre en hacer de la educación una reflexión constante de la historia de mi comunidad y con el acompañamiento de la Dra. Citlali Quecha Reyna, diseñé una investigación que, desde la antropológia, permitiera indagar por los desplazamientos, trayectorias y movilidades de las comunidades afrocolombianas, así como el valor que ellas le confieren a las experiencias y manifestaciones de cambio cultural que emergen en contextos de violencias y extremas desigualdades sociales. Se estudian estos cambios a partir de las voces situadas por personas, familias y comunidades sobre momentos significativos en la transformación de sus espacios, territorios, conocimientos y culturas.  Por otra parte, se analiza el impacto de un conjunto de fenómenos sociales y económicos asociados con las transformaciones espaciales de las communidaded estudiadas. Estos son la "racialización" de la región, la llegada de los cultivos de coca y economías extractivas, las violencias ejercidas por actores armados y el cambio en las representaciones que sobre el territorio y la frontera construyen los niños, niñas, y jóvenes de esas comunidades.

De acuerdo con esto, el ejercicio etnográfico me llevó a redefinir una serie de estrategias y métodos que permitieran observar y “seguir” las rutas de movilidad de las comunidades afrocolombianas en sus interconexiones local-transnacional. En principio, comprender los sentidos espaciales de las comunidades afrocolombianas y describir etnográficamente las complejas experiencias de movilidad: raíces y rutas conectadas en un espacio de frontera.

Para localizar de manera etnográfica el proceso descrito se tomaron como referentes los pueblos  integrados al Consejo Comunitario Bajo Mira y Frontera ubicado en el río Mira, municipio de Tumaco. Este río atraviesa la frontera que actualmente divide a Colombia y Ecuador por el Pacífico sur, convirtiéndose en un lugar de intersección que vincula las identidades y culturas de las poblaciones afrodescendientes del Pacífico colombiano y ecuatoriano. Durante los años 2015, 2016, 2017 y 2018, recorrí en promedio de tres a cuatro meses por año la espacialidad de la frontera colombo-ecuatoriana. El trabajo de campo en un primer momento se enfocó en explorar la espacilidad del río Mira con la intención de conocer temas relativos a los itinerarios de la movilidad pendular, las relaciones comerciales y los vínculos de parentesco en el espacio local. Los recorridos fueron realizados en embarcaciones de lanchas y canoas, lo que permitió tejer puntos comunes en cómo operan los procesos de producción del espacio en las personas y comunidades y cómo éstos se expresan en las relaciones entre sí y entre vecinos.

Con los continuos viajes al “monte”, las trochas y los manglares, se identificaron los itinerarios de movilidad que han transformado las representaciones de los lugares afrocolombianos como espacios de identidades culturales y territoriales. En las rutas de viaje constantemente los pobladores locales hacían referencia a ciertas localizaciones convertidas en “paisajes del terror” producto de la confrontación armada en la zona. Antiguos espacios en que las comunidades desempeñaban actividades agrícolas o pesqueras ahora son en palabras de los pobladores “lugares fantasmas” que traen a la memoria los despojos de tierras y territorios, asesinatos selectivos y masacres colectivas ejercidas por los actores armados durante más de tres decadas de conflicto armado en estos territorios. Expresiones como “por ahí no caminemos porque asustan”, “a orillas de ese estero encontramos un  muerto” o “allá dentro del manglar se escuchan voces” eran comunes en cada ruta de viaje. Estas expresiones dan cuenta de cómo las personas y comunidades, por una parte, son obligadas a modificar sus rutas de movilidad para protegerse de los contextos de violencias y, por otra, cómo los ríos, manglares y montes, formaciones históricas en los pioneros procesos de poblamiento y creación de las culturas afrocolombianas, ahora son representados como una naturaleza hostil y peligrosa. Las violencias que ciernen sobre estos territorios a la par que reconfigura las percepciones que las personas tienen sobre sus lugares han generado masivos flujos de migración forzada de afrocolombianos en busca de refugio en Ecuador.  En este sentido, la historia de mi comunidad es una invitación a pensar e indgar por los cambios y reconfiguraciones de los espacios, lugares y trayectorias de las personas en contextos del conflicto armado.

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A continuación veremos este proceso con más detalle.

En las últimas tres décadas la presencia de actores armados ilegales en la frontera que Colombia comparte con Ecuador en el Pacífico sur colombiano, ha generado masivos flujos de migración forzada y búsqueda de refugio de miles de personas y familias afrocolombianas hacia territorio ecuatoriano. La disputa de tierra y territorios entre actores armados con fines al control y desarrollo de la cadena productiva del narcotráfico: cultivo, procesamiento y tráfico de drogas, ha tenido repercusiones en sus lugares, en la conformación de nuevas estructuras económicas vinculadas con las economías criminales, en los nuevos lugares de reproducción de patrones socioculturales, en la organización del trabajo rural, en las redes vecinales y de parentesco, y en la reconfiguración de los paisajes locales como “geografias del terror” (Comunidades negras y espacio en el Pacifico colombiano. Hacia un giro geográfico en el estudio de los movimientos sociales (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia ICANH, 2008).  

La ubicación geopolítica de la frontera entre Colombia y Ecuador, es considerada la causa fundamental en los altos índices de violencias, desplazamientos forzados internos y flujos de migración transnacional que viven las comunidades afrocolombianas. Esta frontera se extiende desde la costa del océano Pacífico cerca del municipio de Tumaco, Nariño, hasta llegar al sur de la provincia de Esmeraldas, Ecuador. El espacio fronterizo se halla cubierto por extensas zonas de selva, predominando los manglares, esteros, islas y caños, que lo convierten en un espacio geoestratégico fundamental para la incursión e instalación de actores armados ilegales  y el desenvolvimiento de economías criminales (tráfico de drogas, armas, secuestros, tráfico de personas y combustibles).

La presencia de actores armados ilegales y el miedo generado por los enfrentamientos que tienen lugar casi a diario en los pueblos fronterizos, ha generado reclutamiento forzado de jóvenes, masacres colectivas, asesinatos de líderes sociales y desplazamientos forzados que se mezclan con la extrema pobreza de las comunidades. Si bien, todas estas violencias fomentan flujos de migración de los pobladores locales, también introducen nuevas prácticas de producción del espacio, nuevas ideas, nuevas mentalidades y representaciones que ubica a la zona fronteriza como una “espacialidad de las violencias armadas”. Expresión que será utilizada en este trabajo para hacer referencia a la destructividad sistémica y producción de una geografía del despojo de la vida “material y productiva” y de la vida “simbólica y cultural” que ha dejado la guerra en estos pueblos.

 Un sentido de inseguridad generalizado se extiende en el espacio fronterizo y afecta las formas en que la gente se mueve, organiza y representa sus paisajes locales. Es importante resaltar que las formas en como las violencias rompen con la vida cotidiana de las comunidades se ensamblan con las estrategias militares de los gobiernos de Colombia y Ecuador contra los grupos criminales ligados al tráfico de drogas, las cuales han estado encaminadas a reforzar la presencia de las fuerzas militares de ambos países en la zona fronteriza. De esta manera, la gente vive en medio de un fuego cruzado padeciendo la militarización de sus territorios que son usados como base operacional para las acciones militares; además de los fuertes impactos en sus economías tradicionales y, en algunos lugares, la restricción de sus movilidades cotidianas a “espacios de confinamiento”.

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Dado lo anterior, problematizaré al, Pacífico colombiano,  no solo como el lugar en que se establecen los límites de la frontera nacional con Ecuador, sus significados, porosidades y cruces, sino, también, enfatizaré  en el impacto que la “espacialidad de las violencias armadas” ha tenido en la transformación de la vida cotidiana y lugares de las comunidades estudiadas. Como indica Alejandro Grimson (Fronteras, naciones e identidades: la periferia como centro. Buenos Aires: Ediciones Ciccus/La Crujía, 2000), la pregunta antropológica por el estudio de las fronteras, implica distinguir los procesos historicos de articulación y las formas en cómo los grupos sociales las producen y les asignan significados en contextos determinados. El abordaje antropológico de la frontera entre Colombia y Ecuador abre una perspectiva de análisis que integra la multiplicidad y mixtura de los asentamientos, movilidades y flujos de migración afrocolombianos con sus distinciones y conflictos.

Viajes y retornos

Para las comunidades afrocolombianas cruzar la frontera hacia Ecuador, no es un acontecimiento nuevo. Históricamente los flujos de migración han estado vinculadas en relaciones de intercambio comercial y redes de parentesco entre las poblaciones afrodescendientes de Colombia y Ecuador, generando una movilidad de viajes de ida y vuelta. Comunidades afrocolombianas y afroecuatornianos han construido un campo de migración multirresidencial que se establece a partir de las solidaridades y vínculos de la “familia extensa”. La “familia extensa” hace referencia a cierta historia compartida que no tiene límites consanguíneos, sino que se puede ampliar en cualquier momento y lugar por afinidades comunitarias y/o territoriales. La “familia extensa”, se estructura, ya sea, por el núcleo familiar elemental (padres e hijos), lazos genealógicos, relaciones de compadrazgo, o apellidos asociados al río o vereda de origen. En los flujos migratorios hacia Ecuador los afrocolombianos mencionan vivir en la casa de “mi familia”, “pariente” o “primo” (estos dos últimos términos pueden referir a lazos genealógicos o, a la convivencia de familias con apellidos distintos en el mismo lugar de origen).

La frontera Colombia y Ecuador, emerge así, como un espacio que, a través de la articulación de los lazos de parentesco y las relaciones socioculturales con el entorno natural fundan memorias colectivas. Esta forma de producción del espacio fronterizo, constituye lo que el geógrafo brasileño Milton  Santos,  ha interpretado, como “apego aos lugares”; es decir las relaciones de afecto entre los sujetos y el lugar. Las relaciones de apego son el resultante de la socialización e interacción entre los sujetos con ambientes físicos. Así, la creación de lugares significativos para las personas emerge en un contexto histórico, social y económico, y son geográficamente localizados formando en los individuos una identidad territorial que, en los contextos de desplazamientos forzados por las violencias armadas y las fuerzas globales del capital extractivo, definen los procesos de lucha por la tierra y los territorios de pueblos enteros. Es importante resaltar, que los lugares, no son estáticos, se constituyen a partir de un proceso dinámico y de cambio cultural en que continuamente son dotados de nuevos significados.

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Las conexiones históricas entre Colombia y Ecuador hacen que las familias afrocolombianas puedan tener una serie de prácticas transnacionales que intensifican y complejizan sus dinámicas de movilidad. La gente transita todos los días por diferentes itinerarios que articulan lugares urbanos y rurales en una espacialidad local y transnacional, permitiendo que se relacionen y se intercepten allí un sistema de lugares. Al respecto, Barbary y Hoffmann (2007),  han definido el sistema de lugares en las comunidades afrocolombianas del Pacífico como

La variedad de espacios, prácticas y desafíos (individuales, familiares, sociales) que se articulan alrededor de la movilidad, para captar los determinantes de estos movimientos de personas y bienes y los diferentes impactos que tienen sobre los lugares, tomados de manera individual, pero más que todo considerados como un sistema. (p. 96)

La noción de sistema de lugares permite leer los flujos de migración en diferentes escalas espacio temporales vividas y producidas por los grupos sociales (Haesbaert, 2002). En este sentido y, en un espacio de frontera, la fluidez de los trayectos e itinerarios de las personas implica identificar, por un lado, el nivel de articulación de lugares locales y transnacionales y, por otro, la fragmentación de esos lugares dentro de un espacio regional más amplio, principalmente, si los trayectos de migración son resultantes de procesos de exclusión, precarización socioespacial y violencias armadas.

En las ultimas tres decadas las trayectorias de la migración afrocolombiana, ha cambiado considerablemente, como consecuencia de la confrontación entre actores armados que al disputarse el control de tierras y territorios para los cultivos ílicitos,  han puesto en situación de vulnerabilidad y constantes riesgos de desplazamientos forzados a las comunidades que habitan en la zona fronteriza. De esta manera, la migración ha dejado de ser para los afrocolombianos una decisión voluntaria, convirtiéndose en una decisión forzada. Progesivamente en el imaginario colectivo de las comunidades el desplazamiento por ríos y manglares representan el desafío de sobrevivir en una geografía fuertemente devastada y controlada por la guerra y sus actores.  

Actores armados

La presencia de actores armados en las regiones de Colombia, se ha establecido de manera diferenciada según las particularidades geográficas e históricas de cada región. En el Pacífico sur, para ser más precisos en en el espacio fronterizo con Ecuador, caracterizado por ser una extensa zona mayoritariamente selvática, lo convierten en un escenario ideal para las actividades ilegales y rutas del narcotráfico. Desde finales de los años 90, del siglo XX y comienzos del siglo XXI, la frontera entre Colombia y Ecuador, ha aparecido en los medios de comunicación masiva como una de las zonas más disputadas por actores armados ilegales, precisamente, en momentos en los que el impacto del conflicto armado disminuye en zonas como el Magdalena Medio. El informe Dinámicas del Conflicto Armado En Tumaco y su Impacto Humanitario, elaborado por la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES) en 2014, señala que la transformación de la frontera puede observarse en tres momentos:

  • El primero, tuvo lugar después de que en 1999 los departamentos de Meta, Caquetá y Putumayo se convirtieran en los principales objetivos militares del Estado, por lo que los cultivos de coca que allí se concentraban empezaron a trasladarse a departamentos fronterizos como Nariño. En ese mismo escenario las guerrillas se replegaron lentamente desde los municipios del centro del país hacia aquellos de la periferia, en busca de zonas de refugio.
  • El segundo, tuvo que ver con la llegada del Bloque Libertadores del Sur al municipio de Tumaco y la oleada de violencia que se desató en el marco de la disputa territorial con las Fuerzas Armadas Revolucionarias  de Colombia (FARC).
  •  El tercero, empezó a hacerse más evidente a partir de 2009 con la puesta en marcha del Plan Renacer de las FARC, con el que decidieron enfocar su accionar en lugares de la periferia del país y estratégicos para una guerrilla que se apoya cada vez más en el narcotráfico y en alianzas con bandas criminales.

En la frontera entre Colombia y Ecuador hacen presencia diversos actores armados ilegales, principalmente la guerrilla de las Farc (ahora disidencias), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), neoparamilitares y, en los años recientes, carteles de narcotráfico internacionales como el cartel de Sinaloa y el Clan del Golfo, manteniendo un cruce de fuego constante en la disputa por el control de la tierra con fines al cultivo, procesamiento y tráfico de cocaína. La histórica presencia de actores armados en el Pacífico sur, se explica, principalmente, por el abandono del Estado a este territorio, dado que “permitió a los grupos armados ilegales instalarse en la región sin encontrar una resistencia militar significativa por parte de las Fuerzas Armadas, así como también, ocultar en la impunidad sus acciones violentas con una cierta facilidad” (Rodríguez, 2015, p.59). Según el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural (2017), en este lugar persisten los niveles más altos de pobreza y subdesarrollo estructural del país; contexto que facilita la incursión e instalación de actores armados ilegales y la movilización de  economías vinculadas al tráfico de drogas, armas, secuestros, tráfico de personas y combustibles. Situación que deja a las comunidades locales a merced de las actividades ilícitas, principalmente el narcotráfico.

Después de la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno y la guerrilla de las Farc en el 2018, la mutación de exguerrilleros hacia grupos disidentes, entre los que se destaca, el Frente Oliver Sinisterra, grupo que controla los laboratorios y envío de cocaína en el suroccidente del país y la zona fronteriza con Ecuador, y que mantiene fuertes transacciones con carteles de drogas, como el cartel Clan del Golfo y Cartel de Sinaloa, ha llevado a la intervención y aumento de las Fuerzas Militares a través de la operación ATLAS, para desmantelar el crimen organizado, los cultivos y laboratorios de coca y rutas de tráfico de drogas.

Según un informe de la Fundación Paz y Reconciliación (2018), en el Pacífico sur y la zona  de frontera con Ecuador, hacen presencia 11 organizaciones criminales, entre ellas grupos disidentes, como el Frente Oliver Siniterra, las Guerrillas Unidas del Pacífico y el Frente Stiven González (o “los de Sábalo), también vinculados a la minería ilegal y la extorción. La ubicación geográfica de la frontera Colombia y Ecuador, es estratégica para la concentración de la cadena productiva del narcotráfico en un solo territorio: cultivos de coca, laboratorios de clorhidrato de cocaína, producción de pasta base de coca y envío del producto a mercados internacionales. En este territorio se ha logrado establecer una economía cocalera que trajo consigo desde la década de los 90 la instalación de regímenes de terror: asesinatos selectivos, masacres colectivas, despojos de tierras, reclutamiento forzado de niños y jóvenes, violencia sexual basada en género, extorsiones, desplazamientos forzados internos y transfronterizos, amenazas e intimidaciones contra las comunidades afrocolombianas y sus líderes comunitarios.

Cultivos ílicitos y migración forzada

Tumaco, en el Pacífico sur, y la zona de frontera con Ecuador, es el territorio de cultivos de coca más grande en todo el país y el mundo. El Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI),  ha registrado 23.148 hectáreas que representan un 16% del total del país en el 2017, cifra histórica en la historia del narcotráfico en Colombia. Para los pobladores locales la participación “voluntaria” o forzada en las economías del narcotráfico muchas veces es la única alternativa real que tienen para sobrevivir en sus espacios rurales. O se dedican a los cultivos ilícitos y se los venden a los grupos que controlan los territorios, o son desplazados, o se unen a los miles de colombianos que han cruzado las fronteras nacionales huyendo de las violencias armadas. Las economías de subsistencia de las familias afrocolombianas tratan de sobrevivir en medio de una espacialidad atiburrada de cultivos ilícitos en territorios que persisten históricas desigualdades sociales; generando un progresivo empobrecimiento de los territorios y transformando el significado histórico que las comunidades han construidos sobre sus territorios en experiencias cargadas de miedos, angustias y vivencias en la guerra.

De acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados un promedio de 400 personas afrocolombianas al mes ha cruzado la frontera entre Colombia y Ecuador en el 2016, huyendo de los horrores de la guerra. En el 2017 al menos 1.500 personas en Tumaco se vieron obligadas a desplazarse debido a combates de grupos armados, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA, 2017). En el 2018 el 90% de los miembros del Resguardo Indígena Awá de Inda Guacaray (451 personas) se encontraban en situación de desplazamiento forzado, a la vez que 648 personas afrocolombianas fueron desplazadas en la zona urbana del municipio (OCHA, 2018). Sin embargo, fue en la década de los 90 hasta el 2004 donde se registró el mayor número de afrocolombianos solicitantes de refugio en Ecuador, con un promedio de 1.300 y 1.400 personas al mes. Es importante resaltar que pese a los esfuerzos de organismos internacionales como la ACNUR, para visibilizar las trayectorias de las personas que huyen de las violencias armadas en la zona fronteriza con Ecuador, el Estado colombiano cuenta con un débil registro sobre los flujos de migración forzada con alcance trasnacional. Esta situación dificulta visibilizar los efectos del conflicto armado en estos territorios, así como el desarrollo de medidas de reparación y no repetición, a las víctimas en el país. 

Analizar los efectos de la migración forzada transfronteriza en el contexto del conflicto armado colombiano implica comprender a cabalidad los sentidos y significados que le atribuyen las comunidades afrocolombianos a sus territorios. Los efectos de los desplazamientos forzados, despojo de tierra y territorios, y la búsqueda de lugares de refugio transitorio o de asentamiento en más de 60 años de conflicto armado, han suscitado procesos de desarticulación del tejido social comunitario y territorial en gran parte de estas comunidades. Convirtiendo la espacialidad de sus territorios en testigos físicos de la guerra y el destierro. En los últimos años, los pueblos Congal, Bocana Nueva y Cacagual, han reducido notablemente su población como consecuencia de las confrontaciones armadas. Por su parte, pueblos como San Jacinto y la Barca, han desaparecido como consecuencia de las inundaciones y desbordamientos de ríos que amenazan frecuentemente la zona fronteriza al ser una región de alta pluviosidad y donde se carece de medidas de contingencia y planes de reubicación de la población veredal. Es recurrente que las personas y familias experimenten desplazamientos interseccionales; es decir, se han visto obligados a desplazarse tanto por las inundaciones y desbordamientos de ríos como por los constantes desplazamientos forzados ocasionados por los actores armados ilegales.  

Por su parte, las economías extractivas han configurado una espacialidad de la frontera nada más para la movilidad de capital en deterioro de los recursos naturales y las formas de organización socioterritorial de las comunidades. Sumado a ello,  los yacimientos de oro y las fuentes de hidrocarburos (petróleo) en el Pacífico sur, motivan un aumento en la presencia de actores armados ilegales, que se involucran en la explotación de los recursos naturales, como forma no sólo de financiación de sus actividades ilícitas, sino también como un medio de incrementar su poder. En la frontera actores armados han incursionado en actividades económicas extractivas (cultivos de palma africana y explotación maderera) lo que agudiza más la disputa por el control de territorios y su población. Líderes de los Consejos Comunitarios Alto Mira y Frontera y Bajo Mira y Frontera han denunciado ante la Unidad de Restitución de Tierra la expropiación y compra ilegal de sus territorios por parte de empresas palmeras que durante 1995 y 2005 estuvieron vinculadas con el narcotráfico y la financiación del Bloque Libertadores del Sur de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Las prácticas de legibilidad migratoria en Colombia desconocen el impacto de la migración forzada con alcance transnacional en este territorio. La frontera es visible cuando el gobierno ejecuta acciones militares en el lucha contra el narcotráfico o bajas a las disidencias de las Farc, negando los rostros y trayectorias de la población migrante. Una cuestión resulta insoslayable en los procesos de cruce fronterizo: la salida constante de mujeres, jóvenes y adultos que dejan el país en busca de mejores condiciones de vida. En estas personas el peso central del fenómeno migratorio sigue descansando en la ausencia de expectativas y oportunidades para crear un proyecto de vida en nuestro país. Los orígenes de esta migración también se dan en el escenario de las profundas desigualdades sociales en la región. No obstante, los flujos de migración se ensamblan, además, con las violencias armadas, los despojos y economías del narcotráfico, que no son el fin último, constituyen tan sólo el eslabón de un gran proceso de nuevas trayectorias y construcción de territorios de las comunidades afrocolombianas. Estos escenarios transforman abruptamente a la frontera en una “espacialidad de las violencias” que reconfigura los contextos comunitarios, las redes familiares y los vínculos de las personas con los lugares.

A modo de conclusión

 Desde la perspectiva de Saskia Sassen, los flujos de migraciones transnacionales en comunidades históricamente empobrecidas y/o en contextos de guerra va más allá de la idea de desigualdad e inequidad social como formas de aludir a las patologías del capitalismos global, por el contrario, nuestras sociedades se enfrentan a complejos modos de expulsión que van desde políticas elementales hasta instituciones, técnicas y sistemas complejos que requieren un conocimiento especializado y formatos institucionales intrincados (Sassen, 2015).Se requiere entonces, trabajos articulados entre el Estado, organizaciones sociales, comunidades y academia para construir una cartografía del conflicto armado en la frontera entre Colombia y Ecuador,  con el objetivo de mapear los lugares del despojo, las trayectorias de los desplazamientos y migraciones forzadas, y los nuevos arraigos territoriales más allá de la frontera nacional. Este sería un punto de partida para conocer desde las voces de las comunidades las trasformaciones que han experimentado en el contexto del conflicto armado y construir medidas de reparación colectiva a las víctimas. Teniendo en cuenta, además, que, la migración forzada de afrocolombianos ahora incluye nuevas trayectorias: Chile. Este país el nuevo escenario para la llegada de cientos de afrocolombianos provenientes de Tumaco, Buenaventura y Barbacoas que huyen de la pobreza y el conflicto en Colombia.