De expat en los tiempos de COVID

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Por una expat en el Golfo 

A las 7 a.m. sonó el teléfono.  Era inusual que mi esposo me llamara a esa hora en un día de vacaciones. Era el 26 de febrero y gozábamos de una semana de descanso en un país vecino en el Golfo Pérsico.  Contesté con monosilabos para no despertar a mi hija que dormía a mi lado.  Desde el lobby del hotel,  la voz de mi esposo sonaba agitada por mas que tratara de parecer tranquilo:  Teníamos que desalojar el hotel en una hora.  Todavía entre sueños, no entendí lo que pasaba y me limité a seguir el plan que él ya había pensado, como una autómata:  Bajar a desayunar y luego subir todos juntos a la habitación a empacar.

Desperté a mi hija ocultando mi desasosiego y en menos de cinco minutos estábamos listas, pero el hotel parecía otro con solo el pasar de una noche.  Los turistas que habíamos visto días antes relajados, estaban ahora desayunando en silencio como haciendo un deber.   Las maletas hechas esperaban a su lado para salir.  Los empleados pasaban revisándolo todo como los asistentes de vuelo de un avión que se preparaba a despegar. 

Mientras nos servíamos algo de fruta, mi esposo me puso al día:  había encontrado una carta en la puerta de la habitación con la orden de salir a las 8 de la mañana.  Confundido, bajó a la recepción a preguntar si había un error en su reserva y se encontró con una fila larga de gente  atendida por dos empleados mas nerviosos que los mismos huéspedes.  La explicación que les daban, un tanto inverosímil inclusive en estos regímenes autocráticos, era que por orden del gobierno necesitaban desocupar el hotel lo antes posible para unos clientes VIP.  El rumor que se oía era otro: necesitaban desolojarnos para adecuarlo como zona de cuarentena para los ciudadanos que llegaban ese mismo día de otros países infectados con COVID-19, ese virus que sonaba remoto hacía solo dos meses atrás, como una catástrofe en una ciudad desconocida del lejano Oriente.

Comimos algo sin apetito, y le dijimos a nuestra hija que tendríamos una aventura, un cambio de hotel.  Mientras tratábamos de empacar la ropa de verano en la pequeña maleta con manos temblorosas, ella hacía planes para otro día de sol y recibíamos constantes llamadas de la recepción apurándonos. Al salir de la habitación dos guardias del hotel nos escoltaron, junto a otro par de turistas mas, al ascensor.  Al bajar al lobby a esperar el transaldo hacia otro hotel, vimos dos carros de polícia esperando en la puerta, con cuatro oficiales hablando por sus walkie-talkies.  Estábamos en una dimensión desconocida, y poco nos imaginábamos en esos momentos que esa sería la nueva normalidad en las próximas semanas.

Al día siguiente se acababan nuestras vacaciones en ese minúsculo país del Golfo Pérsico  y entonces tendríamos que tomar una decisión.  Sumado al desalojo habíamos recibido otras noticias: el colegio de mi hija estaba cancelado hasta nueva orden y en nuestro trabajo habían anunciado dos semanas extras de vacaciones.  ¿Qué hacer ahora?   ¿Quedarnos unos días mas en el hotel mientras se normalizaba la situación? ¿Regresar a Colombia, nuestro país de origen,  que estaba a 20 horas de vuelo? ¿Refugiarnos en Europa, punto intermedio entre el Medio Oriente y Suramérica, por lo menos por una semana hasta entender el alcance de lo que pasaba? /Volver a nuestra casa en otro país cercano del Golfo donde estaba nuestro trabajo?  Optamos por lo último que parecía lo mas fácil, lo menos radical.  Poco sabíamos en ese momento que nuestro mundo ya no sería el mismo.

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Llegamos a la que es ahora nuestra casa desde hace un par de años, con una sensación de normalidad que se fue desmoranando lentamente.  Ese domingo, primero de marzo comenzó nuestro gradual confinamiento.  Mi esposo decidió ir a la oficina un par de horas cada día mientras mi hija y yo hacíamos colegio en casa con otra niña vecina.  Disfrutábamos de la pausa inesperada en nuestra rutina diaria y en menos de una semana ya estábamos adaptados a este nuevo ritmo.  Habíamos incorporado a nuestros días prácticas de yoga, sesiones de música, lecturas que nos habían esperado por meses en la mesa de noche y clases en línea de ese pasatiempo que nunca habíamos tenido tiempo de empezar.  En las horas muertas podíamos comunicarnos con amigos y amigas que no llamábamos por los agites del semestre; y de un momento a otro nos encontramos en Zoom con personas que hacía una década no veíamos. Todo parecía un buen aprendizaje que se llevaría con disciplina y actitud positiva.  

Poco duraron esos días de falsa calma.  En menos de dos semanas, entendimos, por fin, la magnitud de la calamidad que se nos había venido encima.  No era un problema solo para las personas en riesgo, ni estaba lejos, ni se desaparecería con el calor. No. Las imágenes apocalípticas empezaron a tocarnos la puerta, estaban justo al lado en nuestro vecino Irán.   Las celebraciones de Nouruz, el año nuevo persa, mas unas elecciones que habían aprobado a sabiendas del riesgo, dispararon el contagio por el país y ahora el virus se dispersaba por todo el Golfo. Pronto las medidas comenzaron a escalar.   

No es esta una zona que se caracterice por un manejo transparente de la información y cada cual buscaba datos donde pudiera. Las noticias llegaban, cambiaban, desaparecían y esto aumentaba la ansiedad en un momento ya de alta tensión.  Cada noticia iba llegando en forma fragmentada.  Primero, como un rumor en las redes sociales, después en versiones que se contradecían y se autocorregían en los pocos periódicos en lengua inglesa del país; y finalmente en las páginas de algunas embajadas en Instagram.  De nuestro país llegó un desangelado mensaje electrónico que no sirvió ni de información ni de consuelo.  Mas apoyo se recibía de los grupos en línea de expats hispanoahablantes. Estaban a reventar entre memes, chistes, cadenas de oración, e incluso fuertes discusiones, y se convertían así en compañía para muchos.

Para mediados de marzo se anunció el cierre del espacio aéreo hasta nueva orden.   Era la segunda vez en mi vida que tenía que vivir algo así. La primera fue hace casi 20 años como estudiante en Boston cuando cerraron Logan como consecuencia del atentado de las Torres Gemelas.  La sensación de asfixia es siempre igualmente perturbadora:  dos puertas de hierro cierran el cielo y estás totalmente atrapado. Luego, llegaron los mensajes sobre exámenes  medicos masivos y obligatorios, bajo pena de multa y cárcel, a quienes hubieran llegado al país en días anteriores de Egipto, de Inglaterra, de Irán y así sucesivamente a lo largo de una semana que pareció un siglo. El resto debía esperar confinado en casa, una orden que solo rompimos cuando nos autorizaron a aprovisionarnos en los supermercados, con el temor de un desabastecimento futuro, al ser este un país que subsiste casi totalmente de la importación de alimentos. Para el final del mes, se decretaba un toque de queda parcial de cinco de la tarde a seis de la mañana. La ciudad estaba completamente paralizada y nosotros en pánico.

A esta zozobra que se le sumaba al miedo en sí de la enfermedad se le iba a añadir otro mas: El virus seguía su recorrido vertigoso hacia occidente. Después de un paso devastador por Europa llegaba a América Latina donde estaba nuestra familia.  Para finales de marzo Colombia estaba en lo que llamaron una cuarentena por la vida, con confinamiento total y cielos cerrados.  Vivíamos ahora divididos entre las noticias de acá y las de allá, y con la sensación de habernos quedado atrapados en el limbo. Con ambos espacios aéreos cerrados no había escapatoria.   Nos ahogaba el silencio del cielo. Nuestros seres queridos quedaban a un océano de distancia mientras nosotros nos sentíamos como huéspedes, ya menos deseados, en un país que nunca sería el nuestro.

Y es que vivir la crisis cuando eres expatriado, esa horrible palabra que te deja huérfano, es otra historia. En el Golfo no hay inmigrantes: Todos estamos en tránsito, ya seas un trabajador calificado o un obrero de la construcción.  Cada visa está ligada al trabajo y a veces te sientes como en un enorme campamento donde se viene a trabajar y a dormir.  Acá no se puede pertenecer, somos todos precindibles y lo sabemos. En tiempos normales, esta noción de transitoriedad, si bien molesta, se olvida con las ocupaciones diarias, pero en tiempos de crisis asusta. Solo leer las noticias te hace sentir vulnerable: se habla del expat y del ciudadano como dos categorías de seres humanos. Y las reglas, por supuesto, son diferentes para los dos.  Un ejemplo quizás banal lo ilustra mejor: a raíz de esta crisis se limitó la entrada de personas a las cooperativas, los supermercados del estado. Tienes que esperar en fila tu turno si eres expat, si eres nacional, no.  Y entonces te empiezas a preguntar cosas tal vez absurdas: ¿tendremos derecho a comida? ¿Nos expulsarán si nos da el virus? ¿Habrá respiradores para nosotros? 

Comienzo entonces a pensar en los otros expats: Los cientos de miles que tienen que compartir su cuarto con ocho o diez personas mas; los que no pueden dejar de trabajar porque se paralizaría el país y siguen llevando domicilios o recogiendo las basuras; los que ni siquiera llegan a categoría de expat y que están ilegales rebuscando el trabajo mientras huyen de la policía, víctimas de un sistema injusto y del tráfico de visas;  los que se adhieren a una amnistía para ser deportados sin pagar multas. Veo como cierran sus edificios porque hay un brote del virus allí, como de la noche a la mañana acuartelan barrios enteros con barricadas de alambre y carros de policía quedando a merced de lo que el gobierno o las caridades puedan darles. Todos los vemos, sabemos que están allí  y no podemos hacer nada, quizás donar un mercado o escribir una queja anónima en una revista de un país lejano.  Entiendo entonces que hay una cosa peor de ser expat:  es que te quita la voz. Eres el Otro, el de menos, y pierdes la dignidad. 

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El COVID-19 ha develado las mas obvias imperfecciones del mundo que hemos construido.  No solo en estos regímenes autocráticos como todos quisiéramos pensar, o en los países en desarrollo de América Latina con sus dolorosas inequidades.   Me llegan las imágenes del campamento de refugiados en Francia, o de las pateras que van de vuelta a Africa dejando a una España hostil, o las de mi prima indocumentada en Nueva York, escondida, con miedo y sin poder trabajar por semanas.   Mis preocupaciones son minúsculas ante el drama humano que ha mostrado esta pandemia.  No es estar en casa el problema o el miedo al contagio.  Las horribles imágenes del mundo que hemos construido acá y allá no me dejan dormir. Espero despertarme de esta pesadilla en un mundo mejor, en el que no tengamos que sostenernos de la caridad, en el que la equidad sea la norma y la solidaridad la religión. Entonces habrá valido la pena, habremos superado a la enfermedad. 

 

Una expat en el Golfo es un pseudonimo para una colombiana que vive expatriada en un país del Golfo Pérsico con su esposo e hija.