Arqueología en Amazonia

Un paisaje antropogénico

Por Sadie L. Weber

En junio de 2017, cuando yo debería haber estado escribiendo mi tesis doctoral en arqueología andina, decidí unirme al proyecto arqueológico dirigido por Helena Lima, investigadora y curadora en el Museu Paraense Emílio Goeldi en Belém, Pará. Soy una arqueóloga que, hasta hace poco, trabajaba exclusivamente en los Andes peruanos, es decir, no estaba muy familiarizada con la arqueología en las tierras bajas.

Este proyecto brasileño, ubicado en la Floresta Nacional de Caxiuanã y sus áreas circundantes, demuestra que no solo las regiones fluviales de la Amazonía estaban densamente pobladas, también los asentamientos extendidos a los espacios interfluviales, en este caso, los territorios ubicados entre las áreas asentadas de los ríos Xingú y Tocantins. Yo, era una arqueóloga Andinista que trabajaba exclusivamente en los Andes del Perú, es decir, no estaba muy familiarizada con la arqueología en las tierras bajas. 

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Una casa ribeirinha (un pueblo tradicional que vive en las márgenes de ríos) rodeado por palmeras de açaí.

Cuando uno navega por el río Amazonas y los arroyos tributarios más pequeños, denominados igarapés, es imposible no ver la marca de los humanos, a pesar de que esta marca puede no ser aparente al principio. Lo primero que veíamos al costado del barco fue un caleidoscopio verde, salpicado de palmeras de açaí y aguaje. Eventualmente, las palmeras dominaron nuestra vista, anunciando la cercanía a un asentamiento humano que se fue abriendo en medio de la selva. Eventualmente nuestro barco paró en un grupo de casas asentadas a las orillas de un igarapé. Descargamos nuestros equipamientos y entramos en la selva por un camino de tierra, que nos condujo al pueblito de Gurupá-Mirim. Este lugar sería nuestro hogar durante las próximas dos semanas mientras llevamos a cabo una excavación arqueológica de rescate. Nuestro trabajo tenía como finalidad liberar la zona donde se instalaría una red eléctrica más permanente. Para la sorpresa de todos, encontramos evidencia sustancial de la antigua ocupación humana, especialmente, asociada al consumo de animales que también están presentes en las mesas de los pobladores actuales: animales de caza, açaí, camarones, yuca y pescado.

La Amazonía ocupa una posición de punto de acceso a la biodiversidad en nuestro mundo moderno. Este gran territorio – bajo la amenaza de uso excesivo humano, incendios, minería y deforestación ilegal-es en el centro de las batallas políticas y físicas generadas por controlar el cómo y por quién debe ser utilizada.  Esta presencia humana altamente extractiva y dañina comenzó solo hace 500 años. Antes de la llegada de los europeos a Sudamérica, los pueblos indígenas también utilizaron este territorio, pero de manera sostenible, establecieron asentamientos, algunos incluso de gran tamaño, afectando su entorno. Esta modificación del territorio por el hombre es lo que denominamos "antropogénico,” es decir, creado por la acción humana.

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Un fragmento de ceramica koriabo encontrado por los pobladores de Gurupá-Mirim.

El debate sobre el uso humano de la Amazonía ha oscilado entre dos conceptos: la idea de la Amazonía como un entorno superficialmente rico pero muy disperso que no permitía sostener grandes poblaciones, y, por otro lado, el parque cultural que podría haber sostenido una población de hasta ocho millones. En ambos lados de este debate estuvieron Betty Meggers y Donald Lathrap, dos arqueólogos estadounidenses que fueron cautivados desde el principio por el pasado y las culturas contemporáneas en la Amazonía. Sin embargo, discreparon profundamente sobre la capacidad de la Amazonía para sostener asentamientos extensos y complejos. Para Meggers, la hermosa cerámica policroma de la isla de Marajó en la desembocadura del río Amazonas se parecía a la cerámica japonesa. Estas cerámicas, por tanto, habría llegado a América del Sur con antiguos colonos japoneses de la región. Por su parte, para Lathrap, las complejas y monumentales sociedades de los Andes peruanos hubieran sido el producto de los primeros asentamientos amazónicos. Aunque ambos investigadores ya fallecieron, el legado de sus trabajos perdura en la arqueología contemporánea amazónica y andina La pregunta sobre qué tan intenso la Amazonía fue utilizada por el hombre perdura, y estas teorías han sido reevaluadas debido a la evidencia arqueológica que ha surgido en los últimos 50 años. Ahora sabemos que la Amazonía no solo era un ambiente ideal para el asentamiento humano, sino también, lejos de ser un bosque virgen, cuenta con su propia historia cultural

Asentamientos Iniciales en la Amazonía

Aunque las preguntas sobre cuándo y cómo llegaron los humanos a las Américas siguen siendo polémicas, sabemos que al menos hace aproximadamente 15,000 años los humanos ya vivían en América del Sur, en particular, en la costa de Chile en el sitio denominado Monte Verde. En el gran esquema de la historia humana en América del Sur, la colonización de la Amazonía ocurrió poco después, o al menos la evidencia arqueológica así la refleja.  En lo que hoy es el estado de Pará, cerca de la moderna ciudad de Santarém, se encuentra el sitio Caverna da Pedra Pintada, un refugio rocoso con pinturas que adornan sus paredes. Primero excavado por Anna Roosevelt y Edithe Pereira en la década de 1990 y principios de 2000 y, más recientemente, por Pereira y Cristiana Barreto, los cuales determinaron que el sitio fue habitado hace más de 11,000 años. Cuando se publicaron estas fechas, desato una gran controversia en el mundo, Roosevelt recibió una fuerte reacción de los académicos que trabajan en los Estados Unidos. En ese momento, existía un consenso general que el asentamiento inicial de todas las Américas habría ocurrido hace solo 10.000 años, cuando los cazadores-recolectores nómadas (por ejemplo, la cultura Clovis) siguieron a las megafaunas en las duras áreas pos-glaciales del oeste de América del Norte. 

Parecer ser, que Caverna da Pedra Pintada, y otros sitios semejantes, sirvieron como refugio para las personas durante las estaciones climáticamente impredecibles. Las personas que ocuparon la Cueva de Pedra Pintada no encajaban en la imagen típica de los primeros pobladores de las Américas que perseguían la megafauna por todo el continente. Estas personas produjeron arte rupestre y desarrollaron una relación profunda con el paisaje, que incluía el uso de animales acuáticos y plantas que hasta el día de hoy son culturalmente importantes como la castaña del Brasil y el Astrocaryum aculeatum (conocido como cumare, alcoyure, o acaguru en países hispanohablantes), entre otras especies de árboles y palmeras.

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Una mujer de Gurupá-Mirim demuestra un fragmento de cerâmica koriabo que ella encontró en su huerta. Es muy como que los pobladores de la aldea guaran las cosas que encuentren para mostrarlos a los arqueólogos.

Si bien los sitios como Caverna da Pedra Pintada son relativamente raros, la ocupación temprana marca un establecimiento crucial y diferente de la presencia humana en la Amazonía que va más allá de las ideas generales de los paleoindios persiguiendo megafaunas. Asentamientos como este estimularon la ocupación constante y permanente de la Amazonía fomentando a una relación indígena profundamente arraigada con el paisaje, manejando los recursos locales de plantas y animales, así como transformando físicamente la tierra. De este asentamiento inicial surgieron innovaciones distintas como el cultivo de plantas, y tecnologías como la cerámica. La población indígena alteró el paisaje de tal manera que su huella todavía permanece en este territorio en forma de terras pretas o tierras negras, geoglifos de tierra o montículos que respetan diversas formas geométricas en el suelo, y, sobre todo, en la diversidad biológica de la Amazonía.

Terras Pretas o Tierras Negras

Los sedimentos naturales de arcilla ferruginosa de la Amazonía son nutricionalmente deficientes, ácidos y se agotan rápidamente. Sin embargo, el cultivo de plantas era posible, incluso desde el principio. Aunque existe una feroz competencia por los nutrientes del suelo entre las plantas en la Amazonía, ciertas especies de plantas están más adaptadas a estos ambientes ácidos y con escasez de nutrientes que otras. Estos incluyen la yuca, la papaya y el açaí, entre otros. Sin embargo, con el tiempo, a medida que los humanos cultivaron más y más plantas, la gente comenzó a vivir en asentamientos más permanentes; formaron tierras negras, también conocidas como tierras antropogénicas oscuras. 

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Archaeology students sift through the soils at Sol de Campinas looking for ceramics, stone tools, and carbonized seeds.

Cuando estas tierras negras fueron registradas por la primera vez por el mundo académico, se consideraron el resultado de las cenizas transportadas por el viento desde los Andes hacia el este, producto de las erupciones volcánicas. Para un elemento tan esencial y presente en la Amazonía, esta explicación exógena puramente ambiental muestra cómo se percibe hasta ahora la Amazonía, un espacio de pobreza biológica y cultural. A este punto se suma la discriminación hacia la población indígena que es constantemente desacreditada por ser la responsable del rostro que tiene la Amazonía actualmente. Afortunadamente, gracias a los estudios que se vienen realizando, se reconoce que estos suelos antropogénicos, las tierras negras, fueron creados por la acción humana, tanto intencional como involuntariamente.

La prueba está contenida en los suelos mismos. Estos suelos suelen contener material cultural como herramientas de piedra, fragmentos de cerámica, huesos de animales y restos de plantas quemadas. Estos materiales parecieron ser utilizados como abonos y, probablemente, fueron vertederos de basura. En la confluencia de los ríos Negro y Solimões, cerca de la ciudad de Manaos, Brasil, Eduardo Neves, profesor de arqueología en el Museo de Arqueología y Etnología de la Universidad de São Paulo, identificó depósitos profundos de tierra negra, algunos de los cuales datan de hace casi 2.000 años. Aunque las estimaciones varían, se cree que la tierra negra representa del 3 al 10% del suelo en la Amazonía. En algunas áreas, las tierras negras son el resultado del proceso de la agricultura de tala y quema. Aunque la frase "tala y quema" puede ser una señal de alerta para quienes están acostumbrados al discurso de conservación ecológica, esta forma de agricultura es una práctica tradicional que puede aumentar la biodiversidad en un área con el tiempo, dejando espacio para especies de plantas y animales que no compiten entre ellas. 

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Los perfiles de esta unidad de excavación presentan varias capas de quema y reocupación y reutilización. Los objectos en las paredes de la unidad son fragmentos de cerámica que quedan allá hasta el fin de la excavación y hasta que se termina el dibujo de los perfiles.

Hoy, las tierras negras son recursos deseados para los granjeros y los horticultores, a pesar de que los sitios donde se encuentran las tierras negras son sitios arqueológicos. Las personas extraen la tierra negra para utilizarlas como fertilizante, o los jardines o huertos se plantan inmediatamente encima de los sitios arqueológicos. Si bien esto lleva a cabo la destrucción de contextos arqueológicos y lugares culturalmente significativos, no todos los que extraen o usan estos suelos necesariamente saben que son arqueológicos.

Los trabajadores de la estación de IBAMA (Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables), cerca de donde nos alojamos en Caxiuanã, habían excavado tierra negra para plantar sus huertas. Junto a las plantas de calabaza y cebolla se hallaban herramientas antiguas de cerámica y piedra. Esta pequeña huerta es un ejemplo del problema que existe de la falsa dicotomía entre la preservación biológica y cultural.

Monumentalidad Arquitectónica en la Amazonía

A menudo ignoradas por las ideas e imaginarios populares de la Amazonía, las antiguas sociedades amazónicas construyeron asentamientos monumentales que se extienden desde el departamento de Madre de Díos en Perú hasta los Llanos de Mojos en Bolivia, y más al este hasta Mato Grosso, Brasil. Estas obras de tierra, geoglifos, zanjas y caminos fueron notados relativamente recientemente por los agricultores que limpiaron sus propiedades en los años sesenta y setenta, quienes inicialmente asumieron que se trataba de trincheras dejadas por las Guerras del Acre. Se pensaba que estas trincheras eran demasiado perfectas y masivas para haber sido construidas por la gente indígena local. Sin embargo, poco después en 1977, cuando Alceu Ranzi, un geógrafo de Acre sobrevoló el área, observó enormes formas rectangulares y circulares en el paisaje, algunas con caminos que las conectaban, confirmando que estas estructuras no eran formaciones geológicas naturales.

Sin embargo, este descubrimiento tiene un sabor agridulce; estas construcciones solo se hacen visibles debido a la deforestación desenfrenada que actualmente sigue en la Amazonía destinada a liberar tierra para la cría de ganado. Solo en el estado de Acre, hay más de 500 geoglífos conocidos, con al menos otros 300 en las áreas circundantes. Sin embargo, muchos permanecen ocultos debido a las diferentes políticas de uso de la tierra en Perú y Bolivia.

El trabajo pionero de la fallecida Denise Schaan reveló el alcance y la complejidad de estas redes de geoglifos. Recientemente, los académicos determinaron que las áreas en las que existen los geoglifos actuales no estaban cubiertas por la densa selva tropical que muchas personas tienen en mente al pensar en la Amazonía. Cuando se construyeron muchos de los primeros geoglifos hace unos 3.000 años, el área que ahora cubre Acre y Rondônia en Brasil y en el noreste de Bolivia era una zona de transición entre bosques y sabanas que era mucho más secas que hoy.  

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Una alumna doctoral en arqueología coloca unos hilos en los perfiles para definir las capas de una unidad de excavación. La capa superior y oscura es terra preta, la próxima capa está hecha de conchas rotas que se usaron como relleno de construcción y la arcilla de color óxido es la superficie (más o menos) original.

En junio y julio de 2018, trabajé con el profesor Gary Urton del Departamento de Antropología de la Universidad de Harvard y Neves en el sitio de Sol de Campinas, un sitio arqueológico de geoglifos a solo 60 kilómetros al este de la ciudad de Rio Branco, en el estado de Acre en el norte de Brasil. Sol de Campinas es un anillo de pequeños montículos alrededor de una plaza central que cubre aproximadamente 25,000 metros cuadrados, o aproximadamente el tamaño de una cuadra de la ciudad. Esto ni siquiera incluye los tres caminos existentes que irradian desde el centro. Este tipo de asentamiento todavía existe hoy en las reservas indígenas en todo el Brasil; y sigue siendo una forma importante de organizar espacialmente una comunidad.

Nuestro proyecto tenía como objetivo identificar cómo se construyeron los montículos, y cuál fue el patrón de asentamiento y uso del área. Mientras los estudiantes disfrutaban de su tiempo en el campo, también se sintieron decepcionados por la falta de bosque a nuestro alrededor. Sol de Campinas está en medio de pastos modernos y, a pesar de nuestras advertencias previas, los estudiantes esperaron poder excavar rodeados de bosques. Sin embargo, incluso hace 1.500 años cuando se construyó el Sol de Campinas el paisaje se veía muy diferente a al imaginario popular de la Amazonía. 

El trabajo de Jennifer Watling, del Museo de Arqueología y Etnología de la Universidad de São Paulo, confirmó que el área estaba cubierta por bosques de bambú y palmeras, y estos bosques eran manejados por las personas que vivían allí. Cuando se construyó el geoglifo, se abrió temporalmente una pequeña área del bosque de bambú, y luego se permitió la regeneración. Hace solo 1.700 años, el bosque de hoja perenne y húmedo, que consideramos como amazónico, comenzó a expandirse más al sur. 

Además, la extensión máxima de la selva amazónica observada hoy se debe a la despoblación rápida y dramática de la región después el año 1492. Un bosque cultural se ha convertido en uno que aparentemente es natural. De hecho, los efectos de la antigua acción humana todavía se pueden ver en la biodiversidad de la Amazonía actual. Los inventarios biológicos de especies arbóreas en el Amazonas han demostrado que, de todos los árboles presentes en el Amazonas, solo 227 de las 4,970 especies estimadas presentes allí son hiperdominantes; es decir, representan la mitad de todos los árboles en el área. Además, muchos de estos árboles hiperdominantes son útiles para los humanos y se concentran en sitios arqueológicos, como el açaí y el cacao, para mencionar algunos de los más reconocidos. Por lo tanto, se cree que una gran parte de la selva amazónica que hoy conocemos fue creada por poblaciones indígenas.

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Costales de semillas de açaí descartados después del proceso de extraer la pulpa de las frutas.

Esta aparente fugacidad de la Amazonía boscosa es problemática. Por un lado, la evidencia arqueológica demuestra que las populaciones indígenas han sido una parte integral de la formación de la Amazonía como lo es hoy; por otro lado, esta investigación normaliza el uso humano del paisaje. Sin embargo, este uso humano que hemos visto en el pasado no fue tan destructivo como el cultivo moderno de soja, el ganado, la tala o la minería. En cambio, los usos tradicionales de la tierra por parte de las poblaciones indígenas y eventualmente quilombolas o palenques han aumentado la salud y la biodiversidad de la Amazonía.

El efecto humano

En 1541, Francisco de Orellana navegó a lo largo del río Amazonas, comenzando cerca de lo que ahora es Quito, Ecuador, y probablemente terminó cerca de la isla de Marajó. Informó haber visto asentamientos extensos y densamente poblados en las orillas del río, con una red de carreteras conectándolos. La gente en las ciudades fortificadas producía arte y cerámica que "rivalizaban con los de Málaga". Estos asentamientos fortificados sorprendieron a Orellana, pero años después las ciudades casi desaparecieron. El relato de Orellana fue desacreditado no solo por sus fantásticas historias de las Guerreras Amazónicas, sí, las guerreras de la mitología griega, sino también porque estas poblaciones habían desaparecido. Sin embargo, la evidencia arqueológica ahora confirma las observaciones de Orellana. La Amazonía, como sabemos ahora, apoyo el surgimiento de sociedades complejas en el pasado.

Esta rápida despoblación de la Amazonía, particularmente alrededor de los ríos principales, es lo que algunos estudiosos han argumentado que conducen al aumento de los bosques de la cuenca del Amazonas actualmente: la eliminación de los pueblos de la ecuación ambiental permitió la expansión de estos bosques. Sin embargo, las áreas con una biodiversidad particularmente alta y bosques "saludables" son aquellas donde los humanos continúan practicando formas de vida tradicionales. En lugar de repetir hechos deprimentes sobre la cantidad de bosque perdido en la Amazonía diariamente, en particular en Brasil, se necesita una perspectiva a futuro. El manejo indígena y, por lo tanto, la demarcación de las tierras indígenas y de las comunidades tradicionales, son esenciales para la supervivencia de este recurso. El estándar de conservación ecológica que excluye a los humanos de la ecuación no funciona para esta parte del mundo. Aquí, la preservación cultural es la preservación biológica.

 

Sadie Louise Weber es becaria postdoctoral en el Departamento de Antropología de Harvard y trabaja en Perú y Brasil. Está interesada en la vida tradicional, la alimentación y la arqueología ambiental. Sadie puede ser contactado en sweber@fas.harvard.edu.