Diablos danzantes en Puno, Perú (Spanish version)

Por Miguel Rubio Zapata

La Fiesta de la Virgen de la Candelaria, que se celebra en Puno, Perú en febrero de cada año, es definitivamente una de las festividades tradicionales más importantes que se realiza en el Perú y América. Estamos frente a una Fiesta Madre del patrimonio inmaterial peruano, por toda esa memoria ancestral que guarda y que sale a las calles convertida en danza. Indudablemente, el icono principal de la fiesta lo constituyen los Diablos, con sus inmensos cuernos, sus orejas de sapo, sus afilados dientes con culebras y otros reptiles de la fauna regional que recorren su rostro.

Una de las versiones sobre los inicios de esta majestuosa danza parece referirse a un ritual de agradecimiento de origen pre-hispánico, vinculado a la actividad minera. Se dice que, al encontrarse una veta de mineral, lo primero que se hacía era pedir permiso al Anchanchu (espíritu que habita en los suelos y que tiene propiedad sobre ellos), para que autorice la extracción de las riquezas de sus dominios. Se le ofrecía un pago (ofrenda), donde se sacrificaba una llama virgen y se colocaba un molde de grasa con láminas de los metales que podría contener la mina. Al mismo tiempo, se realizaba una danza con música de zampoñas y máscaras de cerámica con cuernos de taruca (venados). La ofrenda era incinerada con estiércol. Luego de realizada la ceremonia, el sacerdote hechicero llamado “layqa”, examinaba las cenizas para leer en ellas la voluntad del Anchanchu, representado en la danza con los cuernos de las tarucas.

Al reparar en estas imágenes, los españoles las asociaron con el diablo. Y es así como a principios del siglo XVIII, el poder colonial incorpora un nuevo personaje, el Arcángel, que es el que actualmente encabeza la danza, ordenando espada en mano la coreografía. Este dominio del Arcángel sobre los diablos es la transposición en la danza de una jerarquía proveniente de una cosmovisión distinta. Sin embargo, estos caminos no niegan los alcances míticos y rituales de la Fiesta y la danza original, que aparecen hoy sometidos, camuflados y, sobretodo, mezclados en una estructura festiva cristiana en honor de la Virgen de la Candelaria. Por lo tanto, es elocuente la permanencia de iconos de origen pre-hispánicos, como la recurrente serpiente—símbolo andino de la sabiduría—que aparece sobre la nariz de la máscara del diablo en la atmósfera pagana que reina en Puno durante la primera quincena de febrero.

En el multitudinario ritual danzario que es la Fiesta de la Virgen de La Candelaria en Puno, es una cosmovisión la que danza en las calles. Este año, 2007, fui testigo de algo que aún no termino de procesar y de darle un lugar en mi imaginario mapa de relaciones entre el pasado, presente y futuro de las manifestaciones tradicionales, en constante proceso de transformación, de mi país. Un Ejército de diablos en perfecta formación (léase de manera literal) irrumpen, al bordear la medianoche, en la plaza de armas de Puno en medio de fuegos artificiales y bombardas. Vienen de saludar a la virgen. El conjunto de diablos compuesto por los miembros del Ejército Peruano asciende a 750 bailarines aproximadamente, acompañados por cinco bandas de música que interpretan diabladas “militarizadas”. El desfile de veneración se convierte en una parada militar diablesca. Todos los que estamos allí nos quedamos paralizados frente a la contundente marcialidad del batallón que viene tomando la ciudad. Han recorrido 10 kilómetros bailando y bailando, la gente no los ha dejado descansar. Imposible bajar la guardia. Es el Ejército Peruano el que pasa y en cada calle han sido calurosamente recibidos.

El Mayor de Infantería de la 4º Brigada de Montaña en el Departamento de Instrucción del Ejército Peruano en Puno, Roberto Martin Tovar Ortiz, me explicó los motivos, las circunstancias y el proceso de participación que actualmente tiene el Ejército Peruano dentro de la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Ya que Puno es una provincia fronteriza y zona de conflicto armado contra los grupos subversivos, la principal función de las fuerzas armadas hasta la década del 90 se redujo a la seguridad. En palabras de Tovar: “En ese tiempo no podía mucho identificarse la Policía Nacional ni el Ejército con lo que son los bailes costumbristas de la fiesta de la “Virgen de la Candelaria”, porque más que todo, nuestra misión era “seguridad”, una seguridad ciudadana, proteger al turista, que participe en las fiestas, que no haya atentados, para evitar que pudiera haber un sabotaje, una acción subversiva dentro de las actividades de la fiesta”. Sin embargo, a partir del año 1994 la Policía Nacional inició su participación dentro de las festividades, sumándose luego la presencia del Ejército Peruano en el año 2006.

Todos bailan dentro de esta comparsa. Entre soldados, oficiales superiores, coroneles, comandantes, mayores, capitanes, tenientes y subtenientes, junto con tres bandas del Ejército, recorren durante más o menos cuatro horas la distancia que los lleva al estadio para participar en el concurso. La población los apoya, “(…)era la primera vez que nos presentábamos y nos dio mucho gusto porque la gente aplaudía (…) se han identificado bastante de ver a su Ejército que por primera vez ha participado en un concurso (…) en cada cuadra era un compromiso para nosotros porque en vez de descansar teníamos que danzar para ellos manteniendo la disciplina y el orden(…)” “Este año el Ejército ha bailado en forma íntegra en 100% han sido oficiales, sub oficiales, tropa, las esposas de los oficiales, las hijas, la familia de los técnicos, amigos del departamento de Puno (…) al personal que estaba en condiciones y quería integrar la Diablada se le ofreció sus trajes, poder danzar y ensayar.”

MITOLOGÍA DEL MASCARERO

Diversas leyendas y tradiciones relacionan la danza de diablo con el culto a la Virgen del Socavón o Virgen de los Mineros, “Según relato anónimo, recopilado en La Paz, a mediados del siglo XVII ocurrió un derrumbe en una mina de Oruro. Quedó atrapado un grupo de mineros, quienes iban agonizando lentamente sin esperanza de salvación. El diablo se presentó intentando arrebatarles el alma, pero uno de ellos recordó que en un bolsillo portaba una estampa de la Virgen de la Candelaria. El y sus compañeros la invocaron fervorosamente. Cuando terminaron de orar ¡oh sorpresa! por encima de ellos se abrió un boquete, penetrando el aire y la luz. Desde entonces rindieron culto a la Virgen danzando con trajes parecidos a los que vestía el Señor del Averno”. (CUENTAS, Enrique: “La Diablada: Una Expresión de Coreografía Mestiza del Altiplano del Collao”, en: Boletín de Lima Nº 44. 1986 Pp.37)

El maestro Edwin Loza Huarachi, mascarero puneño que ha sido danzante de la Diablada durante más de veinte años, en los que ha bailado como ángel y como diablo, propone ir más allá de esa generalizada suposición que trata la Diablada como un Auto Sacramental de la iglesia Católica, que representa la lucha entre el bien y el mal, y en la cual quien decide la victoria de los arcángeles es la virgen protectora de los mineros, la Mamita Candelaria. En su lugar, plantea como requisito para entender el significado de la danza la necesidad de sumergirse en la cosmovisión del hombre aymara, para encontrar allí algunas respuestas más allá de lo aparente. Así es como él prefiere denominar Danza del Anchanchu a lo que hoy se conoce como Diablada Puneña.

Para entender el origen del Anchanchu, es necesario conocer que en lengua Aymara el “Alajpacha” está situado en la parte superior, es el reino de la luz, de la bondad; opuesto a él se encuentra el “Manqapacha”, reino de lo malo, de la oscuridad, situado en la parte inferior. En medio de estas dos realidades, lo positivo y lo negativo, vive el aymara, habitante del “Akapacha”, que representa “la realidad en la que vivimos”. El que habita el Akapacha, para poder vivir bien, tiene que saber trabajar sobre el equilibrio de ambas fuerzas, agradecer, mediante ofrendas y pagos a la Pachamama, y conocer los espíritus que viven en los reinos de la luz y la oscuridad. “En el reino Manqapacha habitan los anchanchus, espíritus malignos, gentiles. Los anchanchus son los dueños de las minas. Por eso cuando se encuentra una veta de mineral lo primero que debe hacerse es pedir permiso al Anchanchu”, asegura el maestro Loza, quien además lo describe como si hubiera visto a este personaje que habita en los sub.-suelos de la tierra. La leyenda dice que es un ser pequeño, un humanoide con nariz de cerdo y cuernos de becerro. Sin embargo, Edwin se apresura en aclararme que jamás lo tuvo al frente, pero recuerda una conversación con un Yatiri, sacerdote andino que le reveló los misterios de su encantamiento. Este lo llevó hasta la boca de una mina y le explicó cómo reconocer un Anchanchu: a veces—le dijo—es un anciano pordiosero, y otras puede ser un campesino humilde que te ofrece el secreto de tesoros incalculables. Quienes lo han visto dicen que tiene una sonrisa congelada que desconcierta a quien se lo encuentra en los polvorientos caminos de las minas.

El Arcángel San Miguel, personaje insertado por los españoles, lleva un blusón con mangas bombachas, falda acampanada, peto, botas altas, casco metálico romano y pequeñas alas. Su máscara es fiera. En la mano derecha lleva una espada en forma de rayo y en la izquierda porta un escudo. A su vez, también fueron incorporadas las Chinas Diablas, siete personajes femeninos representados por hombres, que simbolizan los pecados capitales. Ellas visten blusa, pollera y botas a media caña; llevan trenzas y dos pañuelos en la mano; su máscara tiene ojos vivaces y grandes pestañas; su respingada nariz termina en dos puntas, algunas pequeñas culebras van reptando sobre su frente. Dos pequeños cuernos, una peluca desordenada y una pequeña corona completa su imagen. Baila con acrobáticos saltos, es juguetona y coqueta con los hombres, lo que le permite entrar y salir de la comparsa.

Estar en la fiesta de la virgen de La Candelaria con nuestro amigo Edwin Loza Huarachi es un privilegio. Cuando él habla de los orígenes de la fiesta y de los antecedentes de la danza lo hace con tal convicción que pareciera que ha vivido en todas las épocas y los tiempos a los que se remonta.

La diablada entonces no existió como la conocemos ahora, es decir, una cuadrilla de diablos encabezados por el caporal. Ni ese fiero diablo, ni su comparsa existieron siempre. Ha sido un largo proceso de transformaciones sucesivas que ha ido modificando las características propias del diablo europeo: “[…] caracterizado por rostro de fauno con cuernos puntiagudos, traje rojo con larga cola, cascabeles en los pies y portando tridente en la mano, es transformado con elementos aborígenes propios de las culturas peruanas de Moche, Chan-chan, Nazca y Tiwanaco. Posteriormente se le han incorporado otros elementos de influencia asiática”. (Cuentas, Enrique: “La Diablada: Una Expresión de Coreografía Mestiza del Altiplano del Collao”, en Boletín de Lima Nº 44. 1986. pp. 43).

En la celebración, los grupos de danzantes, encabezados por sus diablos, después de bailar en el estadio, salen a las calles. Cuando pasan las comparsas perfectamente vestidas, es posible ya ver a los personajes en el juego de relaciones que le propone su situación de representación—las relaciones de poder entre ángel y demonio, la China Diabla, su mujer—aunque los lugareños están, evidentemente, más interesados en la presentación del personaje que incorpora—según sus intérpretes—pequeñas modificaciones incentivadas, como ya hemos dicho, por estar en función del concurso, por lo que incide en lo acrobático y la presentación de la vestimenta. La comparsas pasan delante del templo de San Juan y reciben la bendición de un sacerdote católico. Después de ofrendar a la Virgen, siguen rumbo al cementerio a saludar a los muertos que antes integraban su conjunto. Es impresionante ver el cementerio literalmente tomado por los diablos y sus bandas musicales, sin dejar de bailar un solo momento. Las tumbas sirven para tender la mesa donde se come y se bebe y todos bailan, no falta nadie, porque hasta los muertos se integran a la fiesta.

Es cierto que el gran personaje de la fiesta es el diablo mayor o caporal quien porta una inmensa máscara con corona de oro (Q`ori Anchanchu) o plata Q`olqe Anchanchu), lleva el rostro cubierto de reptiles y víboras de colores que se arrastran y reptan cerca de los ojos y la boca, en el centro de la careta, mientras lagartos verdes de tres cabezas cabalgan sobre su nariz. Sus grandes orejas dentadas en forma de sapos acompañan su boca delineada con espejos puntiagudos y colmillos en los labios. Un sapo en la mejilla o bajo la boca. Serpientes doradas enroscadas y dientes deformes. El diablo mayor tiene cuernos muy grandes y afilados y siete pequeñas máscaras que representan los pecados capitales, las mismas que, antiguamente, eran construidas totalmente de yeso y llegaban a pesar hasta cinco kilos. Las de ahora son más livianas porque son de latón.

El caporal lleva capa totalmente bordada con hilos de oro y plata y abundante pedrería. Es la vestimenta más lujosa.

También van otros personajes ataviados de trajes de luces como los morenos, cuya máscara de ojos grandes y saltones lleva el labio inferior pronunciado, como muestra de la impresión que despertó entre los habitantes de la zona la llegada de los primeros negros para el trabajo en las minas del altiplano. Los ojos grandes y labios caídos denotan los síntomas del mal de altura o soroche. En la morenada, los bailarines llevan un sombrero de metal con plumaje, peluca rizada blanca, chaqueta y pollerín con abundante bordado y pedrería.

Las máscaras de La Diablada, tanto las de “Caporales” como de “comparsas” son—en afirmación de Lisandro Luna—“Expresiones terroríficas que han alcanzado la perfección” porque en ellas “...Hay tanta fuerza sobre humana, tan hondo sentido de la monstruosidad que dan idea cabal del personaje mítico que representan”. Las caretas llevan ojos luciferinos de forma esférica que emergen de las cuencas de las órbitas, a manera de ojos de ofidio con una taladrante belleza demoníaca; los rasgos fisonómicos, especialmente nariz y boca, están horriblemente deformados. Sobre el rostro llevan reptiles de la fauna regional (lagartos, culebras y sapos). Hasta hace unos treinta años dejaban ver, sobre la boca, unos enormes dientes deformes semejantes a los colmillos del jabalí.”

Posteriormente, por influencia de los artífices bolivianos, los colmillos tradicionales han sido reemplazados por otros de cristal decorado o espejuelos. Igualmente los reptiles nativos han sido sustituidos por dragones, apoyados sobre su propias patas, que emergen de entre los cuernos; éstos que en un comienzo eran puntiagudos o gruesos y romos, fueron sustituidos posteriormente (aproximadamente hace medio siglo) por cuernos retorcidos que, al igual que los dragones que adornan la máscara, denotan influencia asiática, teniendo cierto parecido con las máscaras tibetanas y con las de algunas culturas prehispánicas (Sechín, Chavín, Nazca, Mochica). Completan la máscara orejas dentadas, como de animales mitológicos.

La gente dice en las calles:”Cada año es diferente, es más espectacular” “Hasta nosotros que somos de acá nos emocionamos y nos sorprendemos nada más que con los ensayos y los músicos que se cruzan en las calles”. Las bandas van acompañando a los conjuntos que bailan sin vestuario. Es sorprendente ver cómo se ha incrementado el número de mujeres, tanto en las comparsas como en los grupos musicales. “Ahora esto ha cambiado mucho”—me dice una entusiasta señora—“antes cada conjunto de diablada tenia primero su caporal, luego los diablos, los viejos, la china diabla, el murciélago, el esqueleto, el oso, el mono etc. Ahora hay muchos caporales, otros figuretis, que son diablos principales, las diablesas, los diablos. Ahora hay varios osos y varios monos”.

También en los vestuarios y accesorios se notan cambios que responden mayormente a remarcar la espectacularidad del personaje, la cultura viva siempre está en movimiento. Edwin Loza me diría que es “La cosmovisión la que se ensancha”, es como si cada vez se reinventara la fiesta. Sin embargo hay que señalar que muchas de las “innovaciones” que aparecen no necesariamente parten de las fuentes iconográficas, o de los relatos sobre los orígenes de esa tradición, sino más bien sus referencias se acercan a imágenes provenientes del carnaval de Río de Janeiro.

Antes de emprender el camino de regreso paso por la Iglesia San Juan en el parque Pino donde se venera la imagen de la Virgen, y veo que entrando a la derecha hay una pequeña habitación donde los fieles encienden velas. Lo curioso es que en ese caluroso lugar no hay ninguna imagen, solo el reflejo de la luz que sale de las velas alumbra las paredes, es una extraña sensación, cuando he preguntado me han dicho que es para que no se enciendan velas en el templo porque algunas veces hubo incendios; pero igual me queda la duda no puedo dejar de asociar este fuego y ese lugar cerrado con la candela ni con el oscuro socavón que está en las versiones que se cuentan sobre los orígenes del culto a la mamita Candelaria.

"Para evitar el maleficio del demonio, al interior de los socavones, los mineros veneran a la Virgen encendiendo velas o 'candelas', de donde también procede el nombre de 'Virgen de la Candelaria'” (Cuentas, Enrique: “La Diablada: Una Expresión de Coreografía Mestiza del Altiplano del Collao”, en: Boletín de Lima Nº 44. 1986. Pp.44).

Ya la fiesta va llegando a su final y aún se siente el ritmo de la gente en las calles, ni los que observamos podemos permanecer ajenos, es inevitable seguir el ritmo con el cuerpo e incluso atreverse a dar unos pasos, cuando se siente a lo lejos el rumor que va llegando. Es un pueblo enmascarado que ha salido a danzar.

Este año, dentro de este ritual atávico que afirma la pertenencia y la identidad de los puneños, se calcula que participaron treinta y cinco mil personas, entre músicos y danzantes. En esta maravillosa fiesta la mamita Candelaria, con excepcional capacidad de convocatoria, logra que bailen, en una misma fecha y lugar, sesenta y siete conjuntos de trajes de luces (entre diablos, morenos, diablesas y otros más). Ellos danzan en multitudinarias comparsas compuestas por los diversos estratos de la población y recorren la ciudad bailando sin parar durante más de dieciocho horas seguidas.

Miguel Rubio Zapata es el director del Grupo Cultural Yuyachkani en Perú. Se puede encontrar una versión más extensa de este ensayo en http:drclas.fas.harvard.edu/publications.