Arte y Política

 

Identitdad y el arte de descolonización

By Maristella Svampa

La expansión del activismo cultural constituye una de las características más emblemáticas de las nuevas movilizaciones sociales en América Latina. Bolivia no es una excepción, pese a que la fuerte presencia de grandes organizaciones sociales, muchas de ellas de carácter étnico, tiende a invisibilizar el rol político y social que los colectivos y organizaciones culturales tienen, tanto en la creación de nuevos sentidos políticos como en la reproducción y amplificación de las luchas sociales.

En la actualidad, en las ciudades de El Alto y La Paz existen una multiplicidad de expresiones artísticas, desde el teatro, la música, las artes plásticas, así como numerosos colectivos y organizaciones culturales atravesados por una fuerte narrativa descolonizadora, algunos bastante institucionalizados, que subsisten gracias al apoyo de ONGS y la cooperación internacional. Existen casos muy innovadores y de largo aliento, como el de Teatro Trono, fundado en 1989 en El Alto, que estimula el trabajo colectivo a partir de la cotidianeidad de los jóvenes sobre temas de interés social, como la equidad de género, la pobreza y la globalización, y donde la mayoría de los fundadores fueron chicos de la calle. Asimismo, la Casa Juvenil de las Culturas Wayna Tambo, que en aymara significa “encuentro de jóvenes”, nacida en 1995, aparece como un espacio cultural alternativo de gran resonancia, capaz de combinar un enfoque centrado en la matriz andino-aymara con el fortalecimiento de la diversidad cultural. Otro ejemplo es el de Mujeres Creando, un colectivo anarquista y feminista muy creativo y provocador que utiliza el grafitti, haciendo de la calle su escenario principal. Estas mujeres, que se consideran como “agitadoras callejeras” defienden abiertamente la diversidad sexual (“indias, putas y lesbianas, juntas, revueltas y hermanadas”). Dos de sus fundadoras, María Galindo y Julieta Paredes (ésta última presente hoy en Mujeres Creando Comunidad), cuentan con un reconocimiento en el espacio de las organizaciones autónomas a nivel global.

Pero la relación entre arte y política tuvo su momento de inflexión con la masacre del llamado “Octubre negro”, en 2003, que terminó con la renuncia del entonces presidente Sanchez de Lozada y erigió a la ciudad de El Alto como símbolo de la resistencia. Aquellos sucesos plantearon la necesidad de repensar la historia, en un contexto de intensificación de las luchas y, más aún, la identidad étnica de la ciudad, identificada con lo aymara. A través del teatro, la música y la plástica, diferentes artistas y colectivos culturales asumieron la tarea de evocar a las víctimas de Octubre 2003 (más de 60 muertos de El Alto), exigiendo justicia y reparación. Obras de teatro como “Pacto Telúrico”, donde convergieron diferentes grupos de artistas y músicos, o discos como “Canto Encuentro”, en homenaje a las víctimas de El Alto, realizado por Radio Wayna Tambo y Radio Pachamama (del Centro Cultural Gregoria Apaza), y la propia Fejuve (Federación de Juntas Vecinales de El Alto), son ejemplos de la emergencia de un nuevo protagonismo cultural y político, donde la reivindicación étnica buscó tender puentes entre la memoria larga de las luchas indígenas y la memoria corta (la guerra del agua y la guerra del gas), estableciendo, a través de ese mismo movimiento, a El Alto como la gran ciudad-símbolo de la resistencia.

Sin embargo, con el pasar de los años, las formas del activismo cultural existente han puesto de relieve el hecho de que El Alto es una ciudad que esconde varios mundos, sobre todo en lo que se refiere a la nueva cultura juvenil urbana, la cual, por sus connotaciones híbridas y plebeyas, es difícil de asimilar solamente a la idea de una cultura aymarocéntrica. Esto aparece reflejado de manera paradigmática en la radio Wayna Tambo que, desde su creación en 2002, constituye el espacio de cruce entre diferentes grupos de jóvenes—con sus modismos culturales y expresivos—y colectivos de mujeres feministas, que muchas veces quedan relegadas en nombre de los derechos colectivos o de las relaciones de “complementaridad”, propiciadas por la cosmovisión indígena tradicional. Allí nació también una de las primeras expresiones del rap aymara, el hip hop, que en su modalidad boliviana es capaz de mezclar el sonido de los pututus (cuernos de toro), con flautas y tambores andinos, así como de rimar el castellano con el aymara. Uno de sus grandes representantes, Abraham Bojorquez, del grupo Ukamau y ké (Así es y qué), falleció trágicamente en 2009. Sus canciones reflejaban la búsqueda de reconstitución de la identidad aymara en el marco de un nuevo proceso político y social. Pero en los últimos años, como nos recuerda la investigadora Johana Kunin, el rap del altiplano, en sus diferentes variantes, refleja una tendencia a la institucionalización, donde no están ausentes ni la intervención de las agencias de financiamiento internacional y las ONGS ni tampoco las instituciones oficiales. Por ejemplo, los raperos del Wayna Tambo han participado de diferentes actividades oficiales, como la celebración de la nacionalización de los hidrocarburos, mientras que otros grupos de La Paz han grabado videoclips sobre la educación vial y la contaminación auditiva, apoyados por el municipio y ciertas ONGS.

Pero no sólo para los raperos de El Alto la música es el punto de partida de reconstitución de una identidad. Otro ejemplo es el de las asociaciones de Afrobolivianos, quienes recuperaron la tradicional saya de origen africano, que combina la música y la danza, para reconstruir una identidad étnica invisibilizada. La saya fue, a su vez, la carta de presentación de los afrobolivianos (que no superan las 30 mil personas en Bolivia) ante el resto de la sociedad, lo cual se vio coronado en 2008, con el reconocimiento que obtuvieron en la Nueva Constitución Política del Estado Plurinacional.

En fin, pese a todo ello, bajo el gobierno de Evo Morales se ha venido dando una situación paradójica. Más allá de los apoyos visibles al proceso abierto en 2006, el arte político continúa discurriendo por caminos paralelos y no son pocas las organizaciones y grupos culturales que consideran que el discurso descolonizador del gobierno se apoya en una visión folklorizada de lo étnico y en un concepto de cultura meramente instrumental, algo que además se torna visible en la ausencia de políticas públicas en el plano de la cultura, así como en la falta de voluntad del gobierno por promover un relato histórico-político de carácter más contrahegemónico.

 

Maristella Svampa es Doctora en Sociología, Investigadora Independiente del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y Profesora Titular de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Una de sus últimas obras es Debatir Bolivia. Perspectivas de un proyecto de descolonización, escrito en colaboración con Pablo Stefanoni. Véase www.maristellasvampa.net.