Daniel Alejandro Martínez: Cómo encontré mi identidad Latinoamericana desde Boston

Daniel Alejandro Martínez, es un sonsoneño formado en Harvard en Ciencias Sociales y Filosofía. Becario del Gates Millennium Scholarship y Michael C. Rockefeller Memorial Fellowship. Actualmente se encuentra recorriendo la Amazonia brasileña trabajando con proyectos sociales de educación, salud y medioambiente. Pueden acompañar su viaje en el blog: danielmgsa.com

 

Cómo encontré mi identidad Latinoamericana desde Boston

Por Daniel Alejandro Martínez

 

Boston es todavía un pueblo que no alcanza a ser ciudad. Es un lugar con un aire de historia, donde las casas son pegadas unas a las otras, regularmente de dos a tres pisos, con tejados y paredes lisas para que resbale la nieve en el invierno. Tiene algunas calles de piedra y ladrillos que, aunque abarrotadas de carros, son lo suficientemente estrechas para dar la impresión de que no hace mucho tiempo por allí todavía circulaban caballos y carruajes. Esta sensación de pueblo es aún más clara en East Boston, una urbe frente a la Bahía de Boston donde se concentra una diáspora de centroamericanos, caribeños y colombianos y se habla más español que inglés. East Boston se convirtió en mi casa desde el seis de marzo de 2008 cuando, en la víspera de mi cumpleaños, con tan solo doce años, dejé a mi madre y a casi toda mi familia en Colombia y viajé solo a los Estados Unidos a vivir con mi padre.

East Boston
Junto a dos de mis amigos en las calles de East Boston. Los dos son hijos de inmigrantes latinos, Daniel Alfaro (inzquierda) salvadoreño y John Tabares (derecha) colombiano.

En Colombia, crecí en una finca en la vereda Tasajo, municipio de Sonsón, Antioquia. Una región azotada por el conflicto armado, en la que un bando guerrillero voló en dos ocasiones el puente que conecta el municipio con la ciudad de Medellín, y de la que conservo recuerdos de una vida simple en el campo, tristemente manchados por la violencia. Recuerdos como la desaparición de mi hermano, Edwin, a sus 15 años por uno de los grupos armados, o la vez que intentaron secuestrarme pensando que mi familia tenía dinero porque mi padre había emigrado a los Estados Unidos. Estas vivencias me llenaron de incertidumbre y sed por saber la verdad de lo que había pasado, el porqué del conflicto, por qué sufrían personas inocentes como mi familia. Estos sentimientos de angustia y de sed por conocer la verdad son algo que estoy seguro comparten millones de víctimas del conflicto, y que se convirtió en una voluntad por saber y aprender que me acompañó hasta los Estados Unidos.

Tasajo
Esta es La finca, el lugar donde crecí en las montañas de Colombia, en la municipalidad de Sonson, Antioquia. Al fondo se puede observar el páramo del Cerro de la Vieja, a una altura de 3150 metros sobre el nivel del mar.

El haberme apartado de Colombia me permitió alejarme del conflicto y, a lo largo de los años, me ayudó a entender con más claridad la realidad que me tocó vivir. Sin embargo, al mudarme a Boston, lejos de mi familia y mi tierra, mi preocupación inmediata fue a adaptarme a una nueva vida en Nueva Inglaterra. No obstante, mientras expandía mi identidad, no dejé de sentirme colombiano. Y en realidad, no había forma de hacerlo. No en East Boston. Allí, una colonia de colombianos, en su mayoría antioqueños de Don Matías, construyeron una Colombia en donde nieva y se usa un dialecto propio con palabras como parquear, mopear, diswachear y dar vacuum, entre otros anglicismos. Términos de la vida cotidiana de los inmigrantes hispanos, como mi padre, que llegaron a Estados Unidos con esperanzas de conquistar el «sueño americano» y pasan sus días trabajando en servicios de limpieza, restaurantes o haciendo domicilios.

Gracias al esfuerzo de mi familia y a la educación, mi vida en los Estados Unidos tomó un rumbo diferente lleno de oportunidades. Al comenzar a estudiar en las escuelas públicas de Boston, mi mundo creció de la noche a la mañana. Había salido de una zona rural en las montañas de Antioquia, blanca y goda (tradicional y conservadora), donde Bogotá y Cartagena se conocían como lugares remotos y amorfos en la imaginación, y llegado a un lugar lleno de culturas diferentes, razas, religiones y realidades sociales heterogéneas, tales como mujeres musulmanas que vestían hijabs, afroamericanos en los barrios marginados de Roxbury, Dorchester y Mattapan, comunidades del Sudeste Asiático, en su mayoría refugiados de la guerra de Vietnam, y la diáspora latina, principalmente de salvadoreños y hondureños, migrantes económicos y también refugiados de la violencia en sus respectivos países.

Llama
Experimentando en mi visita a Macchu Piccchu mi fascinancion por la llamas (y todo los animales) y el sentido de aventura—algo que me ha acompañado desde que salí de mi finca en Colombia.

Me tomó un poco más de un año aprender inglés, lo suficiente para evitar no ser llamado spic—un insulto común en los Estados Unidos dirigido a los hispanos que no hablan inglés— y conseguir un cupo en una rigurosa escuela pública de Boston enfocada en matemática y ciencias. Una vez más me tocó salir de mi casa, aquellos confines entre la calle Saratoga y el Parque Liberty de East Boston, para encontrar oportunidades en una realidad ajena a mi experiencia. Boston, como Estados Unidos en general, es un lugar dividido en burbujas culturales, socioeconómicas y raciales, que segregan y determinan la vida y los sueños de las personas. Al ser admitido en la escuela examen John D. O’Bryant, alcancé oportunidades y tuve experiencias fuera de la comunidad latina de East Boston. Logré participar en aulas extracurriculares, donde pasé las tardes en programas de deportes, ciencias y liderazgo, y me involucré en una organización que promovía el intercambio cultural y el impacto social entre jóvenes de varios países.

En viajes de servicio social a Nicaragua, Guatemala, República Dominicana y Haití, descubrí bellezas naturales, costumbres y creencias similares a Colombia, pero también reencontré problemáticas de violencia, pobreza, clasismo y racismo típicas de mi país. El verde de las montañas nicaragüenses y la sencillez de la vida campesina no dejaban de recordarme a los colores del páramo de Sonsón y la vida en la vereda Tasajo. Por otro lado, las violentas historias de la revolución Sandinista y la contrarevolución me traían recuerdos demasiado conocidos. Sin embargo, fueron estas similitudes de belleza y tragedia las que me llevaron a conocer la cercanía de la realidad, y por ende la hermandad, de los países de América Latina. Fue en estos viajes que mi aprecio por el multiculturalismo, que encontré por primera vez en Boston, se convirtió en una pasión por Nuestra América.

Mi experiencia como inmigrante colombiano en Estados Unidos y como voluntario internacional, politizaron mis ideas y me dotaron de una identidad Latinoamericana. En 2013, decidí nuevamente salir de mi entorno y aspirar a estudiar en una universidad. Fui admitido con una beca completa a la Universidad de Harvard, una prestigiosa institución que, pese a estar solo a minutos de East Boston, no conocía hasta que decidí postularme. En la universidad, la intriga por conocer la verdad sobre la vida en Colombia y mi pasión por América Latina me llevaron a formarme en Ciencias Sociales y Filosofía, especializarme en estudios Latinoamericanos, a escribir una tesis sobre el conflicto armado colombiano, y a graduarme con honores. Podría decir que esta intriga por conocer la verdad, la cual me ha acompañado a lo largo de once años que tengo como peregrino desde Colombia hasta Boston, fue lo que me llevó a adaptarme a una nueva vida como inmigrante, a sentir una identidad multicultural como Latinoamericano, a educarme en la Universidad de Harvard, y sobre todo a entender lo que nos une por encima de lo que nos divide. Espero este recorrido algún día me regrese a Colombia. Ojalá en un futuro cercano, donde la verdad, la justicia y la reconciliación tengan más espacio en mi país.

Amazonas
Foto uneditada de una mañana lluviosa y brumosa sobre el río Amazonas, cerca de Tefé (AM) Brazil. Esta foto la tomé durante mi recorrido de un año por la Amazonia brasileña, como parte de la Beca Michael C. Rockefeller.