Cine Cubano (Spanish version)

Lo nuevo

Por Victor Fowler Calzada

No hay modo de separar la situación contemporánea del cine en Cuba de la existencia y el hecho de la Revolución cubana, pues—si bien, desde El parque de Palatino (1906), hacían cine en el país realizadores nacionales—la creación del Instituto Cubano de la Industria Cinematográfica (24 de marzo de 1959), marcó una diferencia absoluta con el período anterior. A partir de entonces, todas las cuestiones relativas al cine dentro del país (la adquisición de equipamiento, producción, procesamiento, distribución, comercio internacional, formación de profesionales, educación del gusto popular y, en no grado, la crítica profesional) quedaron concentradas en el ICAIC. Sólo tomando en cuenta esta particularidad es posible entender la función que, durante medio siglo, dicho organismo ha cumplido en la vida cultural cubana, así como las problemáticas y contradicciones del presente.

Las palabras que dan inicio a la vida del ICAIC como institución revolucionaria: “el cine es un arte” (tomadas de la declaración del 24 de marzo de 1959) condicionan las exigencias que tantos creadores, como críticos o el público en general, le hacen a la producción cinematográfica cubana, así como también son útiles para explicar algunos de sus vacíos, dificultades o devaneos históricos. Búsqueda de artisticidad, lealtad a la Revolución y reflejo de contradicciones y problemas de la realidad nacional han sido características de este cine; rechazo al simple entretenimiento, a las cinematografías de género, las visiones escatológicas, la experimentación vanguardista y la presencia de la censura, algunos de sus corolarios (directos o indirectos), vacíos o problemas.

A inicios de la última década del siglo pasado, dentro de la peor crisis económica que haya atravesado el país, la industria del cine redujo su producción a extremos de casi inexistencia; hubo años en los que no fue hecha película alguna y lo que había sido un emblema de la Revolución, el Noticiero ICAIC, dejó de aparecer en 1990. Es aquí donde las co-producciones (de modo muy marcado gracias a financiamiento de España) aparecieron como la mejor fórmula para mantener viva una industria amenazada con la quiebra total. Hitos del cine cubano contemporáneo (Fresa y chocolate, La vida es silbar, Suite Habana, entre otras) deben su existencia a esta fórmula, pero también una gran cantidad de películas con escasa o nula pretensión cultural.

Como parte de las acciones por el 50 aniversario de la fundación del ICAIC, la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica convocó a una encuesta para seleccionar las películas “más significativas” producidas entre 1959-2008. Los resultados, anunciados en el Boletín ICAIC Digital del 17 de marzo del 2009, arrojan lo siguiente: cuatro obras de los 60 del pasado siglo figuren entre los 7 primeros lugares, así como que haya que esperar al lugar 12 para hallar alguna realizada luego de 1994. Paralelo a ello, y respecto al documental, 12 de 15 fueron hechas en esa misma década de los 60, una en 1980, otra en 1990 y sólo una más (Suite Habana, 2003), después del año 2000. Cualquiera de ambos conjuntos, sobre todo la suma de los dos, parece hablar de un imaginario nostálgico anclado en los momentos en los que un nuevo cine nacional iba siendo creado al mismo tiempo que, en la arena social, la nueva vida progresaba bajo el impulso de la Revolución triunfante.

Ningún terreno ilustra mejor los cambios del presente que el de la producción documental, donde el liderazgo hoy es ocupado por los materiales que anualmente se presentan a la Muestra de Nuevos Realizadores (2001), al Festival de Cine Pobre (2000) y al Festival de Documentales “Santiago Álvarez in Memoriam” (2000). Esta tríada de eventos, pese a estar organizada dentro del ICAIC o en muy estrecha relación con él, no son parte del sistema de acciones públicos del mega-organismo cubano. Si la gran angustia de quienes, en el período pre-revolucionario, intentaban hacer un cine nacional y de orientación crítica, había sido la imposibilidad de controlar la imagen propia, desde el inicio mismo de la Revolución cubana una de las principales conquistas del nuevo cine fue el tipo de imagen documental que propuso a las audiencias nacionales y, en general, al mundo. El Noticiero ICAIC Latinoamericano, bajo la responsabilidad del documentalista Santiago Álvarez, fue el vehículo para transmitir una visión de la construcción de una sociedad nueva en donde primaban el esfuerzo colectivo, la crítica constructiva, la confrontación con el imperialismo, la confianza en el futuro y el internacionalismo. En el año 1990, cuando la desaparición del todavía existente “campo socialista” precipitó al país hacia la peor crisis económica de toda su historia, el Noticiero ICAIC Latinoamericano cesó de ser producido ante la imposibilidad de continuar adquiriendo de manera regular películas vírgenes o garantizando luego los procesos de revelado y post-producción.

El hecho de que el ICAIC concentrara sus esfuerzos en la producción de largometrajes de ficción, el impacto que el denominado “Período Especial” tuvo para las nuevas generaciones de cubanos, la acumulación de graduados (en estudios de cine) del Instituto Superior de Arte o de alumnos cubanos en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, así como el abaratamiento en el mercado internacional de los equipos necesarios para filmar y procesar materiales audiovisuales, son vectores que influyen todos en el surgimiento de una nueva generación de documentalistas dentro del país. A diferencia de la producción anterior, los abordajes del presente proponen una visión de la realidad nacional marcada por una filosa voluntad crítica respecto a los males de la sociedad cubana contemporánea. Nombres como los de Gustavo Pérez, Alina Rodríguez, Susana Barriga o Aram Vidal despuntan hoy como algunos de los más interesantes trabajos documentales hechos en el país durante la presente década. Además de estos autores, graduados todos en escuelas y trabajadores profesionales del género, los años recientes han visto el surgimiento del Cátedra de Arte de Conducta, complejo proyecto de la artista plástica Tania Bruguera que funcionó entre 2003-2009. Durante ese tiempo, lo que para ella fue una obra de intervención artística (cuya intención era propiciar cambios en los participantes que asistían a talleres, ciclos de conferencias o encuentros con artistas mundialmente reconocidos e invitados para la ocasión) igualmente valió para que un grupo de jóvenes, algunos de ellos sin formación especializada anterior, crearan documentos audiovisuales que están entre lo más interesante hecho en Cuba en la presente década. Vale la pena mencionar aquí los nombres de Adrián Melis (A mí todo el mundo me cuida, 2006) y de Javier Castro, graduado de la Cátedra (Yo no le tengo miedo a la eternidad, 2006).

Si, durante largos años, el cine cubano produjo obras que –dada la relación entre los personajes y la Historia- era posible interpretar como alegorías de la nación, el presente nos coloca ante obras que intentan recuperar los viejos códigos del cine de género hollywoodense y que dan lugar a películas de las que ha sido desterrado cualquier discurso ideologizante. De lo anterior son ejemplos largometrajes como Frutas en el café (Humberto Padrón, 2005) u Omertá (Pavel Giroud, 2008), la no estrenada Mata, que Dios perdona (Ismael Perdomo) o la reciente Los dioses rotos (Ernesto Daranas, 2008). Un ejemplo más sería la obra de los realizadores Eduardo del Llano (quien, además, es humorista y guionista cinematográfico) y Jorge Molina quienes, en menos de una década, han dirigido cada uno 6 cortometrajes de profundo impacto en la escena nacional.

En este punto, vale la pena tomar en cuenta las dimensiones de la producción nacional (alrededor de 4 largometrajes por año) para entender y aceptar que un cortometraje sea suficiente como para estremecer a la crítica, las audiencias, los estamentos de dirección, así como los conceptos alrededor de determinado asunto de la vida o de la hechura y sentido de las películas mismas. En cuanto a del Llano, desde Monte Rouge (que parodiaba la acción de los organismos policiales y de seguridad en el país) hasta Brainstorm (donde se burla, sin piedad, del inmovilismo político, la manipulación mediática y el silencio de los discursos oficiales sobre aspectos álgidos de la vida cubana), la obra de este realizador ha ganado en cuanto a la riqueza de las puestas en escena, marcas de estilo y transparencia de la poética creativa del autor. Otro ejemplo de autoría sería el que nos da el cine de Jorge Molina quien, con igual cantidad de cortometrajes (aunque a lo largo de casi veinte años), continúa siendo el único cineasta cubano que explora los mundos del erotismo, la pornografía y la violencia; su más reciente estreno, El hombre que aullaba a la luna (2008) es también muestra de una poderosa poética personal. Tanto del Llano como Molina son figuras habituales en los circuitos de festivales y muestras que tienen lugar lo largo del país y sus obras merecerían un mayor reconocimiento.

A pesar de no tratarse del cine, la expansión de una escena del videoarte cubano es una las más interesantes transformaciones de la producción audiovisual en el país; si bien los circuitos de exhibición de tales obras suelen ser diferentes que los del cine comercial, su significación cultural obliga a que las mencionemos aquí. Desde el I Coloquio de Arte Digital (1999), que este año celebrará su décima edición, la idea de un nuevo arte de la imagen audiovisual (donde coexisten videoarte, cine experimental, animación y relatos audiovisuales hechos para el computador) ha ido creciendo en el país; buena muestra de ello es el hecho de que, bajo la común denominación Flash Forward, el Festival Internacional de Cine de la Habana (entre los años 2005-2008) haya incorporado muestras de videoarte cubano y que en la convocatoria del presente año se encuentre incluído un apartado para trabajos experimentales y de videoarte. La mayor posibilidad de uso de nuevas tecnologías informáticas ha abierto un nuevo campo para creadores como el fotógrafo Juan Carlos Alom (Habana Solo, 2000), el pintor Lázaro Saavedra (Síndrome de la sospecha, 2004) o el videoartista Raúl Cordero.

Con toda seguridad es Fresa y chocolate, largometraje de Tomás Gutiérrez Alea, la película cubana que mayor difusión internacional ha disfrutado y, en consecuencia, marcó el punto más alto alcanzado por la cinematografía nacional desde los míticos años de la primera década del triunfo de la Revolución. La historia, que narra la amistad entre un joven comunista (David) y un homosexual (Diego) al que prejuicios y maniobras políticas de bajo nivel obligan a abandonar el país, abrió al público y la crítica el muy sensible tema de la emigración y mereció un éxito masivo; en una segunda línea narrativa, la historia progresa como un relato de aprendizaje (dentro del universo de la cultura, particularmente la nacional) para David llevado de la mano por Diego. Después de ello otros autores han revisado la emigración y sus consecuencias en películas de ficción comoVideo de familia (de Humberto Padrón, 2002), La ola (Enrique Alvarez, 1995), Nada (Juan Carlos Cremata, 2001) o Viva Cuba(Juan Carlos Cremata, 2005), así como en documentales al estilo de De-generación (2006) y Ex-generación (2008), ambos de Aram Vidal.

Otras películas importantes hechas por el ICAIC han sido Barrio Cuba (Humberto Solás, 2005), Páginas del diario de Mauricio (Manuel Pérez, 2006), Madrigal (Fernando Pérez, 2007), El viajero inmóvil (Tomás Piard, 2008) y Los dioses rotos(Ernesto Daranas, 2008). Estas cinco películas, con presupuestos estéticos muy diversos, abordan pequeñas historias del presente a través de personajes humildes (Barrio Cuba), proponen amplias revisiones de puntos críticos de la historia cubana contemporánea (Páginas del diario de Mauricio), entregan una densa construcción metafórico-parabólica de la vida nacional en un relato que se desdobla en una historia situada en el presente y otra en el futuro (Madrigal), un profundo análisis de la cultura nacional mediante la investigación alrededor del mundo creativo del escritor cubano José Lezama Lima y su novela “Paradiso” (El viajero inmóvil) y una profunda lectura de los códigos de vida en los ambientes de marginalidad habaneros (Los dioses rotos).

Creo que la suma de todos estos esfuerzos es bastante para demostrar que el cine cubano vive, está en un momento de cambios y nos prepara sorpresas.

Resultados de la encuesta convocada por la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica para seleccionar las películas “más significativas” producidas entre 1959-2008:

Ficción

  1. Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea) 1968
  2. Lucía ( Humberto Solás) 1968
  3. Fresa y chocolate ( T. G. Alea y Juan Carlos Tabío) 1993
  4. Madagascar ( Fernando Pérez) 1994
  5. Papeles secundarios ( Orlando Rojas) 1989
  6. La muerte de un burócrata (T. G. Alea) 1966
  7. La primera carga al machete (Manuel Octavio Gómez) 1969
  8. Retrato de Teresa (Pastor Vega) 1979
  9. La bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet) 1989
  10. La última cena (Tomás Gutiérrez Alea) 1976

Documental

  1. Now! (Santiago Alvarez ) 1965
  2. Por primera vez (Octavio Cortázar ) 1967
  3. Suite Habana (Fernando Pérez) 2003
  4. Coffea arabiga (Nicolás Guillén Landrián) 1968
  5. L.B.J. (Santiago Álvarez ) 1968
  6. Vaqueros del Cauto (Oscar Valdés) 1965
  7. Ociel del Toa (N. Guillén Landrián) 1963
  8. Ciclón (Santiago Álvarez) 1963
  9. Nosotros, la música (Rogelio París) 1964
  10. Hanoi, martes 13 (Santiago Álvarez) 1967

Victor Fowler Calzada is a Cuban poet, critic and lecturer on film and literature. His most recent book of poetry is La obligación de expresar (Editorial Letras Cubanas, 2008). He is presently coordinating a series of books on contemporary international film, written by Cuban researchers and to be published by the ICAIC Press.