Debemos desmitificar la Amazonía 

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Por Daniel Alejandro Martínez

Conocer es resolver.

—José Martí, Nuestra América

 

La imagen de la jungla salvaje, llena de serpientes, micos y caimanes se conforma mejor a la descripción de la selva desde Hollywood que a la realidad misma. En verdad, es raro ver fauna en el Amazonas. Y no porque escaseen los animales en uno de los lugares más biodiversos del mundo. No. La realidad es otra. Por lo general los animales se esconden de la gente, y en la Amazonía, tan extensa y llena de vida, donde se busque entre toda su inmensidad se pueden encontrar personas. Por cientos de años (o quizás miles de años antes de lo pensando), comunidades indígenas, quilombos y colonos mestizos, de una manera u otra han encontrado como sobrevivir, y han hecho de la selva su hogar.

Estos dos hogares son ejemplos de casas construidas en medio de la selva usando palma, madera y latas de cinc, Belém, PA. // These two homes are examples of houses built in the middle of the jungle using palm, wood and zinc roofs, Belém, PA.

En el pasado, la Amazonía fue considera un paraíso prohibido, un infierno verde, un agujero negro arqueológico, un territorio demasiado hostil para permitir asentamientos humanos a gran escala. Sin embargo, en las últimas décadas, hallazgos arqueológicos—como la Terra Preta han puesto en duda nociones sobre el pasado amazónico. Asimismo, las pinturas rupestres de la Pedra Pintada e innumerables restos de cerámicas que se encuentran sin mucho mirar en toda la región, llaman la atención sobre cómo y cuándo los humanos poblaron, modificaron y cultivaron la selva. Incluso, se ha considerado la posibilidad de numerosos asentamientos indígenas en el área del río Xingu conectados por carreteras en medio de la floresta. 

Gracias a la beca Michael C. Rockefeller Memorial Fellowship (un fondo que patrocina a exalumnos de Harvard College para realizar un año de viaje de posgrado con propósito), tuve la oportunidad de conocer la Amazonía brasileña como voluntario en varios proyectos sociales en las áreas de educación, salud pública, y conservación ambiental. Durante este recorrido, fui testigo de la belleza mágica—casi irreal—de la región, que ha dado fruto a innumerables leyendas e ideas sobre esta como un lugar místico (tal vez utópico), empapado de misterio, donde la vida y la realidad es otra. 

Pinturas rupestres de más de 11.200 años en el sitio arqueológico Caverna da Pedra Pintada, Monte Alegre, PA. // Rock paintings of more than 11,200 years old in the archaeological site Caverna da Pedra Pintada, Monte Alegre, PA.

En mis andanzas, fui testigo de realidades sociales y entornos naturales completamente diferentes a lo que estaba acostumbrado. Allí los ríos-mares se extienden hasta el horizonte. Comunidades enteras flotan sobre los ríos o reposan en caseríos en plataformas de madera sobre el litoral. El entorno cambia constantemente mientras el agua-lluvia proveniente de los Andes inunda bosques, planicies e islas enteras por meses bajo el agua y que luego resurgen como de la nada durante el verano. La flora y la fauna son surreales. Existen peces gigantescos y prehistóricos como el Pirarucu y el Tambaqui, o mamíferos casi humanos como el Boto y el Peixe-boi, y árboles sobrenaturales como los Sumaumas. No obstante, también presencié una tierra inmersa en la realidad muy real del subdesarrollo, agobiada por dificultades endógenas como la deforestación y la falta de sustento económico más allá de las economías ilícitas

Tipos de comunidades en la Amazonía: comunidades ribereñas en la várzea (o tierras bajas) de Santarém, PA (arriba), Estrecho de Breves, PA (centro), y en la costa de la Isla de Marajó, PA. // Types of communities in the Amazon: riverside communities in the Várzea (or floodplains) of Santarém, PA (above), Strait of Breves, PA (center), and on the coast of Marajó Island, PA.

Al llegar a Brasil, a comienzos del 2018, en medio de la recocha hilarante del carnaval de Río de Janeiro, mientras indagaba sobre la región y buscaba contactos de organizaciones y profesionales que trabajaran allí, recuerdo que le comenté sobre mis planes de visitar la Amazonía a un señor trigueño de sensata y punta de años y militar retirado del ejército, el cual me respondió con un reproche disfrazado en risas:

—Verá que en Manaos hay más gringos que indios.

Puerto de Manaos durante el verano o la seca. // Manaus’s Port during summer or the dry season.

Aquel termino de «gringo»—usado en muchas partes de América Latina para referirse a extranjeros, usualmente estadounidenses—era parte de una aseveración, aunque exagerada y prejuiciosa, con un grado de verdad, por lo menos en la ciudad de Manaos. Considerada como el portal de la Amazonía brasileña, Manaos es una ciudad cosmopolita donde abundan organizaciones sin ánimo de lucro, compañías de turismo y muchos extranjeros que visitan, trabajan o llevan a cabo voluntariados e intercambios culturales. Cabe aclarar que no todos son gringos norteamericanos. En realidad, hay muchos extranjeros europeos, latinoamericanos y del sur de Brasil —la parte más blanca y próspera de todo el país. Infelizmente, este estereotipo de una Amazonía ‘invadida’ por extranjeros y por las ONG es un prejuicio que los poderes en Brasil, principalmente la derecha reaccionaria que se ha visto alentada por el gobierno Bolsonaro, han comenzado a usar de forma alarmantemente para declararle la guerra a las organizaciones sociales. Y esto ha tenido consecuencias desastrosas.

Recientemente, un amigo brasileño, a quien conocí como voluntario en el «caribe de la Amazonía,» la ciudad de Santarém, fue arrestado junto a otros tres miembros de la Brigada de Incêndio Florestal de Alter do Chão —un grupo de bomberos voluntarios que han ayudado a combatir los incendios forestales— bajo presunciones apresuradas y poco legales. A los pocos días, sin ninguna explicación clara, fueron liberados. El hecho levantó numerosas críticas de parte de la sociedad civil y la comunidad internacional sobre la hostilidad de las autoridades y el actual gobierno brasileño contra ambientalistas y las organizaciones sociales que defienden la selva y su gente. 

Playa al lado de río Tapajos, Santarém. Región considerada como el «Caribe de la Amazonía». // A river beach next to the Tapajos river, Santarém. A region considered to be “The Caribbean of the Amazon.”

Esta paranoia no está restringida a los poderes reaccionarios de la derecha. Tristemente, existe cierta hostilidad (y se podría decir xenofobia) generalizada contra los extranjeros que actúan en la región. En mis días en Brasil, mientras atendía a un evento privado con algunos políticos escuché personalmente a un dirigente importante de uno de los principales partidos de izquierda del país reclamar, sin percatarse de mis orígenes ni mi trabajo, sobre la presencia de «americanos» que buscaban apoderarse de la Amazonía y sus riquezas. La opinión desmesurada de aquel hombre me dio a entender que los prejuicios celosos y nacionalistas se encuentra de lado y lado del espectro político. Esto resulta desconcertante, pues como ocurrió con los Brigadistas de Alter do Chão, opiniones sin fundamento causan daño y son contraproducentes al accionar de quienes buscan el desarrollo y bienestar de una región que enfrenta atrasos y desigualdades penosamente evitables. Dado a los problemas, la urgencia de actuar debe primar por encima del quién actúa. 

El equipo del navío hospital Abaré (arriba), cuenta con estudiantes, académicos, enfermeras, doctores, veterinarios y tripulación, entre ellos varios extranjeros. Comunitarios hacen fila para recibir atención medica (abajo). Río Tapajos, Santarém, PA. // The team of the Abaré hospital ship (above) comprised by students, academics, nurses, doctors, veterinarians and crew, including several foreigners. Community members lined up to receive medicalcare (below). Tapajos River, Santarém, PA.

Tras un año de viaje por la Amazonía—desde Belém do Pará, donde la selva se encuentra con la costa Atlántica, hasta la trifrontera de Brasil, Perú y Colombia—tuve la suerte de compartir con múltiples organizaciones sociales que buscan mejorar el bienestar de la región y su gente: desde una ONG que regala libros y crea bibliotecas para niños y jóvenes en comunidades ribereñas, hasta centros de investigación ambiental y de asistencia técnica para campesinos, e incluso un navío-hospital que lleva atención médica y medicina gratuita a comunidades remotas donde todavía no llega la electricidad o la señal móvil. Por medio de estas organizaciones se unen comunitarios, compatriotas de todo Brasil, y extranjeros coterráneos, para hacer de la vida más llevadera y justa en lugares donde el estado no tiene presencia ni recursos para actuar. Sin embargo, injusticias todavía perduran en toda la Amazonía, en donde no es extraño ver síntomas de desnutrición, explotación infantil, analfabetismo, y dolencias prevenibles que hoy en día no deberían condenar a nadie a la muerte.

En mi inquietud de presenciar la salud en práctica, me las arreglé para ser voluntario en el navío-hospital Abaré—un modelo referente de la salud fluvial en todo Brasil. A lo largo de dos semanas navegamos a la margen del río Tapajós desde la villa de Boim hasta Vila Franca. Desde que el Abaré asomaba al fondo del río para orillarse en las comunidades, ya decenas de comunitarios hacían fila para recibir medicinas o ser atendidos por causas varias desde seguimientos de embarazos hasta dolores de muela. A lo largo de la visita, los demás comunitarios esperaban en barracones, salas de escuelas o chozas de capim de palma, realizando sus registros para recibir asistencia social (Bolsa Família) o escuchando la charla de los consejeros tutelares—un órgano del gobierno diseñado para combatir el abuso a menores. En ocasiones, el aire pesado y serio de las pláticas era interrumpido por los alaridos de los niños y las mascotas siendo vacunados, o por la cháchara de los adultos vanagloriándose de su capacidad de soportar el pinchazo de las inyecciones. 

Navío hospital Abaré anclado al lado de la Villa de Boim, río Tapajos Santarém (PA). // The hospital ship Abaré anchored next to the Vila de Boim, Tapajos river near Santarém (PA).

El navío-hospital Abaré fue, sin duda, la mejor forma para servir de manera práctica, pero también para entender la importancia de que la salud pública sea proactiva—que vaya hasta las personas—y, de que los derechos básicos de los ciudadanos (en particular los más vulnerables) sean atendidos sin comprometer su forma de vida. La vida en medio de la naturaleza debería ser compatible con un bienestar digno, con educación y salud de calidad. 

Meses antes de mi viaje en el Abaré, fui testigo de una tragedia que me mostró las dificultades de vivir en medio de la selva. Mientras viajaba en un catamarán desde el pequeño pueblo de Breves hasta la ciudad de Belém, presencié la batalla agonizante de un recién nacido y su madre indígena por recibir atención medica. El bebé había nacido con una deformidad en el estómago y tenía que ser operado en la ciudad, a días en barco u horas navegando en lancha rápida. Después de varias horas de viaje, el bebé comenzó a sufrir complicaciones. Desesperados, todos observamos con frustración y desconsuelo mientras la tripulación de la lancha intentaba pedir ayuda en algún puesto de salud de la región. Sin embargo, la mayoría de los puestos estaban cerrados sin nadie que atendiera, luego de que Cuba retirará los miles de médicos que participaban del programa Mais Médicos tras choques diplomáticos con el recién electo gobierno Bolsonaro. Luego de diez horas interminables llenas de angustia, llegamos a Belém. Sin embargo para entonces parecía ser demasiado tarde. La mirada sombría de la madre ya anunciaba un final trágico. Esta fue una dolorosa enseñanza de la trampa mortal que puede ser el aislamiento y abandono en la Amazonía. 

Niño disfruta del nuevo acervo de libros donados por la ONG Vaga Lume a su comunidad, cerca del Estrecho de Breves, una de las regiones más empobrecidas de la Amazonia brasileña. // Niño enjoys the new collection of books donated by the NGO Vaga Lume to his community, near the Strait of Breves, one of the most impoverished regions of the Brazilian Amazon.

En estos días que la Amazonía ha estado en las primeras páginas de las noticias mundiales por el gran número de incendios forestales, alzas en las tasas de deforestación y violencia contra líderes sociales y comunidades indígenas, creo que nos vendría bien educarnos sobre la región, haciendo una tarea consciente para desmitificarla. Aunque mágico y bello, el territorio amazónico de más de 7 millones de km² entre nueve países, no es un lugar desierto de gente o un paraíso prohibido e intacto. Aunque todavía es una región remota, cubierta por ríos imponentes y árboles centenarios, es un lugar frágil y para nada exento de los males socioeconómicos e injusticias que plagan al resto del continente.

Desmitificada, podremos ver en la Amazonía un territorio comparable con el resto del continente. Una extensión que necesita igual atención que las urbes o las zonas agrícolas. También, veremos un lugar con valor existencial innumerable para el mundo entero, el cual con frecuencia se trata como un monolito pero no lo es. Es un área extensa, que necesita de ayuda diferenciada de acuerdo a cada parte del territorio. Sin embargo, los problemas que la Amazonía afrenta son reales y colosales, y ningún país puede solucionarlos solo. Compromisos multilaterales como El Pacto de Leticia y sobretodo más acción son necesarios. No solo porque la región, como bioma, le pertenece a múltiples naciones, pero también como recurso natural esencial para la existencia de la humanidad su supervivencia nos debe importar a todos. Por el momento, como individuos, lo mejor que podemos hacer por ella es conocerla, pues ignorar su realidad y potencial no solo ayuda a alimentar los mitos y prejuicios que atrasan a la región, sino también nos hace cómplices indirectos de su destrucción.

Contraste de comunidades y su entorno: un caserío ribereño en Breves (arriba), Vila Franca una de las comunidades más antiguas y pobladas de Santarém (centro), y un aserradero cerca de Belém (abajo). // Contrast of communities and their surroundings: a riverside hamlet in Breves (above), Vila Franca one of the oldest and most populated communities in Santarém (center), and a lumber camp near the city of Belém (below).

 

Daniel Alejandro Martínez, es un colombiano sonsoneño formado en Harvard en Ciencias Sociales y Filosofía. Becario del Gates Millennium Scholarship y Michael C. Rockefeller Memorial Fellowship. Recorrió la Amazonia brasileña trabajando con proyectos sociales en las áreas de educación, salud y medioambiente. Pueden acompañar su viaje en el blog: danielmgsa.com. Lea su Student View aquí (en inglés).