Aquí Nicaragua, cambio...

 (Poesía: situación actual; breve reporte)

Por Carlos M-Castro

Fotos por la juventud de Solentiname, guiada por Tiago Genoveze

Ernesto Cardenal es el mayor de los poetas nicaragüenses vivos. Nacido en 1925, y todavía activo (en 2018 publicó un extenso poema como libro), ninguno de sus paisanos supera su longevidad creativa, y habrá quien incluso lo considere, a despecho de su colega Fernando Silva (1927-2016), el más nicaragüense de los nicaragüenses, y aun el más vivo de los vivos. Entre todos, Cardenal es quien sin duda ejerce mayor influencia en el idioma compartido por más de quinientos millones de personas. Luego de él, aunque quisiéramos evitar escalafones estilo podio olímpico, podríamos tal vez nombrar a Gioconda Belli (1948).

Photo by Carlos Ignacio Baez Hernandez

«Influencia en el idioma». Tamaña hipérbole. Pero veamos de reojo el río que arrastra nuestros días: el mercado y su oráculo doméstico, Google. Una de las editoriales más prestigiosas de poesía en español es Visor, que distribuye sus libros a ambos lados del Atlántico. En su catálogo encontramos a cinco de los nicaragüenses vivos: Cardenal y Belli, con 6 libros cada cual, y Francisco de Asís Fernández (1945), Daisy Zamora (1950) y Carlos Fonseca Grigsby (1988), con uno cada uno; aunque si nos asomamos a las webs de algunas de las librerías más icónicas de México —uno de los países que más importan libros desde España, hogar de Visor—, solamente encontramos a Cardenal y Belli en todas ellas (El Sótano, Gandhi, Péndulo, Porrúa), mientras que Zamora, con ese libro (La violenta espuma, 2017), únicamente está en Gandhi y Péndulo; Fernández, con títulos de otras editoriales (mexicana, La Otra: Luna mojada, 2015, y española, Alfar: La traición de los sueños, 2015, en PDF) está solo en El Sótano; Fonseca Grigsby, por su lado, no está, con su único libro publicado hasta ahora (Una oscuridad brillando en la claridad que la claridad no logra comprender, 2008), ni en la biblioteca nacional.

Y si escribimos «poeta nicaragüense» en el celebérrimo buscador, es probable que el algoritmo nos devuelva, encabezando los resultados, un panel con fotografías y nombres (tipo cromos coleccionables) que incluirá entre los primeros a Cardenal y Belli, junto con otros ya físicamente desaparecidos como Rubén Darío (1867-1916) o Claribel Alegría (1924-2018), Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) o Carlos Martínez Rivas (1924-1998). No podremos, además, dejar de notar seguramente un rostro asociado hoy menos con las letras que con aquello que, decían antaño, las hace entrar: el de la actual vicepresidenta de Nicaragua, Rosario Murillo (1951), de quien no encontraremos ningún libro en librería alguna, a no ser de viejo: dejó de publicar poesía en 1990, cuando se dice que mandó destruir el tiraje completo de Como los ángeles —si bien durante la campaña electoral de su marido que dirigió con éxito, en 2005-2006, colgó casi todos sus poemarios, inéditos incluidos, en un sitio web proselitista—.

 

Tal vez nos tentaría, llegados a este punto, la idea de establecer alguna relación entre la media docena de poetas nicaragüenses vivos antes nombrados. Más que estéticamente, aunque también —pudiendo de algún modo salvar a Fonseca Grigsby—, se vinculan todos ellos —y aquí sí claramente salvo el último— por haber combatido al poder (político) nicaragüense y haberlo tomado luego o compartido colegiadamente, unos más, otros poco menos. Esta simbiosis Literatura/Poder, Política/Estética, será como la c en la conocidísima fórmula de Einstein que resume la obsolescencia de referentes absolutos durante la era en que —todavía hoy— pervivimos, y que asimismo evidencia cómo la masa puede transformarse en Energía. La constante, pues, en el sistema que más o menos, disculpando simpleza o simplificación, representan nuestros —todavía hoy— protagonistas. Sistema que antes de su asalto colectivo funcionaba, desde lo literario, más o menos igual, pero con un matiz algo significativo: para los poetas hegemónicos predecesores, entre quienes es fácil colocar al ya referido Cuadra junto con quien por mucho tiempo fue considerado maestro antonomástico entre los letrados nicaragüenses, José Coronel Urtecho (1906-1994), no era necesario tomar el poder si podían ejercer lo que llaman el soft power, y su invariante era entonces algo más como Literatura/Nación (o quizá Nación/Literatura) y aprendieron a convivir con la política (y operar en ella) de una forma —digamos— subrepticia, como quien no quisiera la cosa.

Y la cosa, justamente, la cosa pública: la república o su posibilidad —además de comprobables consanguinidades—, es lo que, por intentar influenciar o conducir el destino del país, ha mantenido estrechamente vinculados a los poetas nicaragüenses durante casi un siglo: «El Siglo de la Poesía en Nicaragua», como propone otro miembro de la estirpe, Julio Valle-Castillo (1952), que así titula su antología-enciclopedia (tres volúmenes: unas dos mil páginas) de lo que se ha dado en llamar poesía nicaragüense, cuya definición propuesta por Coronel Urtecho y Cuadra —quienes inventaron, digamos, el constructo— es ligeramente ampliada en cuanto a sus orígenes, recuperando para su historia a los modernistas, a quienes coloca en los orígenes de este «fenómeno, tan individual como colectivo, excepcional en la lengua común de España y América», con lo que disminuye la carga que para aquellos debía ser llevada por Darío: la fundación de la literatura nacional (léase poesía nicaragüense), y con ella —y he aquí uno de los mitos modernos o modernizantes más arraigados, cortesía del XX y sus poetas—, la fundación de la nación («Nicaragua: tierra de poetas», etcétera).

Photo by Jader Jose Hernandez Jimenez

 

Porque la Historia, incluso de la Literatura, se apura a recordarnos en su «canon abierto» de la «última poesía en español» Remedios Sánchez García, «la escriben siempre los vencedores». Y, añade: «también hay vencedores y vencidos en poesía». Su trabajo, publicado por Visor en 2015 y elaborado bajo una inquietante idea democratizadora de la antigua autoridad a partir de la cual doscientos investigadores de un centenar de universidades del ámbito occidental literalmente votaron para elegir a «los poetas más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970», incluye una muestra de la obra de cuarenta autores nacionales de una catorcena de países entre los que solamente uno es nicaragüense: Francisco Ruiz Udiel (1977-2010).

El canon abierto, más allá de toda polémica, transparenta algunos de los mecanismos que llevan (o no) a un poeta a perdurar. La poesía, al fin, hecha ya poema, es un acto social o nada. Murillo, por ejemplo, vive quizá una de sus horas altas por aquello de que no existe publicidad mala; pero, aunque muestras de su obra aparezcan en casi todas las antologías referenciales de la poesía nicaragüense, es la única de los ya citados que Daniel Rodríguez Moya omite en La poesía del siglo XX en Nicaragua, que Visor publicó en 2010 en su colección La Estafeta del Viento América, donde, dos años después, Ángel Esteban y Ana Gallego Cuiñas antologarían, bajo el título Juego de manos, la «poesía hispanoamericana de mitad del siglo XX», que incluye a tres nicaragüenses: Cardenal, Belli y Martínez Rivas. 

Este último, cuyo vigésimo aniversario luctuoso pasó desapercibido en junio de 2018 seguramente por la situación hipercrítica de Nicaragua (con Murillo justamente de coprotagonista, Belli como actriz de un reparto acostumbrado a los primeros planos y Cardenal haciendo puntuales cameos), es un consolidado poeta canónico de la tradición nicaragüense, aunque su obra circule relativamente mal. Falta ver si otros, fallecidos más recientemente, como Vidaluz Meneses (1944-2016) o Edwin Yllescas Salinas (1941-2016), Carlos Rigby (1945-2017) o Ana Ilce Gómez (1944-2017), gozarán de igual salud al paso de los años.

Si vemos los libros de texto de Lengua y Literatura editados por el Ministerio de Educación de Nicaragua para las escuelas públicas, notaremos la recurrencia de poetas como Darío, Cuadra o Coronel Urtecho, junto con otros como Azarías H. Pallais (1884-1954), Joaquín Pasos (1914-1947) o Salomón de la Selva (1893-1959), y es apenas en el libro del último grado donde leemos un poema de La insurrección solitaria, libro icónico de Martínez Rivas publicado en 1953, junto con otro de Cardenal y uno más de Belli. Aparte de estos dos, y una poeta mucho más joven, Andira Watson (1977), cuyo nombre se cambia por «Indira» y que aparece con un breve poema citado de pasada en el libro de octavo grado, ningún otro poeta vivo está en las páginas de instrucción pública, aunque debemos señalar que Gómez no había fallecido cuando su poema «Ángel de expulsión» fue incluido junto con el de Belli, «Y Dios me hizo mujer», en la unidad sobre «voces femeninas».

Y es que, a falta de industria editorial, un sistema de certámenes literarios consolidado, e incluso recepción académica o casi cualquier otro tipo de crítica de los pocos poemarios publicados anualmente en Nicaragua (en 2016, último año del que se disponen datos, se registraron 153 títulos, en todas las materias, ante la agencia ISBN), han surgido modos alternativos de construcción del canon poético —que debe reactualizarse constantemente— y de incorporación de nuevos autores al campo literario. A principios de siglo todavía circulaban cada sábado sendos suplementos consagrados a las letras con los dos diarios más grandes: La Prensa Literaria, fundado por Cuadra y cuya edición asumió luego —mientras duró— Marta Leonor González (1973), y El Nuevo Amanecer Cultural, dirigido primero por Luis Rocha Urtecho (1942) y luego —mientras duró— por Erick Aguirre Aragón (1961), ambos miembros de número (con Fernández y Valle-Castillo) de la Academia Nicaragüense de la Lengua, que Cuadra dirigió.

Photo by Stephanny Rachell Carbonero Rosales

Hoy los espacios de circulación de poesía, además del libro (con la desventaja de que cada vez menos editoriales locales publican poesía y la mayoría cobran el «servicio» a los autores), se limitan a un par de revistas impresas de escasa circulación (quizá la única con un alcance relativamente amplio sea El hilo azul, fundada en 2010 y dirigida por Sergio Ramírez [1942], con Ruiz Udiel como su primer jefe de redacción) o virtuales (las más destacables serían 400 Elefantes, que administran González y Juan Sobalvarro (1966) desde 1997 luego de tres años publicándola impresa; Carátula, que dirige desde 2004 el mismo Ramírez y editó también Ruiz Udiel; Álastor, dirigida por Berman Bans [1976] y fundada en Managua en 2016 con Víctor Ruiz [1982] y Yader Velásquez [1992], o Ágrafos, fundada en Washington, D.C. por Roberto Carlos Pérez [1976] y Mario Ramos [1977] en 2017). Luego quedarían blogs y redes sociales, cuyo alcance y nivel de validación es difícil de medir, pero que representan posibilidades interesantes de socialización directa.

Desde 2005 se realizaba también el Festival Internacional de Poesía de Granada, dirigido por Fernández y que organizaba cada año lecturas públicas de poetas de varias nacionalidades y lenguas, espacio de no poca importancia para el tráfico de ideas y contactos (la edición de 2016, por ejemplo, dedicada a Ernesto Mejía Sánchez [1923-1985], propició, por el encuentro casi fortuito entre Juana de los Ángeles Mejía, hija del poeta, y Marco Antonio Campos, la edición de Recolección a mediodía por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México); pero, debido a la situación en Nicaragua, este 2019 no se realizó y habrá que ver si se reactiva cuando (¡¿cuándo?!) el país resuelva sus problemas políticos.

Hay una tradición poética y un modo de entender la poesía —su función, sus límites, su lenguaje— encarnados en patriarcas como Cardenal y que se han mantenido más o menos intactos desde los días hegemónicos de Cuadra y Coronel Urtecho. Un posible agotamiento del modelo, sin embargo, puede intuirse en, por ejemplo, la falta de reactualización del canon, tradicionalmente ejecutada, en parte, con antologías editadas por poetas nicaragüenses a medida que se integran al campo literario —el más reciente fue Héctor Avellán (1973), que en 2012 compiló Nicaragua: el más alto canto, partiendo de Darío y acabando en Fonseca Grigsby—, o en la distancia que la mayoría de quienes tienen cuarenta años o menos (nacidos a partir de 1979) han mantenido, al menos hasta ahora, hacia la acción política directa, los activismos sociales o la burocracia estatal. Pero es en los textos donde hay que buscar las perturbaciones. Algunos poemas de estos autores novoseculares, que pudieron haber sido bisnietos o tataranietos del más vivo de los poetas nicaragüenses vivos, pueden leerse en una reciente muestra compilada por quien tras el siguiente punto le dirá a usted, persona atenta, cambio y fuera.

 
Bakú, Azerbaiyán
Junio, 2019
 
Carlos M-Castro es un autor y editor que enseña español como lengua extranjera en Bakú, Azerbaiyán, donde temporalmente reside desde 2016. Su sitio web es lectordislexico.net.