Derechos Indígenas en El Salvador

El legado de una gran mujer Lenca 

por Leonel Antonio Chevez

La historia que compartiré aquí es la historia de una mujer distinguida, considerada una de las últimas grandes matriarcas de los linajes Maya-Lenca. Ella fue un medio de transmisión de las tradiciones ancestrales en un mundo moderno. Es la historia de una mujer, una líder, una modelo ejemplar y a su vez una persona indígena. Esta es la historia de mi abuela Francisca Bárbara Romero Guevara, la Comishaual  (Gran Matriarca Jaguar de los Mayas Lencas).

 Mi abuela fue de descendencia Lenca, el cual es un grupo aliado de tribus Centroamericanas, que datan de tiempos pre-colombinos. Estos indígenas han sido considerados los primeros habitantes de lo que hoy es la republica de Honduras, gran parte del territorio de la republica de El Salvador, ciertas regiones de Nicaragua y pequeños sitios en Costa Rica.

Algunas cuevas y abrigos rocosos de estas tribus en la región datan de aproximadamente diez mil años, por lo cual sitúa la existencia  lenca desde tiempos de la era paleolítica. Este artículo se enfoca en una historia indígena Lenca en el contexto de El Salvador. 

La historia de los pueblos indígenas en El Salvador ha sido caracterizada por desposesión, marginación, persecución y exterminio. En 1500s, la invasión por españoles a suelos Lencas,  deliberadamente destruyó  las estructuras indígenas que sustentaban las comunidades, tribus y sus jerarquías dinásticas. Más tarde, las pocas parcelas reservadas y autorizadas por la Corona española para algunos jefes tributarios fueron abolidas en 1821, año del  nacimiento de la republica de El Salvador. Los emancipadores libertarios se acogieron al lema de igualdad de derechos para todos, dando fin a la diversidad cultural que fue típica de las estructuras Lencas precolombinas.

Desde su origen, la republica de El Salvador ha expresado oficialmente en muchas ocasiones que en sus suelos, en los cuales una vez existieron indígenas, ya estos desaparecieron y por ello pude considerárseles extintos. Las implicaciones de esta posición fue que por siglos ninguna persona salvadoreña podía reclamar ni afirmar su identidad como indígena. También, con la negación de la existencia de indígenas, El Salvador no podía ser sujeto de acusación de tratamiento inhumano contra poblaciones indígenas dentro de sus fronteras.

Ese fue el mundo y la realidad de mis bisabuelos y bisabuelas, el mundo del periodo entre los siglos XVIII – XIX, que mi abuela aprendió por medio de las narrativas de la tradición oral. Esta es una forma de contar y memorizar los acontecimientos de cada generación, y que son transmitidos por padres y abuelos a sus descendientes.

Nacida en El Salvador en las primeras décadas de 1900s, mi abuela Francisca fue la última en una familia de cinco miembros. Su padre fue Gabriel Sosa y su madre fue Margarita Romero. Ambos padres poseían patrimonios genealógicos muy peculiares. Por ejemplo, Sosa fue mitad indígena por parte de los Lencas y a la vez fue descendiente de una familia Sefardí o  judíos secretos que habían habitado el oriente de El Salvador desde tiempos coloniales.

Romero por su parte fue mitad indígena Lenca y mitad europea. Por la parte indígena, ella fue descendiente de uno de los clanes nobles de los Lencas, el cual es reconocido entre dichas tribus como el Clan Taulepa. Este clan fue el que gobernó sobre el resto de las tribus aliadas en tiempos precolombinos. 

El Taulepa es también reconocido en la tradición oral indígena como El Clan del Jaguar. Dicho clan se dice que fue fundado y gobernado por mujeres nobles, a quienes la tradición ritual les celebra con gran honor y dedicación.

Cuando mi abuela era una niña, una gran crisis golpeó al país debido a la caída de los precios del café. En respuesta a esta crisis, en 1932, los indígenas de la región occidental  de El Salvador se organizaron y se lanzaron a las calles y plazas para pedir acceso a sus tierras ancestrales con el fin de cultivar granos básicos y poder enfrentar la calamidad.

Nuestro clan no pudo unirse a la sublevación debido a que nuestra etnia está situada al extremo oriente del país, lo cual hizo muy difícil desplazarse hasta el lado opuesto bajo dichas circunstancias. Sin embargo, como muestra de amistad por parte de nuestra familia, el abuelo de mi abuela organizo sus milicias y cruzó el país, uniéndose a la sublevación en el occidente. Su contribución personal fue hecha como amigo de los indígenas de occidente y no como contribución de guerra por parte de la tribu Lenca.  La narrativa nos cuenta que muchos de sus milicianos no regresaron a la comunidad pues perecieron en batalla. En su caso, el líder Lenca sobrevivió con múltiples heridas y con fragmentos de plomo en su cuerpo hasta su vejez. 

Para los líderes de los indígenas de occidente los resultados fueron letales. Los soldados de la republica les capturaron, les sentenciaron y les ejecutaron. De este modo, los nobles y reales jefes de esas tribus fueron extinguidos. Después de la sublevación del 22 de enero de 1932, las fuerzas de la republica procedieron al exterminio de indígenas, el cual según algunas fuentes históricas, asciende a una cifra entre 35,000 a 50,000 víctimas. Esta masacre ha sido documentada y denominada como La Gran Matanza.

La persecución de indígenas continuó. Cualquiera que vestía atuendos indígenas, o que por apariencia o práctica cultural se sospechaba ser indígena arriesgaba ser ajusticiado. Al indígena salvadoreño en general se le consideraba culpable de participar en la sublevación contra el estado, por lo que era justificada su ejecución. 

Por esta razón, muchos indígenas del país descontinuaron sus prácticas culturales tales como vestuarios lengua y tradición ritual. Muchos se esforzaron para asimilarse con el resto de la población no indígena. Públicamente adoptaron la lengua castellana y la religión  católica, restringiendo sus prácticas indígenas en público y observándolas exclusivamente solo en la privacidad de sus hogares.  Este periodo marcó el fin de la manifestación pública de una cultura indígena peculiar y distintiva en el país.

A pesar de la prohibición contra la expresión e identidad indígena y el temor de ser ejecutado al ser descubiertos, líderes indígenas como los abuelos de mi abuela mantuvieron sus identidades duales en secreto. Públicamente ellos se comportaban de acuerdo a las normas de vida social de los europeos. En la intimidad de sus hogares, estos combinaban aspectos de filosofía indígena en su forma de vivir.

En su caso, mi abuela Francisca personificó tres patrimonios culturales: el patrimonio indígena Lenca, el patrimonio de ascendencia europea, y finalmente su conexión genealógica con los Sefarditas. 

En su vida, mi abuela nunca distinguió como inferior ninguna de sus culturas o tradiciones de origen. Es más, mi abuela veía las tres ramas de ascendencia como una fuente singular de sabiduría, a la cual llamó “la costumbre antigua”.

A diferencia de otras familias de la región, mi abuela fue muy afortunada pues sus padres no la obligaron a atender escuelas ni servicios religiosos. Como resultado, mi abuela nunca fue obligada a volverse católica ni protestante. Para evadir ser indoctrinada políticamente, sus padres no la enviaron a recibir educación formal.

Hoy en día en el país, la falta de religión y la falta de educación podrían ser vistas como una gran desventaja para cualquier individuo. En el contexto de mi abuela, la carencia de estos dos factores fue precisamente lo que hizo posible que ella mantuviera intacta la tradición, valores y filosofía heredada de sus ancestros. 

Cuando ella creció y se volvió una mujer, la vida le dio solo un niño, mi padre. Ellos vivieron en la era en la que la prohibición de prácticas indígenas aun estaba vigente. Esta fue la razón por la que mi padre no tuvo la oportunidad de asumir su rol hereditario como jefe de la etnia.

Cuando yo nací en 1971, mi abuela se sintió muy feliz pues ella deseaba que yo creciera y aprendiera sobre nuestro patrimonio, y que basado en este conocimiento, yo actuara en mi vida. Cuando cumplí nueve meses, mi padre y mi madre se separaron y por ello pasé bajo el cuidado y tutela de mi abuela Francisca.

A diferencia de la infancia de mi abuela, quien deliberadamente no atendió educación formal ni instrucción religiosa, ella me obligó a completar mi educación. Afortunadamente no estuve obligado a tomar educación religiosa ni a atender servicios iglesias como el resto de nuestros vecinos. La opinión de mi abuela era que leer y escribir es la herramienta que ejerce poder en el mundo de hoy, en el que la tradición oral ya no posee fuerza ni poder como lo hacía en tiempos ancestrales.

A medida yo crecía, recuerdo a mi abuela con un gran canasto sobre su cabeza, lleno de mercancías tales como frutas, verduras y animales. Ella incansablemente caminaba de villa en villa, vendiendo y comprando productos. Era así como ella lograba ganar dinero y comprar los materiales necesarios para mi educación escolar. Podría decir que crecí colgado de su falda, mientras caminábamos los senderos pantanosos o los caminos polvosos durante las dos estaciones tropicales del año.

A lo anterior se suman eventos de mayor escala que se aproximaban, los cuales iban a tener un impacto mas grave en nuestra gente. Durante la guerra civil de 1980-1992, los escuadrones de la muerte y las fuerzas beligerantes asesinaron al rededor de 80,000 personas en El Salvador.

La guerra civil nos forzó a convertirnos en desplazados internos en nuestro país.  Sufrir no era nuevo para nosotros, pues como indígenas, nuestra sociedad ha vivido en condiciones similares a esclavitud desde el nacimiento de la republica. La guerra civil fue simplemente una capa adicional de peligro  e inestabilidad que una vez más puso a prueba  nuestra  fuerza y el instinto de sobrevivencia.

Nunca olvidaré esos días en los que tuvimos que huir los bombardeos de nuestras comunidades. Mi abuela fue siempre muy fuerte, valiente y decisiva. Recuerdo algunas instancias cuando los enfrentamientos armados ocurrían cerca de nuestra choza, la cual armamos al lado de la carretera Panamericana. En esas noches de terror, mi abuela nos abrazaba y con profundo amor nos decía con su voz materna que todo saldría bien.

En 1993, mi abuela escuchó la noticia sobre la decisión de la Organización de las Naciones Unidas ONU, que proclamaba La Década Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo. Hay que recordar que en 1993, solo habían pasado unos pocos meses desde que el cese de 12 años de  guerra fue negociado por la ONU. La mayoría de nosotros aun estába en estado de terror, traumados y con dudas si el acuerdo paz era permanente, o si la matanza se reanudaría en caso que los observadores de la ONU abandonaran el país. 

A pesar de toda esta incertidumbre y miedo, mi abuela me sugirió que preparara un plan de acción. Dicho plan incluía la estrategia de juntar miembros de nuestra comunidad y establecer un comité comunal. También me pido que documentara gran parte de su tradición oral.

Su visión sobre el futuro fue extraordinaria pues ella pudo percibir que vivíamos un momento de transición histórico único, y que era entonces que debíamos trabajar para rescatar los aspectos culturales de nuestra gente, preservando así el patrimonio ancestral en un mundo moderno.

En noviembre 1994, frente a una pequeña junta vecinal en nuestra comunidad, proclamé formalmente el reconocimiento de mi abuela Francisca como la Comishaual. Este título puede aproximarse en idioma castellano  como Jaguar que Vuela. Este título ancestral fue ostentado por todas las predecesoras de su linaje que en su debido tiempo gobernaron nuestras tribus en la antigüedad.

Adicionalmente, guiado por la Comishaual, redacté una pequeña declaración de derechos culturales. Esto fue algo sin precedentes pues recordemos que nuestra existencia como indígenas ha ocurrido bajo una prohibición permanente.

Cuando convoqué a la comunidad y proclamé la pequeña declaración de derechos culturales, algunos miembros del público se entusiasmaron, otros so sorprendieron, y hubo algunos que se enfurecieron. Para estos últimos, el acto constituía un gesto atrevido por parte de una familia indígena tratando de  revivir  y ejercer poderes de nobleza y de proclamar leyes, algo que es exclusivamente atribución de la republica. 

Los más ofendidos por nuestra decisión de proclamar una declaración de derechos culturales fueron los ex militares que residían entre nosotros.  Estos elementos eran producto de la maquina asesina de guerra, quienes permanecían en estado de inactividad en los años de transición de la guerra a la paz.

Con la proclamación de la pequeña carta de derechos culturales, nos habíamos convertido en blanco de la furia por parte de los ex militares. Su odio era alimentado por la ideología de guerra de los años de beligerancia. Seguidamente hubo una escalada de amenazas de muerte y ataques armados en contra de nuestra familia en ese frágil periodo de transición referido como periodo de la post guerra.

Yo logré sobrevivir varios atentados contra mi vida debido a que mi abuela negoció con sus amistades para que me concedieran dormir en diferentes hogares durante los días difíciles. Recuerdo una vez que ocurrió uno de esos ataques, yo lloraba y le decía que me daba mucho miedo el saber que potencialmente la asesinarían. Ella simplemente me contestó diciéndome que esta vez no daríamos marcha atrás.

Fue entonces cuando escribí una carta dirigida al Gobernador Departamental en la que le comunicaba sobre los ataques y nuestro temor de ser asesinados. Le explique en la carta sobre nuestro deseo de celebrar nuestra identidad como parte integral del país, no como movimiento separatista. Con este comunicado yo intentaba aclarar oficialmente que no éramos un grupo armado promoviendo  comunismo. Nunca recibí contestación de mi carta de parte de la gobernación.

En septiembre 1995, un vehículo conducido por un grupo armado arribo a nuestro vecindario. Sin ninguna advertencia ni razón, me dispararon varias ráfagas de tiros. Al escuchar las explosiones de balas, mi sobrino Ernesto se ubicó como escudo humano para protegerme. En el acto el recibió dieciocho balas, causándole la muerte inmediata.

Como resultado, mi abuela llamó a una reunión de familia y me instruyó que buscara refugio seguro. Yo me opuse a la sugerencia diciéndole que mi deber era el de estar a su lado y protegerla, aunque en el desempeño de ese rol tuviera que dar mi vida.

Rápidamente ella me recordó que su opinión en esta instancia, como jefe de la familia no estaba abierta para debatirse pues era una orden no una sugerencia.

En julio 1996, arribé a Australia como refugiado bajo protección humanitaria. De este modo dejé atrás todo lo que amaba, la razón por la que vivía y lo que tenía sentido para mi.

El inicio de mi exilio fue un proceso muy doloroso, a pesar de todo el apoyo brindado por Australia. Viví muchos días llenos de dolor y luto. Sentía mucha soledad y dolor al ver el sol esconderse en el horizonte y pensar que nunca volvería a ver a mi abuela y mis familiares.

En 1997, finalmente logre localizar el paradero de mi abuela. Una vez establecimos comunicación, ella me pidió que no abandonara mi rol y mi destino. “No te olvides de nuestra gente, pues nacemos nobles y nobles morimos”, me recalcó. Por ello, ese mismo año establecí la oficina de asuntos Lencas. Desde entonces, incrementé mi participación en las sesiones y actividades especiales en la ONU con relación a la quistión indígena. 

Sin la dedicación y esfuerzo de mi abuela, estos avances no pudieron ser posibles. Verdaderamente digo que soy su producto y que estoy en deuda por todo lo que ella me dio durante su vida.  Su ejemplo valeroso y enseñanza rigurosa me ha formado  como una persona de la nueva generación con habilidades y valores que me permiten enfrentar los desafíos.

Desde el exilio he logrado influenciar cambios a la constitución de El Salvador, que en 2015 fue reformada a favor del reconocimiento de los indígenas del país.

Estoy muy consciente que este tipo de alcances solo ocurre cuando grandes líderes trabajan duro detrás del escenario, sumando sus esfuerzas a los esfuerzos hechos a nivel de comunidad por la población y sus entidades. Este esfuerzo conjunto fue muy significativo para mostros en nuestra lucha por reafirmar nuestros derechos. Hoy en día hay una variedad e organizaciones indígenas que promueven estos derechos, entre ellas están CCNIS, ASIES, ACOLCHI y otras no menos importantes. 

Mi abuela tuvo el privilegio de vivir y presenciar estos cambios legislativos antes de su muerte en agosto 2015. Nunca huyó al exilio a pesar de enfrentar graves peligros. A pesar de todo, ella decidió quedarse en su tierra y con su gente. La última Comishaual ahora descansa en paz en el seno de la tierra que una vez fue reconocida como la tierra de las tribus Mayas-Lencas.

 Nuestro linaje es uno de los pocos y últimos clanes de tipo matriarcal en las Américas. Este ha sobrevivido grandes obstáculos y hoy juega un rol unificador que conecta lo antiguo y ancestral con lo contemporáneo. Hoy en día, mis hermanas y yo vivimos dispersos en varios continentes. A pesar de la distancia entre sí, nos mantenemos unidos por los valores y tradiciones que nos enseñó nuestra gran abuela, la ultima reina de las Américas.

 

 

Leonel Antonio Chevez es el Ti Manauelike Lenca Taulepa (Jefe Hereditario de la Casa del Jaguar y La Nación Indígena Lenca). El ha servido como asesor para ciertas comitivas que participaron en la “Segunda Década de Trabajo Sobre los Pueblos Indígenas” en la Organización de las Naciones Unidas. El ha participado como miembro en sesiones de grupos de expertos en tópicos especiales al interior del Foro Permanente de Asuntos Indígenas en el periodo 2000-2014. El reside en Australia y puede ser contactado a info@lencas.net