El Covid-19 y las cárceles de Latinoamérica

Por Marcelo Bergman

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En mi trabajo de investigador, he visitado más de 30 cárceles a lo largo y ancho de la región para dirigir encuestas a más de 15,000 internos. He conversado con cientos de Personas Privadas de su Libertad (PPL) que duermen en el piso. Algunos no se cubren porque no tienen familiares que les proporcionen cobijas. Muchos viven aterrados por la violencia interna. Diez o más  personas pasan sus días y noches en celdas de 100 pies cuadrados, sin posibilidad de trabajar o de estudiar. Cuando enferman pocas veces se les proporciona medicinas y cuidados. Muchos de los internos viven expuestos a la droga por la que tienen que pagar con lo que no tienen. Mujeres madres desesperan cuando sus hijos deben abandonar la cárcel al cumplir cuatro años. Y la gran mayoría de los presos sin una verdadera esperanza que el futuro en libertad sea para siempre. A este mundo llegó la pandemia, a meter miedo, incertidumbre y rebeldía. La reacción inicial de los internos fue un llamado a que la cárcel no se convierta en un certificado de muerte. El Covid-19 ha provocado desesperación, temor, desconfianza, conflictos y motines sangrientos.

En las inmediaciones de muchas cárceles de la región se observan escenas desgarradoras. Mujeres e hijos están desesperados por ver a sus familiares recluidos. Observan en algunos casos el humo y el fuego de colchones, cobijas y todo material inflamable que emana de las cárceles producidos por internos amotinados. Puede haber muertos. Riñas y desconsuelo se van apoderando entre los privados de su libertad y sus familiares. La pandemia finalmente llegó a las cárceles y no se ha detenido en sus puertas.

El Covid-19 ha tenido efectos significativos en las cárceles de todo el mundo. Por un lado, las instalaciones penitenciarias no están preparadas para un distanciamiento social efectivo, los contactos cercanos entre los internos con el personal penitenciario son extremadamente frecuentes. Por otro lado, muchos centros de detención carecen de las condiciones sanitarias para enfrentar la pandemia y hay escasez de salas de atención médica.

La crisis carcelaria es proporcionalmente más grave en América Latina. Los niveles de hacinamiento son muy superiores a la media mundial. Casi el total de los países de la región tiene más presos que cupos, en algunos casos la sobreocupación es mayor a 200%. Este hacinamiento es producto de un crecimiento vertiginoso de la población carcelaria que en la mayoría de los países se ha duplicado en los últimos 15 años, y en algunos casos ha triplicado el número de PPLs en menos de 20 años.

Así, el Covid-19 llegó a las cárceles de Latinoamérica desnudando sus grandes fragilidades y acelerando los conflictos y retos que ya presentaba. Al hacinamiento, la escasez de recursos y bienes se suma el desafío sanitario de atender población vulnerable, la necesidad de establecer nuevos protocolos que restrinjan la esencial comunicación de los presos con sus familias, y el temor a un contagio masivo que presionará sobre los ya precarios sistemas hospitalarios de los países de la región. En resumen, un desafío humanitario y sanitario de grandes proporciones para los sistemas penitenciaros de los países en desarrollo.

En estudios realizados por especialistas de la región, la tasa de contagios por Covid-19 en las carceles de la región ha crecido más de 200% en los últimos dos meses. Hasta principios de Agosto, Brasil oficialmente contaba con más de 20,000 contagios (más de 150 muertes por covid), México más de 2,000 casos (y más de 200 muertes), centroamérica más de 6,000 contagios (300 + muertos), la región andina 17,000 (400+ muertes), y el cono sur más de 4,000 contagios (100+ muertes). Todos estos indicadores están severamente subreportados. En todas las carceles de la región hay escasez de testeos, por lo que es imposible saber la real magnitud de la pandemia, pero es porbable que un porcentaje significativo de la población se hay contagiado.

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Quienes estudiamos la difícil situación de nuestras cárceles no podemos simplemente observar sin hacernos sensibles a la desesperación de quienes perciben un riesgo real de enfermarse. Un conjunto de especialistas nucleados en la Sociedad de Criminología Latinoamericana hemos emprendido un estudio para evaluar los problemas y retos que plantea la pandemia a las cárceles de Latinoamérica. Aunque no hay respuestas definitivas, es posible que el Covid-19 obligue a repensar las cárceles de la región. Será muy difícil sostener el actual proceso de encarcelamiento masivo sin una adecuada inversión que nuestros países “quebrados” ya no tienen manera de financiar. Desde la academia debemos alertar contra la concepción de la cárcel como un depósito humano que nos permite “olvidarnos” de los delincuentes allí recluidos. Todos ellos algún día salen de la prisión, y la cárcel no resuelve el problema delictivo que padece la región.

 

Los desafíos

En este contexto la pandemia plantea nuevos problemas. A los ya severos retos de reducir la reincidencia y de garantizar el cuidado y los derechos básicos de los internos, la pandemia plantea a los sistemas penitenciarios de toda Latinoamérica al menos siete nuevos desafíos de muy difícil resolución:

  1. Hacinamiento y distancia social. Es virtualmente imposible en nuestras cárceles asegurar el aislamiento de personas contagiadas. Esto hace que una vez que el virus entra a la cárcel es prácticamente imposible detener su rápida propagación. En muchas de las cárceles se cree que más de la mitad de los privados de su libertad se han contagiado, y el número de muertes parece estar sub-registrado.
  2. Personal penitenciario. El virus puede llegar a las cárceles a través del gran número de guardias y personal penitenciario que tiene contacto permanente con los internos. Y también, el virus puede salir a la comunidad desde las cárceles transmitido por el personal penitenciario que llega a sus hogares y circula por las calles y espacios de su barrio/colonia. En resumen, es una falacia pensar que el virus quedara encerrado con los presos.
  3. Las familias y las visitas. Se sabe que la mayoría de los privados de su libertad  de la región reciben el apoyo y son en parte mantenidos por sus familiares que los/las visitan. Estos les traen comida, medicina, abrigo, dinero y en algunos casos introducen ilegalmente drogas. La mayoría de los internos en Latinoamérica dependen de sus familiares para sobrellevar su encarcelamiento. Dado que el Covid-19 ha provocado la suspensión de las visitas, ¿cómo afectará esta falta de contacto entre los internos y familiares? Nuestro estudio indica que el 95% de los sistemas carcelarios han suspendido el régimen de visitas provocando en algunos casos quejas y conflictos por parte de los PPL. Es difícil imaginar que los internos puedan permanecer calmos si las visitas o la entrega de suministros no se reanuda pronto.
  4. Los conflictos y motines. En más de la mitad de los sistemas penitenciarios de Latinoamérica han habido motines desde el inicio de la pandemia, muchos de ellos con decenas de muertos y heridos. Además de las causas obvias como son el hacinamiento y las precarias condiciones de habitabilidad, los conflictos se dispararon debido al temor a los contagios, la precariedad de los programas de aislamiento, los pedidos por mayores programas de excarcelaciones, y la suspensión de los programas de visitas y suministro de bienes. Existe hoy una “tensa calma” en todas las cárceles, pero se sabe que en cualquier momento, si no se atiende este desafío, pudiera haber un descontrol significativo
  5. Los centros de detención temporales. Para proteger a los internos recluidos en prisión, muchos sistemas carcelarios han restringido el ingreso de nuevos presos. Estos son alojados temporalmente en centro de detención transitorios, o en estaciones policiales, con el objeto de atravesar allí una suerte de cuarentena antes de ser derivado a las prisiones. Pero sucede que estos centros son lugares aún más inhóspitos, y comienzan a estar “abarrotados”. Por lo tanto la diseminación del virus y los contagios podrían estar ocurriendo precisamente allí. En resumen, los nuevos ingresos en muchos países se acumulan en centros de detención temporaria, convirtiéndolos en serias amenazas epidemiológicas.
  6. Las excarcelaciones. El Covid-19 ha provocado una “avalancha” de peticiones a la justicia y a otras instancias administrativas paro otorgar beneficios de pre-liberación a los privados de su libertad. Las modalidades de solicitudes son variadas: Por edad avanzada (más de 60 años), para internos con problemas de salud, o bien para aquellos internos prontos a cumplir la pena, o bien la conmutación hacia prisión domiciliaria vigilada.  Todas estas peticiones deben ser revisadas por instancias judiciales, y en su mayoría habrían sido denegadas. Sin embargo, con el objeto de descomprimir las cárceles, y en ocasiones dando respuestas a consideraciones humanitarias, muchos presos fueron excarcelados en los últimos meses. Nuestros datos indican que aunque el número varía por país, en ningún caso superó el cinco por ciento de los internos, y en general fueron menos del dos por ciento. Por lo tanto, el impacto en el hacinamiento ha sido marginal, dado que todos los países tienen sobrepoblación, en ocasiones de más de un 50 por ciento o 100 por ciento de la capacidad oficial.
  7. La rehabilitación. Si bien las cárceles están pensadas como espacios de rehabilitación, esto rara vez se logra. Los centros penitenciarios tienen programas de educación, trabajo, e instancias de tratamientos para hacer frente a la violencia o las adicciones. En tres de cada cuatro sistemas penitenciarios de la región todos estos programas están suspendidos. Las consecuencias pueden ser severas en el mediano y largo plaza. En primer lugar, porque estos programas son fundamentales para promover “segundas oportunidades” para el día que los internos recuperan su libertad. En segundo lugar, la falta de actividades incrementa el ocio dentro de la cárcel. El peligro de disturbios, motines y de delitos orquestados desde la cárceles permanecen más latentes cuando el nivel de ocio aumenta.

Muchos de estos problemas ya existían en nuestras cárceles y la pandemia los está exacerbando. Otros, son relativamente nuevos y exigen respuesta. Lo que queda en claro es que conceptualmente la metáfora de la cárcel  de “encerrar y tirar las llaves”, es decir como un espacio de aislamiento y separar a los transgresores del resto de la sociedad es en realidad una falacia. Es imposible separar las cárceles del tejido social, y la pandemia nos muestra que los contagios y los problemas que estos generan “van y vienen” desde y hacia las cárceles. Y que las consecuencias del encarcelamiento masivo, tarde o temprano, debe pensarse a la luz de los problemas sociales que también genera. Tal vez, la buena noticia, es que la pandemia nos interpela a pensar que tipo de confinamiento carcelario es socialmente necesario.

Los académicos y las autoridades debemos estar comprometidos en dar respuesta a aquellos familares y a los privados de su libertad para que el cumplimiento de su castigo no sea una amenaza de muerte, ni una condena a toda una vida en la marginalidad y el delito. Debemos contener y ser creativos para que cuando a los internos les llegue la hora de la segunda oportunidad estén adecuadamente preparados.

 

Marcelo Bergman es el 2020–21 Cisneros Visiting Scholar of the David Rockefeller Center for Latin American Studies (DRCLAS) at Harvard University. Es profesor y director del Centro de Estudios Latinoamericano sobre Inseguridad y Violencia (CELIV) y dirige la maestría en Criminología y Seguridad Ciudadana en la Universidad Nacional de Tres de Febrero en la Argentina. Sus dos libros más recientes son More Money, More Crime: Prosperity and Rising Crime in Latin America (Oxford 2018) y Prisons and Crime in Latin America (con G. Fondevilla) Cambridge University Press, forthcoming 2021.