Bogotá

Las tres Atenas

Por Carlos Rincón

“Nuestra capital fue apellidada por sus hermanas hispanoamericanas, Atenas de la América del Sur”, declaraba en 1895 en Bogotá Monseñor Rafael María Carrasquilla, Rector del Colegio de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá, en su discurso de apertura de cursos. Lo del bautizo no era cierto, pero lo que importa en el pathos de Monseñor es el propósito de apropiarse para su provinciana ciudad de ese prestigioso sobrenombre. What’s in a name? Con ‘la Atenas de Suramérica’ estamos ante un caso inusualmente complejo de automonumentalización que debía proveer el aura legitimadora para ejercer el poder desde el estado autoritario en Colombia, e imponer una forma de sociedad que excluyó la expresión democrática de puntos de vista en conflictivo y la búsqueda de metas políticas y sociales contradictorias. No se trató simplemente de una falsa comprensión de los atributos que Pericles, el Número 1 político de la ciudad-estado de Atenas, resumió en el siglo v.a.C. en un discurso fúnebre, con la célebre comparación de las formas sociales de Atenas y Esparta. La cultura política, militar y educativa unida a Bogotá como Atenas de Suramérica no conllevó nunca la promesa de potencial autonomía, dignidad e igualdad del estado liberal y su ideal de comunidad política asociados a la polis de la Atenas “clásica”, idealizada como la fuente de toda la cultura Europa, según el “modelo ario” de la historia griega. Con los telos inmanente de la Constitución colombiana de 1886, la charta magna en donde se fijó el buen orden político cristiano deseado para la ciudad existente, grupos enteros de población fueron excluidos del acceso a la libertad y la ciudadanía, de acuerdo con criterios excluyentes de color político, religión, etnia, raza y género. El sobrenombre automunumentaliza un ideal hispano-cristiano civilizatorio de represión, coreografiado por gramáticos como presidentes.

Bogotá como Atenas de Suramérica es el emblema de una sociedad jerárquica barricada contra la experiencia del cambio político y social de la modernidad. Su ideal es un sistema orgánico como complejo unificado de religión, metafísica y política que destruyó efectivamente los remanentes de vida política. Así como el Concordato firmado en 1887 fue a contracorriente del ocaso del poder temporal del Papado, precipitado con la unificación italiana. Ese deseo fantaseado de comunidad religioso-política pretendía ser una respuesta a la “inmoralidad” de Europa, a los sacrilegios de la Comuna de Paris. La iglesia católica tiene un claro papel central en los desarrollos de Colombia en las últimas décadas del siglo XIX, cuando la Iglesia recibe una misión reglamentadora de la vida social, educativa y de la conducta de los individuos, que la lleva a reemplazar a las instituciones del estado en grandes extensiones del territorio.

La metáfora que mejor expresa la lógica paradójica que habita la Atenas de Suramérica, entre hacienda y eclesiología, la iglesia perfecta consagrada al culto del Sacre Coeur de Jesus, sería más bien la de la maniquea Nueva Jerusalén. La activa proyección de poder y proyección anhelante que es exhibida en la celebración durante medio siglo de la Atenas de Suramérica, no debe engañar sobre las dinámicas de la promesa de comunidad cristiana y salvación ultraterrena. La imposición de la maniquea Nueva Jerusalén condujo a la devastación de una Guerra civil de Mil días, iniciada en 1898, la más larga y sangrienta desde la Independencia. Al final de ella, la secesión de Panamá y el colapso de la soberanía nacional, significaron el desencantamiento del Destino nacional que se había soñado durante un siglo: el confuso espejismo de llegar a ser el centro del mundo e integrar finalmente el territorio nacional, al realizar el trabajo hercúleo de unir con el Canal los separados océanos. Pero no sólo eso. La cultura de Atenas de Suramérica, según intento sostenerlo, por ser constitutiva de la matriz en que la moderna Colombia se ha formada, ofrece un camino diferente pero necesario para responder a la pregunta por la crisis que permea la realidad social de la Ciudad actual, de propiedad privada y moderno estatus legal, desde finales del siglo XX. Para contar en dos palabras corto una larga historia, mi análisis tiene que ver con la relación entre la crisis colombiana actual y el mundo de la fantasmagoría en donde aparece Bogotá como Atenas de Suramérica.

REHACIENDO EL MAPA DE LA CRISIS

No tiene tal vez porqué sorprender que exista hoy un alto grado de consenso sobre los rasgos que dan fisonomía propia a la crisis colombiana actual. Pues lo cierto es que no sólo se coincide en hacer comprobaciones empíricas concernientes al obvio desfase que hay en Colombia entre política, economía, cultura y ética. Los dos puntos más salientes en que las investigaciones de ciencias sociales y de humanidades coinciden, consisten, primero, en señalar, en los campos de lo social y lo político, tendencias y dinámicas de disolución o desintegración, y segundo, en la discusión de cuestiones de “modernidad” con referencia a las relaciones entre el siglo XX y el siglo XXI. Se puede comprobarlo tanto en investigaciones disímiles como en conspicuos trabajos teórico-prácticos sobre el tema de la globalización del tipo actual y sus implicaciones, al estar Colombia cada vez más concernida con una performance poco exitosa en la economía global, o en estudios altamente sofisticados de antropología política sobre los reclamos de ciudadanía efectiva de parte de los pequeños productores de hoja de coca del Amazonas. También se observa esa coincidencia en una serie de nuevas publicaciones políticamente significativas. Estas están situadas en la intersección, por un lado, del análisis de los síntomas del aumento de la fragmentación social o la proliferación de exclusión social, y por otro, de la investigación—particularmente dentro de la sociología y la economía—de los efectos del marcado en una sociedad como la colombiana, desprovista de integración territorial y crecientemente envuelta en la proliferación de una variedad de micro-mercados.

Las dos líneas de elaboración de análisis de las tendencias de desintegración se hallan, es obvio, íntimamente relacionadas. En cuanto al campo político, se coincide en subrayar que el Estado en Colombia hasta hoy fue incapaz de “imponerse” a la sociedad civil. Ese Estado se encontraría, visto comparativamente, todavía en proceso de formación y, a lo largo de su historia, tuvo limitadísimas capacidades para integrar el territorio nacional y hacerse presente en él, redistribuir los recursos sociales, regular las relaciones sociales y conseguir una institucionalización de los conflictos. Por eso el examen de la perpetuación y recreación de relaciones particularmente jerarquizadas, selladas por formas de dominación que fuerzan la subalternidad como identidad relacional de amplios grupos sociales, se ha convertido en un prominente aspecto del examen de la actual crisis. Por qué, dadas esas condiciones, los partidos políticos colombianos—a semejanza sólo de los de Honduras y del peronismo—no podían realmente reformarse, y por qué los comportamientos en Colombia no resultan sometidos a normas generales sino a lealtades e inclinaciones, son algunas de las provocatoria preguntas que han recibido nuevas respuestas.

Las más significativas contribuciones al análisis de las tendencias de disolución en el campo social destacan, por su parte, que el muy tardío proceso de secularización no tuvo un papel reivindicativo ni alcanzó en los años recientes una valoración positiva. Una de las tesis de más alcance del politólogo Daniel Pécaut es que “la secularización se efectúa en un horizonte de catástrofe más que de modernidad”. De allí el bloqueo en la transición a una nueva ética ciudadana. La ineluctable carencia de esa ética es continuamente palpable a nivel social. Los actores sociales no disponen de actitudes de respuesta flexible y creativamente reflexiva a las presiones que emana de la diversidad, el desacuerdo y el conflicto, inclusive cuando éste no carece de solución. Las formas notoriamente intolerantes en que son asumidas esas presiones, acrecientan la fragilidad del tejido social. Y esta es tal vez la ironía final de la situación social y política: como ritual de cambio, la Constitución de 1991 proporcionó, de acuerdo con la teoría política liberal, una estructura de instituciones para representar y mediar entre voluntades particulares y voluntad general, pero al mismo tiempo las clases dirigentes no consiguieron imaginar, y mucho menos negociar, un acuerdo mínimo para la refundación de un proyecto de sociedad incluyente e integrador.

Es difícil sobrestimar la importancia del alto grado de acuerdo que hay acerca de las tendencias desintegradoras que han conducido a la actual crisis colombiana. Pero lo que no aparece en las investigaciones recientes es la genealogía y la historia “efectiva” del entramado de relaciones sociales, instituciones políticas, económicas y culturales, y formas de subjetividad en el periodo que cruza los límites entre los siglos XIX y XX, que es crucial para todo el desarrollo de Colombia, incluido su evanescente presente.

En la década de 1880-90 coinciden en América Latina, en forma de crisis, discontinuas y paradójicas articulaciones de una modernidad en la periferia. Es entonces cuando en el Brasil se forman los primeros grupos asociados con el positivismo, y se multiplican los choques entre militares y autoridades imperiales que llevan a la cautelosa abolición de la esclavitud, al fin del II Imperio, y a la proclamación de la Constitución republicana de 1891. El período se inicia en la Argentina con la conquista militar de las Pampas que triplica el territorio del país, pasa por la transformación de la gran aldea que es Buenos Aires en capital del país, y concluye con la conmoción política de 1891. Con la guerra del salitre Chile había aumentado en 1883 su territorio pero un marco específico de cambios económicos internacionales conduce a la guerra civil de 1891. En todo ese caso, como en el México de Porfirio Díaz, la reconfiguración de hegemonía por exigencias de avances tecnológicos, emigración masiva, urbanización creciente y otras transformaciones económicas y sociales, precipitó un cambio decisivo en el discurso de la identidad de la nación. Hasta entonces había consistido en ejercicios voluntaristas de proyección e idealización del devoir-être del estado-nación. Hacia 1880 los hombres de letras voceros de las élites establecidas, y los que provenían de los nuevos grupos medios urbanos, procedieron a esencializar la nacionalidad, y a tratar de la nación como el cuerpo espiritual del Estado en proceso ascendente de consolidarse e imponer su soberanía. En referencia con prácticas discursivas históricamente específicas, la cuestión de la Cultura se convirtió en campo de batalla simbólico para negociar, reordenar y articular el establecimiento de una nueva hegemonía. Precisamente la comprensión de secularización y modernidad gradualmente elaboradas como componente de la historia de la nación moderna y el discurso del nacionalismo en un país como Argentina, se diferencia del caso de Colombia. Allí la nación no ejemplifica la cohesión social moderna y fracasó en constituirse como tal, de modo que la Atenas de Suramérica es el emblema de una particularmente cuestionable construcción nacional.

LA MULTIPLICACION DE LAS ATENAS

En Prusia y en Massachussets, a comienzos del siglo XIX, mucho antes de que surgiera como la fórmula la Atenas de Suramérica, se había intentado crear casi simultáneamente imaginarias réplicas de Atenas. En esas dos sociedades preindustriales, en la tensión entre imaginación cívico-urbana y diversas formas de imaginario de orden simbólico, mítico y utópico, Berlín fue das Spree-Athen, la Atenas a orillas del río Spree, y Boston se llamó the Athens of America. Bajo el impacto de la Revolución francesa y las fundadas expectativas de una posible República de Suevia, Friedrich Hölderlin imaginó hacia 1798 un citoyen greco-suevo y Friedrich Schiller un “Estado estético de la bella apariencia” (ästhetischer Staat des schönen Scheins). En esa línea Wilhelm von Humboldt teorizó el helenismo en trabajos históricos, pedagógicos y sobre el lenguaje, con lo que se rompió definitivamente en el espacio de lengua alemana con la tradición del humanismo latino. Después del fiasco de esos proyectos y de la derrota aplastante y catastrófica de Prusia en Jena en 1808 por los ejércitos de Napoleón, se impusieron reformas militares, administrativas y educativas destinadas a represar cualquier fervor revolucionario. El núcleo de la reforma educativa, basada en la idea de Bildung como formación cultural y moral, lo constituyeron los estudios helenísticos. El perfil arquitectónico neoclásico del Berlín reformado lo definió Karl Schinkel a partir de 1815, siguiendo el modelo de lo que llamaba “las formas y los modos de construcción griega”. Schinkel constituyó la Spree-Athen, dotándole a lo largo de más de tres décadas con edificaciones como la destinada al teatro como lugar de educación y al Museo, institución epistemológica clave de la Ilustración.

The Athens of America, así llama William Tudor a Boston en 1819. Boston era a comienzos del siglo XIX la ciudad económica y culturalmente más significativa de Norteamérica. Su perfil neoclásico es obra de Charles Bulfisch, el arquitecto norteamericano de más notable imaginación republicana cívico-urbana, con notable capacidad proyectiva, de después de la Revolución. Boston será descrita más tarde como mitad teocracia calvinista en disolución, lo que permite por fin el cultivo de las artes y las letras, y mitad república ultrademocrática igualitaria en el radio del gran Boston. Como realidad arquitectónica construida, el neoclasicismo aprendido de Atenas correspondió en Boston y en Berlín a las formas como esas sociedades intentaron representarse a si mismas en la ciudad que edificaron, construir sus formas de comunicación, y establecer códigos y reglas para organizar y comprender su nueva vida urbana. Al mismo tiempo, en situaciones de crisis de legitimidad, la estética neoclásica las dotó en forma tangible de un árbol genealógico, para postular una continuidad cultural que, de hecho, se encontraba interrumpida.

Ahora bien, ya hacia 1840, después de la independencia de Grecia, la Antigüedad clásica musealizada, hecha de ruinas y fragmentos, chocantemente obscena como se la veía en los frescos, los amuletos fálicos y las mosaicos excavados desde 1806 en Pompeya, se había convertido en una época cultural que debía competir con otras épocas y otras culturas, hechas accesibles por la expansión colonial europea. La alteridad de esas culturas fue luego dominada con ayuda de esquemas del desarrollo histórico que hacían culminar la historia de la humanidad en la Europa de entonces, en plena revolución industrial. La antigüedad clásica y la estética neoclásica, desprovistas de valor normativo, pasaron así a servir para documentar la superioridad del Occidente sobre las periferias colonizadas.

Paralelamente tiene lugar otro proceso de gran alcance, con el que la Antigüedad clásica acaba de perder su papel de modelo inalcanzable. Dentro del discourse en que Paris llega a ser la Capital del siglo XIX, Victor Hugo comenzó a hacer de Paris la nueva Menfis, la nueva Babylonia, la nueva Atenas y la nueva Roma. Y mientras Maxime Ducamp, el amigo íntimo de Gustav Flaubert, hizo de Paris la ciudad que había venido a reemplazar a Tebas, Ninive, Babilonia, Atenas, Roma y Constantinopla, en los poemas de Charles Baudelaire la destrucción de la autoridad de Virgilio y Ovidio se junta a la proclamación de la auctoritas de la Modernidad. Es contra la Modernidad que se proclamara Bogotá, hacia finales del siglo, Atenas de Sudamérica. Paris es para ella la capital de la inmoralidad, el vicio y la irreligión.

LAS DOS ETAPAS DEL BAUTISMO

El bautizo de Bogotá como Atenas de Suramérica se realizó en dos etapas. La primera, de traducción y apropiación, es simultánea al proceso de ascenso incontenible de Paris a capital del siglo XIX y de perdida de la función normativa de la Antigüedad clásica. En ella tiene papel de protagonista Elisée Reclus, apasionado lector de Alexander von Humboldt, quien se transladó de Paris a la Spree-Athen en 1850 para estudiar con Ritter, el único geógrafo que enseñaba entonces en Europa. Después del golpe de estado de Louis-Napoleón en 1851 el joven Reclus emigró, como muchos otros jóvenes demócratas. Primero fue a Londres, en donde formó parte de círculos socialistas y anarquistas. Luego trabajó en New Orleans como preceptor de los niños de una familia esclavista dueña de plantaciones. A partir de agosto de 1855, durante dos años, se metió en lo que llamó un «proyecto de colonización y exploración geográfica” en la región de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia. De regreso a Francia enfermo, sin dinero, sin profesión, sin diplomas, su crisis personal se prolongó hasta 1860, cuando ingresó a la editorial Hachette como uno de los redactores de Guías turísticas.

Reclus comenzó entonces también a publicar artículos de divulgación. Uno largo, aparecido en febrero de 1864 en la prestigiosa y conservadora Revue de deux mondes, está dedicado a los poetas y la actividad literaria en el “continente colombino”, el nombre “America latina” no se había generalizado todavía. Parte de la organización narrativa del relato que construye se apoya en un tópico. Según Reclus, cada país quiere tener su Atenas: “La América anglosajona muestra la suya en Boston. El continente colombino se enorgullece de tener muchas, entre ellas dos principales, la una en la mitad, la otra hacia el norte, Buenos Aires y Bogotá”. Reclus nunca residió en esas ciudades. Que el nombre de la segunda aparece en su pluma por causa del contagio por homofonía en francés entre las vocales de Boston y Bogota, es algo que casi se puede suponer. La imagen de juventud, libertad y la primacía estética de Grecia lo había hecho depender Johann-Joachim Winckelmann en su primero y tan influyente tratado sobre las artes de la Antigüedad, de la posición geográfica privilegiada. Según escribe Reclus sobre “l’Athènes neo-granadine”, “la naturaleza circundante ofrece un resumen de la tierra entera en su conjunto de una incomparable armonía (…) la ciudad ocupa una posición de las más bellas sobre una terraza tan elevada como las cimas de nuestros Alpes”. Al llegar a este punto el geógrafo se entrega a una típica ensoñación despierta, con el tema de la mirada que produce un sentido de embelesamiento y se abre sobre un mundo ideal: “Desde las alturas se puede abarcar con una mirada los volcanes nevados y humeantes, las cadenas de montañas con zonas de vegetación superpuestas, las grande selvas vírgenes y las largas trenzas de nubes que se extienden sobre las planicies”. La ensoñación inducida por la imaginación de ese paisaje se desdobla en una tesis, hay un destello de conciencia retórica en el soñador: “Un reflejo de esta naturaleza grandiosa se encuentra en las producciones de los autores neogranadinos Arboleda, Caro, Madiedo, Vargas Tejada. Filósofos y poetas hacen planear su pensamiento por encima de las continuas discordias que agitan su patria.”

En 1867, tres años después de publicado el artículo de Reclus, José María Vergara publicó el segundo tomo de la primera obra de historiografía literaria escrita en el país, su Historia de la literatura en la Nueva Granada. El nombre de Reclus no se menciona. Se habla de “un ilustre viajero”. En un contexto de abierta controversia contra la política educativa del gobierno liberal de entonces, Vergara invoca la «sed de instrucción del pueblo bogotano” para hipostasiar ese atributo dándole el estatus ontológico de una identidad: el pueblo—los habitantes—de Bogotá son “el pueblo ateniense de Suramérica”. La idea de que existirían muchas Atenas en el “continente colombino”, o por lo menos otra principal, no se menciona. Por otra parte, a nadie se le ocurrió en Buenos Aires, a partir de lo que escribió Reclus, reclamar para la ciudad el nombre de “Atenas de Suramérica».

La segunda fase de apropiación del nombre se sitúa en el decenio decisivo de 1880, cuando el miedo a la subversión (de tipo europeo) sella la atmósfera política. La racionalidad católica ultramontana condujo entonces tanto al bloqueo del proceso de secularización de la sociedad como a la imposibilidad de recepción en la teoría de la evolución y del positivismo en cuanto método que utiliza observación, experimentación y cálculo. No hubo ningún cambio básico en la experiencia colectiva del tiempo ni la ciencia moderna se diferenció como subsistema cultural. Según las premisas de filosofía social que inspiraron el proyecto de que Colombia fuera una comunidad orgánica católica y no una sociedad moderna, existía por principio una imposibilidad de equivalencia moral entre sus miembros. De ahí se desprendía el reforzamiento de la jerarquía social y la restricción de los intercambios e interacciones entre ellos. La primacía de la Iglesia católica, como representante del orden moral, por sobre el estado, y la prioridad en el fuero interno de las personas de la salvación del alma y la vida eterna sobre el progreso, conllevaron la exclusión de una política de ciudadanía. La nación no es comprendida políticamente, en relación con el estado. La asimilación de las diferencias sociales a diferencias en una escala imaginaria de perfección moral en la comunidad jerarquizada, conjugó la definición del bien público como honestidad de costumbres con el empleo de la disciplina religiosa y de la fe cristiana como instrumento de integración social. El proyecto ambivalente de integración moral de los buenos cristianos—no de los ciudadanos—en la comunidad social jerarquizada supuso además, automáticamente, el rechazo de la escolarización generalizada y de la producción de discursos científicos. Los saberes culturalmente valorados eran patrimonio espiritual particular de un grupo exclusivo.

LA ESTRUCTURA ESPECULAR DE LA AUTOMONUMENTALIZACION

En la primera parte del siglo XIX, el interés de Andrés Bello por la lengua se orientó de acuerdo con una estrategia comunicativa nacional. Esta debía favorecer la circulación cultural fluida, capitalizable por el Estado nacional. Los Ateneos y Academias, como espacios territorializados de lo nacional, lo mismo que las corporaciones científicas y los demás actores de la comunidad lingüística—en primer lugar, los escritores—eran, según Bello, quienes articulaban socialmente el territorio nacional.

Desde su concepción misma y en su modo de funcionar, la Academia colombiana de la lengua fue precisamente lo contrario como proyecto político-cultural. En la década de 1880 la invención de tradición buscó establecer un nexo identificador indisoluble entre el país y la España de Felipe IV y la Restauración. Con ello los grupos políticos que impulsan el proyecto se posicionaron definitivamente en su voluntad de oponerse a la difusión de la subversión europea. Esa es, ante todo, la forma como resuelven las cuestiones coloniales claves del desplazamiento, de lo que se movió hacia las Indias, de lenguaje implantado, de las dislocaciones y disonancias entre lenguaje y lugar, de la inversión de cultura en la construcción del lugar, de la localización de la cultura, y de precisos mapas de identificación y pertenencia. Dos estrategias sirven para legitimar, en ese marco, la autoridad, recibida de Dios, para gobernar desde la Atenas de Suramérica en Colombia: 1. La construcción de míticas genealogías que incluyen comprobables antepasados que fueron funcionarios coloniales de la corona española, y que se hace ascender hasta la Roma imperial. 2. No el programa investigativo del helenismo ni la ciencia moderna sino los estudios de gramática castellana, entendida en sentido normativo, y el dominio del latín. Los estudios gramaticales tenían la función tanto de asegurar el lazo de unión con la España católica conservadora como de reconfirmar la escala de la perfección moral y de jerarquización social jerarquizada. De manera que la proclamación celebratoria de que Bogotá era la Atenas de Suramérica implicó ex post facto la fantasía de identificación con una España ultramontana, acorde con el propio proyecto de dominación político-social.

Parámetros concretos de emplazamiento de la ciudad, aislamiento, voluntad de protección contra las influencias de fuera, y descapitalización de cultura moderna, toman así relevancia como base para el autorreconocimiento inducido en espejo, que culmina con el juego de modalidades de poder hacia 1888. Después de la publicación de las crónicas del diplomático argentino Miguel Cané sobre Colombia, su instrumento principal son las cartas cruzadas entre el literato colombiano José Rivas Groot y el novelista español Juan Valera. En sus Cartas americanas Valera, sin haber visitado nunca Bogotá, hace a los bogotanos más hispánicos puros que los españoles de entonces. En la carta fechada el 8. 20. 1888 hacía la interpelación que el grupo al que pertenecía Rivas Groot deseaba: “la literatura de su país es parte de la literatura española y seguirá siéndolo, mientras Colombia sea lo que es y no otra cosa”.

¿Qué era entonces, propiamente, Bogotá? Una aldea grande con estandardes urbanos premodernos, manufacturas incipientes, con 80% de analfabetos. Tiene apenas 350 edificaciones de un piso o más, como el Panóptico comenzado en 1878, y ni una sola es neoclásica. Los periódicos tienen un tiraje de 800 a mil ejemplares. Dentro su élite andogámica de hacendados y funcionarios hay 250 hombres de letras. Es la capital de un país en donde la expectativa de vida es de 30 años, con un 90 % de habitantes en el campo (y un 90 % de analfabetismo), desprovisto de capital, en el último y penúltimo lugar en América Latina en exportaciones per capita e inversiones extranjeras. Todos los esfuerzos por atraer emigración fracasan. Los únicos emigrantes que se establecen son algunos centenares de sacerdotes y monjas europeos.

Es sobre ese horizonte que en la década de 1890 se procede a renegociar la significación del sobrenombre. En esa tarea fue protagonista principal una de las figuras más conspicuas del régimen, Monseñor Rafael María Carrasquilla, Ministro de Educación de Miguel Antonio Caro, Rector durante 30 años del Colegio del Rosario, encarna las contradicciones que epitomizan la personalidad de los héroes de la Atenas de Suramérica: la cortesía del cachaco, remedo del Paris del II Imperio francés, o la rusticidad y las costumbres de frugalidad mezcladas con manías y excentricidades, entrecruzadas con la obediencia a la lógica del conflicto por el poder. De allí, por ejemplo que muchos de ellos se enorgullecieran de no haber salido de Bogotá y sus alrededores, y de no haber visto nunca el mar.

A fines de 1895 el Aula máxima del Colegio del Rosario vuelve a convertirse para Monseñor Carrasquilla en un escenario de autolegitimación cultural en donde, ante testigos seculares y sus herederos—las autoridades actuales—exhorta retóricamente a los jóvenes de la elite a reconocerse a si mismos en las formas ilusorias de conciencia de la Atenas de Suramérica. En el proceso de llegar a ser la figura viril de sujetos-agentes de la Atenas, el mecanismo de interpelación de la fuerza intelectual dominante reactiva las imágenes del pasado, incorporándolos de manera uniforme a él: “Semejante costumbre (cerrar el semestre con seríon solemne del claustro), digna de venerarse por antigua y de conservarse por buena, es la que nos tiene congregados en esta aula ante la imagen de maestro venerado fundador, ante los retratos de nuestros predecesores, los colegiales ilustres de este claustro, y en presencia de altos dignatarios eclesiásticos y civiles, y de muchos sobresalientes ingenios, justificadores del nombre de Atenas sudamericana, que han discernido a esta capital las demás naciones de nuestro continente.”

¿Por qué en 1895 el sobrenombre de Atenas de Suramérica ya no es debido, como decía Vergara, a un «ilustre viajero»? Porque Reclus, quien entretanto se había convertido en un geógrafo de renombre internacional y se había mezclado con el movimiento obrero, resultó encarcelado después de la Comune de Paris. El nombre tampoco corresponde al “pueblo bogotano”. El muy conservador erudito español Marcelino Menéndez Pelayo va a formular en 1905 en su Historia de la Poesía hispanoamericana, el núcleo de la narrativa de la esencia hispana inmutable de la cultura y la identidad de Bogotá: “La cultura literaria de Santa Fé de Bogotá, destinada a ser con el tiempo la Atenas de la América del Sur, es tan antigua como la Conquista misma. “ Lo cierto es que la topografía de Bogotá estuvo dominada durante siglos por dos montañas. Para la población chibcha aborigen que se asentó en Bacatá, debieron tener gran significación. Más tarde se la bautizó con los nombres católicos de Monserrate y Guadalupe. La negación con ellos de las huellas indígenas es obvia como también lo es el retorno de lo reprimido, en los rostros morenos de la virgen de Guadalupe y el Cristo de Monserrate. Con ellos que se renegocia la subalternidad.

¿COMO ASUMIR ESA HERENCIA?

En el discurso ya citado de 14.8.1895 Monseñor Carrasquilla explicaba por qué “sus hermanas hispanoamericanas “ habrían sentenciado que Bogotá era “Atenas de la América del Sur”: “Con razón se daba tan honroso dictado a la ciudad que contaba en su seno filólogos como Cuervo, humanistas como Caro, poetas como Rafael Pombo, pensadores como Marroquín y un novelista como Jorge Isaacs.” Precisamente José Manuel Marroquín como presidente de Colombia y Miguel Antonio Caro como principal figura política son protagonistas de la secesión de Panamá, en donde se hizo palpable la incapacidad política de hacer proyecciones imaginativas, históricas, geográficas, económicas, culturales para la construcción de la nación moderna de la Atenas de Suramérica. Los recursos simbólicos y las estructuras de actitud y referencia de que disponía la Atenas de Suramérica en ese momento de urgencia política, ante el desorientante rediseño del mapa del mundo, demostración que hacia tiempo habría acabado su alianza con el Espíritu de la Historia universal, eran muy reducidos. El punto paradójico, ciertamente, es que Marroquín y Caro, los responsables gubernamentales, nunca dieron explicación sobre las incongruencias de sus estrategias de negociación con USA. Cuando se trata de imaginar un ritual con dinámica participativa, para fomentar identidad y exorcizar el descontento popular por la pérdida del todavía no construido Canal en Panamá, se organiza el recorrido triunfal en carroza y una pomposa y provinciana coronación del muy conservador poeta Rafael Pombo, a quien menciona Monseñor Carrasquilla, en medio del despliegue de erotismo femenino de ninfas que danzan sobre el escenario del Teatro Colón. La acción simbólica de la coronación quería perpetuar las normas y valores que se pretendía eran los únicos legítimos garantes de la salud de la patria. Ese ritual no fue parte de un trabajo de duelo, de modo que el trauma se hizo hereditario.

La Atenas de Suramérica tiende entonces a hacerse después un bastión defensivo. Con su vínculo con la modernidad, el modernismo como movimiento estético heterogéneo fue, en un sentido, decididamente innovador e incluyó una actitud poscolonial frente a España. Sin embargo, ya entrado el siglo XX, el escritor bogotano Clímaco Soto Borda imploraba al “hado sublime de las letras que imponga un cordón sanitario en redondo de nuestra Atenas para que librase a nuestros poetas del terrible contagio del modernismo”. El siglo XIX llega en Colombia casi hasta 1930. Hay que esperar hasta entonces para que Jorge Zalamea, en un informe al parlamento como miembro del gobierno de Alfonso López, haga una comparación entre las realizaciones de este en el campo de la educación, y la situación, que había encontrado después de 40 años de gobiernos conservadores. Puede así destacar lo incongruente de las voces que lamentan el fin de la Atenas de Sudamérica.

De todas maneras, el parentesco estructural entre la topografía freudiana y la topografía urbana permite, en el caso de Bogotá, abordar el manejo estético de los problemas que representa la Atenas de Suramérica como herencia, es decir, no como legado que daría una orientación normativa sino para arreglar cuentas con su Memoria. Ese es el caso de los significados y referencias con que se ha trabajado en la segunda mitad del siglo XX la Plaza Mayor de Santafé, convertida en Plaza de Bolívar, dentro de su historia como monumento. El diseño de la plaza había sido modificado muchas veces y su marco definido por una serie de construcciones y demoliciones, que la convirtieron en el locus por excelencia para la expresión política, la memoria colectiva, la identidad y la historia de la ciudad y el país. ¿Qué se ha hecho en ella? En 1959 el arquitecto Fernando Martínez intentó poner en escena simbólicamente estos significados: la Plaza como lugar de la convocatoria y la participación de los ciudadanos, de la transparencia democrática, y Espacio de esperanza como evocación de la polis. Para ello Martínez combinó en una forma monumental el imaginario intenso de un país alternativo democrático, con el propósito de un moderno rediseño para convertirla precisamente en un monumento político, dominado en su centro por la estatua de Bolívar, y hacer así de la Plaza el símbolo primario de una nueva Colombia. Los problemas envueltos en la creación de esta despojada clásica Plaza de Bolívar son los del lado oscuro de lo moderno. Lo notable es que la historia de los últimos cuarenta años de la historia colombiana, movió luego al gran pintor Gustavo Zalamea primero, a fines de los 1980, a llevar el mar a la Plaza, a inundarla, para poner en ella un símbolo inesperado: la ballena blanca. Luego, en una soberbia serie de grandes óleos de 1999 titulada “El Mar en la Plaza” y “Naufragios”, el inmenso símbolo de poder de Moby Dick convocó en sus cuadros monumentales un universo de poderosísimos íconos. Van desde “San Jorge y el Dragón” de Carpacchio hasta “la balsa de la Medusa” de Géricault y “la Guerra” de Henri Rousseau, con el capitolio nacional como Titanic entre las olas embrevecidas. La Plaza de la Polis de Martínez es la del Naufragio. La belleza de los cuerpos de Matisse, que les sirve de marco y salida a sus pinturas, constituye un punto límite entre sentimiento y conciencia.

 

Carlos Rincón was a 1999-2000 Santo Domingo Visiting Scholar at the David Rockefeller Center for Latin American Studies. He is currently working on a book about the three Athens: Berlin, Bogotá, and Boston.