El costo de la pandemia: Los retos para periodistas

Por Javier Garza Ramos

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Periodistas en una conferencia sobre Covid-19 en Torreón, México. Cortesía de Fernando Compeán

Era ridículo. Durante casi dos semanas, solamente un caso del nuevo coronavirus había sido reportado oficialmente en Torreón, la ciudad donde vivo en el norte de México. Era la primera mitad de marzo y la pandemia avanzaba rápidamente por el mundo. Como periodista, me parecía inverosímil que en una zona metropolitana de 1.2 millones de habitantes sólo una persona estuviera infectada.

El primer caso confirmado había sido una estudiante de 20 años que había regresado de Italia a finales de febrero. En los primeros días de marzo, comencé a recibir reportes de que personas que desarrollaban síntomas comenzaban a chocar con el muro levantado por la decisión del gobierno mexicano de no realizar pruebas masivas para rastrear el virus, limitando la disponibilidad de materiales que necesitaban las autoridades locales de salud para realizar pruebas tipo PCR para detectar el coronavirus.

Eventualmente, más casos comenzaron a aparecer en los reportes oficiales. El primero en la vecina ciudad de Gómez Palacio fue el 13 de marzo, luego otro en Torreón el 18. Pero la ausencia de pruebas arrojaba información incompleta sobre cómo la pandemia avanzaba en la región de La Laguna, uno de los principales centros agrícolas, industriales y mineros en el norte de México, que se extiende en los estados de Coahuila y Durango y está anclada en la ciudad de Torreón, con amplia movilidad a otras regiones del país y a Estados Unidos. Para finales de marzo, sólo 50 casos habían sido confirmados.

Esa fue mi primera lección en la forma en que la pandemia iba a complicar el trabajo de periodistas que trataban de obtener el panorama preciso del impacto que el Covid-19 tiene en nuestras comunidades. Esto ocurrió en México pero estoy seguro de que ha ocurrido en toda América Latina, incluso en todo el mundo. No es sólo que la información era escasa y los funcionarios públicos no eran completamente abiertos y francos. Era un reto que iba más allá del trabajo diario de reportero, hacia la seguridad personal y las amenazas a nuestra profesión.

Un periodista que persigue historias siempre se topa con obstáculos frustrantes, pero la pandemia los juntó todos en un solo golpe: falta de datos, información parcial o engañosa por parte de funcionarios públicos, pero también riesgo físico, incertidumbre sobre el empleo y hostilidad de parte del público.

 

DOS PRIMEROS 

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IMSS foto. El equipo de médicos que atendió a la primera víctima en la clínica de Gómez Palacio. Cortesía Dra. Dulce Quiroz

En marzo y abril trabajé reportajes sobre dos “primeros” de la pandemia en México: el primer brote masivo de Covid-19 dentro de un hospital y la primera muerte por el coronavirus. En ambos casos, historias relativamente simples y claras fueron complicadas por la falta de transparencia y la incapacidad de admitir errores del gobierno mexicano.

A finales de marzo, hubo un aumento en contagios en la ciudad de Monclova, en el centro del estado de Coahuila. En dos días, 20 casos fueron confirmados pero el número no era tan importante como lo que las personas contagiadas tenían en común: eran médicos y trabajadores de enfermería en un hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el sistema de salud pública más grande del país.

Lo que sucedió después nos dio a los periodistas un sentido muy claro de los obstáculos creados por la insistencia de las autoridades de que todo iba bien. Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud del gobierno federal llamado el “zar del coronavirus” en México negó que el brote de Monclova haya sido causado por un paciente dentro del hospital. El origen, insistió, estaba en un doctor que se había contagiado en una “consulta externa” y había llevado el virus al hospital.

Era una mentira. El coronavirus había sido llevado al hospital por un chofer de tráiler que fue ingresado el 12 de marzo con una enfermedad respiratoria y aunque dijo que acababa recientemente había regresado de Estados Unidos (y por tanto sospechoso de infección por un viaje al extranjero) fue puesto en una cama donde estuvo 10 días sin que se le hiciera una prueba. Fueron autoridades locales de salud las que reaccionaron primero cuando supieron del caso, le tomaron la prueba y regresó positiva. 

Cuando se expuso la mentira, López Gatell se retractó y pidió una disculpa. Atribuyó la información original a datos equivocados, pero eso también era engañoso. Un reporte interno del hospital que obtuve días después había advertido del brote masivo, y nombraba a todos los trabajadores del hospital contagiados. El gobierno federal sabía desde el principio y trató de minimizarlo. En una semana, más de 50 personas en Monclova ya habían tenido pruebas positivas.

Días después, comencé a investigar la situación en un hospital del IMSS en Gómez Palacio, ciudad vecina a Torreón, donde cuatro personas habían muerto antes de que sus pruebas por Covid-19 regresaran positivas. Un doctor con el que hablé me dio una información impactante: “¿Sabías que a primera muerte por Covid-19 en México fue en este hospital?”

Quedé sorprendido. El gobierno mexicano había registrado como la primera víctima a un hombre que murió en un hospital de la Ciudad de México el 18 de marzo, pero este doctor me dijo que el fallecimiento en Gómez Palacio había ocurrido primero. El paciente había sido admitido el 17 de marzo con una enfermedad respiratoria y fue considerado un caso potencial de Covid-19 porque había regresado de Estados Unidos unos días antes. Se le tomó una prueba pero murió la mañana siguiente. El paciente en la Ciudad de México murió esa tarde y aunque la diferencia de unas horas puede parecer trivial, expuso una gran falla en la estrategia del gobierno para combatir el virus.

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Periodistas en una conferencia sobre Covid-19 en Torreón, México. Cortesía de Fernando Compeán

Las pruebas fueron muy centralizadas en la Ciudad de México, especialmente las del sistema de salud federal como el del IMSS. Los gobiernos locales estaban muy limitados por el hecho de que en los primeros meses cada estado del país tenía solamente una máquina PCR certificada para hacer pruebas de coronavirus, mientras que la Ciudad de México tenía seis, incluyendo una en el hospital donde se había registrado la supuesta primera muerte. Pero fuera de la capital, las muestras de muchos pacientes debían enviarse a la Ciudad de México para ser privadas, aun si estaban a mil kilómetros de distancia. Esto incluía al paciente de Gómez Palacio, cuya prueba tardó 36 horas en dar resultado.

La Secretaría de Salud federal nunca admitió que tenía el registro de las primeras muertes al revés porque eso hubiera significado admitir que su estrategia de pruebas estaba altamente centralizada y por lo tanto extremadamente lenta para detectar nuevos casos.

A meses de iniciada la pandemia, el número de casos confirmados es irrealmente bajo (menos de 700 mil en siete meses) porque la tasa de pruebas es una de las más bajas del mundo. La cifra de casos reales sólo puede ser estimada con modelos estadísticos.

 

EL COSTO

La ausencia de información sobre quiénes son y dónde están los casos de Covid-19 naturalmente producen ansiedad en una población que no sabe qué tan expuesta esta al virus. Los periodistas enfrentan el mismo temor pero con más intensidad porque el trabajo diario de reportear en la calle con poco o nulo equipo de protección los expone a un mayor riesgo de infección. Conozco al menos una docena de colegas en México que han sido contagiados y uno que murió en La Laguna, Miguel Ángel Solís, freelance y profesor de periodismo en una universidad local.

Los periodistas mexicanos hemos enfrentado peligros durante años, especialmente en la última década cuando la violencia de los cárteles de la droga, fuerzas de seguridad o funcionarios públicos ha matado a casi 100 trabajadores de medios de comunicación. Pero el coronavirus es algo a lo que todos los periodistas estamos expuestos, no sólo aquellos que cubren narcotráfico, corrupción o crimen y el nivel de ansiedad y riesgo ha sido aumentado por el fracaso de muchos medios en dar una red de seguridad básica con equipos de protección o seguro médico.

A esto se añade un poderoso golpe que la pandemia le arrojó a un modelo de negocio ya de por sí muy débil en los medios periodísticos. Luego de que el avance de coronavirus forzó a empresas a recortar o detener producción o servicios, la publicidad comercial, que había disminuido durante años, se secó de una manera más acelerada, provocando despidos y recortes. La publicidad gubernamental, una gran fuente de ingreso para medios mexicanos, también se ha reducido en muchas empresas. Aunque esto las ha liberado para buscar una mayor independencia en sus reportajes, el colchón económico que muchos periódicos, sitios web y estaciones de radio y televisión se ha reducido.

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Periodistas en una conferencia sobre Covid-19 en Torreón, México. Cortesía de Fernando Compeán

Con la inseguridad laboral encima del riesgo físico, una atmósfera política polarizada también ha golpeado duro a periodistas y medios. Reportajes críticos de acciones gubernamentales se ha topado con “troles” furiosos en redes sociales que muchas veces escalan a amenazas. Y los ataques comienzan en la punta de la pirámide, con el presidente Andrés Manuel López Obrador que en sus conferencias de prensa matutinas (conocidas como “La Mañanera”) regaña a los periodistas por no publicar que el país va muy bien y etiqueta a los medios como “conservadores” o “nuestros adversarios”.

Simplemente hacer preguntas obvias sobre el manejo que el gobierno ha hecho de la pandemia puede desatar una reacción furiosa. Luego de que medios de noticias reportaron mensajes conflictivos entre funcionarios del gobierno mexicano sobre el uso de cubrebocas, o la resistencia de la Secretaría de Salud a la aplicación masiva de pruebas, López Gatell, el “zar del coronavirus”, acusó a los periodistas y medios de promover la división, provocar desinformación y caer en la manipulación de las grandes empresas farmacéuticas.

Es un cliché apuntar que la pandemia de Covid-19 ha cambiado el mundo y cambió la vida en cada país y comunidad. Pero no es cuestión de qué cambio sino cómo. Los periodistas mexicanos estamos entrando en un largo proceso de reflexión sobre cómo los últimos seis meses han cambiado la forma en que reporteamos y presentamos las noticias pero también cómo financiamos y sostenemos nuestros medios y plataformas.

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Periodistas en una conferencia sobre Covid-19 en Torreón, México. Cortesía de Javier Garza

Pero hay un ángulo positivo: la pandemia ha mostrado la importancia del periodismo independiente, de reporteros responsables que trabajan para quebrar la cortina de desinformación y manipulación, y de editores valientes que publican reportajes sólidos para dejar clara una situación, llamar a cuentas a las autoridades y mantener a la gente informada.

 

Javier Garza Ramos es periodista en Torreón, México, donde dirige la plataforma de reportajes locales EnRe2Laguna, y conduce un programa de noticias en radio.