Antes la vida era puro rancho: Una historia de cambio agrícola

Por Adele Woodmansee

 

Francisca García Hernández, 92, vive en San Miguel del Valle, un pueblo de aproximadamente 3.000 habitantes en los Valles Centrales de Oaxaca, a una hora al este de la capital del estado. Ella es una de los pocos habitantes restantes de San Miguel que habla solamente zapoteco – el zapoteco antiguo, sin los préstamos del español que ahora son tan comunes – y no sabe hablar español. Se viste con camisa y refajo en vez de con vestidos elaboradamente bordados como visten prácticamente todas las mujeres del pueblo hoy en día. Aunque es casi ciega, Francisca todavía lava los trastes, lava su propia ropa y hasta va al campo a sembrar maíz. Pasé muchas horas con Francisca y su hija, Feliciana, en la casa de esta última en el centro del pueblo. Sentadas en el patio, al lado de los telares que trabaja la familia y enfrente de una gran chayotera, aparecía Francisca en la puerta con su bastón de madera, agarraba una silla y se sentaba con nosotras.

 

Durante el verano del 2018, estuve viviendo en San Miguel del Valle para completar el trabajo de campo para mi tesis de licenciatura acerca de la agricultura del maíz, financiado en parte por una beca de DRCLAS. Empecé a pasar tiempo allí cuando tenía tan solo 18 años, mientras buscaba oportunidades para practicar el zapoteco que estaba aprendiendo en un pueblo cercano. A lo largo de varios años desarrollé amistades con unas familias de San Miguel, y regresé para visitas más largas en el invierno del 2017 y el verano del 2018 para hacer trabajo de campo. Había conocido a la familia de Feliciana anteriormente en San Miguel pero solo empecé a pasar tiempo seguido con ellos en el verano del 2018. Un día en junio, Feliciana me llevó a conocer a su mamá en su casa, donde vive con el hermano de Feliciana. Hablé con ella en zapoteco lo mejor que pude. Más frecuentemente, sin embargo, nos encontrábamos en la casa de Feliciana. La mayoría de los días, coexistían cuatro generaciones en la casa de Feliciana, ya que sus familiares, incluyendo a sus nietos y a su mamá, pasaban ratos allí para hablar y visitar a lo largo del día.

 

Feliciana hablaba con orgullo de la salud de su mamá. “Es por lo que come,” me explicó una y otra vez. “Come simple, come puro natural… como antes.”

 

Durante mi trabajo de campo sobre la agricultura en San Miguel, mucha gente me habló de cómo era la vida antes. Hace solo unas cuantas generaciones, casi todos los habitantes vivían en ranchos aislados, esparcidos por los cerros que están detrás de San Miguel. Lo que es ahora el centro del pueblo tenía solo unas cuántas casas. La agricultura dominaba la vida. Feliciana y sus esposo hablaban por horas de cómo eran las cosas antes, en el rancho. Escuché una historia de cambios dramáticos en las generaciones más recientes. La gente hablaba de este “antes” para describir una serie de cambios que consideraban particularmente significativos y fuertes – cambios en la agricultura, la dieta y los sistemas económicos que han acelerado drásticamente en los años recientes.

 

Feliciana nació en uno de esos ranchos aislados, ubicado muy por encima del pueblo, al otro lado de una de las montañas que se eleva detrás del pueblo. Francisca pasó la mayoría de su vida allí. Se mudó al pueblo hace un par de décadas, cuando su hijo ya no quería vivir en el rancho – quería estar en el centro del pueblo, donde podía tejer y vender sus tapetes de lana más fácilmente. Feliciana ya estaba casada y vivía en el pueblo. Muchas familias ahora tejen estos tapetes característicos de lana, los cuales se producen solo en tres pueblos de esta región. Venden sus tapetes en el pueblo vecino, Teotitlán del Valle, donde se revenden a precios mucho más caros a turistas. Pero antes, los habitantes solo tejían cobijas gruesas de lana para su propio uso, y no había fuentes de ingreso aparte de los pequeños montos de dinero que ganaban vendiendo sus productos agrícolas que sobraban – lo suficiente para comprar las pocas comidas que no podían producir ellos mismos, como azúcar y sal.

 

Decidí estudiar la agricultura del maíz en San Miguel porque me interesaba como la comunidad mantenía una identidad centrada entorno a la agricultura aunque se ha vuelto una actividad secundaria para la mayoría de la comunidad. San Miguel se ubica en la parte más seca de los Valles Centrales, y los que persisten en sembrar su milpa pierden a menudo su cosecha por sequías frecuentes, exacerbadas por el cambio climático, en terrenos sin riego. Las familias siguen sembrando exclusivamente sus semillas de maíz nativo, en parte porque saben que son las únicas semillas que darán cosecha en sus terrenos rocosos, secos y escarpados.

 

La mayoría de los hombres jóvenes salen de San Miguel por años para trabajar en los Estados Unidos. El dinero que mandan estos migrantes se hace visible por las grandes casas de ladrillo que se elevan sobre la entrada del pueblo, muchas inacabadas o vacías, la única presencia material de familias que viven permanentemente en el norte. Muchas familias también tejen, bordan mandiles o tienen varios otro trabajos en San Miguel y pueblos vecinos. La agricultura ha perdido terreno a otras fuentes de ingreso; los precios del maíz han bajado por el Tratado de Libre Comercio de Norte América (TLCAN), y San Miguel se ha sumergido en complejas redes globales económicas y laborales.

 

Trabajdux ru’ low ranch, tae’dy mïdy tï yu’ xí’ ido’nu… tyopzi xaba’ rzi xhana’… txi guka’ bitxi’n, tae’dy mïdy rzi’ xhana’ cuaderno, tae’dy mïdy rnae’ xkily tï go’w ni gawa’. “Había mucho trabajo en el rancho,” Feliciana me contó en zapoteco. “No había dinero para comprar comida para comer… mi mamá me compró solo dos vestidos… cuando fui chiquita, no había dinero para que mi mamá me comprara cuadernos para ir a la escuela, no había dinero para que lo llevara yo a la escuela para comprar qué comer.” Agregó en español, “’No fui a la escuela tantos días porque no había dinero. ¿Con qué dinero me iba a comprar mi mamá cuadernos y lápiz?”

 

“Ahora, ya no hay mucho trabajo. Pero antes…. en el rancho había de todo, y llovía mucho. Ahora, la tierra está triste.” Feliciana atribuye la salud de su mamá a la pureza de la vida en el monte y a las comidas naturales que comía. Todavía se niega a comer comidas como el queso y el puerco, que fueron introducidos recientemente a la dieta en San Miguel. La vida será más fácil ahora, pero la comida no es pura, las personas no son tan saludables y los niños están perdiendo el sentido del valor por las comidas que producen y han comido por tanto tiempo. La manera en la cual habla la gente de este “antes” en San Miguel refleja una profunda valorización de la agricultura que va más allá de lo económico. El monte aún cobra vida con milpa cada verano aunque nadie sabe si podrá sacar una cosecha.

 

Adele Woodmansee estudia Biología Integrativa y Antropología Social en Harvard College. Recibió una beca de DRCLAS para su trabajo de campo en Oaxaca.