De vendedores a diseñadores de moda; Inmigrantes coreanos en la industria de textiles sudamericanas

Por Kyeyoung Park

Los inmigrantes coreanos en América Latina están moldeando y desarrollando las economías de la moda allí. A sus llegadas, los inmigrantes coreanos a Argentina y Brasil pueden haber sido solitarios, aislados y confundidos, sufriendo por la distancia física y cultural de su patria. Pero, la industria textil muy rápidamente se convirtió en una parte vital de la identidad y pertenencia de la diáspora coreana.

Desde 1963, a cerca de 200 mil coreanos han migrado a los países latinoamericanos. Estos inmigrantes fueron de la clase media, que salieron de Corea por la inestabilidad política y económica tras la guerra de Corea. Corea mandó su primer grupo de emigrantes a Brasil en 1962, a Bolivia en 1964, y a Argentina y Paraguay en 1965, para abordar su explosión de populación y el alto índice de desempleo y pobreza del país, y para obtener un intercambio extranjero.

Corea estaba produciendo más profesionales, gerentes, y empresarios de que pudo absorber en su país por el límite de espacios y falta de recursos naturales, y presionó al gobierno a trasladar su populación excedente a Brasil y Argentina, donde les dieron la bienvenida a los inmigrantes como el “grupo de asentamiento” agrícola. Pero, este “grupo de asentamiento” no fue exitoso, y los inmigrantes comenzaron a concentrarse en las ciudades grandes como São Paulo y Buenos Aires. Allí, ellos primero vendieron puerta a puerta lo que trajeron de su país, vendiendo los bienes comprados en cada puerto donde los buques habían fondeado. Luego, una vez que habían agotado de bienes para vender, ellos comenzaron a producir ropas, desarmando y usando las ropas nuevas como plantillas para aprender sobre las estéticas y los diseños locales. Esta actividad se desarrolló en pequeñas tiendas de costura y fabricación de ropas.

Tras esta tendencia, los inmigrantes coreanos de los 1970 y 1980 trajeron capitales, las máquinas de coser y tejer, los conocimientos, las experiencias, y los dotes para la fabricación de prendas, y sus redes crecieron en su país natal, conectándose a los sastres expertos, los dueños de ropas y telas, y de las fábricas de ropas. La integración vertical y horizontal en la industria textil coreana, en Argentina y Brasil, ayudó a los fabricantes coreanos de ropas a ser competitivos. Poco a poco, los coreanos en Brasil y Argentina reemplazaron a los inmigrantes judíos, quienes inicialmente habían subcontratado sus trabajos de coser a los inmigrantes coreanos. En 2001, a cerca de nueve de cada diez coreanos que vivían en Brasil trabajaron en alguna parte de la industria de prendas.

Los coreanos controlaron a cerca de 60 por ciento de la industria de prendas y ocuparon 17 por ciento de la industria textil en Brasil como comerciantes minoristas y mayoristas, y fabricantes. Para el 2004, los comerciantes coreanos guiaron la industria de prendas en Brasil, y representaron el 40 por ciento de la producción de ropas. En 2001, en Argentina, más de 80 por ciento de los coreanos se involucraron en la fábrica de ropas, compuesto de un poco menos de la mitad de la industria entera de ropas, o la mitad de los bienes de mercado.

La industria textil ha tenido un rol importante en el desarrollo moderno en muchos países, incluyendo Corea, hasta que fue complementado por la electrónica y luego por los sectores de servicios y post-industriales. Hasta los años 80, Corea fue uno de los países asiáticos con mayores exportaciones de textil a los Estados Unidos. La participación de la diáspora en estas industrias fue un ajuste natural.


Brasil
Cuando los coreanos llegaron a Brasil, ellos vivieron con el dinero que trajeron con ellos. Cuando se mudaron a São Paulo, unos se hicieron vendedores de ropas o reparadores de zapatos. Vende (abreviación de vendedor) cubre muchas clases de trabajos, de vender ropas puerta a puerta a demonstrar muestras a los comerciantes mayoristas y minoristas. La venta de ropas coreanas aumentó por su calidad buena y precios razonables, aunque las ropas coreanas en Brasil fueron casi diez veces más baratas que en Corea. Hacia el 1968, los coreanos comenzaron a fabricar ropas de mujeres.

Los primeros inmigrantes coreanos ya incluyeron las fábricas de prendas. Su-san Kim, un empresario norcoreano quien inmigró a Brasil en 1964 sabiendo la demanda por la fábrica de ropas. Él trajo los equipos de Corea y diseñó un tipo de chaquetas de nilón, cual fue un gran éxito entre los brasileños. El comercio de Kim fue el comienzo de la industria manufactureras de prendas en Brasil.

Hacia principios de los años 70, la mayoría de los coreanos se había mudado a São Paulo, alrededor del Glicerio y Conde de Sarzedas. Aunque esta zona tenía alquileres baratos y transportaciones accesibles, con negocios de productos asiáticos, el barrio muy pronto se hizo un gueto. Para 1972, mejores condiciones económicas permitieron a los coreanos a reubicar sus residencias al Alclimação y establecer nuevos negocios en Mooca, Bras, y luego en Bom Retiro—el centro del distrito de prendas de Brasil que sigue siendo conocido como el barrio] coreano.

En el estudio de Kathryne Cho sobre los inmigrantes coreanos de Brasil, Wongyu Lee, el dueño de Nabirang (ahora Collins) Confecção recuerda, “mi esposa y yo trabajamos en casa…por cinco a seis meses; ni fuimos al mercado. Apenas comimos. La mayoría de los tiempos, trabajamos como un grupo con otras familias y ellos nos dieron de comer. Trabajamos por más de diecisiete horas al día… incluyendo los sábados” (The Korean Brazilians, 1999: 21). Lee fue de coser dos o tres ropas a la vez a producir 50 a 70 mil en un mes, a cerca de 2 mil ropas al día. Vendiendo hasta 150 ropas al día, por cinco a diez dólares por ropa, en 1999, él construyó una empresa exitosa que generaba 6 millones de dólares americanos al año, del cual a cerca de 10 a 15 por ciento fue la ganancia neta. A partir del 2012, sus hijos—uno un diseñador de moda y otro un abogado de comercio—se hicieron cargo de su comercio, abriendo su centésimo negocio minorista y su primer comercio mayorista.

A cerca de 2.000 establecimientos de comercios coreanos prosperan en los distritos del Bom Retiro y Bras en Brasil. Bom Retiro crea las tendencias de moda en el mercado de alta moda en América Latina. Bras es tres veces más grande que Bom Retiro pero se venden ropas de
bajo precio en alta cantidad. Según la periodista y escritora Yoo Na Kim, a quien conocí en la churrascaria (asado en Portugués) en Higienópolis, a partir del 2008, uno de cada siete negocios en Bom Retiro pertenece a los coreanos. Existen 1.200 negocios en este barrio: 1.000 son fabricantes y 840 son controlados por las familias coreanas quienes ofrecen servicios con más profesionalismo y alta calidad comparado a dos décadas anteriores. Los coreanos en el barrio residencial de Bom Retiro suministrando negocios por todo el Brasil son líderes en la industria de ropas mayoristas, produciendo a cerca de 30 mil trabajos directos y 20 mil indirectos. En general, cada marca crea seis estilos nuevos al día, cada fabricante produciendo 20 mil trozos de ropas al mes. Aparte de detectar las modas globales, los estilistas y diseñadores coreanos/brasileños tienen que “tropicalizar” para satisfacer las demandas brasileñas. A partir del 2008, una de cada tres prendas producidas en Brasil ha cruzado por las manos de los inmigrantes
coreanos.

Argentina
Tras sus llegadas a Argentina, los inmigrantes coreanos inicialmente se alojaron en los albergues de los refugiados de emergencia. Muchos coreanos también vivieron en un barrio llamado “Pequeño Seoul,” o “Villa No. 109” (paekkucho’n), un barrio en Flores que ofrecía viviendas de bajo costo y empleaba labores inmigrantes baratos. Allí ellos se especializaron en costura en escala pequeña, venta de ropas y otros comercios, muy parecido a los inmigrantes judíos que estuvieron allí antes de los coreanos.

Como en Brasil, los primeros inmigrantes incluyeron fabricantes de ropas. Hwa-sun Cho fue la primera en traer las máquinas de tejer y coser en 1965. Cho y su esposo comenzaron un negocio de tejido en 1967. Cho aprendió las técnicas básicas de tejer y luego enseñó la costura básica y las técnicas de hacer ropas más complejas.

En 1966, Jong-oh Lee, un industrialista textil adinerado de Corea del Sur quien volvió a inmigrar del Paraguay, trajo el Jacquard telar (un telar mecánico que simplificó el proceso de fabricar telas con estampados complejos como brocado, damasco, y matelassé), la máquina de coser yoko (“horizontalmente” en japonés), máquina overlock, y otros tipos de máquinas de coser, además de varios técnicos, operadores de la máquina yoko. Él primero comenzó a usar la máquina de coser yoko para acabar los trabajos (삯일) que recibía de una fábrica judía, y en 1968, comenzó el trabajo de costura (봉제).

En 1972, Sang-lok Chae con éxito produjo y vendió trajes de baño bajo su propia marca de fábrica. El próximo año, Duk-yu Hong, un gerente de ventas que anteriormente trabajaba en una fábrica de pulóver judía, produjo y vendió pulóveres bajo su propia marca de fábrica. Otros inmigrantes luego siguieron estos ejemplos. En 1976, algunos comerciantes coreanos comenzaron a aventurarse en la calle Once (la zona de comercio textil de la ciudad), comprando hilos de los judíos e italianos y vendiendo los trozos terminados a los negocios judíos. Desde 1978, varios inmigrantes coreanos fabricaron y vendieron ropas, inicialmente a los minoristas pequeños en el margen de Buenos Aires.

En 1982, cada vez más inmigrantes coreanos se aventuraron afuera de la capital para abrir negocios de ropas minoristas en las provincias cercanas. Ellos pudieron comprar las ropas de mujeres sobre todo, de sus compatriotas coreanas en Once; sin embargo, la calidad de esas ropas fueron un poco debajo del promedio y sólo vendieron por la mitad o por dos tercios del precio. Un creciente número de fabricantes coreanos también se trasladaron a Avellaneda, el centro de ropas de alta calidad—un barrio residencial de judíos anteriormente que se había convertido en un distrito mayorista de ropas. El número creció visiblemente desde 1986 a 1987, a medida que los fabricantes coreanos se transformaron de proveedores de marcas a creadores de marcas y dueños de sus propios negocios. Estos fabricantes se organizaron como la Asociación de Comerciantes Coreanos del Once en 1983 y como la Cámara de Comercio Coreano en 1985.

Hacia 2001, Argentina alojó 3 mil establecimientos de comercios coreanos. Solo en Buenos Aires, existen 600 mayoristas coreanas en Avellaneda; 380 negocios minoristas y mayoristas especializadas en ropas de mujeres, remeras de algodón, vaqueros, y pulóveres en Once; 600 negocios minoristas en Flores; y 800 negocios en otras provincias como Córdoba, Santa Fe, Tucumán, Jujuy and Mendoza—cada ciudad tenía negocios minoristas coreanas, quienes compraban los artículos de Buenos Aires.

Hak-jae Lee, el presidente de la Asociación de los Fabricantes Coreanos de Ropas en Avellaneda, inmigró a Argentina en 1975. Me encontré con el señor Lee en una fiesta de asado organizada por su asociación. Lee indicó que, a partir de 2001, casi uno de cada diez coreanos gana más de 1 millón de dólares estadounidenses. Existen varias compañías de tintura y otras empresas con especialidades que participan en la producción de carteras, cierres, botones, y etiquetas; otros en la producción y venta de telas, hilos, bordados e impresiones, sin mencionar la fabricación de ropas. Según Lee, “los coreanos revolucionaron la industria de ropas a medida que los precios bajaban y las calidades mejoraban… los coreanos trajeron máquinas importantes y produjeron a bajo precio... Ahora, gracias a nosotros los coreanos, las cosas son baratas.”

El gobierno argentino comenzó a incentivar la inversión de capital y permitió a los coreanos a inmigrar con la condición de que cada persona deposite 30 mil dólares estadounidenses (luego creció a cien mil dólares) en el Banco de la Nación Argentina. Como Kyung soo Chun escribió, después del contrato oficial sobre la inmigración entre los gobiernos argentinos y coreanos, el Acto de Procedimiento 1985, los inmigrantes coreanos fluyeron, alcanzando aproximadamente 20 mil entre 1984 y 1986 (Discourse on Korean Culture V4, 1990).

Los inmigrantes coreanos se tropezaron en el trabajo de coser para adaptarse a sus nuevos ambientes en Sudamérica, y este trabajo les guio al comercio y trabajo en la industria textil—con muchos coreanos en toda Latinoamérica, ahora en ventas minoristas y mayoristas de ropas. A medida que ellos aseguraron sus lugares en la clase media en São Paulo y Buenos Aires, fueron cada vez más celebrados como los “nouveau riche” inmigrantes.

Aunque se dedicaron en el espectro entero de la industria textil—importación/exportación de comercio, ventas al por mayor y menor, diseños, marketing, y producción de ropas—los inmigrantes coreanos observan las tendencias de la moda global viajando extensamente a los países europeos y los Estados Unidos (y ahora a Corea del Sur y China) para las ferias de telas y comercios.

Los miembros de las familias coreanas son integrados en los negocios de sus familias. Muchos trabajan en la industria de moda o en los comercios relacionados al diseño de moda y marketing, mientras que otros atienden en una de las mejores escuelas de diseño de moda en París, Londres, Milán, Los Ángeles y Nueva York. Christina Moon, una profesora en la Parsons New School for Design en Nueva York, observó que, en 2000, 40 por ciento de su escuela fueron estudiantes de Asia, la gran mayoría fueron de Corea del Sur, incluyendo algunos que vinieron de los países sudamericanos (Critical Sociology, 2014). Claudia, una licenciada del Fashion Institute of Design and Mechandising (FIDM), a quien entrevisté en Los Ángeles, tiene 25 años,
casada, y su marido dirige un estudio de Taekwondo en Encino. Ella salió de Corea y fue a Brasil a los 3 años de edad y ahora maneja uno de los negocios al por mayor de sus padres que emplea 25 a 30 personas, ambos latinos y coreanos, en posiciones directivas y de diseñadores, dividido igualmente entre hombres y mujeres. Su lengua preferida es el portugués, pero ella habla ambos inglés y coreano en su hogar: con su marido habla inglés, con su padres, coreano, con sus hermanos, portugués, y la combinación de los tres con sus amigos. Como la familia de Claudia, han habido varios fabricantes de ropas coreanos quienes volvieron a migrar de Sudamérica desde los años 90, por los graves problemas económicos y políticos que prevalecieron en los países sudamericanos. En términos de la diáspora global de los coreanos, gracias a la industria de fabricación de prendas, las comunidades de los inmigrantes coreanos se desarrollaron a través de las Américas.

Kyeyoung Park es una profesora asociada de antropología y los estudios asiático-americanos en la Universidad de California, Los Ángeles. Ella es la autora del libro galardonado The Korean American Dream: Immigrants and Small Business in New York City [El sueño coreano-americano: inmigrantes y comercios pequeños en la ciudad de Nueva York] (Cornell University Press, 1997).