Esperando en el tiempo de Covid-19

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Por Ivan Briz Godino

No soy hipocondriaco. Ni fatalista. 

Diga lo que diga mi hermana. 

Sí, ya sé, ella es enfermera. Una excelente enfermera a la que he visto trabajar: eficiente, expeditiva y amable. Pero no tiene razón. Esa opinión, sospecho, está más relacionada con las partidas a diferentes juegos de mesa que perdió contra mi cuando éramos pequeños. Seguro. Porque la realidad es que no soy hipocondriaco. Ni fatalista. No lo soy. Aunque también es verdad que justamente eso es lo primero que dice la gente hipocondriaca y fatalista.... 

Todo un tema para reflexionar.....

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Ivan Briz Godino en la clínica esperando el nacimiento de su hija

Y sin embargo, la realidad es que estoy sentado en una habitación de una clínica de Ushuaia, en Tierra del Fuego, en Argentina, con una mascarilla de protección puesta (¿tiene sentido que me obliguen a llevarla si soy la única persona en la habitación?), esperando a saber cómo ha ido todo. Para prevenir contagios, me dijeron. Y no lo discuto: la lleva absolutamente todo el mundo en la clínica. Pero es molesta y asfixiante, aunque protege. Y pese a que llevo sólo 40 minutos aquí sentado (¿cuantas veces habré consultado mi reloj en los últimos 10 minutos?), yo juraría que llevo varios meses.  Tenga paciencia, me dijeron. En cuanto sepan algo, me avisan.

Mientras espero, sigue expandiéndose el virus SARS-CoV-2—conocido como Covid-19—  a lo largo y ancho del planeta, generado una terrible catástrofe humana y humanitaria. Y se expande como la pandemia del s. XXI que es: parte de una globalización que ha interconectado todos los rincones del mundo y que ha empujado a la biodiversidad a una presión inconmensurable a través del cambio climático, la sobreexplotación de recursos y la contaminación. No es posible entender esta pandemia sin comprender cómo ha sido construido nuestro mundo en los últimos 40 años, en aras de un crecimiento económico que sacrificaba demasiadas cosas, desde la ecología hasta la equidad. 

Incluso mi espera nerviosa en esta habitación (¿cómo no voy a estar nervioso?) es producto de esa globalización: soy de Barcelona, pero desde hace 6 años vivo en una isla del extremo sur de Sudamérica. La gente la llama el "Fin del Mundo", pero aquí decimos que, en realidad, es el inicio de todo. Ushuaia, en la parte argentina de la Isla Grande de Tierra del Fuego, es uno de los mayores destinos turísticos de Sudamérica, y ese turismo, clave esencial de la actual economía de la ciudad, ha hecho que SARS-CoV-2 llegase pronto y con fuerza. Soy arqueólogo e historiador, y me dedico a estudiar cómo organizaron su vida en el pasado los grupos cazadores-recolectores del extremo sur de América: especialmente, su relación con el mar y los recursos marinos. Sin embargo, en los últimos 12 años mi interés se ha centrado en un elemento clave de la evolución de la humanidad: por qué somos una especie que coopera, que es solidaria y altruista.

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Verano en Ushuaia

Curiosamente, la cuarentena decretada por el gobierno argentino ha aislado aún más, si cabe, una isla: no hay vuelos con el resto del país, el puerto está cerrado excepto para mercancías básicas,  y la frontera con el vecino Chile está cerrada (vía única y exclusiva para, cruzando el estrecho de Magallanes, llegar por tierra al continente). Aunque también hay que reconocer que esto es indiferente: sólo podemos salir de casa para las compras esenciales. Y emergencias médicas, claro. Como esta. Por eso estoy en la clínica, esperando; y tengo un calor horroroso, como de fiebre, la mascarilla me molesta, y no puedo salir de esta habitación por el aislamiento preventivo.

El objetivo del gobierno argentino ha sido intentar que SARS-CoV-2 no colapse el sistema de salud del país. En todo el mundo, el principal problema no es sólo el virus en sí mismo, sino la saturación de unos servicios de salud, muchas veces castigados por los ajustes presupuestarios, que no pueden asumir esta avalancha de pacientes en estado crítico. 

Y la emergencia tiene múltiples caras, aquí y en el resto del planeta: en una economía tan castigada como la Argentina, en plena crisis por la deuda, con un incremento destacado de la pobreza y la precariedad durante el gobierno anterior, establecer una cuarentena estricta implica lanzar la economía al coma. Pero ¿hay alternativa? La gestión, con sus aciertos y errores, que también los ha habido, se ha caracterizado por priorizar la salud sin dejar de asumir la complejidad del momento: las medidas del gobierno también intentan salvar de la crisis a las condiciones socioeconómicas de la población. Argentina es, pese a su conectividad con el resto del mundo, uno de los países de América Latina con una incidencia menor de la pandemia: con una población de alrededor de 44 millones de personas, los casos de contagio acumulado confirmados hoy serán 1265. Un número bajo, pese a su gravedad, en comparación países con mucha menor población como Chile (alrededor de 18 millones de habitantes y 3737 casos acumulados) o Ecuador (unos 17 millones de habitantes y 14,217 casos acumulados).

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Invierno en Ushuaia

Lamentablemente, y no es un problema menor, a raíz de la cuarentena también se han producido abusos policiales: esta mañana, antes de salir hacia la clínica, he podido leer, un artículo en el diario Página 12 en donde se trataba la problemática existente en diferentes lugares del país como la provincia de Córdoba o el conurbano bonaerense.

Con todo, y aunque parezca sorprendente, algo positivo ha llegado con esta crisis: consciencia. Consciencia que la salud no puede ser un elemento menor en las políticas públicas activas reales. Consciencia de la necesidad de replantearnos cómo estamos explotando los recursos. Y también, consciencia de la importancia de la ciencia. En el viejo latín: Conscientia (con ciencia). Una ciencia pública que genere conocimiento para toda la sociedad más allá de una posible aplicación comercial. Una ciencia para la cura directa de esta pandemia y, también, en relación a sus causas y sus consecuencias sociales: el virus no ha surgido de la nada sino que alcanzó a los seres humanos en un contexto, y será uno de los elementos que moldeará nuestro nuevo contexto. 

Y mientras voy hilvanando estos pensamientos, sin aviso previo, y lentamente, se abre la puerta.  No voy a negar que el corazón se me ha acelerado y me pongo bruscamente de pie. El gran momento ha llegado, supongo. Y, digan lo que digan, no pienso seguir embozado, así que me saco la mascarilla. Creo que la ocasión lo amerita. El enfermero es escueto y sólo pronuncia un "aquí está".  Y me fijo en unos ojos azul imposible, de lo oscuros que son, que me miran y aún no me ven. Son los ojos de mi hija, Helena, acabada de nacer en esta calurosa clínica de Ushuaia, en una isla aún más aislada, en una pandemia global. 

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Helena, la hija recién nacida de Ivan Briz Godino

El enfermero, amable, me indica que todo ha ido perfecto. Que mi compañera está muy bien y, en breve, la traerán a la habitación. Y se va, dejándonos a solas a un padre primerizo y una "coronnial" que insistió en nacer. La levanto en brazos y regresamos, ella y yo, a esa silla de nerviosismos previos. Le empiezo a hablar, con voz muy leve, de quién es ella y quién soy yo.

Pero al mismo tiempo voy pensando qué le explicaré dentro de unos cuantos años, sobre el momento en que nació. Supongo que estaría bien poder explicarle que, a raíz de la crisis del Coronavirus, aprendimos a hacer las cosas mejor en el mundo. Que reorganizamos nuestras prioridades. Y que también, y eso se lo aseguro, porque llevo muchos años estudiándolo y comprobándolo, que la cooperación es un rasgo intrínsecamente humano, y que aquellas sociedades humanas con mayores niveles de cooperación, solidaridad y altruismo poseen más capacidad para superar una crisis que las que no. Y la llegada de SARS-CoV-2 fue un gran momento para practicarlo. Que tome nota.

Ah, y que tiene una tía enfermera, eficiente, expeditiva y amable, que ayudó a muchísima gente en la unidad Covid-19 de su hospital, pero que se equivoca en una cosa: yo no soy hipocondriaco. Ni fatalista. No lo soy: creo que siempre tenemos la opción cooperar.

 

Ivan Briz Godino (Ms, PhD Universitat Autònoma de Barcelona) es arqueólogo e historiador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina (CONICET), e investigador asociado del Depto. de Arqueología de la Universidad de York (UK). Investigador del Centro Austral de Investigaciones Científicas en la ciudad de Ushuaia, ha sido P. Rockefeller Visiting Scholar en el DRCLAS con el objetivo de ampliar sus investigaciones sobre las estrategias sociales cooperativas a partir de los grupos cazadores-pescadores-recolectores fueguinos del pasado.