Descubriendo la naturaleza: todo un horror

Por Daniel Samper Pizano

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—“Toma: aquí tienes las llaves. Cualquier dificultad te la soluciona Libardo, el cuidandero”.

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Pandemia, Corona y un zapato del cuidandero.

Así dijo mi primo Alberto aquel día en que le pedí prestada su pequeña casa de campo para refugiarme con mi mujer durante la pandemia. Era un curioso llavero del que colgaban dos adornos: uno era una cola disecada de conejo, o algún animal parecido, y otro, un corazón de plástico que decía I Love NY. Recibí el llavero, agradecí la generosidad de mi primo, quien consideraba “una patraña” aquello de la inminente epidemia de coronavirus, y nos dispusimos a afrontar el inesperado destierro aconsejados por amantes de la naturaleza. “Van a disfrutar del campo”, nos dijeron, “Van a descubrir un mundo deslumbrante de plantas y animales, desde mariposas hasta ardillas, y terminarán redescubriéndose ustedes mismos”.

La finca, por insondable coincidencia, se llama El Descubrimiento y está situada a orillas de un río en una vereda verde donde se cultiva café. Con el carro repleto de libros y comida partimos por una carretera erizada de abismos. La casa era precaria. Tenía luz eléctrica: sí, pero no siempre. televisión: solo si había luz. Distancia de la ciudad más civilizada (Bogotá): tres horas. Temperatura media durante el año: 22 grados centígrados. Tamaño: lo que con admirable elegancia llaman las revistas de moda petite: casa pequeña en lote pequeño dentro de una parcelación rural reducida. Perros grandes, eso sí; dos hembras negras de raza heteróclita colombiana, es decir, un democrático mestizaje canino. Nos recibieron alegremente al lado de Libardo, el encargado de velar por la parcelación, que en realidad se llama Libardo Rodrigo: doble onomástico, como buen latinoamericano. Las perras eran el regalo reciente de un compadre del cuidandero y carecían aún de nombre. Las bautizamos Pandemia y Corona y durante seis meses fueron nuestras mejores amigas y nuestras guías en el pavoroso descubrimiento del agreste campo tropical.

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El autor en la puerta de la finca

¡El campo tropical! Parece maravilloso en los canales de televisión especializados, aquellos donde vemos la sala y el dormitorio de las abejas, desciframos lenguaje de los lagartos con el movimiento de la cola y asistimos el apareamiento de las cebras sin necesidad de que se quiten las piyamas. Algo hacen los editores de estos videos que vuelven glamouroso el horror. Dos horas después de habernos instalado en la casa petite del primo Alberto las perras nos llevaron un regalo de bienvenida. Era el triste cadáver de una ardilla, todavía tibio. Mi mujer abrió la puerta y, aterrada por el obsequio, lanzó un grito histérico. Yo, el hombre del hogar, corrí en su ayuda y Libardo acudió al oír nuestros dos unísonos berridos de pánico. Con poca delicadeza, el encargado agarró por una pata lo que había sido una tierna ardilla de lomo marrón y pecho ocre y se proponía meterla en una bolsa de plástico y añadirla a la basura cuando protesté. De niño solía hacerles entierros solemnes a las mascotas, así que no estaba dispuesto a propinar un final bárbaro al animalito. Libardo excavó con toda paciencia una pequeña fosa, sepultó cristianamente a la ardilla y cubrió el túmulo con unas piedras. 

“Ellas”—dijo señalando a las perras, que asistían poco acongojadas a las honras fúnebres—, “son cazadoras, pero no comen lo que cazan. Sin embargo, es bueno impedir que saquen los restos para jugar con ellos”.

La naturaleza acababa de darnos una primera lección y pensé que me gustaba más la ópera. La segunda se produjo poco después, cuando mi mujer estuvo a punto de recoger un cordón tendido en el sendero del bosque vecino y el cordón se estremeció y huyó culebreando. Cosa que no era de extrañar pues se trataba de una culebra. Solo vimos otra serpiente durante el semestre que duró nuestra imitación de Walden, pero siempre amanecíamos con el temor de que las perras nos llevaran alguna como presente. O un caimán o un hipopótamo. Con los cambios ambientales nunca se sabe.

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Pandemia, Corona y el autor

Sería injusto decir que aborrecimos el campo. No. Disfrutamos muchas de sus ventajas: los atardeceres (cuando no estaba diluviando y era preciso poner tazas para recoger las goteras); los cielos estrellados (ensombrecidos por el vuelo de los chimbilás, los desagradables murciélagos de la región); el rumor del río (que se volvía rugido amenazante si llovía en la parte alta de la codillera); las flores y, en materia de frutas, los melocotones enlatados y la mermelada de naranja. Justamente fueron las naranjas las propiciadoras de un nuevo descubrimiento. Habíamos visto en la parcelación frondosos naranjales y guayabos, pero no colgaban frutas de sus ramas. Cuando le preguntamos a Libardo por el hecho, nos respondió desde el rústico escepticismo de sus sesenta años:

“En esta tierra todo se da, pero mal”.

Y nos mostró enseguida las hormigas que trepaban por los naranjos y los gusanos blancos que devoraban por dentro las guayabas. Su consejo fue encargar las frutas a Bogotá: “Allá llevan las mejores cosechas del país y hay un camionero que trae lo que uno le pida”. Nada de esto nos habían advertido en los canales dedicados a la agricultura. No quiero mencionar las delicias gastronómicas que veíamos en la televisión y que terminamos por odiar, mientras mi mujer, pobrecita, improvisaba recetas con huevos y toda clase de verduras y hortalizas: pimientos, espinacas, judías, maíz, papas.... Por cierto: no ensayen la tortilla de lechuga: pierden la lechuga y pierden los huevos. 

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Pandemia descubre una pintoresca pelota de tenis.

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Corona y un croc de la esposa del cuidandero.

El primer alacrán que encontramos en la cocina nos produjo miedo, pero lo examinamos con rara curiosidad. Con asombro, diría yo. Si no hubiera aparecido muerto, como estaba, quizás habríamos salido en desbandada en pos de Libardo. De todos modos, le pedimos al cuidandero que retirara la alimaña de nuestra vista. Nunca supimos de qué murió, pero los otros dos que hallamos vivieron hasta un segundo antes de recibir zapatazo en el que me entrenó el guardés. “A las arañitas no las maten que son muy útiles”, recomendó también. No sé en qué punto una arañita “muy útil” pasa a ser araña feroz que se te lanza al cuello, pero mi zapato no discriminó tallas. Cuatro o cinco perecieron bajo su golpe imperial durante esos meses. 

Entre los muchos descubrimientos –ardillas, arañas, gusanos, culebras, hormigas, alacranes— confieso que el más encantador fueron los pájaros. Mi primo tenía varios libros sobre aves tropicales y nos aficionamos al deporte de observar pájaros en tratados ornitológicos y después buscar los mismos ejemplares de carne y pluma en la naturaleza viva. Tuvimos poco éxito. Salvo los buitres, asiduos ángeles negros de los cielos, no divisamos más que unos cuantos canarios, varios gorriones, dos o tres azulejos, alguna mirla y numerosos y adorables colibríes. A estos los mirábamos desde lejos, pues son muy esquivos, y nos parecían del tamaño de un dedal. Una mañana pudimos saber que son algo más grandes debido a que Pandemia se presentó radiante con un desventurado colibrí en las fauces. Esta vez no repetimos el ritual que habíamos observado con la primera mascota y optamos por la bolsa plástica y la basura en vez de sepultar al colibrí cristianamente. Ardillamente, diría yo. El mismo vacío funeral esperaba a los demás congéneres que aportaron las perras. La naturaleza empezaba a recoger sus enseñanzas: la supervivencia de los más fuertes, el darwinismo, las leyes de la vida y de la muerte... Nos estábamos endureciendo, como el pan que a veces nos traía el bueno de Libardo.

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Una iguana en la sala

Internet nos abrió nuevas ventanas. Mi mujer descubrió que, en vez de odiar los insectos por deteriorar las naranjas y las guayabas, era posible admirarlos desde una óptica científica. De noche, cuando mejor entraba la señal de internet, si los cucarrones nos dejaban tranquilos emprendíamos inolvidables aventuras por el abigarrado mundo de la entomología. Descubrimos que, al revés de la política, muchos gusanos horribles se convierten con el tiempo en bellas mariposas. Supimos que la Vanessa cardui (no confundir con una actriz italiana de nombre parecido) solo vive doce meses; que las alas desplegadas de la Papilio machao miden casi nueve centímetros y que, en cambio, la envergadura de las de Pieris rapae es apenas de 3.2 centímetros. También supimos que de poco nos servían estos datos pues éramos incapaces de identificar los bichos en vivo y en directo: ninguna oruga, ninguna mariposa llevan en el pecho esos botones que exhiben los norteamericanos en sus reuniones y que ofrecen, por lo menos, su nombre de pila: Peter, June... Papilio, Pieris...

Pandemia y Corona nos acompañaban de manera cada vez más intensa, y conviene reconocer que los seis meses de encierro en medio de la atroz naturaleza se hicieron más leves merced a ellas. Nos acostumbramos a sus regalos. Un día dejaban en la puerta un sombrero raído. Otro día (memorable por el horror que produjo), el cadáver de una rata enorme conocida como fara. Nos sorprendió hallar una mañana en el portal un zapato mordisqueado, pero más nos sorprendió que lo reclamara la mujer de Libardo, a quien se lo habían hurtado la víspera. No olvidaré nunca el 7 de agosto, día de la Independencia Nacional, cuando aportaron una pelota de tenis multicolor. Mi mujer creyó ver en ella los colores de la patria y yo creí ver en mi mujer a la típica persona afectada seriamente por el encierro.

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Libardo Rodrigo y la inesperada visitante.

El final llegó aquel mediodía en que, al entrar al comedor, mi mujer se topó con una iguana del tamaño de Pandemia o Corona. Libardo alcanzo a oír el alarido y acudió de inmediato. Nadie había visto nunca una iguana en esa región. No se sabe de dónde salió ni para dónde iba. Solo supimos que, con enorme valor, Libardo la cogió por la cola y la arrojó al río pocos minutos antes de que nosotros embutiésemos apresuradamente ropas, maletas y libros en el carro y partiéramos a toda marcha hacia la ciudad, su fascinante asfalto y sus reconfortantes edificios. Ya habíamos tenido suficiente dosis de naturaleza. Demasiada, diría yo.  

 

Daniel Samper Pizano fue el primer latinoamericano que ingresó al programa Nieman Fellows (1980-1981) en Harvard.  Trabajó en El Tiempo (Colombia) y Cambio 16 (España) y ha vivido en los dos países. Es ganador, entre otros, de los premios Maria Moors Cabot, Rey de España y Simón Bolívar. Samper es autor de más de 35 libros y miembro de la Academia de la Lengua. Es columnista del portal  losdanieles.com, uno de los más influyentes de Colombia.