De Canaima al Parque Nacional Canaima

Cuando la literatura entierra geografías indígenas

Por Amanda M. Smith

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Salto Ángel en el Parque Nacional Canaima, por Luis Carillo, 2005 https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Angel_Falls_in_Venezuela.jpg

A veces los temas de investigación se encuentran en las notas a pie de página. Cuando yo era estudiante de literatura latinoamericana en el programa de doctorado de Johns Hopkins University, leí por primera vez Canaima (1935), una novela poco estudiada del autor, maestro y expresidente venezolano Rómulo Gallegos (1884-1969), pero tuve que esperar hasta la nota 518 para encontrar una explicación—aunque insuficiente—del origen del título del libro. Según Charles Minguet, el editor de la edición crítica,“El índigena teme a kanaima, quien no existe como dios, pero sí como enemigo, y al ser atacado por éste, grita”. La brevedad de la descripción solo sirvió para encender mi curiosidad. ¿Es Canaima—que en Gallegos es construido como un espíritu selvático incorpóreo—una persona? ¿Se escribe con “k”? ¿Ataca a la gente? Estas preguntas inspiraron uno de los capítulos de mi tesis que pronto se publicará como parte de mi primer libro, Mapping the Amazon: Literary Geography after the Rubber Boom.

La obra etnográfica del antropólogo Neil Whitehead luego me aclararía que kanaima con “k” nombra tanto a un tipo de chamán como a la matanza ritual que lleva a cabo y que consiste en acechar, atacar y luego consumir el cuerpo de su víctima. Se trata de un fenómeno pan-indígena propio del Escudo Guayanés, esa vasta región fluvial que abarca las cuencas del Amazonas y el Orinoco. Se encuentran kanaimas entre varios pueblos caribes como los Karinya, Pemón, Makushi, Akawaio y Patamuna. Otros pueblos caribes (los Waiwai, Ye’kwana y Wayana), algunos pueblos arawakos (los Wapishana y Lokono) y también los Warao conocen la práctica y la temen. Se me esclareció la causa de ese miedo cuando leí las gráficas descripciones de kanaima ofrecidas por Whitehead, y a veces ilustradas con bocetos de sus informantes Patamuna. Pero llegué a entender que, para los kanaimas, consumir el cuerpo de su víctima constituye un deber cultural que les permite acceder a una consciencia chamánica, comunicarse con el creador Makunaima, y así aumentar su poder. Entender el silencio sobre estos sentidos indígenas en los estudios sobre Canaima hasta llegar a trazar la relación entre el chamanismo, la novela y el parque nacional del mismo nombre, me llevaría a explorar los complejos procesos de apropiación de tierras indígenas siempre barnizados de buenas intenciones.

Canaima cuenta la historia de Marcos Vargas, un joven impulsivo de Ciudad Bolívar en las orillas del Orinoco, quien sueña con arriesgarse en la “Guayana de los aventureros”, el epíteto que usa para referirse al Escudo Guayanés cuyos ríos y afluentes se extienden por casi la mitad del territorio venezolano. Vargas se instruye en las aventuras asociadas con la región escuchando historias de los purgüeros que vuelven a la ciudad al final de cada temporada. El héroe, al fin, parece destinado a cumplir sus fantasías como capataz de una pequeña empresa cauchera pero en vez de protagonizar las hazañas imaginadas en una selva que creía virgen, encara los efectos devastadores de la extracción de recursos naturales—caucho, sarrapia y oro—de la que es objeto la región. Poco a poco se va alejando de su sociedad de origen, desasociándose así de la fuente de abusos humanos y ecológicos de los que es testigo en la selva. Finalmente, se instala en una comunidad Ye’kwana y se empareja con una mujer llamada Aymara. Años más tarde envía su hijo a la capital para educarse. 

Esta crítica a las economías extractivas se filtra a través de un discurso conocido en la literatura latinoamericana como “regionalismo”. Mediante descripciones exhaustivas y lenguaje vernáculo, este modo literario dominante en las primeras décadas del siglo 20 buscaba registrar y preservar la diversidad cultural de una nación. Se trata de una corriente literaria de afán decididamente nostálgico que coincide con la aceleración de los procesos de modernización en América Latina destinados a integrar áreas aisladas, a homogeneizar las economías nacionales y a aplanar las texturas idiosincrásicas que las novelas regionalistas ponen de relieve. Como propuso Carlos Alonso, la imaginación regionalista inventa y exotiza lo autóctono como respuesta a la crisis cultural atizada por la modernización. 

En Venezuela, la constitución de un estado petrolero a principios del siglo 20 acentúa esa crisis. Como indicó Fernando Coronil, el antropólogo venezolano y exprofesor visitante del David Rockefeller Center for Latin American Studies en Harvard, si bien la actividad extractiva se centraba por entonces en la costa del norte, la industria petrolera reestructuró el espacio económico en todo el país. Además, mientras las zonas rurales venezolanas carecían de escuelas equipadas para promover el concepto de ciudadanía nacional, la “escuela” creada en torno al sistema petrolero—así la llamaban los trabajadores—suministraba lecciones de ciudadanía económica para la Venezuela moderna. 

Ante la concesión de tierras petroleras a empresas extranjeras durante la presidencia de Juan Vicente Gómez, Gallegos creó un personaje romántico que se refugia en una onto-epistemología alternativa denominada “esos mundos de Canaima”. En otras palabras, logró construir un paisaje regionalista autóctono al convertir la práctica indígena kanaima en un tropo literario. Canaima con “c” es la maldad arrasadora que difunden “los racionales, los chupadores de la sangre del árbol de goma, violadores del sueño del oro” pero es también la fuerza enigmática y mutable que arrastra a Marcos Vargas hacia la selva. Los caucheros se refieren despectivamente a la inmersión de Marcos Vargas en la selva cuando rumorean que Canaima se ha metido “en cabeza de racional”, pero la contemplación solitaria del monte y la eventual convergencia chamánica del personaje con otras especies le revelan un bosque dinámico compuesto de sujetos como él. Esos mundos de Canaima, expuestos a través de Vargas, sirven para contrastar con la objetivación racional del bosque implicada en su codificación como recursos naturales. 

No he podido averiguar exactamente cómo Gallegos se familiarizó con la idea de Canaima tal como aparece planteada en su novela. No lo menciona en el cuaderno donde copió meticulosamente sus observaciones durante una breve estadía en Guayana. No obstante, algunos pasajes de Canaima se asemejan sospechosamente a los relatos del botánico Richard Schomburgk y del explorador Theodor Koch-Grünberg. Los dos documentaron distorsiones occidentales de kanaima como una fuerza vengativa descorporizada pero también recopilaron detalles sobre kanaimas famosos y explicaciones del acto ritual a través de sus informantes pemones. Aunque Gallegos vincula el concepto de un “Canaima” místico como emblema de la Guayana venezolana, el discurso regionalista que articula el viaje espiritual de Marcos Vargas sin embargo choca con descripciones sorprendentes que coinciden con algunos de los aspectos más sobrecogedores de kanaima. Como un kanaima cazador activo en forma de jaguar, Vargas aprende a comer carne cruda, siente que tiene garras en vez de manos y en una escena inexplicable—y curiosamente pasada por alto por los críticos literarios—ataca a un hombre por atrás con un machete tal y como atacan los kanaimas a sus víctimas. La irrupción de estos extraños pormenores en la novela parece confirmar, como sugirió Lúcia Sá, que en Gallegos el término “Canaima” excede la definición ofrecida por el narrador.

Los estudios de Canaima reconocen en su compleja riqueza textual un acercamiento anómalo a la otredad regional y así como otras novelas regionalistas latinoamericanas tienden a personificar la tierra misma—y por eso a veces también se llaman novelas telúricas—“Canaima” se convirtió en los años sesenta en sinónimo de la región descrita en el texto. Gallegos fue nominado al Premio Nobel de Literatura en 1960 y en 1962 el estado eligió el título de su segunda novela para designar lo que en un momento dado sería el parque nacional más grande del mundo. El Parque Nacional Canaima, un destino turístico popular también declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO se sitúa en la Guayana venezolana en la región de la Gran Sabana y ocupa más de 30,000 kilómetros cuadrados. De sus mesetas características conocidas como tepui cae la cascada más alta del mundo, el celebrado Salto Ángel. Dentro del perímetro del parque, vive la mayoría de los aproximadamente 30,000 pemones para quienes la región no está compuesta de atracciones turísticas sino de seres sagrados

La incursión del estado venezolano al destinar tierras ancestrales pemones a un parque nacional ha producido conflictos sobre la titularidad y el uso de propiedades colectivas. Como afirmó un activista pemón al invocar el Convenio sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes de la Organización Internacional del Trabajo, “Nosotros no estamos dentro del Parque Nacional, el Parque Nacional está dentro de nuestras comunidades, y es por eso que lo que se haga debe ser primero consultado con nosotros.” Los pemones ahora luchan por mantener prácticas científicamente probadas como la tala y quema de árboles mientras se confrontan con los efectos de la minería sancionada e ilegal. Además, desde el 2016, el parque también se encuentra dentro de la Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco, un área con reservas de oro, cobre, diamante, coltán, hierro y bauxita, designada para la exploración minera. En febrero de 2019, bajo la administración del presidente Nicolás Maduro, un enfrentamiento violento entre militares y manifestantes pemones a causa de la entrada de ayuda humanitaria al parque resultó en la muerte de tres individuos pemones. Como resultado de estas circunstancias, los residentes pemones se enfrentan diariamente con el tipo de violencia que Canaima denunció bajo la forma de la integración forzada de la periferia al centro económico nacional. 

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Mapa del Parque Nacional Canaima por Jeffrey Erbig

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Con Canaima se habla venezolano, 2016 https://canaima.softwarelibre.gob.ve/

Mientras tanto “Canaima” ha pasado de designar una región ribereña especial a funcionar metonímicamente como la esencia de la nación. En 2016 por decreto presidencial se creó un sistema operativo de código abierto para la Administración Pública Nacional llamado “Canaima”. En la página web del sistema operativo solía haber un banner que anunciaba, “Con Canaima se habla venezolano”. Abundan otros ejemplos del software como expresión de la venezolanización de la informática. Por ejemplo, un anuncio para la versión Canaima 3.0 lleva como subtítulo “con sabor venezolano”. La maniobra retórica de apropiarse selectivamente de versiones blanqueadas de personajes folklóricos y proyectar su imagen casi ficticia como símbolo de la nación no es única en la esfera del regionalismo latinoamericano. También ocurrió, por ejemplo, con el gaucho que, contratado y abusado por el incipiente estado argentino en las luchas fronterizas del siglo 19, terminó convirtiéndose en símbolo del carácter nacional. El distanciamiento del referente original parece ser lo que distingue el caso venezolano. Si por un lado la idea de poner a un parque nacional el nombre de una práctica de matanza ritual indica una falta alarmante de sensibilidad estatal hacia sus pueblos originarios, por otro lado, la provocación de convertir a Canaima en una especie de lenguaje nacional subraya la ceguera cultural con la que el estado bolivariano parece querer adueñarse del capital simbólico de los pueblos de la Guayana.  

El uso indiscriminado del vocablo caribe ha producido protestas vehementes. Ricardo Delgado, académico pemón y exalcalde de la municipalidad de Gran Sabana, publicó en su blog personal una denuncia de la diseminación irreflexiva de la palabra kanaima por parte del gobierno: 

Exhorto desde este espacio que el Gobierno nacional no siga usando el Nombre de Canaima para ningún otro proyecto, porque cada vez que se nombra, como todos saben de la manera más elemental, se invoca la acción y el carácter de Canaima, sea éste indígena o no. Por eso digo, y creo firmemente, que ahora hay Canaimas por todas partes, en los barrios azotando a la ciudadanía, infiltrándose en las fuerzas armadas, corrompiendo los cuerpos policiales, llevando batuta de las cárceles.

 

Los urgentes reclamos de Delgado sugieren que en pemón—como también parece ocurrir en los idiomas quechuas—no hay un significado que medie la relación entre la palabra y su referente. Según Delgado, decir “kanaima” es convocar a kanaima. En consecuencia, la ignorancia estatal hacia las prácticas caribes desata una amenaza real y física ignorada por quienes la liberaron.

La apropiación estatal de esta palabra no solo resulta en la pérdida de su sentido amenazante sino también de otro significado. Para otros pemones, kanaima significa también relacionarse armoniosamente con el mundo. El profesor pemón Lino Figueroa explora este significado de kanaima en Makunaima en el valle de los kanaimas (2007), una recopilación de la tradición oral de su pueblo kamarakoto. El libro cuenta cómo Makunaima, mediante las lecciones de su padre Kaponokok, intuye cómo cuidar al mundo circundante y aprender de él. Una matanza kanaima forma parte de su crecimiento de adolescente a adulto, pero es un episodio breve en un programa educativo extensivo que, según Kaponokok, “no es muy difícil si tratas las cosas con respeto y responsabilidad”. Para Makunaima kanaima se vuelve una conexión corporal y mental con el paisaje selvático, un matiz del significado de kanaima que también queda completamente oculto con la propagación de la palabra. 

La proliferación de “Canaima” en el discurso político tampoco respeta la idea, aunque sea superficial, de Guayana como lugar del conocimiento-otro vislumbrado por Marcos Vargas a lo largo de su viaje novelesco. Persiste, en cambio, la dificultad de comunicación entre las regiones y el estado que aspira a integrarlas, aun cuando usen las mismas palabras. Cuando Gallegos extrajo de la cosmovisión caribe el concepto de kanaima para su proyecto literario regionalista, inadvertidamente dio permiso al estado de incorporarlo a su léxico nacionalista. Como indica el caso de Canaima, la extracción literaria no se limita a la metáfora. Un lugar concebido desde la conquista como fuente de riquezas para otros se convierte en manantial de innovadores tropos y la cartografía literaria resultante encubre el referente geográfico original. Si la literatura puede intervenir de esta forma insidiosa en las vidas de las personas de las selvas fluviales, como la Guayana, entonces, leer las obras literarias inspiradas por estas regiones requiere desenterrar los mundos sepultados por sus páginas.

 

Amanda M. Smith es profesora asistente de literatura latinoamericana en la Universidad de California, Santa Cruz. También co-preside la sección Amazonía de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA). Su libro, Mapping the Amazon: Literary Geography after the Rubber Boom, contratado por la University of Liverpool Press, dedica un capítulo a Canaima

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