Pedro De la Torre Márquez: Atrapado entre la pandemia y la inequidad científica en Colombia

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Pedro De la Torre Márquez es un químico y biofísico nacido en Barranquilla, Colombia. Actualmente es investigador postdoctoral en la Escuela de Medicina de Harvard y en el Hospital de Ojos y Oídos de Massachusetts en Boston. Trabaja bajo la tutela del Dr. Artur Indzhykulian y el Dr. David P. Corey, con quienes se enfoca en combinar la biofísica y la bioquímica para buscar un potencial tratamiento para tratar la sordera y la ceguera hereditaria. Desde la Universidad de Harvard, lucha por apoyar con el desarrollo científico de la Costa Caribe de Colombia y disminuir la brecha de conocimiento entre sus zonas rurales y urbanas.

 

Por Pedro De la Torre Márquez

dlt-1Pedro De la Torre, el primero en la foto a la izquierda, con sus amigos de niñez. Hibácharo, Colombia, 1994.

 

Éramos una pequeña tropa de inocencia, una generación de niños que solo pensaba en sonreír, despertar con el ruido de las ranas, los grillos, los gallos, y en disfrutar de esos hermosos atardeceres que ofrece el encantador caribe colombiano. Era 1994, yo estaba vestido de azul y cruzado elegantemente de brazos en una fiesta en un pueblito llamado Hibácharo. Allí crecí, en un asentamiento de la tribu indígena Mokaná en el Departamento del Atlántico. Atendíamos a la misma escuela primaria, la cual carecía de estudios en educación media y de una biblioteca. Lamentablemente, aún en el 2020 la escuela espera por una biblioteca, y por condiciones económicas, las probabilidades de que un niño de Hibácharo logre llegar a la universidad son remotas. Para aquel entonces, la biblioteca más cercana estaba a unas tres horas en Barranquilla, la capital del Departamento del Atlántico. En Hibácharo el principal medio de transporte de las familias era el burro, pero ahora son comunes las motos. Es difícil creer en la oportunidad de poder viajar e ir a la universidad teniendo pocos carros en el pueblo y familias con escasos recursos para transportarse. Para mi suerte, mi padre era el chofer y dueño del viejo bus del pueblo, con el que transportaba a los pasajeros de Hibácharo a Barranquilla, la capital a donde los campesinos viajaban a vender sus productos agrícolas.

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Mi padre Luis, en su casa en Colombia. Hoy por hoy mi padre solo sabe estampar su firma y seguir normas matemáticas empíricas que le ha dado la vida. A pesar de no completar la escuela y de nunca ir a la universidad, esto no le fue un obstáculo para ser una persona ejemplar para educar a sus hijos. Personalmente, respeto su filosofía conservadora cuando me dice que ya me crió y por eso no me acepta un centavo de apoyo. Él me dice: “debes enfocarte en tu futuro y en el de tu familia, porque ya yo hice mi trabajo”.

 

Llegar a ocupar una posición como becario postdoctoral en la Universidad de Harvard y en el Hospital de Ojos y Oídos de Massachusetts parecía un sueño para este colombiano criado en el corazón de una zona rural, lejos de la ciudad, en un territorio con poca (tal vez ninguna) infraestructura científica. A los cuatro meses de vivir ese sueño, el 31 de diciembre se reportó un brote de SARS-COV-2 en China que amenazaba con propagarse por todo el mundo produciendo la pandemia del Covid-19. Mi esposa Pierina y mi hijo de dos años viajaban de vacaciones a Colombia el 18 de enero pasado. Un día después fue detectado el primer caso de Covid-19 en Washington. Yo decidí viajar a Colombia para unirme a mi familia el 7 de febrero y coordinar un simposio de ciencias que había organizado para llevar conocimiento a la región Caribe. Allá no había casos oficiales y se disfrutaba de la fiesta cultural más grande de Colombia, el carnaval de Barranquilla. Luego de que pasara el carnaval y Barranquilla llegara a la calma de las fiestas, apareció el primer caso. Allí es cuando empieza la pesadilla.

Pero antes de la pesadilla, comenzamos un poco con mi historia.

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Pedro De la Torre recibiendo su diploma de grado de prescolar junto a Eucaris Jiménez, una de sus profesoras preferidas en la escuela rural Niño de Jesús de Praga, Hibácharo, Atlántico, Colombia.

 

Luego de mi nacimiento en Barranquilla en 1988, mis padres se fueron a vivir al epicentro del trabajo de mi padre, a Hibácharo. Él transportaba los pasajeros desde las 4 a.m. de la madrugada hacia Barranquilla. Mi madre, nacida y criada en Barranquilla, frecuentaba tomar el bus de mi padre en su paso por las mañanas para ir a la universidad. Así lo conoció, se casaron y dejó la vida citadina para ir a vivir al campo, andar en caballo, dedicarse a recoger el ganado en la finca, y hacer trabajo social con la comunidad. En Hibácharo viví parte de mi infancia asistiendo a la Escuela Niño Jesús de Praga, donde aprendí mis primeras letras y números, hasta que la violencia y el déficit económico tocaron la puerta de mi casa.

Fallas mecánicas en el bus de mi padre sumaron dificultades a nuestra situación económica. Mientras tanto, el conflicto armado y la violencia en mi país me arrebató a dos de mis tíos cuando yo tan solo tenía unos ocho años. Uno de ellos fue asesinado durante un eclipse lunar. La luna era muy roja, como diciendo que algo pasaría. Yo estaba en una misa en la iglesia con el sacerdote del pueblo por ser la Semana Santa, y de repente todos decían, Mataron a Evaristo, mataron a Evaristo”.

Estaba confundido… Corrí con todas mis fuerzas como un kilómetro hasta llegar a su casa. Lo recuerdo como si fuese ayer. “Estaba tirado en el suelo boca arriba, la sangre aún corría por el piso, y logré ver tres perforaciones de bala en su cabeza. Él estaba cenando, el plato de comida aún estaba en la mesa casi terminado y acompañado de una jarra de jugo, creo que era de guayaba con leche”. Cuando muchos niños alrededor del mundo pensaban en juguetes, yo ya era parte del grupo que pensaba en cómo sobrevivir y borrar el momento de mi mente, pero nunca he podido.  

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Pedro en su visita en la Escuela Niño Jesús de Praga y en el mismo lugar donde recibió su grado de prescolar (marzo de 2020).

 

Pasó el tiempo, por protección y buscar un mejor futuro, mis padres me llevaron a Sabanalarga (Atlántico-Colombia) junto con mis dos hermanos, Tatiana y Luis. Esta hermosa tierra que adoro nos recibió como una familia más. Allí terminé mis estudios de bachillerato cuando tenía 16 años, apoyado por una beca de méritos del antiguo Instituto ASPROS, ya que mis padres no tenían como pagar por mis estudios en ese momento. Inclinado por la ciencia, apliqué a la única oportunidad pública que tenía para ser un profesional, a la Universidad del Atlántico, donde me gradué con honores como químico.

Becado en el 2011, me fui a Chile a cursar el Doctorado en Ciencias Aplicadas de la Universidad de Talca, y después fui reclutado en 2016 por el Dr. Marcos Sotomayor en la Universidad Estatal de Ohio (OSU) para realizar mi primer postdoctorado. Aquí profundicé mis conocimientos en biología estructural y biofísica, galardonado con la Beca Pelotonia.  Realizamos grandes hallazgos científicos para entender la estructura de unas biomoléculas localizadas en células especializadas de la cóclea en el oído interno, sin ellas o con un mal funcionamiento de estas, quedaríamos sordos. Estos descubrimientos me trajeron a la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard y al Hospital de Ojos y Oídos de Massachusetts (MEE) en septiembre de 2019. Llegó el fin de año y era el momento de pensar en un descanso y el plan era volver a Colombia.

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Pedro, su esposa Pierina y su hijo Luciano durante la llegada a Harvard Medical School, escuela donde realiza su segundo postdoctorado vinculado al Departamento de Otolaringología del Hospital de Ojos y Oídos de Massachusetts (MEE) en Boston.

 

Mi plan inicial era tener unas vacaciones por 30 días y posteriormente reintegrarme a mi equipo en Harvard, pero terminé atrapado en Colombia cinco meses por la situación del Covid-19 y el cierre de aeropuertos.

El primer impacto emocional que tuve fue ver la polarización política en medio del aumento de los contagios y las muertes, que eran noticias cotidianas en Colombia. Si bien el entorno parecía difícil con una población en pánico, debía hacer algo para ayudar, tenía la responsabilidad ética de retribuir parte de mis conocimientos a mi país.

Tenía cuatro grandes retos como un científico de Harvard, atascado en su propio país:

 

  1. El primero era tratar de proteger a mi familia del virus, se suponía que tenía un nivel de formación en ciencia que podría darme ciertas ventajas respecto a las medidas de prevención.
  2. El segundo era trabajar a distancia en un territorio con pobre acceso a internet.
  3. El tercero era, ¿cómo podía un científico atlanticense ayudar a proteger a la población del ataque de un virus?
  4. Finalmente, ¿Como podía apoyar en mitigar la hambruna en los pueblos del departamento del Atlántico?

Pude entrenar a mi familia y a muchos amigos en como protegerse del virus, pero otros conocidos murieron de manera inevitable. A pesar del virus, los constantes apagones eléctricos y el poco acceso a internet de calidad que redujeron mi productividad científica a los más mínimos estándares, pude adaptarme a mi nuevo entorno. Durante ese proceso, noté aún más la pobre infraestructura científica que padece mi región y su dependencia a las colaboraciones con laboratorios mejores dotados de la capital del país.

¿Entonces como podía apoyar a las comunidades más necesitadas y apoyar en construir una mejor infraestructura científica para mi región?

El Ministerio de Ciencia y Tecnología e Innovación de Colombia (Minciencias) me extendió una invitación para apoyarlos en la construcción de un proyecto que reuniría a los mejores científicos del país, para que, con su ingenio, se activara un plan para contrarrestar a la pandemia del Covid-19 en Colombia. Ad Honorem, aporté mis ideas a Minciencias, el cual, como nunca en la historia de Colombia y de la mano de la Ministra Mabel Torres y sus viceministros, ha llevado un poco de ciencia a territorios periféricos del país con pobre infraestructura científica, como en el que yo crecí. Pero falta mucho por lograr. Para construir una sociedad autosostenible y basada en el conocimiento, es necesario que la comunidad científica y los líderes locales trabajen en conjunto para darle una mayor prioridad a invertir en más en ciencia, tecnología e innovación. Por ejemplo, cuando yo inicié mis estudios en química en 2006, solo había un proyector “video beam” para toda la Facultad de Ciencias Básicas de unos mil estudiantes (un caso poco probable de encontrar en universidades de las principales capitales del país), sin mencionar su infraestructura científica. El edificio de laboratorios de investigaciones de mi Alma Mater se está construyendo desde el año 2009, y aún no se termina. Contra todos los pronósticos, hoy la Universidad del Atlántico está acreditada (incluyendo el programa de química), ratificándose como la mejor universidad del Caribe colombiano. Es una ardua labor de solo aquel honorable profesorado que mantiene viva a la única universidad pública que tiene el Departamento del Atlántico.

Por fortuna, antes de que todo empeorara, conocí al Dr. Rafael Borges (el único médico internista en el hospital de la bella Sabanalarga, de unos 102.000 habitantes, y catalogada como “Tierra donde la inteligencia es peste”) antes de que llegara el virus a Barranquilla, la Puerta de Oro de Colombia, la que fue epicentro del virus en la Costa Norte. Concordábamos con que la falta de infraestructura científica para detectar casos en tiempo record y la falta de infraestructura hospitalaria en las zonas rurales, mostraban un escenario potencialmente devastador si el virus llegaba a Barranquilla y se propagaba a las zonas rurales aledañas.

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Pedro De la Torre acompañado del Dr. Rafael Borges (bata blanca) apoyando a la comunidad del Departamento del Atlántico en cómo evitar contagios de SARS-COV-2 en el Canal local-9 de Sabanalarga. La comunicadora social Doraine Acevedo (izquierda), el periodista Geovanis Alvarez (de rojo), Wuilly Rodriguez y Yesika Cardona (ausentes en la foto) han jugado un papel importante en transmitir estos mensajes a la comunidad.

 

Entonces decidimos iniciar una ronda de conversatorios en el Municipio de Sabanalarga por canales de televisión local, radio y redes sociales para informar a la comunidad sobre la importancia del distanciamiento social, resolver dudas a mujeres embarazadas, cómo eran los contagios en los niños, y otros cuidados. Tuvimos expertos en diferentes ramas médicas informando a la comunidad. Uno de ellos, el Dr. Virgil Carballo, Expresidente de la Junta Colombiana de Medicina Interna, quien desafortunadamente falleció por Covid-19 el pasado 8 de septiembre.

Con recursos de muchos amigos en Colombia y alrededor del mundo logramos hacer llegar útiles escolares a los niños de mi antigua escuela Niño Jesús de Praga, con una iniciativa personal que la llamé “Scholar Kits for all Children”. Con ella pudimos abastecer a la escuela con elementos básicos que sirvieron para que los niños trabajaran sus actividades en casa. También, entregamos alimentos a cada hogar de Hibácharo en medio de la pandemia.

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Momentos de “Scholar Kits For All Children” en la Escuela Niño Jesús de Praga antes de la cuarentena por Covid-19 en Colombia (marzo de 2020).

 

Creo que los conversatorios fueron un gran acierto y ayudaron a gran parte de la población a informarse de que el virus era real y de que debíamos cuidarnos. Considero que el trabajo que han llevado a cabo el Dr. Borges y muchos médicos en Colombia atendiendo a pacientes filantrópicamente durante la pandemia, es un acto heroico. Especialmente, porque Borges también se infectó y venció el Covid-19 tratando de salvar la vida de otras personas. Como si fuera poco, el Dr. Borges también salvó la integridad de mi familia cuando mi madre contrajo Covid-19, al igual que mi esposa, mis dos hermanos en casa y mi sobrina. Yo viajaba en ese mismo instante en un vuelo humanitario hacia los Estados Unidos, ya que la Universidad de Harvard había iniciado labores presenciales en sus laboratorios. Al día siguiente cuando llegué a Miami, mi esposa inició con síntomas de Covid-19, había perdido el olfato y el gusto. ¿Entonces yo también estaba infectado? Por fortuna no, pero estando los aeropuertos cerrados, ahora la odisea era que mi familia estaba enferma y yo sin posibilidades de regresar a Colombia. Era una completa pesadilla. Al llegar a Boston la semana del 2 de agosto, pude calmar todos mis temores de una posible infección con 2 pruebas de PCR para SARS-COV-2 y rayos-X de tórax, los cuales validaban que podría finalmente después de 5 meses reincorporarme a mis actividades de investigación en sordera hereditaria.

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Pedro con su hijo Luciano, su madre Luz Marina, sus dos hermanos Tatiana y Luis, y su sobrina Shaira momentos antes de su regreso a Estados Unidos (Julio 2020).

 

No fue si no hasta el 13 de agosto que pude traer de vuelta a los Estados Unidos a mi esposa y a mi hijo. Contaba los días para tenerlos de vuelta en casa mientras subía el pico máximo de contagios en el Departamento del Atlántico, en especial en Barranquilla y Sabanalarga.

Me siento satisfecho de la labor que hice y me gustaría extender la invitación a cada uno de los ciudadanos que pudiesen aportar un grano de arena para contrarrestar esta pandemia en cada uno de sus países de origen. Es nuestra responsabilidad social de retribuir nuestro conocimiento.

Aún sigo reflexionando sobre el destino de la ciencia en mi ciudad natal Barranquilla, descentralizar y democratizar la ciencia en Colombia, y que, además, pueda llegar a las comunidades poco representadas. Sueño con que mi región tenga un centro de investigación científica que brinde las bases para una mejor calidad de vida a toda la población. Es necesario reconstruir éticamente el futuro de las nuevas generaciones de la mano de la ciencia y con un enfoque social, libre de cualquier sesgo manchado de corrupción. Los niños y los jóvenes somos los mejores candidatos para cambiar positivamente la historia de Colombia y de toda Latinoamérica, solo necesitamos la oportunidad.