Colapso en cámara lenta

Por Dina Fernández

Fotos por Wilder Lopez/Soy502

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Lo que estábamos esperando era un terremoto, no una pandemia.

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Ciudadanos manifiestan en la Plaza de la Constitución en contra de varios temas como el manejo que ha tenido el presidente Alejandro Giammattei en la crisis del Covid-19. La protesta se efectúa pese al riesgo de contagios en concentraciones de personas. / Citizens protest at the Plaza de la Constitución against President Alejandro Giammattei’s management of the Covid-19 crisis. The protest is in process despite the risk of contagion in large gatherings.

Guatemala está en medio del Cinturón de Fuego del Pacífico, es un país del tamaño de Tennessee, atenazado por cuatro placas tectónicas y con casi 300 volcanes.

Aquí todos hemos crecido entre temblores y algunos recordamos el último “gran” terremoto: el de 1976, que en 39 segundos y con un estruendo que aún retumba en mis oídos, dejó más de 20 mil muertos y pueblos completos en ruinas.

Esta vez no fue un sismo lo que nos mostró cuán vulnerables somos, ni otro cataclismo fulminante como una erupción volcánica o un huracán. Fue lo que nadie vio venir: un virus zoonótico salido de los murciélagos.

He de confesar que yo no dimensioné la magnitud del problema cuando empezaron a llegar las noticias de Wuhan, la ciudad china donde oficialmente inició la pandemia de Covid-19. Fue hasta que el nuevo coronavirus estaba ya mostrando su poder letal en Europa, a finales de febrero, cuando cobré real consciencia de la amenaza que representaba el brote para un país como el nuestro, sin sistema de salud digno de ese nombre.

El 15 de marzo, el Presidente Alejandro Giammattei  anunció la primera muerte por coronavirus en Guatemala: un hombre de 85 años que había viajado recientemente a España con su familia. Al día siguiente, el gobierno decretó estado de emergencia e impuso restricciones sin precedentes. Suspendió la actividad privada y pública así como el transporte colectivo, prohibió los desplazamientos entre provincias, todo tipo de reuniones y la venta de licor. Cerró las escuelas, las iglesias, los centros comerciales y las fronteras e impuso un toque de queda que solo permitía salir de cuatro de la mañana a cuatro de la tarde.

Los teléfonos celulares se llenaron de imágenes espantosas. Los convoyes cargados con ataúdes en Bérgamo, en el norte de Italia. Los muertos tirados en la calle en Guayaquil en Ecuador. Los furgones refrigerados para recibir cadáveres en las afueras de los hospitales de Nueva York.

En Guatemala, el miedo surgió de las cifras—las peores del continente—que desnudaban el abandono de nuestra sanidad. Menos de una cama hospitalaria por cada mil habitantes y 60 ventiladores artificiales disponibles en los hospitales de campaña que el gobierno montó a toda prisa para atender la pandemia. Solo 60 para un país de 16 millones de habitantes. Costa Rica, un poco más al sur de Centroamérica, con una población de cinco millones, tenía más de 700.

Durante algunas semanas los contagios avanzaron lentamente, pese a las enormes deficiencias de la respuesta gubernamental. Aunque el gobierno fue muy rápido para construir los hospitales temporales, fue lo único que hicieron rápido en el sistema de salud; todo lo demás se complicó e incluso se paralizó. Por ejemplo, las autoridades eran incapaces de contratar personal sanitario por problemas burocráticos insustanciales, como la omisión de una constancia fiscal. Los médicos de primera línea se quejaban, desesperados, de la falta de pago y de equipo de protección personal. Las pruebas con las que contó el sector público en los primeros meses fueron donadas porque el ministerio de salud no logró concretar las compras internacionales.

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Marcos Antonio López Gómez, comerciante informal, se dedica a vender granizadas a base de hielo y sabores artificiales; pero debido a la pandemia del Covid-19 su fuente de ingresos se ha visto afectada de gran manera. / Marcos Antonio López Gómez, informal worker, sells granizados with ice and artificial flavors; due to the pandemic, his source of income has been greatly affected.

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Bomberos departamentales esperan autorización para ingresar al hospital temporal del Parque de la Industria. Esta unidad fue utilizada para trasladar a pacientes recuperados de covid-19 hacia Patzún, Chimaltenango. / Departamental firefighters wait for authorization to enter the temporary hospital of Parque de la Industria. This unit was used to move recovered Covid-19 patients to Patzún, Chimaltenango.

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Bomberos departamentales esperan autorización para ingresar al hospital temporal del Parque de la Industria. Esta unidad fue utilizada para trasladar a pacientes recuperados de covid-19 hacia Patzún, Chimaltenango. / Departamental firefighters wait for authorization to enter the temporary hospital of Parque de la Industria. This unit was used to move recovered Covid-19 patients to Patzún, Chimaltenango.

Con pocas pruebas y un solo laboratorio para procesarlas, el brote se apoderó de la capital y la región central del país. A mediados de julio, la primera ola llegó a su pico. En redes sociales circularon fotos y videos de las clínicas del seguro social, con enfermos acurrucados hasta en el piso de los corredores. En repetidas ocasiones, los médicos convocaron a la prensa frente a los hospitales para denunciar la falta de recursos y rogar a la población que evitara el contagio con medidas como mascarillas y distanciamiento social. En una de esas improvisadas conferencias, el director del hospital Roosevelt, Marco Barrientos, dijo al borde del llanto: “El personal médico está batallando con todo, estamos agotados, cansados. Hay en cierta forma hasta frustración de decir ¿qué más hago, a dónde voy?”.

Mientras escribo estas líneas, el 24 de septiembre, las cifras oficiales registran más de 87 mil contagios (entre ellos el propio presidente Giammattei que recién resultó infectado) y casi 3 mil muertos, pero todos sabemos que deben ser más, muchos más, que han escapado al conteo gubernamental.  Desde finales de junio, el presidente Giammattei se vio obligado a relevar a la cúpula entera del Ministerio de Salud y organizar una comisión presidencial para atender la emergencia de covid-19. Un mes después, las nuevas autoridades sanitarias implementaron un sistema de alertas, una especie de “semáforo” de la pandemia, que determina las medidas de prevención vigentes en cada localidad. De los 340 municipios del país, 200 están en rojo, la máxima alerta. Las autoridades aseguran que  los contagios han bajado en la región central, pero empiezan a multiplicarse en las montañas occidentales, donde se concentran algunas de las regiones más pobres y más aisladas. Sin embargo, los datos son inciertos: para agosto, había más de 200 municipios donde no se habían hecho ni siquiera 100 pruebas desde el inicio de la pandemia. A nivel nacional solo un día se ha logrado la meta de las 5,000 pruebas diarias que las autoridades se plantearon en mayo.

Los daños económicos también son tangibles. Guatemala tiene una economía que crece poco: alrededor de 3% anual desde hace un cuarto de siglo. Ahora por primera vez desde 1981, el país ha caído en recesión.  A julio, la estimación de la patronal es que se habían perdido más de 100, 000 empleos, mientras el Instituto Guatemalteco del Seguro Social (IGSS), reportaba el cierre de casi 4,000 empresas. Los locales vacíos, con letreros de “se alquila” abundan en los centros comerciales, que lucen como estructuras abandonadas. Para mediados de año, el Producto Interno Bruto (PIB) ya se había contraído un 4%, la peor crisis en cien años.

Al principio de la pandemia, los servicios de inteligencia se prepararon para contrarrestar disturbios. Previeron que legiones de desempleados saquearían las tiendas. No ocurrió. La gente necesitada salió a la calle con banderas blancas y carteles donde explicaban su situación, a pedir comida, con sus hijos de la mano.

La pandemia sacó, como siempre en una crisis, lo mejor y lo peor de la sociedad. En el centro histórico de la ciudad se vio una de esas muestras de heroísmo. El propietario del Café Rayuela, conmovido por la crisis que había dejado sin sustento a miles de personas, decidió servir almuerzos gratis. Así nació “La Olla Comunitaria”, que de marzo a septiembre ha servido más de cien mil raciones de comida. La fila interminable de personas alineadas por un plato de alimentos será una de las imágenes emblemáticas de la pandemia.

La peor reacción de la sociedad ha sido la estigmatización de las personas contagiadas, tratadas en muchos casos cual leprosas. La persecución ha sido especialmente cruel con los migrantes deportados de Estados Unidos: en varias comunidades se formaron turbas para impedir su retorno, muchos denunciaron que han sido víctimas hasta de amenazas de muerte.

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Personas hacen una larga fila en la Plaza de la Constitución con el fin de recibir un plato de comida de forma gratuita. La entrega de alimentos fue gracias a el apoyo de un grupo de jóvenes conocidos como “La Olla Comunitaria” / People stand in line at the Plaza de la Constitución with the end goal of receiving a free plate of food. The delivery of food was thanks to the support of a group of youths known as “La Olla Comunitaria”

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“Vilma” captada solicitando ayuda para poder llevar víveres o dinero a su familia. Ella es acompañada de sus sobrinos quienes tienen que estar en las calles ya que no tienen los medios para dejar a las niñas y niños al cuidado de alguien más. / “Vilma” captured soliciting help to take good or money for her family. She is accompanied by her nephews and nieces who must be on the streets since she doesn’t have the means to leave the children in the care of someone else.

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Una mujer posa para una fotografía en las inmediaciones de la Plaza de la Constitución. Ella lleva una piñata para celebrar el cumpleaños a su hijo bajo la temática del Covid-19. / A woman poses for a photo in the events at the Plaza de la Constitución. She carries a piñata to celebrate her son’s birthday under Covid-19.

A seis meses de iniciada la pandemia, lo único que sabemos es que habrá que esperar para cuantificar los daños, desde el conteo real de los muertos hasta los efectos políticos y socio económicos a mediano y largo plazo. El terremoto del 76 fue así: hoy sabemos que provocó una  migración acelerada a la capital que trajeron los asentamientos precarios de los barrancos vecinos, el caldo de cultivo de las pandillas que hoy son el núcleo de la violencia urbana.

Hoy sabemos que la crisis desnudó un sistema sanitario harapiento. Pese a que el Congreso aprobó 2,500 millones de dólares para atender la emergencia, los hospitales siguen desabastecidos, a los pacientes se les pide que lleven su propia medicina y no se hacen suficientes pruebas. A nivel local, hay quejas porque ni las familias ni las empresas más necesitadas recibieron los programas de ayuda. Desde ya se sospecha que la corrupción en el manejo de los fondos de la pandemia será monumental. En las calles y en las redes se escucha ya el reclamo de “¿Dónde está el dinero?”.

Esta situación se suman a la conmoción política que ha sacudido al país desde 2015, cuando cayó la presidencia del general Otto Pérez Molina en medio de acusaciones de corrupción. Cinco años después, seguimos cosechando tempestades de ese vendabal de revueltas políticas . El país está sumido en una crisis institucional sin precedentes, que tiene enfrentadas a la Corte de Constitucionalidad,  la Corte Suprema de Justicia y el Congreso de la República. Las mafias incrustadas en el poder, coludidas con el crimen organizado, libran un nuevo pulso por cooptar los tribunales con abogados afines a las mafias y el país pareciera avanzar, tambaleándose, camino a la implosión.

En ese contexto, la pandemia se anuncia como catalizador en una atmósfera ya cargada de incertidumbre y desconfianza. Aparte de las banderas blancas, el clamor desesperado de los médicos y el desconsuelo de las familias que ni siquiera pudieron enterrar a sus muertos, tal vez el silencio sea una de las marcas de esta época que quedarán grabadas en la memoria colectiva, de la misma forma como le fue el estruendo en el terremoto del 1976.

A mí me despertó varias veces de madrugada durante la primera semana de encierro.  Muchos años atrás, un campesino me dijo que el ruido era lo que más le molestaba de la capital, donde convergen tres millones de personas.  Ahora, las calles enmudecieron: se quedaron sin el rumor del tráfico, sin bocinas ni rechinar de llantas, incluso sin balazos.

Es un silencio cargado de presagios inquietantes.  Según una investigación del antropólogo Richard Adams, en la pandemia de influenza de 1918 murió alrededor del 10% de la población de Guatemala. Curiosamente, ese desastre inmenso no permaneció en la memoria colectiva de los guatemaltecos, como tampoco del resto del mundo, con la misma fuerza que otras calamidades. Por qué es una buena pregunta para explorar.

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Un empleado de la municipalidad limpia los cristales de una estación de buses, previo a la reapertura de la línea del Transmetro que recorre el área conocida como El Trébol. / An employee of the municipality cleans the windows at the bus station, prior to the reopening of the Transmetro line that transits the area known as El Trébol.

Ahora sin duda los muertos son mucho menos, incluso tomando en cuenta el sub registro. Pese a ello, el nuevo coronavirus nos ha confrontado a varias realidades subestimadas u olvidadas: la posibilidad de un retroceso en la esperanza de vida, un movimiento global de desinformación que desautoriza no solo las vacunas sino la ciencia misma, los costos insondables de falta de consensos políticos para crear sistemas fuertes de sanidad y seguro social; la incertidumbre ante la crisis económica que nos espera, quizá la más grave en siglos; los efectos colaterales del daño ambiental a escala planetaria.

Si de algo valen las referencias, sabemos que en Guatemala, en los años 20 del siglo pasado, la pandemia de influenza fue uno de los elementos que socavó la dictadura de Manuel Estrada Cabrera. En 2020 no sabemos qué efecto tendrá el Covid-19 sobre la precaria economía y el devastado sistema político de Guatemala, pero sin duda habrá consecuencias.

Durante años, escuché “que ya tocaba” otro terremoto, que había que tener lista “la mochila de las 72 horas” para sobrevivir al desastre. Nos tocó otro tipo de desafío, uno en cámara lenta que seguirá provocando derrumbes y muertes por años, uno donde no sabemos aún cuáles son las estructuras que terminarán por caerse ni cómo nos levantaremos de los escombros.  Por ahora, lo que sabemos es que nos ha hecho valorar lo esencial: el lujo de la salud, del hecho mismo de respirar, el tesoro de un abrazo y el salto de confianza que encierra un apretón de manos.

 

Dina Fernández es antropóloga y periodista. Fue Nieman Fellow en 2002-2003. Ha trabajado para varios medios de comunicación en Guatemala. En 2013 fue parte del equipo que fundó Soy502, el medio electrónico con mayor tráfico en Centroamérica.