Arribos de la Máquina Salsera (Spanish version)

Escuchar como experiencia

Por Juan Carlos Quintero-Herencia 

Ante la pregunta, en apariencia, inocente “¿cómo llegó a su libro La máquina de la salsa. Tránsitos del sabor?” no puedo sino pensar en las idas y venidas que arrastraron la confección del texto. Desplazamientos, arrebatos, descargas y enamoramientos rodean y corroen mi escucha salsera. La escritura del libro traza un largo y poroso arco temporal desde finales de los años 80 del pasado siglo hasta su publicación en el 2005. Darle el cuerpo a lo que supuso escuchar Salsa desde niño en un urbanización de clase media en Río Piedras, Puerto Rico fue también participar en una escena crítico intelectual muy particular en esa isla caribeña a finales del siglo XX. Contemporáneos a la escritura de mi estudio sobre el imaginario de la Revolución cubana (Fulguración del espacio. Letras e imaginario institucional de la Revolución cubana. Beatriz Viterbo, 2002), y a una zona considerable de mi poesía, los primeros ensambles de mi Máquina son ilegibles sin la breve efervescencia que experimenta el campo intelectual puertorriqueño a mediados de los años 1990 y principios del 2000. Las polémicas y replanteos que editaron las principales revistas independientes del momento bordes, Nómada y Postdata le dan a la Máquina una caja de resonancias inmediata. Escritores, sociólogos, historiadores, filósofos y críticos, de alguna manera, incitados por el llamado “giro lingüístico”, lo mejor de la crítica psicoanalítica, la filosofía post-estructuralista y post-marxista convergían en dichos espacios con una enorme voluntad de discusión que aún no recibe la debida consideración crítica e histórica que merece. Pero fueron también otras las venidas del libro, las idas a la escucha que me permitieron encontrar en los textos y números salseros una suerte de lavado bucal ante la desazón totalitaria de la Cuba castrista y la mediocrización rampante del espacio intelectual puertorriqueño.

La experiencia de la escucha que sostiene el texto es también una suerte de sumergimiento en la musicalidad y el pensamiento que genera en un sujeto. Le presto el oído a la experiencia de la musicalidad como un modo de transitar las demandas propias de toda escucha. Escuchar a diferencia del mero oír, implica acechar ese otro cuerpo-realidad que emite sus resonancias y murmuríos con mi cuerpo. No me interesó la taxonomía musicológica ni el inventario pobremente sociológico. Me avasalla la musicalidad como frotamiento, como una zona de tactos, de contactos, de sensualidades posibles entre el cuerpo que se ofrece sus resonancias y las que se agitan en una escucha siempre particular. La sonoridad entonces que me hala de las orejas en la Salsa, pues se trata de una tensión y un punto de inflexión para varios cuerpos, forma parte de una escena de estremecimientos sonoros que conformaría un misterio acústico: el surgimiento de un sensorium caribeño. Esta escena de comienzos y declinaciones se encuentra desperdigada entre varios objetos y cuerpos, incluidos claro está, los musicales, y con ellos sería posible adelantar algunas ideas en torno a la corporalidad que gusta transitar o habitar el archipiélago Caribe. Eso es lo que creo perseguir al escuchar algunas canciones, al leer algunos poemas, pues imagino que en ellos resuena el comienzo de una razón de estar en vibración caribeña. Se trataba (se trata) entonces, de pasar por esa abertura donde un mundo se expone y (se) abre a la materia de sus resonancias.

Mucha de la impronta polémica del libro responde a los incipientes protocolos académicos que han montado un kioskito en torno a los relatos identitarios que tejen algunos de los intérpretes salseros. Quise reflexionar, por igual, ante la incomodidad generada, otra vez, por un género musical en el Caribe y en específico en Puerto Rico, como también revelar la gentil prescripción de modales que se le ocurrían a críticos, historiadores, antropólogos y sociólogos ante el cuerpo salsero. El moralismo, la pacatería, como también la idealización de los progresistas aguacatones de siempre, se desencontraban con lo que, me parece, esas canciones hacen. Quise, por lo tanto, pensar alarmas, asediar diagnósticos, cuestionar escamoteos y esos regañitos surgidos ante los cuerpos que allí se exhibían y que, por supuesto, compiten con el cuerpo social que diseñan algunas de las utopías letradas o coloniales en el Caribe.

La metáfora de la “máquina”, de la maquinación del género, no solamente era un recurrente tema y topos salsero, también habilitó los esbozos para una teoría en torno a la performatividad, a la significación genérica de lo musical en el Caribe sobre la que aún trabajo. La maquinación entendida como acecho y como un proyecto estético que busca trabajar, cambiar el rumbo, consumir y transitar alguna negatividad o infortunio, es un módulo para la transformación de voces, rostros, cuerpos, relatos y topografías recurrente en los desempeños musicales caribeños. La maquinaria musical caribeña gusta de la metamorfosis, igual es voz, tren, yola, trapiche, olla, sexo, nave espacial. Al final, llegué a esa máquina intentando dar cuenta de sacudimientos muy personales: La voz de Héctor Lavoe y el pecho enclavado, el grito de "Azúcar" de Celia Cruz y los pies idos, la conversación de las trompetas y el trombón del Gran Combo, el plante letal de Chamaco Ramírez y la jiribilla en los miembros del desespero.

 


Juan Carlos Quintero-Herencia is Professor at the Department of Spanish and Portuguese, University of Maryland, College Park.