El barco Turco

Una vista juvenil

Por Alfredo Molando

Toñito fue el último niño bautizado por la cruzada evangelizadora del padre Eustaquio, la prueba es que todos sus amigos menores llevan nombres que no son de cristiano: Bryan, Wilmer, Hayler. Los curas franciscanos pasaban cada año bautizando a los que habían nacido, y casando a sus padres. No volvieron desde que aquellas tierras del río Atrato se vieron inundadas de paisas que llegaron a montar aserríos para llevarse la madera y después dedicarse al narcotráfico.

La vida no volvió a ser la misma de aquellos días en que las mujeres le cantaban a San Lorenzo para que el viento soplara y se llevara la cascarilla del arroz que iban pilando. Toño se crió en la orilla del río Chajeadó.

Aprendió a nadar antes que a caminar y se fue haciendo niño mirando a las mujeres lavar ropa sobre tablas de madera porque en esa tierra no hay piedras; una piedra es allá un tesoro. No fue a la escuela porque no había y porque a nadie le interesaba aprender a leer habiendo radio. Los viejos sabían sólo sumar y restar para saber cuánto les debían los aserríos de Riosucio, tres días aguas abajo, donde les compraban la madera. Toñito ni nadie sabe cómo ni por qué un día llegaron incendiando las casas. Todavía tiembla de miedo cuando cuenta lo que ha vivido desde aquella madrugada.

"Yo estaba haciendo un trompo porque me había aburrido de los barcos y de las cometas. La cosecha de arroz no había llegado y por eso teníamos tiempo para jugar. Porque cuando llegaba el arroz, se venía como una creciente del río y no había lugar dónde guarecerse para descansar. Los hombres grandes lo cortaban con machete, y las mujeres lo arrimaban al pueblo. Los niños hacíamos mandados y no nos dejaban quietos; a los hombres había que llevarles biche para que no se aburrieran y a las mujeres agua con limón para que aguantaran el sol. Lo malo de ser niño es que todos los trabajos que a nadie le gusta hacer los tenemos que hacer nosotros, y cuando todos se echan a descansar, uno tiene que seguir haciendo mandados.

Hacer trompos es difícil porque no hay con que redondearlos para que se queden dormidos sin derrotarse. Los mejores son de chachajo, una madera dura para trabajar, que por eso mismo dura. A mí me ha gustaba más hacer barcos y soltarlos río abajo a que encontraran su destino. Me gustaba acompañarlos desde la orilla hasta que se perdieran. Los motores que suben y las trozas de madera que bajan me ahogaron muchos barcos, pero yo seguía haciéndolos porque quería que alguno llegara al mar. Todas las aguas van al mar, decía mi papá; y mi abuelo creía que se iba a morir allá. Es verdad, el río todo se lo lleva al mar, ya sea los chopos que tumban los rayos, las cosechas de arroz que se desbarrancan, la ropa que se deja secando a la orilla, los animales que se confían. Hasta la basura que uno bota, al mar llega.

Hice en palo de balso todos los barcos grandes que pasaban por el Atrato y que miraba cuando acompañé a mi tío Anselmo a bajar unas trozas de cativo a Riosucio, donde las negociaba. Allá los barcos son grandes como casas, tienen techo, estufa y televisión y adentro hasta se crían gallinas. Uno puede vivir allí toda la vida sin bajarse porque a qué se baja si todo anda con uno; van hasta Cartagena jalando madera y vuelven trayendo remesa, duran hasta los días en llegar y los días en volver. Mi tío me decía que había barcos más grandes que esos, en el mar, pero yo no le creía. Yo no le creía, aunque él era mi amigo y me había enseñado a caminar el monte, que tiene su maña. Una culebra mapaná mata un novillo mientras uno mira donde lo mordió; un tigre mariposo puede de un puño, romper una panga; una espina de chonta atraviesa una bota de lado a lado. Mi tío había andado mucho por el mundo. Conocía Quibdó, conocía Itsmina, donde corren las aguas al revés y van a otro mar, y había trabajado en el aserradero de la boca del Río León, que recoge la madera de todos los ríos. Un día entró en disgusto con los patrones porque no querían reconocerle una plata que le debían. Se fueron a las malas y mi tío, que conocía el daño que puede hacer una rula, le zampó dos planazos al encargado, que dejaron al hombre boqueando como un pescado embarbascado. La policía dio en perseguir a mi tío y por aquí llegó y no volvió a salir. Pero vino sabiendo cómo era el cuento de las maderas. Hacía cuentas: aquí nos pagan a tanto, en Riosucio vale tanto, en el Río León vale tanto y ¿cuánto no valdrá en Cartagena? Se puso mi tío de valiente a sacar cuentas y a contárselas a los aserradores del río Curvaradó. Por eso lo mandaron matar y lo mataron: lo ahogaron a palazos. Salió a los tres días por allá abajo de las bocas del Murrí, hinchado como un manatí y blanco como un paisa. Mi abuelo dijo que esa muerte se debía dejar quieta porque la venganza trae más muertes. Pero no le hicieron caso. Hubo muertos de aquí y de allá, aparecían por aquí y por allá, hasta que el negocio de la madera se acabó.

Un día pasaron los guerreros, gente que maneja el monte y maneja los fierros, nadie los conocía, venían de travesía, traían dos heridos, flacos y acabados como el santo Cristo de Buchadó. Pidieron ayuda. Al que llega al pueblo se le curiosea, pero siempre se le ayuda. Descansaron, comieron, lavaron ropa y durmieron. Se veían nerviosos por los heridos, que cada noche se miraban más blancos. No valieron remedios, ni aguas, ni rezos. Se murieron porque tenían ya poca sangre. Los enterramos a la salida del pueblo. El comandante nos dijo que no podíamos decirle a nadie que habían dejado enterrados los muerticos. “Si lo hacen—dijo—volvemos, y no a preguntarles qué pasó”.

Pero el tiempo pasó y vinieron otros tiempos, esos sí malos. La gente del río Curvaradó aguantó tres años comiendo arroz y mazamorra de plátano porque no quería vender su madera regalada, hasta que llegaron otros paisas con su mochila llena de negocios y lo pintaron todo facilito y pulpo; mucha gente se matriculó en esa suerte y aceptó entrarle al negocio de la coca: sembrarla, trabajarla, y meter los billetes entre la mochila. No había ni riesgos ni pierdes. Se trabajó bonito al comienzo, los afueranos cumplían y pagaban. Yo me fui dando cuenta de todo porque ya estaba volantón y mi ilusión era salir del río, conocer Cartagena, mirar el mar. Era lo que soñaba. La coca es un negocio que tiene la fuerza del agua cuando la atajan. La gente que se mete con ese mal, mal le va. A mi mamá no le gustaba el vicio de vivir detrás de los billetes, pero hubo gente que vio por ahí un hueco para salir adelante y se comprometió hasta el mango del hacha, como dicen. Yo no sé cómo sería, lo cierto es que un día los compradores llegaron armados y dijeron: "pagamos a tanto"—que era mucho menos de lo que venían pagando—"y si no les gusta nos importa poco porque de todos modos ustedes tienen tratos con la guerrilla y eso no lo permitimos más". "El trato no era ese—les dijo mi abuelo—si Uds. no pagan lo prometido, aquí no se tienen más negocios con ustedes", y todos los hombres grandes estuvieron con él. Pero los diablos volvieron a decir: "Ustedes son guerrilleros, por eso no quieren colaborar con nosotros". Era gente muy cismática que nada permitió. Pagaron la mercancía al precio que les dio la gana y se fueron sin despedirse. Todos creímos que las cosas habían quedado así, sin más peleas. "Puras amenazas", dijeron muchos. Mi abuelo dijo: "No, esos diablos vuelven; es mejor guarecernos en la montaña.”

Y volvieron. En la noche de aquel día mi abuelo se levantó muchas veces; yo pensé que los orines no lo dejaban dormir porque él siempre se levantaba tambaleando, salía al jardín, y volvía descansado. Pero aquella vez fue distinto. Tampoco los animales estuvieron quietos, pero yo dije, si los perros no ladran, no llega nadie. Entre oscuro y claro se oyeron los primeros gritos: "Guerrilleros de mierda, los vamos a quemar en los ranchos, salgan para verles la cara". Mi abuelo alcanzó a decirme: “Métase entre los costales del arroz y no se rebulla, que ahí no le pasa nada” y salió. En la puerta lo mataron; cayó casi al lado mío; yo sentí su muerte y no pude ni darle la mano para quedarme con su último calor.

Después fueron sacando a los mayores y amarrándolos uno con otro como si fueran trozas para echar al río. Las mujeres gritaban y rezaban y los niños corrían sin saber para dónde. El jefe de los diablos disparaba como si fuéramos guatines. Yo no me podía mover, el aire no me pasaba, y el poco que me pasaba hacía un ruido que me hacía bullir de miedo. Todo eran carreras de unos y de otros, el pueblo era un solo dolor. Yo, como mandado por mi abuelo, corrí a buscar la salida al monte. Los disparos nos seguían, nadie corría para el mismo lado, los diablos disparaban a la loca. Los muertos quedaron en los patios, en el puerto, entre las casas. A quien cogían con la mano, lo mataban a machete. Yo no sé de dónde me salió tanta carrera. Me caía, y era como si me hubiera botado en un colchón; me espinaba y era como si me hubieran hecho cosquillas. Corrí hasta donde dejé de oír gritos, muy lejos del río. Yo creo que por allá nunca habían pasado cristianos porque la maraña era oscura de lo puro espesa. Tanto corrí que la noche llego rápido. Entonces fueron los mosquitos los que me arrinconaron. No había manera de salirse de la nube que hacían alrededor de uno. Parecía que se podían coger a manotadas, pero ninguno quedaba en mis manos. Cuando dejaron de atormentarme, comenzó el frío. Yo casi nunca había sentido frío, creo que lo sentí porque llegó acompañado del miedo. Miedo a que alguien llegara y miedo a que no llegara nadie. Miedo a la noche y miedo al tigre. Miedo a los muertos que habían matado, miedo a que hubieran matado a mis papás y a mis hermanos. Miedo a que no los hubieran matado sino que anduvieran perdidos por esos andurriales. El miedo siempre escoge con qué cara lo quiere a uno mirar. Lo peor es cuando lo mira con varias caras y uno no se le puede esconder a ninguna.

Me desperté cuando el sol ya estaba calentando. El miedo se había quedado entre la noche, pero entonces fue el hambre la que llegó a acorralarme con su ruido entre mis tripas. Yo dije: mejor morirme a que me maten, no salgo. Y aguanté así, buscando pepas todo el día para matarla, pepas que mi abuelo me había mostrado. Pero con la noche llegó otra vez el miedo y no llegó solo, llegó de la mano del dolor de tripa. Esa noche los ruidos de animales grandes se vinieron cuando los mosquitos se fueron. Estaba el runruneo de búhos, ese no me daba miedo. Estaba el gruñido del mariposo, que hacen los micos para que el tigre no se acerque. Los gruñidos son tan iguales que ni la tigra se da cuenta. Un rato los sentía por allá, y al otro rato por acá, más tarde habían cambiado de sitio, y después volvían a aparecer por donde habían llegado. Me encomendé al Cristo de los Milagros y así, acompañado, me quedé dormido. Cuando amaneció me levanté y dije: no, mejor salir a buscar la muerte que dejar que venga por mí. Pero ¿para dónde coger si había dado tanta vuelta ya que no supe por dónde había llegado? Las aguas lo llevan—recordé que mi abuelo me había dicho-. Y siguiéndolas fui llegando a aguas más gordas y así, poco a poco, al río, y por su orilla, al pueblo. Allá todo estaba quieto, todo estaba vacío no se oía pasar ni el viento. Nadie había para darme razón de quién había quedado vivo. No había muertos del pueblo; pero a los guerrilleros muertos los habían desenterrado y los perros los habían desparramado por todo lado. Me eché a llorar en el sitio donde habían matado a mi abuelo; ni él ni ninguno de los cuerpos de nosotros estaba por ahí, pero los rastros de las sangres llevaban al río. Lloré mucho, mucho, y entonces arrimé al río a esperar que alguien me llevara hacia abajo. Pero ninguna panga pequeña o grande, arrimaba a la orilla, así yo le hiciera señas y les gritara y les gritara.

Nadie quería saber nada de lo que había pasado en el pueblo para no tener que dar cuenta a la Ley de lo que había visto. Todo el mundo sabía y nadie quería saber. Eché a caminar río abajo por su orilla hasta que se me quitara el pueblo de encima. Por la tardecita se apiadaron y una panga me recogió. Los pasajeros venían hablando del fracaso del pueblo, de lo que nos habían hecho y alguien dijo que los muertos los habían tirado al río para que nadie los reconociera; que a unos los habían rajado para que nunca boyaran, y a otros los habían botado enteros, y que estos al tercer día salían a flor de agua en la Moya de los Chulos, que por eso así se llamaba. Decían que los chulos se van navegando sobre los muertos inflados como vejigas, hasta que a picotazo limpio las reventaban, y el difunto se profundizaba entre las aguas. Comencé a rogar porque a mis papás los diablos no los hubieran rajado ni que los chulos los hubieran reventado, para poder hacerles siquiera un alabado. Al poco rato llegamos a la Moya y yo le dije al marinero que me dejara ahí. No estaba solo. Había gente del pueblo esperando el tercer día para ver quien llegaba. Las mujeres rezaban en un altar que le habían hecho al Señor Milagroso; los hombres bebían biche y hablaban sin hacer ruido. Todo mundo con la esperanza de recoger su muerto y enterrarlo en tierra. Una vecina mía, Doña Edelmira, decía que los muertos que se entierran entre el agua se vuelven pescados. A la tarde llegó el primer finado, don Anastasio, el dueño de una tienda llamada Mi Orgullo. Lo sacaron. Parecía que lo hubieran cebado, por lo gordo, y no tenía ojos. Lo sacaron a pedazos, le rezaron, y al hoyo. La familia no se hallaba. Al rato llegó un primo mío, y grité: "ese es mío". Me lo sacaron y me ayudaron a enterrarlo. Yo me sentí importante porque todos me dieron el pésame, y triste porque era mi propia sangre. A la madrugada comenzó la cosecha. Llegaba uno tras otro, tantos, que los huecos que se habían hecho no alcanzaron. Sólo se oían los "ese es mío", "ese es mío". Hacia frío de ver tanto muerto. Pero mi gente, la que yo esperaba, no llegó. Cada muerto era la una ilusión de que fuera ya mi papá, mi mamá, mis hermanos. Pero no. Ninguno, por más que mirara y mirara los que iban arrimando y tratara de que alguno fuera el que esperaba, no llegaron los míos. Uno necesita el cuerpito del muerto para poder llorarlo, y para que descanse ese arrebato que le deja a uno el finado por dentro. Sin muerto, el muerto sigue vivo. Un muerto da vueltas alrededor de los vivos como los tábanos alrededor de las bestias.

Esa tarde llegaron los diablos y dijeron que estaba prohibido pescar los muertos, que había que dejarlos seguir río abajo y que si alguien lo hacía, lo echaban a hacerle compañía al difunto que sacara. Con la última familia que quedó, los Mosquera, nos fuimos en la línea. No hubo nunca más. A poco llegamos a Vigía del Fuerte. La panga se acercó y alcanzamos a ver que el cuartel de la policía, la alcaldía, la Caja Agraria, todo estaba derrumbado y todavía echaba humo. Alguien dijo: “fue la guerrilla retaliando por lo del río Chajeadó, y nadie volvió a hablar. Mi abuelo—dije—tenía razón.

Por el río bajaban las tarullas despacio, y el motor runruniaba y runruniaba. Entre dormido y despierto, me despertó un golpe sobre una de las bandas de la panga: era una ola que casi nos hace dar el bote. Me restregué los ojos porque no entendía dónde estaba. El río se había vuelto una ciénaga grandísima. El marinero dijo: "El golfo está picado", y dice eso, y aparece de porrazo el golfo, es decir, el mar. Me puse arrozudo de verlo y sobre todo de olerle ese olor que viene de sus propias profundidades. Me dio por abrir los brazos como los pájaros, y por llorar como un recién nacido; sentí como si esa inmensidad me bañara la pena. Al rato desembarcamos en Turbo. Arreglé con el patrón para que me llevara a Cartagena a cambio de lavarle la panga y ayudarle a atracar donde fuera arrimando”.

EL DOCTOR

Toñito llegó al Hospital entre la vida y la muerte, yo cumplía mi turno de urgencias y lo recibí en coma. Había estado en el agua tanto tiempo que estaba al borde de una hipotermia fatal. Lo reanimamos y poco a poco lo fuimos sacando del hueco y devolviéndolo a la vida. La historia es corta: Toñito se había escondido en un barco de bandera turca que zarpó rumbo a Nueva York, pero a poco los marineros lo descubrieron y el capitán ordenó botarlo al mar. Toñito no hizo resistencia sino que le dio la cara al agua y no se dejó empujar sino que se echó solo. No le tenía miedo al agua porque había nacido en ella y desde niño la manejaba. Pero un barco es un barco y puede tener 25 metros de alto; el agua lo azotó, pero no lo reventó. La turbulencia de las hélices le hizo tragar mucha agua, pero él sabía que a las corrientes no hay que contrariarlas, y se dejó llevar por ellas hasta que el barco se fue alejando y la calma retornó. Flotó mucho tiempo; entendió que nadando no podía llegar a la playa. Eso lo salvó de la desesperación. Seguramente duró sobreaguando más de tres horas, hasta que unos pescadores que regresaban de las Islas de Barú, lo rescataron, según ellos, muerto. Lo frotaron con aceite de tortuga para sacarle el frío y le dieron agua de coco hasta que volvió a respirar. Pero respirar no era lo mismo que revivir y por eso me lo llevaron al hospital. Superada la urgencia, Toñito se fue recuperando poco a poco. Al principio no hablaba porque creyó que lo iban a meter a la cárcel, pero me fue tomando confianza. Yo lo acompañaba a comer, y él me miraba con su miradita agradecida. Me contó que había resuelto irse de Cartagena para donde "el viento fuera" porque en Cartagena lo habían tratado de "incendiar".

"Yo vivía con una gallada en la calle. Nos rebuscábamos por donde podíamos. Éramos cuatro, tres nacidos en el Chocó y uno nacido en un pueblo llamado Chengue, en los Montes de María. Comíamos lo que el día nos diera, lo que el día nos trajera. Por la noche dormíamos en la puerta de los almacenes finos, en los cajeros de plata y hasta debajo de los carros. Nos vivían sacando a palo de todas partes porque decían que ensuciábamos, que olíamos feo, que robábamos. La Ley nos mantenía derrotados y siempre de huida; los guachimanes nos daban patadas si nos dejábamos apañar. Nos pareció muy buen negocio vender aceite de coco en la playa, pero nunca se pudo. Ahí los enemigos eran los vendedores que habían arreglado el negocio con la policía y le pagaban para poder vender ellos solos. A los hoteles no podíamos arrimar porque ahí contratan sapos con guayacán de día y machete de noche; los turistas a veces querían darnos plata y la Ley no los dejaba, decían que metíamos basuco y que más encima, vendíamos coca. ¿Coca? ¡Si no teníamos para comer! A veces chupábamos sacol contra el frío y contra el hambre porque el sacol es una cobija que quita el frío y seca la tripa. Los que venden coca y marihuana son la policía y los guachimanes. El parche había salido del barrio Mandela porque allá llega todo el que no tiene casa. Cuando la panga me dejó en el puerto de Cartagena lo primerito que hice fue ir a buscar ese barrio, el marinero me dijo: "Vaya que allá algo consigue y hasta puede encontrar a su papá y a su mamá". Se me alegró la vida de solo pensar en volverlos a ver aunque fuera por un ratico. Es lo que uno quiere de la gente que se va: volver a verla para decirle que uno está vivo. A mí me atormentaba pensar que a mi gente la hubieran matado pensando en que a mí me habían matado. Eso los hubiera puesto más tristes. A veces me conformo pensando que esos diablos no les dieron tiempo de pensar en nada.

En el Mandela hay miles de familias. Todos han llegado de huida, dejando el camino de muertos. Pero quieren seguir viviendo y les toca aceptar la vida como viene. Uno no puede ponerse a regatear con el destino cuando le ha visto la cara a la muerte. Había mucho pueblo del Atrato y unos pocos del río Chajeadó. Cartagena siempre ha sido como la mamá de esos ríos y todo mundo tira para acá cuando le va mal por allá y también cuando les va bien. Cuando llegué al Mandela lo primero que pensé era que los diablos que acabaron con mi pueblo debían andar por ahí. Pero también me dije que era imposible que aquí, en medio de tanta gente, nos fueran a rematar.

El día que entré al barrio ya era tarde y lo primero con que me topé fue con un familiar, con don Tato, primo de mi papá. Era un viejo acomodado y buena persona. Yo me puse contento porque creí que me iba a dar hospedaje, como es siempre la costumbre en los ríos. El que llega, así sea de noche y así esté lloviendo, tiene asegurada la comida y la dormida. Pero don Tato dijo sólo al verme y sin que yo hubiera abierto la boca: "Aquí no es como allá, aquí cada uno es cada uno. Nada de que me ayude, que fue que... No, nada. Aquí lo que se usa para poder vivir no son las manos sino los codos que sirven para dar codazos. Entienda que no es que yo no quiera, es que aquí no se puede. O sobrevive usted o sobrevivo yo. Así que vaya cogiendo camino". Dije: pues bueno, el viejo tiene su genio, pero no será así todo el mundo. Pero nadie me quería alojar en su pedazo de rancho, porque no eran ni ranchos siquiera, sino meros tapados hechos con plástico y cartón. El agua había que traerla de un tubo que la botaba de tanto en tanto, y para hacer del cuerpo había un zanjón donde todos hacíamos y nadie tapaba. Di vueltas hasta que encontré a una señora sola, que no era ni siquiera de la tierra. Me quedé mirando un crío que gritaba y lloraba. Le dije que si ella quería yo le arrullaba la criatura; me contestó que no, que “la niña lo que tiene es hambre y eso no se resuelve meneándola”. Le dije: “Pues déjeme quedar en un rinconcito y yo le ayudo en la casa o salgo a buscar para los dos”. Me respondió: “Mire a ver si encuentra sitio”. Y me quedé a vivir con ellas. Yo casi no podía dormir porque la niña gritaba y lloraba día y noche, y la vieja le daba agua de arroz. Yo salía por la mañana y volvía con algo para las dos por la tarde, y en esas andanzas conocí al parche. Salíamos juntos y mientras unos campaneaban, otros buscábamos. Conseguíamos para nosotros y para llevar a la casa. Pero eso no fue suficiente y la niña amaneció muerta un día. Era que traía un hambre muy brava y no pudimos dominarla. Muerta la niña, la señora vendió el encapullado que tenía y el nuevo dueño me hizo volar. Para mejor fue porque pocos días después de salirme a vivir a la calle, llegaron los diablos esos y mataron a siete muchachos, todos salidos de los ríos por puro miedo. Por eso nunca más quise volver al Mandela. Con los parceros hicimos un trato: todo lo que consiguiéramos era para todos, nadie puede rebuscarse solo. Si uno busca entre las canecas, si uno le hace el rápido a un turista, si uno se jala un vidrio, pues todo tiene que ser ayudado, y para no pelear, que a quién le toca cuánto, pues lo mejor es que a todos nos toque todo. Nos iba bien, vivíamos. Uno sin los diablos detrás puede respirar. Pero hay muchos diablos, unos que son de verdad y otros que les ayudan. Un día encontramos una puerta para dormir y allá hicimos el parche. Salíamos por la mañana y volvíamos por la noche, hasta que el dueño del almacén se disgustó y nos echó la ley, entonces nosotros en venganza, le pinchábamos las llantas al carro y nos abrimos. Hicimos el parche en una alcantarilla que tenía sólo una entrada. Era como un hueco largo y allá nos metíamos. Hasta que una noche, como a las dos de la mañana, oí un ruido como de alguien hablando; los otros estaban volando porque habían sacoliado, pero como yo tenía esa vez mucho dolor de cabeza, no quise meter. Cuando me di cuenta, estábamos ardiendo. Yo salté gritando y como fui el primero en despertarme, las llamas no habían cogido fuerza. Pero de todas maneras una pata se me alcanzó a incendiar; los otros no pudieron salir. Se murieron como pollos en un asadero. Yo me di cuenta de que eran órdenes del cucho del almacén porque al otro día, sin que nadie avisara, y muy de madrugada, fue la policía a sacar los cadáveres en bolsas negras de plástico. Nadie sabía que allá había muertos; sólo yo y los que habían hecho el mandado. Yo me dije ahí mismo: me voy, me voy, me voy para donde vayan los barcos".

Y se fue Toñito en el barco Turco.

Yo he pedido en adopción al pelado y he hecho todo el papeleo; pero el Instituto de Bienestar Familiar me ha salido con el cuento de que él no es huérfano porque sus padres no han sido declarados legalmente muertos, ni tampoco desaparecidos porque nadie ha puesto el denuncio de su desaparición, y que, por lo tanto, hay que esperar un buen tiempo a ver si alguien lo reclama, o si los padres aparecen y van a buscarlo al Instituto. Eso significa varios años de espera y de trámite. A juzgar por la agilidad con que se hacen los trámites, Toñito cumplirá la mayoría de edad antes de que el juez tome una decisión que me permitiera adoptarlo.

 

Alfredo Molando is a Colombian writer and a journalist, now living in California. This testimony is based on interviews in Cartagena with a doctor and a child, whose names have been omitted for obvious reasons.