Bolivia (Fall 2011) Español

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Economía comunal

 

Propuesta alternativa para salir del capitalismo y del socialismo

By Félix Patzi Paco

La civilización occidental en el transcurso de la historia ha generado dos idealidades del sistema económico: la economía capitalista y socialista. El primero, se caracteriza por la propiedad privada de los medios de trabajo o de producción y la enajenación o apropiación del trabajo o excedente generado por el trabajador por parte del capitalista, a la que se ha denominado explotación del capitalista al asalariado. Y la característica principal del segundo es la apropiación estatal de los medios de producción, es decir, el Estado es dueño de todas las empresas y para su administración ha creado una clase social de burócratas que fungen como gerentes y funcionarios de dichas empresas que serán la nueva clase explotadora de los trabadores directos, ya que el trabajador continua siendo asalariado en este tipo de economía y por ese carácter el excedente que genera es apropiado por el Estado y no por el mismo trabajador.

Mientras que las civilizaciones indígenas constituidos en Bolivia en 36 grupos culturales y lingüísticos que conforman además la mayoría poblacional del país, tienen una practica económica no basada en la propiedad privada ni estatal, mucho menos sobre la base de la explotación del trabajo, a lo que hoy llamamos economía comunitaria; solo que dicha práctica se reducía en las áreas rurales y sobre todo en actividades agropecuarias. Lo único que nosotros hicimos es rescatar esa experiencia rural y una vez rescatada la tarea fue la de convertirlo en un concepto de modo de producción y presentar como una nueva economía más contemporánea y alternativa en el contexto boliviano a las dos economías (capitalista y socialista). En este sentido, se plantea la constitución de empresas comunales, tanto en las ciudades como en el campo y en diversos rubros industriales. Dicha economía consiste en donde los medios y materiales de producción no son de propiedad privada, ni tampoco de propiedad Estatal, sino son de propiedad colectiva, es decir, pertenecen al conjunto de los trabajadores directos asociados libremente en forma comunal, en otras palabras, son los propios trabajadores directos propietarios de una empresa productora sea bienes materiales, culturales o de servicios.

La asociación puede estar constituida por pocos trabajadores como por miles de trabadores para producir un determinado y específico valor de uso material o de servicio. Eso significa que la tecnología y otros elementos de producción que coadyuvan en la fabricación de algún tipo de bien son adquiridos por ese conjunto de trabajadores directos asociados.

En una empresa comunitaria no hay asalariados como en una empresa privada de tipo capitalista, o como en una economía estatal socialista, todos son directamente productores; el productor no vende su fuerza de trabajo ni compra la de los trabajadores. La totalidad del producto elaborado por el trabajador es apropiado por él directamente. Eso significa que todo el excedente generado por el trabajador es apropiado de manera integra una vez que éste pague en calidad de impuesto un determinado monto para el Estado y otro para la ampliación de la propia empresa comunal.

En este sentido, el productor no ha trabajado para un tercero como ocurre en la economía capitalista y socialista, sino trabajó para él mismo. Entonces, la apropiación integra del excedente es el aliciente más importante para el trabajador, por eso que cada quien puede producir de acuerdo a su capacidad y su necesidad. Uno puede crecer económicamente más que el otro siempre y cuando sea a través de su trabajo directo y no mediante el trabajo del otro. El límite en este caso es la prohibición de la compra de la fuerza de trabajo.

Por lo tanto, la constitución de empresas comunales da fin al trabajo enajenado, sea por parte de una empresa privada o empresa estatal. Es la abolición del salario, porque el sistema de salario priva al trabajador de todo derecho a los productos que él elabora tanto por cuenta del estado como de una empresa privada. Por eso, la abolición del salario es la liberación del ser humano de su esclavitud y el retorno a las normas naturales que han determinado la relación antes de la aparición de las clases, de las formas de gobierno y de las leyes positivas.

En el sistema comunal la renta de un ser humano no deber ser un sueldo pagado por nadie o una caridad ofrecida por los demás. La renta es el patrimonio generado por el mismo trabajador y administrado en función de sus necesidades. En se sentido, nadie controla las necesidades de los demás, no habrá personas que especulen y jueguen con las necesidades de los carentes de propiedad.

La finalidad de la sociedad comunal es la formación de una sociedad feliz y libre mediante la liberación de su explotación que supone dos cosas: la abolición de propiedad privada de los medios de trabajo y la eliminación del trabajo enajenado. Lograr la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales a través de la liberación de las mismas del control y la supeditación de los que se han apropiado.

En este sentido, la economía comunal no elimina a los trabajadores por cuenta propia sino que los asocia para comprar una tecnología que de manera particular un trabajador no podría adquirir por falta de recursos económicos. Dicha tecnología será usada para incrementar la productividad del trabajador encarada desde su propio taller o también pueden constituir una empresa en donde todos los asociados producen—de manera conjunta—en un sólo espacio y/o taller, donde cada quien recibe su retribución conforme a la cantidad de trabajo realizado. La administración puede realizar un registro contable del aporte de cada trabajador.

Por lo tanto, estamos hablando de dos tipos de empresas comunales: primero una asociación de productores que estando y produciendo en sus propios talleres comparten una tecnología común y hasta pueden compartir el comercio y otros factores económicos que ellos vean necesarios y convenientes. El segundo tipo es el establecimiento de una empresa para trabajar de manera conjunta en un sólo espacio laboral y donde inclusive puede primar la división técnica del trabajo. Puede ser para los casos donde se generen productos en serie y a gran escala. Ambas empresas necesitan de profesionales especializados, sólo que éstos siempre estarán al servicio y para obedecer el mando de los trabajadores directos constituidos en asociación libre e iguales en todos los derechos y obligaciones.

En este sentido los profesionales especializados no sólo tendrían la misión de innovar la tecnología para ser implantada en las empresas comunales sino tendrán la gran oportunidad de asociarse para constituir una empresa comunal y convertirse en trabajadores directos. De esta manera se eliminaría definitivamente esa separación entre los trabajadores manuales e intelectuales.

La economía comunal no descarta todos avances tecnológicos y científicos de la civilización occidental y de otras civilizaciones, como también de la sociedad capitalista, más al contrario prevé potenciarse con ellos, sabiendo además que la tecnología y la ciencia pueden ser usadas independientemente de cualquier tipo de relaciones de producción que primen en un conglomerado humano.

Los campesinos e indígenas en muchos lugares tienen propiedades en forma colectiva, a lo que jurídicamente en Bolivia han denominado tierras comunitarias de origen y otros evidentemente se han parcelado y tienen títulos individuales; sin embargo, en cualquiera de las formas, lo más general que existe en ellos es que las tierras son trabajadas y aprovechadas en forma de posesión privada, es decir, son usufructuadas a través de trabajo familiar y/o individual.

En ellos no hay necesidad de asociarlos sino que ya están constituidos en comunidades. Por lo tanto, en este sector sólo habría que introducir tecnologías para el proceso de producción e industrialización de los productos que tienen ventajas comparativas, con una aclaración que dichas industrias serán manejadas por los propios campesinos o indígenas. Por lo que es la única forma que este sector pase de una economía de subsistencia a una economía incluso de gran escala que permita tener un ingreso económico que supere los niveles de subsistencia.

Sin duda, la constitución de las empresas comunales en Bolivia necesita de una especie de acumulación originaria, eso significa que por una parte el Estado más que prestar dinero a la población debe otorgarle tecnologías para que estas asociaciones comunales puedan emprender como trabajadores directos pero también ciertas empresas privadas nacionales y extranjeras pueden ser socias de estas empresas comunales en nacimiento.

Por lo tanto, el rol del Estado en Bolivia, en este proceso, sería la de impulsar la creación de las empresas comunales para ello se necesita además que el Estado garantice el mercado para los productos generados por las empresas comunales y también desarrollar las vías de comunicación y la energía para potenciar dichas empresas.

Sin embargo, las empresas comunales no podrán encargarse de administrar los recursos estratégicos que son de interés de toda la población de una nación y sólo en esos casos se creará las empresas Estatales y los ingresos económicos de éste permitirán atender las necesidades sociales de toda la sociedad.

Cabe aclarar en la etapa de acumulación originaría de empresas comunales se garantizará la inversión de las empresas privadas sólo con la exigencia de que las ganancias sean reinvertidas para ampliar el capital en el país. A esto llamaremos el gran momento de transición histórica hacia la sociedad sin explotados.

En la sociedad comunal el Estado por ninguna razón se extingue, más al contrario será la encargada de planificar el potenciamiento equitativo entre las empresas comunitarias mediante políticas impositivas, seguirá garantizando la seguridad del Estado Nación, la políticas monetaria y, fundamentalmente, será la encargada de implementar todas las fuerzas productivas que estén orientados a la integración nacional.

En conclusión, la propuesta estaría solucionando en Bolivia de manera inmediata a ese 80 por ciento de la población económicamente activo ocupados en los sectores denominados informales y desocupados a través de la asociación para que éstas puede conformar una empresa comunal. Pero también a ese 30 por ciento de la población indígena que vive en las áreas rurales con una economía de tipo parcelario y comunal.

 

Felix Patzi Paco es Licenciado en sociología y doctor en ciencias del desarrollo, docente titular de la universidad Mayor de San Andres y ex-Ministro de Educación en 2006 a 2007.

 

Economía extractavista

 

Pobreza y desigualdad social

By Fernanda Wanderley

"Vale un Potosí" es una expresión que identifica a Bolivia desde la época de la colonia y marca su historia económica. Los bolivianos siempre hemos vivido de algún recurso natural. Primero fue la plata del famoso cerro de Potosí, después el estaño y ahora es el gas natural. Bolivia ha enfrentado, como constante en su historia republicana, la dificultad de superar un patrón de acumulación apoyado en actividades extractivas de recursos naturales no renovables, es decir, una economía de enclave con bajos niveles de articulación con los sectores de bienes y servicios de primera necesidad destinados al mercado nacional, donde, además, se concentra la mayoría del empleo.

Bolivia es un ejemplo paradigmático de los límites del patrón de crecimiento primario exportador que da como resultado una mediocre tasa de crecimiento económico promedio en las últimas seis décadas. Entre 1950 y 2010, la economía boliviana creció a una tasa promedio anual de 2,8%, lo que se tradujo en un aumento promedio per cápita de 0,5% por año, nivel extremadamente bajo para superar la pobreza y la desigualdad social.

Es así que a finales de la década del 2000, el 58% de la población boliviana estaba en situación de pobreza moderada y 32% en pobreza extrema. La desigualdad entre el área urbana y el área rural se mantuvo significativa, siendo que el 74% de la población rural está en situación de pobreza, en cuanto la pobreza urbana llega al 50% de la población de las ciudades. Para superar estos niveles de pobreza y desigualdad la tasa de crecimiento de la economía boliviana debería ser por lo menos de 6%. Quiere decir que el patrón de crecimiento boliviano de largo plazo resulta empobrecedor.

La fuerte dependencia de la explotación de pocos recursos naturales con bajo valor agregado reproduce una estructura socio-económica de empleos precarios. Además, las políticas sociales han sido insuficientes y no sostenibles debido a que se las financia con los ingresos del sector exportador, que es víctima de la volatilidad de los precios de las materias primas exportadas.

La mayoría de los bolivianos sobreviven generando sus propias fuentes de trabajo en sectores de baja productividad y excluidos del cualquier protección social y laboral. En efecto, sólo el 20% de la populación ocupada tiene acceso a un sistema de seguro de salud y el sistema de jubilación sólo cubre al 27% de la población ocupada. Esto quiere decir que cerca de dos tercios de la población boliviana son altamente vulnerables y sobreviven en el sector informal.

Estudios recientes muestran que los países que exportan diversos productos registran tasas de crecimiento per cápita mayores. (Jean Imbs y Romain Wacziarg, 2003). En esta misma línea, otros trabajos muestran que los países que exportan productos que son parte de la canasta de exportación de los países con ingreso per cápita más altos tienden a crecer más rápidamente (Rodrik, 2004; Hausmann, Hwang y Rodrik, 2007).

La pregunta que surge es porqué Bolivia no ha logrado embarcarse en un proceso consistente de transformación productiva para el despegue económico y el incremento sostenible de bienestar social, mientras otros países que partieron de condiciones similares lograron avanzar hacia estos objetivos. Exploramos a continuación las principales limitaciones de la arquitectura político institucional de los diferentes modelos de desarrollo implementados en los últimos 60 años en Bolivia a saber: capitalismo de estado (1952-1985), neoliberalismo (1985-2005) y post neoliberalismo (2006-2011). Hasta ahora ninguno de estos modelos logró encauzar un proceso sostenible de transformación productiva e incremento de bienestar social.

El modelo de capitalismo de estado se orientó a la diversificación productiva y la consolidación de una base industrial nacional a través de la participación directa del Estado a través de empresas públicas y la canalización de financiamiento externo subsidiado al sector privado. Sin embargo este objetivo no fue alcanzado. El crecimiento siguió impulsado por la exportación de tres productos— estaño, petróleo y gas natural—todos ellos controlados por el sector público y fuertemente dependiente de las condiciones del mercado mundial y de la disponibilidad de los préstamos internacionales.

Los préstamos concedidos durante este periodo fueron destinados a financiar los gastos del sector público y los proyectos de diversificación de la producción para la exportación, algunos con éxito, como la venta de gas natural a la Argentina y la agroindustria de la soya. Sin embargo, gran parte de estos recursos no fueron invertidos en los objetivos propuestos y tampoco fueron devueltos, recayendo la deuda en el Estado. Como resultado, la mayoría de las actividades productivas iniciaron y siguieron bajo la protección y el amparo del Estado, en condiciones poco competitivas y eficientes. (Morales, 1988)

Durante este periodo, la protección social seguía objetivos universalistas pero en la práctica solo llegaba a cubrir a un reducido número de trabajadores con relaciones formales de empleo. La mayoría de los trabajadores y sus familias, que sobrevivían en el sector informal, se protegían a través de sus redes familiares y con su propia capacidad de generación de ingresos. La protección social estatal estuvo dirigida a un selecto grupo de trabajadores, especialmente empleados públicos.

En 1985 el péndulo de la economía volvió a girar hacia un modelo liberal. Se apostó al mercado y se minimizó la importancia de políticas industriales para promover la producción y diversificación nacional. Se esperaba que la liberalización de los mercados y la privatización de las empresas públicas propiciaran las condiciones necesarias para dinamizar la economía y generar empleo, y así superar la pobreza y desigualdad social.

Junto a las reformas macroeconómicas y financieras, se priorizó las reformas en los sectores intensivos en capital como hidrocarburos, telecomunicaciones y electricidad con políticas agresivas de atracción de inversiones privadas extranjeras. No se articularon políticas industriales consistentes para otros sectores intensivos en mano de obra como, por ejemplo, el sector agropecuario, la producción de alimentos y la incipiente industria textil boliviana.

Las reformas estructurales inauguraron la “era del gas en Bolivia”, una fase caracterizada por una mayor dependencia de la economía en relación a la exportación de este recurso natural e insuficientes políticas para el desarrollo del sector privado productivo generador de empleo. El resultado fue el aumento de las ocupaciones en el sector informal, en actividades como el contrabando, la producción de hoja de coca, el comercio y el servicio minorista con baja productividad.

Paralelamente y sin coordinación con las políticas económicas, las políticas sociales promovieron la expansión del acceso de la población a los servicios públicos en educación y salud y otros programas focalizados en los más pobres a través de fondos de inversión social. Si bien la pobreza medida por necesidades básicas insatisfechas mejoró durante este periodo, la pobreza medida por ingreso aumentó y no se modificó la desigualdad social.

El tercer período comienza en el 2006, con el gobierno del Presidente Evo Morales en un contexto económico internacional muy prometedor para los países exportadores de materias primas, cuyos precios subieron significativamente. Se tenía la expectativa del inicio de una gestión pública orientada a superar el patrón primario exportador a través de la canalización de las rentas hidrocarburíferas para la promoción productiva de los sectores no tradicionales donde está la mayoría de los y las trabajadoras.

El modelo se fundó en propuestas contrarias al ideario neoliberal. Entre estas está la recuperación del rol más activo del Estado en la economía y el reconocimiento de la pluralidad jurídica, política y económica. No obstante el hecho de que estas ideas constituían un nuevo marco de referencia conceptual prometedor, en la práctica las convicciones inflexibles sobre el rol del Estado y del mercado prevalecieron. La sobre ideologización, ahora desde la izquierda, en la búsqueda de alternativas al sistema capitalista no contribuyó al desarrollo de una visión estratégica de transformación productiva y diversificación de las exportaciones.

Una de las principales falencias de las bases principistas del nuevo modelo del Presidente Morales es la convicción de que la planificación estatal debe y puede actuar unilateralmente como fuerza dirigente del desarrollo económico. No hubo coordinación público-privado y no se implementaron políticas integrales de desarrollo tecnológico e innovación, fortalecimiento de la gestión de las unidades económicas, formación y capacitación, apoyo a la asociatividad y superación de las fallas de coordinación privada del tejido económico boliviano.

Además, las políticas macroeconómicas del periodo post-neoliberal mantuvieron el enfoque financista del periodo neoliberal en detrimento de una visión productiva. Persistió la concepción de estabilidad restricta al control inflacionario y la visión compartimentada de la microeconomía y macroeconomía. No se avanzó acciones que promuevan la interrelación entre ambas dimensiones y tampoco se promovió un entorno macroeconómico proclive a la inversión privada.

Durante este periodo el esfuerzo principal del gobierno de Morales se concentró en la reforma de la gestión de los hidrocarburos bajo el modelo de nacionalización. Si bien los resultados en términos de recaudación tributaria registraron niveles sin precedentes en los últimos años, las ambiguedades e inconsistencias de este modelo resultaron en la desaceleración de la inversión privada, la disminución significativa de las reservas probadas de gas natural y, consecuentemente, de la producción. Por lo tanto, no está asegurada la sostenibilidad del modelo de gestión hidrocarburífera que garantice seguridad energética y el importante flujo de ingresos para el Estado.

Asimismo y pese a los objetivos de superación de la visión asistencialista de las políticas sociales, se dio continuidad a los programas y proyectos de protección social focalizados en las poblaciones con mayores niveles de exclusión social y se extendió las políticas de transferencia directa de recursos vía diferentes tipos de bonos y programas de empleos temporales.

La atención exagerada sobre los recursos naturales profundiza la lucha social por la apropiación de las rentas, desviando una vez más la atención sobre las políticas conducentes a la transformación productiva del conjunto de nuestro tejido económico y la construcción de una ingeniería financiera de distribución interna de los ingresos que permita atenuar la dependencia a un excedente inherentemente volátil y los riesgos de una cultura rentista y corporativa, marcada históricamente por relaciones clientelares y corporativas entre el Estado y la sociedad.

La conclusión que llegamos después de esta revisión es que ninguno de los modelos de desarrollo implementados en Bolivia logró encauzar una visión consistente de complementariedad entre Mercado y Estado que pavimente una vía propia de transformación y diversificación productiva. El resultado es la ausencia de políticas integrales y sostenidas para la mejora continua de los encadenamientos productivos, el incremento de la productividad y desarrollo tecnológico. Si no ensanchamos la base económica y fomentamos la coordinación entre políticas económicas y sociales no lograremos el objetivo de superación de la pobreza y la disminución de la desigualdad social y seguiremos bajo el síndrome de los recursos naturales. La etiqueta de Vale un Potosí nos seguirá acompañando.

 

Fernanda Wanderley es el director asociado de Investigación Posgrado en Ciencias del Desarrollo en la Universidad Mayor de San Andrés (CIDES-UMSA), La Paz, Bolivia. Tiene un doctorado en sociología en la Universidad de Columbia.Ella ha escrito muchos artículos, entre ellos “Beyond Gas: Between the Narrow-Based and Broad-Based Economy” en Unresolved Tensions Bolivia Past and Present (eds. John Crabtree and Laurence Whitehead, University of Pittsburgh Press, 2008) y “Between Reform and Inertia: Bolivia’s Employment and Social Protection Policies over the Past 20 Years” en International Labor Review, vol. 148, 3, 2009.

 

El florecimiento de la cultura en Santa Cruz

 

Bolivia diversa y mestiza

By Alcides Parejas Moreno

Bolivia es un país muy mal conocido y lo poco que de él se sabe está basado en clichés que lo único que hacen es distorsionar aún más su imagen. Veamos algunos ejemplos:

  • Es mucho más que un país andino. El 70% de su territorio corresponde a la llanura que participa de la cuenca amazónica y la región chaqueña.
  • A partir de la conquista española—con todo lo que trajo consigo de violencia y muerte—América en general y el actual territorio boliviano en particular, dejaron de ser indios para pasar a la categoría de mestizos (todos mestizos culturales y una buena parte, además, biológicos). Sin embargo, en los últimos años se ha vuelto a distorsionar la imagen del país, pues se la quiere presentar como un “país indio, gobernado por un indio”, borrando de un plumazo casi 500 años de historia.
  • A mediados del siglo XX dejó de ser exclusivamente minero, para convertirse en un país agropecuario, que empezó a producir sus propios alimentos.

He empezado hablando de lo que no es, ahora trataré de mostrar lo que es:

  • Es un país centralista (lo que no es una novedad para nuestra América) que desde la creación de la república (1825) ha practicado una política andinocentrista que no mira más allá de las montañas, primero desde Sucre y luego desde La Paz.
  • Este centralismo secante ha llevado a una dicotomía, lo que ha dado como resultado dos visiones de país, que en estos últimos años pareciera que son irreconciliables.
  • Como resultado de este centralismo, la historia de la llanura es la historia de un olvido.

Así, pues, Bolivia—que fue creada como república en 1825 en base al territorio de la Audiencia de Charcas—se muestra al mundo con estos estereotipos de los que es muy difícil deshacerse, tanto para propios como para extraños. A partir de mediados del siglo pasado y gracias a los estudios de historia del arte que se habían iniciado, Bolivia empezó a mirarse en el espejo y a descubrirse a través de lo mestizo (fue en Bolivia que se inventó eso del barroco mestizo), tanto en el arte tangible como en el intangible. Aunque al principio no nos gustó lo que vimos en el espejo (los europeizantes, porque había demasiadas cosas indias; los indigenistas, por lo contrario), poco a poco nos fuimos acostumbrando y empezamos a admitir nuestra mesticidad, a asumirla y a sentirnos orgullosos de ella. Sin embargo, como de costumbre en este país, sólo se estaba mirando lo andino; la llanura seguía siendo ignorada.

También a mediados del siglo pasado—más concretamente en los años 40—la minería había entrado en crisis. El gobierno contrató a una consultora norteamericana que determinó que la minería había terminado su ciclo y que si Bolivia quería ser viable debía volcarse hacia la llanura (Este informe es conocido como Plan Bohan). Así empezó una nueva e importante etapa de la historia nacional: la incorporación de la llanura. En esta nueva etapa la ciudad de Santa Cruz de la Sierra—que en ese momento tenía alrededor de 60.000 habitantes y hoy supera el millón y medio—se convirtió en la gran protagonista y al mismo tiempo en la rival de la política andina, pues se enfrentó al centralismo para conseguir lo que durante 400 años se le había negado. En este proceso de hacerse visible, Santa Cruz de la Sierra no sólo ha luchado por sus reivindicaciones regionales, sino que ha contribuido al proceso democrático al protagonizar hechos de gran trascendencia a nivel nacional, como cuando abanderó la elección democrática de alcaldes y prefectos (gobernadores) y la lucha por las autonomías departamentales (que es todavía una asignatura pendiente).

Contra todo pronóstico y contraviniendo todos los clichés en boga, Santa Cruz de la Sierra ha irrumpido en la vida nacional no sólo en lo económico, sino también en el cultural. Para ello la ciudad ha llevado a cabo este proceso con un estilo propio que difiere diametralmente del centralismo andinocentrista. Se trata de hacer las cosas desde abajo, aguzando el ingenio y la creatividad. En los 70 y como una iniciativa local, se creó una institución cultural (la Casa de la Cultura), que funcionaba en forma autónoma y que tenía apoyo económico local y el resto dependía de ayudas internacionales que conseguía su directorio. En poco tiempo la Casa de la Cultura se convirtió en la más importante y activa institución cultural del país. Fue el punto de arranque para el desarrollo cultural de la región.

A fines de esa década la Iglesia católica había empezado el proceso de restauración de las iglesias de las antiguas misiones jesuíticas de Chiquitos, en el departamento de Santa Cruz, hasta entonces ignoradas por propios y extraños. En este proceso se descubrió que los habitantes de estas antiguas misiones (los chiquitanos) habían guardado durante más de 200 años una enorme cantidad de partituras musicales de los siglos XVII, XVIII y XIX. Cuando una buena parte de las iglesias habían sido restauradas, dos académicos de la comunidad prepararon el dossier correspondiente para ser presentado a la UNESCO para la declaratoria de los pueblos de Chiquitos Patrimonio Cultural de la Humanidad (hasta ese momento sólo Potosí ostentaba este galardón, que había conseguido por la acción del gobierno central) con el argumento de que se trata de pueblos vivos y que los pueblos de la llanura tenían un patrimonio digno de este galardón. En 1990 la UNESCO inscribió seis pueblos en la lista de Patrimonio de la Humanidad.

Pero eso no era suficiente para los que trabajaban en el desarrollo cultural regional. Había que buscar la forma de que la comunidad local primero, regional y nacional después, se apropiara de este patrimonio. Para eso también un grupo reducido de personas (desde abajo y tocando todas las posibles fuentes de financiamiento) se lanzó a la aventura de crear un festival internacional de música antigua. La respuesta fue muy positiva y en poco tiempo este festival se ha consolidado como uno de los más importantes del mundo, con la característica casi única que es itinerante, pues se realiza en muchas sedes simultáneas en las que participan grupos de los cinco continentes. Este festival tiene otra característica que lo hace muy singular, pues además de situar la música chiquitana en el panorama de la historia universal, se ha convertido en un importante referente cultural que no sólo ha servido para la elevar la autoestima de todos estos pueblos, sino que ha servido para incentivar el turismo y—a través de las escuelas de música que se han creado en todos estos pueblos—en una alternativa de trabajo para los jóvenes.

A partir de la irrupción de Chiquitos en la historia nacional se desmoronan algunos clichés. Esta cultura que está viva y que ha sobrevivido a pesar de la pobreza y el olvido, nos muestra una Bolivia que es mucho más que las ricas y mejor conocidas culturas andinas (quechua y aimara, entre otras) y que, sobre todo desde la llanura, así como en el resto del país, hemos sido capaces de crear una cultura mestiza que nos identifica a todos.

Contra todo pronóstico Santa Cruz de la Sierra no sólo se ha convertido en la capital económica del país, sino también en la cultural, pues en ella se realizan el ya mencionado festival de música así como uno internacional de teatro, otro de cine a nivel iberoamericano y varios a nivel nacional.

Las tierras bajas de Bolivia han aprendido a asumir su mesticidad mirándose al espejo sin necesidad de recurrir a disfraces grotescos ni a la violencia, pues se trata de un proceso socio-cultural en el que también se aprende a ver al otro sin exclusiones.

 

Alcides Parejas Moreno es un historiador boliviano quien ha escrito más de treinta libros, incluyendo trabajos sobre la historia de Santa Cruz, varios libros de texto y cuatro novelas. Él ha enseñado extensamente en las universidades y las escuelas en ambos La Paz y Santa Cruz de la Sierra. Él es uno de los fundadores del Festival Internacional de Música "Misiones de Chiquitos", el Festival Internacional de Teatro y la Asociación para la Promoción de Arte y Cultura (APAC).

 

First Takes: La Bolivia de Evo: 5 años después

 

Inercias, rupturas, desafíos

By Pablo Stefanoni

Hace menos de una década, pocas personas fuera de Bolivia podían nombrar a su presidente. Hoy, Evo Morales no es sólo una figura global, es una suerte de “marca” entre los críticos de la globalización. Si a fines del siglo XX los zapatistas expresaban la aspiración a “cambiar el mundo sin tomar el poder”—en pleno auge neoliberal—Evo Morales expresa en la primera década del XXI las ansias de cambiar el mundo y la forma misma de ejercer el poder: el primer presidente indígena boliviano toma del subcomandante Marcos la fórmula del mandar obedeciendo, escrita en grandes carteles en las calles de Bolivia junto a la foto presidencial.

El 18 de diciembre de 2005, Evo Morales fue investido con un inédito 54% de los votos y puso en marcha un renovado proyecto nacionalista, cuyas dos medidas estrella fueron la nacionalización del gas y el petróleo, y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Si la primera de ellas se proponía acabar con el “saqueo de los recursos naturales”—en los términos del programa del Movimiento al Socialismo—la segunda tenía como meta poner fin al “colonialismo interno”, como los movimientos indígenas denominan a la pervivencia de la exclusión de la mayorías originarias y a las violencias encubiertas que pervivieron bajo los principios liberal-democráticos de igualdad ciudadana. Además, Morales es el David que se enfrenta al Goliat “imperialista”, lo que explica gran parte de su popularidad dentro y fuera del país.

Todo ello ha transformado a Bolivia en un faro para quienes buscan modelos alternativos a la modernidad capitalista y a la crisis actual. La presencia de los indígenas como actores centrales del actual proceso de cambio activa una serie de imaginarios sobre un “otro” capaz de aportar renovadas miradas, cosmovisiones y prácticas políticas, económicas y sociales ante la “decadencia de Occidente”. Pero cuanto más se acerca la lupa, las cosas se ven más complicadas. Si es cierto que Bolivia tiene una mayoría de la población indígena (62% según el censo de 2001) no lo es menos que las ansias de una modernización incluyente emergen con fuerza desde la Bolivia profunda, y Evo Morales es la expresión de esa reactivación de los imaginarios desarrollistas que hoy parecen más poderosos que las propuestas de “vivir bien” siguiendo pautas no materialistas supuestamente inscritas en las cosmovisiones indígenas.

Para muchos de los lectores de ReVista, Evo Morales es visto como parte de un grupo de lideres “populistas” emergentes en América del Sur, que incluyen al presidente venezolano Hugo Chávez, a su colega ecuatoriano Rafael Correa, al fallecido Néstor Kirchner y su esposa y actual presidenta argentina Cristina Fernández o al nicaragüense Daniel Ortega. Pero esa izquierda “carnívora”—al decir de Alvaro Vargas Llosa para diferenciarla de la “vegetariana” (y buena)—no es homogénea. En el liderazgo de Evo hay una fuerte carga de autorrepresentación popular más que de liderazgo mesiánico (en el campo suelen decir que “es uno de los nuestros”), su política macroeconómica hace alarde de una gran prudencia elogiada por el propio FMI y sus políticas sociales pueden asimilarse sin problemas a las del “moderado” Lula Da Silva en Brasil.

En estos más de cinco años, Morales consolidó su poder en medio de una violenta disputa con las elites agroindustriales del oriente del país, y alentando la movilización de los campesinos y sectores populares urbanos. Pero el apoyo callejero se tradujo también en votos: en agosto de 2008 fue ratificado en un “referéndum revocatorio” con el 67% de los votos, y en diciembre de 2009 fue reelegido con un inédito 64%.

No obstante, los festejos de los cinco años—en enero de 2011—estuvieron teñidos por el frustrado “gasolinazo”, un aumento de los combustibles de hasta el 83% anunciado el 26 de diciembre de 2010 por el vicepresidente Álvaro García Linera mientras Evo Morales estaba en Caracas entregando ayuda por las inundaciones. La forma sorpresiva y el tono del anuncio de que se eliminarían las subvenciones a la gasolina y el diésel recordaron súbitamente los ajustes neoliberales de los 90 e inicios de los 2000, y provocaron un descontento popular inédito en la era Evo. Si hasta ese entonces las protestas provenían de la derecha conservadora, esta vez venían de los propios bastiones del “evismo”. Por eso, antes de que el malestar creciera, Morales se apresuró a derogar su propio decreto una semana después. El Presidente boliviano repitió que gobierna “obedeciendo al pueblo” y que aunque la medida era necesaria los movimientos sociales le dijeron que no era el momento. Empero, los aumentos de precios y la incertidumbre creada por la medida alentó una serie de protestas por la carestía de los alimentos.

Además, la minicrisis dejó en evidencia el desfase entre discursos a menudo grandilocuentes (socialismo comunitario, etc.) y los cambios efectivos, mucho más modestos, en la vida cotidiana de los bolivianos. Los éxitos moderados en la lucha contra la pobreza, la implementación de bonos sociales o la construcción de infraestructura (como electrificación rural o carreteras) son avances indudables, pero alejados de una política “anticapitalista”. Al mismo tiempo, el Estado boliviano es crónicamente débil, especialmente en términos de falta de cuadros y poca densidad institucional, lo que pone muchas piedras en el camino al proyecto estatizante del gobierno, como la puesta en marcha de varias fábricas estatales. Las negociaciones oficiales con los pequeños y grandes productores -durante 2011- para buscar un aumento de la producción que reduzca la inflación en alimentos y la escasez de productos como el azúcar—junto al anuncio de incentivos a las petroleras—deja en evidencia que la superación de los mecanismos de mercado es más complicada de lo que el gobierno o los llamados “movimientos sociales” imaginaban.

Por eso no es casual que Evo Morales padezca los efectos de una “crisis de narrativa”: la creatividad parece decreciente a la hora de pensar medidas con el mismo—o parecido—impacto político-simbólico de los momentos iniciales. La última ley de educación ha pasado con un debate público restringido a los directamente afectados (sobre todo los maestros) y está pendiente la aprobación del seguro universal de salud—cuyo proyecto se está elaborando—y de las reformas necesarias para garantizar salud gratuita a la mayoría de los bolivianos, que hoy deben pagar para atenderse en hospitales de muy baja calidad. Ni hablar de los tratamientos de alta complejidad.

Donde sin duda el cambio es más contundente es en el recambio de elites, el masivo desembarco indígena-campesino-popular en la arena estatal, en las transformaciones en la autopercepción de los bolivianos y en la política internacional: Bolivia se vinculó con países como Venezuela, Cuba o Irán después de décadas de sometimiento acrítico a los dictados de Washington.

La compra de un satélite a China, la apuesta a megaproyectos como petroquímicas, hidroeléctricas, minería y carreteras (incluso en la Amazonía) o sus estrechos vínculos con las Fuerzas Armadas dan cuenta de los diferentes imaginarios en juego que—dada la falta de debate entre ellos—por momentos se parecen a un enredo ideológico entre indigenismo y desarrollismo puro y duro. Es posible recortar dos líneas muy generales y esquemáticas, entre las cuales hay varias combinaciones posibles. Una visión—la hegemónica, en la que milita el vicepresidente García Linera—propone un Estado fuerte acompañado de políticas macroeconómicas “prudentes”.

Otra tendencia, más filosófica que efectiva en términos de políticas públicas, se expresa en otros espacios (cumbres y contracumbres del clima, reuniones de movimientos sociales, cursos de formación política): propone un horizonte comunitario, apoyándose en el pluralismo político, económico e incluso judicial que sanciona la nueva Constitución. Esta línea tiene a su principal exponente en el Canciller David Choquehuanca, con gran predicamento entre los aymaras del Altiplano. Las tensiones son especialmente patentes en el terreno del ambiente: mientras Bolivia busca jugar un rol de liderazgo político y sobre todo moral en las cumbres del clima, internamente las políticas vinculadas a la defensa ambiental o a lucha contra el cambio climático son inconsistentes, y los costos de volver a ser una potencia minera—al calor del boom de los precios internacionales—no forman parte del debate público ni de las preocupaciones fundamentales del gobierno.

En este contexto, por primera vez desde su llegada al poder, Morales no sólo se enfrenta a la derecha cavernaria sino a una nueva oposición de centroizquierda, liderada por el Movimiento sin Miedo del ex alcalde de La Paz Juan del Granado, aliado del gobierno hasta principios de 2010. Con apoyo entre las clases medias urbanas, especialmente paceñas, los “sin miedo” buscan presentarse como una variante más democrática e institucional del actual proceso de cambio “criticando los errores y apoyando los avances logrados”. Y para ello buscan capitalizar su gestión municipal paceña, una de las mejores del país en las últimas décadas.

El gobierno respondió con procesos judiciales contra del Granado y el actual alcalde Luis Revilla, un mecanismo que hasta ahora le permitió deshacerse de sus principales rivales conservadores pero que no es claro si podrá darle los mismos resultados contra representantes de la izquierda moderada, aún débil. Este año fue destituido el gobernador de Tarija (sur del país, principal reservorio del gas boliviano), quien consiguió refugio en Paraguay, el ex gobernador de Pando, Leopoldo Fernández, sigue encarcelado a la espera de condena por la llamada “masacre de Porvenir” de 2008, cuando campesinos pro Evo fueron emboscados supuestamente por las huestes de Fernández en la aislada amazonía boliviana. Y varios ex hombres fuertes de la oposición, como el ex líder autonomista de Santa Cruz, Branko Marinkovic, o el ex candidato presidencial Manfred Reyes Villa huyeron hacia Estados Unidos.

Ya en su segundo mandato—con el desgaste que ello implica—además de cierto empantanamiento ideológico, el futuro de Morales, quien busca postularse nuevamente en 2014, dependerá de su capacidad para dar un golpe de timón al proceso de cambio y recuperar parte de la mística de su primera etapa. Sin duda, el “cambio” entró en su momento más prosaico, sin grandes enemigos a la vista—una ventaja y una desventaja al mismo tiempo ya que la lucha contra “los separatistas” hasta 2008 cohesionó a las propias filas. Ahora, los bolivianos esperan que los discursos maximalistas se traduzcan en mejoras económicas concretas en sus vidas cotidianas. Una revolución en sus bolsillos.

 

Pablo Stefanoni es periodista y economista. El es autor de “Qué hacer con los indios...” Y otros traumas de la colonialidad. Actualmente, el es jefe de redacción de Nueva Sociedad, y fue Director de Le Monde Diplomatique Bolivia hasta febrero 2011.

 

Identidades Regionales

 

El caso de Santa Cruz

By Paula Peña Hasbún

Bolivia es conocida como un país andino, pese a que dos terceras partes de su territorio corresponden a las Tierras Bajas, habitadas por más de treinta naciones indígenas de diversas lenguas y con la mayor parte de su población mestiza. Las Tierras Bajas, se conocen también con el nombre de Oriente boliviano.

El Oriente boliviano, corresponde al antiguo territorio colonial de la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra, que después de la Guerra de la Independencia, pasó a formar parte la República de Bolivia en 1825. El nuevo estado boliviano y el gobierno estuvieron centrados en la zona andina productora de minerales y donde se concentraba la mayor parte de la población boliviana, mayoritariamente indígena de orígenes quechuas y aimaras.

El departamento de Santa Cruz después de la formación de Bolivia fue dividido y, se formaron dos nuevos departamentos Beni (1842) y Pando (1938). Estos tres departamentos comparten características culturales similares, además de una economía basada en la producción agrícola, ganadera y forestal. En el territorio de estos tres departamentos se ha desarrollado una fuerte identidad regional que se sustenta en la historia y en la diversidad étnica y mestiza de la región.

Esta identidad regional se ha enfrentado en varias ocasiones al poder central radicado en los Andes. En la actualidad la identidad regional del Oriente boliviano, se ha hecho manifiesta políticamente en la lucha por la Autonomía Departamental iniciada en el año 2003 y en los votos a favor de esta forma de gobierno en los diferentes Referéndums llevados a cabo, así como también en una oposición electoral a Evo Morales.

Las identidades culturales del Oriente boliviano, se han expresado políticamente en contra del proyecto cultural, con fuertes lazos en el mundo indígena andino, sustentado por el gobierno de Morales. Entre el 2003 y el 2008, los enfrentamientos políticos se dieron con mayor intensidad, sin embargo después de la aprobación de la nueva constitución, el gobierno de Morales pudo debilitar a la oposición radicada en las Tierras Bajas. Sin embargo las identidades regionales existen y se fortalecen cada vez más, a pesar del enfrentamiento político. En este artículo analizaremos la identidad regional de Santa Cruz, que hoy se constituye junto con el Beni, en los dos departamentos opositores al actual gobierno.

La identidad cultural de Santa Cruz, se fue desarrollando desde la época de la dominación española, ya que la Gobernación de Santa Cruz, se constituyó en un territorio de frontera, para detener el avance portugués sobre la frontera Este y a su vez, el avance de las naciones nativas hostiles que atacaban y perjudicaban el desarrollo económico de las zonas productoras de metales como Potosí. En Santa Cruz, se estableció una tercera frontera, la que buscaba Eldorado, conocido también en la región con el nombre de Paititi. La Gobernación de Santa Cruz de la Sierra, mantuvo durante los siglos coloniales cierta autonomía de los centros de poder del Imperio español, debido a las grandes distancias y a las dificultades en cuanto a medios de comunicación. Fue en esta Gobernación donde se desarrollaron también las Misiones Jesuitas de Moxos y Chiquitos, donde se produjo una evangelización diferente, debido a las características étnicas de la región. Por ello, las tensiones étnicas tienen características diferentes del resto de Bolivia.

Una vez formada la República de Bolivia, Santa Cruz, mantuvo su condición de región marginal, fuera de las redes políticas y económicas. A pesar de ello a lo largo de su historia luchó contra la forma de gobierno unitaria y centralista radicada en los Andes, demandando la descentralización de poder, ya sea bajo la forma de Federalismo, durante el siglo XIX y de descentralización política en el siglo XX.

Hasta 1950, el gobierno central radicado en la zona andina, basaba su economía en la exportación de minerales y la producción agrícola no era suficiente para la alimentación interna. Ya en 1942, el norteamericano Mervin Bohan propuso la diversificación de la economía boliviana y la necesidad de incluir en la economía boliviana los productos de la zona del Oriente, para garantizar la producción alimentaria.

La participación política estaba restringida a los hombres que supieran leer y escribir, por ello la mayor parte de la población quedaba sin la posibilidad de elegir a los gobernantes. En 1952, una revolución nacionalista, que contó con el apoyo de los Estados Unidos, transformó al país, permitiendo el voto universal y, entre otras medidas, promoviendo el desarrollo de Santa Cruz. A partir de la segunda mitad del siglo XX, Bolivia cambió, ampliando su territorio con la inclusión de las Tierras Bajas y ampliando la ciudadanía se sus habitantes, y la participación de las masas indígenas.

Fue en la segunda mitad del siglo XX, que se desarrollaron en Bolivia dos tipos de identidades, la primera, la identidad étnica, basada en la población indígena prehispánica, centrada en la zona andina. La segunda, la identidad regional, centrada en los departamentos que se encuentran en la Tierra Bajas, con población mayoritariamente mestiza y con proyectos de modernización económica y política. Estas dos identidades se manifestaron al iniciar el siglo XXI, con proyectos políticos diferentes, la primera que busca la transformación hacia la economía comunitaria y la segunda que busca las autonomías departamentales para un mejor desarrollo económico regional. La tensión entre estos dos proyectos se ha manifestado en una lucha política y económica desde la llegada de Morales al poder en enero de 2006.

Sin embargo, la segunda mitad del siglo XX, estuvo marcada por los enfrentamientos entre Santa Cruz y el gobierno central. Todas las demandas cruceñas, fueron consideradas por los gobiernos bolivianos como “separatistas”, acusando a la región de buscar su independencia. Santa Cruz es una zona productora de hidrocarburos y a finales de la década de los cincuenta, debió enfrentar al poder central para conseguir el pago de regalías por la exportación de petróleo. Una vez logrado ese pago, la región logró transformarse y crecer. En cincuenta años logró convertirse en la primer economía de Bolivia aportado con el 40% del PIB nacional y concentrando al 25% de la población en su territorio. Se convirtió en un departamento agroindustrial y exportador de productos agrícolas y forestales.

En la década de los ochenta, después de que Bolivia regresó a la democracia, en Santa Cruz se desarrolló un movimiento para establecer los gobiernos locales y la elección de los Alcaldes municipales, esta demanda fue llamada “separatista” sin embargo se logró la elección de las autoridades municipales, existiendo en la actualidad en Bolivia 350 municipios autónomos.

En los noventa, surgió otra demanda que exigía la descentralización de poder, y la creación de gobierno departamentales, sin embrago la demanda no fue atendida y por ello, al iniciar el siglo XXI, surgió en Santa Cruz, un movimiento por la autonomía departamental. La fuerte cohesión regional, basada en su identidad cultural, se transformó en un movimiento político, que buscó el cambio de la forma de gobierno centralista y unitario de Bolivia.

Las dos identidades la étnica andina y la regional oriental, están enfrentadas, sin embargo los investigadores han centrado sus estudios en las demandas indígenas, dejando de lado las demandas regionales, por ello es que muchos consideran que las demandas regionales son anti indígenas y las vinculan a las oligarquías, sin tomar en cuenta que ambas, están cuestionando al Estado boliviano, que las ha excluido históricamente. El actual gobierno, centrado en las demandas étnicas no ha considerado las demandas regionales, y dentro de su proyecto político, las califica de opositoras, ya que éstas buscan terminar con el poder centralizado en los Andes y repartirlo en los nueve departamentos que constituyen Bolivia.

Los problemas de Bolivia se resolverán cuando ambas demandas sean satisfechas, la de la población indígena y la de los departamentos, y de esa manera se pueda construir un país que incluya a todos los que habitan en él, sin diferencias étnicas ni regionales.

 

Paula Peña Hasbún es la directora del Museo de Historia y Archivo Histórico de Santa Cruz.

 

Las políticas postneoliberales y la tradición populista

 

El presidente indígena

By Juan Antonio Morales

Los dos actos de posesión en la presidencia de Bolivia de Evo Morales, el 2006 y el 2009, en el sitio arqueológico de Tiwanacu llamaron poderosamente la atención, no sólo en Bolivia sino también fuera. Esos actos hicieron la delicia de los turistas. No eran solamente actos de inauguración de las presidencias del primer presidente indio de Bolivia sino su coronación como líder espiritual de los indígenas de todas las Américas. Se emplearon rituales, vestuarios y amautas (sacerdotes) en una recreación que hicieron los antropólogos bolivianos de lo que podían haber sido las ceremonias precolombinas y aún preincaicas. Se dijo sarcásticamente que el espectáculo fue digno de “Tintín en el Templo del Sol.”

No cabe duda que la entronización de Evo Morales marcaba un hito en la historia de Bolivia, cerraba el paréntesis de veinte años de democracia representativa y de políticas de apertura de los mercados, pero no marcaba una ruptura. Morales y la coalición de movimientos sociales agrupados en el Movimiento al Socialismo (MAS) se reengancharon a la tradición del nacionalismo y el sindicalismo revolucionario, que provenían de la revolución nacional boliviana de 1952, si bien han incorporado nuevas corrientes de pensamiento. Se ha estudiado profusamente, en Bolivia y fuera de Bolivia, esa revolución y se ha comparado con la revolución mexicana de 1910. Muchos han encontrado también similitudes con los objetivos y las maneras de hacer política de los grandes movimientos populistas del siglo pasado. Se ha de entender populismo en el sentido latinoamericano, con sus muy recurrentes invocaciones al pueblo, su ultranacionalismo, su estatismo, su maniqueísmo y su caudillismo. Es también un legado de la revolución nacional y del populismo, la política en las calles y un desdén por los canales tradicionales de representación política como los parlamentos.

Morales viene personalmente del sindicalismo, aunque de un sindicalismo sui generis, el de campesinos productores de hojas de coca. Los sindicatos campesinos son tan politizados como lo fueran en su tiempo los sindicatos obreros, pero sus métodos de lucha son diferentes. En vez de huelgas usan más bien bloqueos de caminos para introducir sus demandas y hacerse sentir. Morales, como opositor había liderado en los años que precedieron su ascensión al poder, numerosas manifestaciones, a menudo violentas, contra los gobiernos que calificaba de neoliberales.

El resultado electoral de fines de 2005, cuando el MAS ganó con amplia mayoría, sorprendió por su contundencia a los observadores pero no era del todo inesperado. El MAS aprovechó electoralmente el gran descontento de la población, especialmente de los más pobres, con la situación económica, marcada por la prolongación de la crisis regional que comenzó con la devaluación brasileña de fines del siglo pasado. El empeoramiento de la distribución del ingreso de la década de los noventa, aún si la pobreza, medida con indicadores de satisfacción de necesidades básicas, había bajado, fue una causa mayor del malestar popular. Por otra parte, los partidos tradicionales sufrían de un gran desprestigio por sus pactos y coaliciones, basados más bien en oportunismos que en criterios programáticos. Había además muchas alegaciones, generalmente no comprobadas, de corrupción.

En las elecciones de diciembre 2009, Morales obtuvo casi dos tercios de los votos. Esa elección coronaba una serie de triunfos electorales anteriores. No cabe duda que el discurso oficial había calado hondo en el electorado. Además la economía había tomado impulso y la inflación, a pesar de algunos rebrotes de corta duración, se mantenía bajo control. Es de hacer notar también que Bolivia había sorteado bien los embates de la crisis financiera internacional del 2007-2009. La política social del MAS de transferencias condicionadas de dinero era inmensamente popular.

Dos Revoluciones

Por lo menos en el discurso Evo Morales hace flamear de nuevo, como en la revolución de 1952, el nacionalismo extremo, la oposición frontal a las empresas transnacionales que según él saquean los recursos naturales de las naciones y la lucha sin cuartel contra las oligarquías nacionales aliadas al capital extranjero. Asimismo propone una participación creciente del estado en la economía y una política económica con énfasis en la distribución del ingreso y de la riqueza. Se convoca permanentemente al pueblo y se toman decisiones en su nombre. La simbología tenía un papel importante para los protagonistas de la revolución nacional y lo tiene también para el MAS. Frecuentemente las palabras y la agresividad del discurso van mucho más allá de los hechos.

Un objetivo central de la revolución nacional era destruir el anterior orden existente. El MAS tiene también como objetivo central desmantelar lo que llama el estado neoliberal y poner candados para que los partidos y las políticas neoliberales no retornen nunca más. Un leitmotif es también la descolonización, aunque nadie sabe muy bien en qué consiste. Un punto principal del programa de gobierno del MAS es la derogación de las reformas estructurales más importantes de la era neoliberal, aunque no de todas. Es así que se han revertido las privatizaciones/ capitalizaciones, se ha contra—reformado la reforma de pensiones y la reforma educativa, y se ha recortado significativamente la independencia legal del Banco Central.

La estrategia de poder del MAS es también envolvente, como lo fuera la de la revolución nacional. No sólo controla el poder legislativo, con amplias mayorías en las dos cámaras sino que controla también casi todos los gobiernos departamentales y municipales, así como el poder judicial. La oposición tiene una muy reducida participación, meramente testimonial, en el congreso. En los hechos se tiene un gobierno de partido único. La alternancia en el gobierno está también cuestionada por las posibilidades de múltiples reelecciones contempladas en la nueva constitución política del estado.

Similitudes pero También Diferencias

Esas son las grandes similitudes pero también hay grandes diferencias entre la experiencia reciente y los años de la revolución nacional. En primer lugar los actores son diferentes. Mientras que los líderes de la revolución nacional provenían de la pequeña burguesía y de partidos políticos establecidos, el liderazgo del MAS es más campesino, en extraña alianza con organizaciones no gubernamentales (ONGs), muchas de ellas con financiamiento foráneo. Las ONGs le han provisto al MAS una plataforma con temas de la izquierda internacional moderna, como lucha contra el capitalismo salvaje, contra el consumerismo, por la preservación del medioambiente y por una sociedad más justa, menos basada en el lucro y más en la solidaridad. También antiguos dirigentes del partido comunista y de partidos de la ultraizquierda así como ex-guerrilleros de los años sesenta y setenta han encontrado cobijo en el MAS.

La revolución nacional insistía en la asimilación de las poblaciones indígenas, por otra parte mayoritarias en el país, en un proyecto nacional, mientras que el gobierno de Evo Morales pone el acento más bien en las identidades étnicas. La nueva constitución, propuesta y aprobada durante el gobierno del MAS, refleja muy bien esta posición de definir a Bolivia como un estado plurinacional, constituido por treinta y seis naciones diferentes. En correspondencia con lo anterior, aunque también nutriéndose de vertientes diferentes, la nueva Constitución Política prevé un país más descentralizado, con más poder para los gobiernos departamentales y municipales que el que tenían bajo el modelo híper-centralista heredado de la revolución nacional.

El discurso del MAS, en coincidencia con otros movimientos populistas de América Latina, pero no en la oratoria de la revolución nacional boliviana, proclama su fuerte compromiso de lucha contra la corrupción. En su visión maniquea, que es también típica de los populismos latinoamericanos, oponen el pueblo a las oligarquías corruptas, que están además al servicio de intereses extra-nacionales. El MAS califica de corruptos a todos los gobiernos de la era neoliberal. La acusación de corrupción, a veces por causas baladíes o inventadas, le ha sido conveniente para deshacerse de la oposición política.

A pesar del discurso anti-neoliberal se han mantenido tanto la política de aranceles bajos como la eliminación de cuotas, prohibiciones y otras restricciones cuantitativas a las importaciones y a las exportaciones, salvo algunas excepciones. La política fiscal es algo menos dispendiosa que la que solía ser la norma para el tipo de regímenes como el actual. EL MAS ha ejercitado una cierta prudencia fiscal y no se han sufrido los desastres fiscales que eran tan característicos de otras experiencias populistas latinoamericanas. También el gobierno le ha prestado atención al control de la inflación y la política monetaria ha sido bastante convencional, aún si ha recortado muy fuertemente la independencia del banco central.

La Inefable Hostilidad a la Inversión Privada

La temeridad del MAS se ha presentado sobre todo en sus nacionalizaciones y otras medidas que debilitan significativamente los derechos de propiedad. Si bien la nueva constitución reconoce el derecho a la propiedad privada, le pone empero una gran cantidad de servidumbres y limitaciones. Por otra parte, otorga primacía a la propiedad estatal y a las formas comunitarias de producción, aunque los alcances de propiedad comunitaria no están bien precisados. De paso hay que señalar que la constitución está llena de imprecisiones. Es un texto voluminoso que contempla un amplio espectro de derechos, más bien de aspiraciones, cuyo cumplimiento es de difícil verificación.

La revolución nacional terminó en una catástrofe económica, que tuvo que ser contenida en 1957 con un programa de estabilización muy ortodoxo. En cambio, en los cinco años de gobierno del MAS, el país se ha beneficiado de un extraordinario contexto económico, caracterizado por precios sostenidamente altos para sus exportaciones de hidrocarburos y de metales. El favorable contexto externo ha tenido implicaciones fiscales directas, que han hecho que el gobierno tenga superávit fiscales todos los años del 2006 al 2010. Aún la crisis financiera internacional de 2007-2009 no hizo mella en las cuentas fiscales.

A pesar del contexto general muy favorable, que ha representado entre otros aspectos un ingreso adicional de 17 mil millones de dólares para el gobierno en los últimos cinco años, el crecimiento de la economía ha sido modesto, comparado con el de los países vecinos o aún con algunos años de la era neoliberal. Las tasas de inversión han sido bajas, muy por debajo del promedio latinoamericano. Las tasas de inversión privada han sido especialmente bajas. No cabe duda que el agresivo discurso anti-empresarial, las nacionalizaciones y las ambigüedades de la nueva Constitución Política con relación a los derechos de propiedad han creado un clima adverso para la inversión. Es típico de los países con políticas populistas que la variable que primero se resiente sea la inversión.

La política social ha consistido esencialmente en la otorgación de transferencias condicionadas a las familias con niños en edad escolar, a los ancianos y a las mujeres gestantes o con niños de corta edad. Estas transferencias van en la dirección correcta y se inscriben más bien en políticas neoliberales. En cambio, casi no ha habido mejoría en la calidad de las escuelas ni en la atención de los servicios estatales de salud.

La Sostenibilidad Del Experimento

Mirando hacia delante se puede hacer la pregunta de cuán sostenible en el tiempo es el experimento del gobierno de Evo Morales. La baja inversión y el casi nulo crecimiento de la productividad hacen pensar que se regresará a las bajas tasas de crecimiento. Tampoco el país habrá cambiado mucho, a pesar del extraordinariamente favorable contexto internacional. La calidad de las políticas públicas y especialmente de las políticas económicas, sufre con un gobierno, que si bien ha sido elegido democráticamente, no gobierna con los cánones convencionales de una democracia.Muchos observadores bolivianos tienen la impresión de que se ha desaprovechado una gran ocasión para darle impulso a la economía boliviana. Morales no sólo contó con un contexto internacional que le sonreía sino que gozaba de amplios apoyos internos e internacionales. Como ha pasado con otras experiencias de la región y la nuestra de 1952, las cosas parecen ir bien al principio y por un tiempo, pero a un poco más largo plazo aparecen las fisuras que llevan al fracaso a los ensayos populistas. La historia se repite.

 

Juan Antonio Morales es profesor de economía en la Universidad Católica de Bolivia. Se desempeñó como presidente del Banco Central de Bolivia por más de diez años, hasta mayo de 2006. Ha dado conferencias, como profesor visitante en universidades de América Latina, los Estados Unidos y Europa, y ha escrito extensamente sobre el desarrollo económico de Bolivia y otros países.

 

Desarollo con aroma de mujer

 

Microfinanzas, salud y empoderamiento de la mujer

By Gonzalo Alaiza

Hoy la señora Adela Reyes de 56 años, como todos los días, se levanta a las 5:00 de la mañana para preparar el almuerzo, organizar la casa, servir el desayuno, enviar a sus hijos a la escuela y atender a su nieto huérfano, pues su hija murió en el parto y desde entonces Adela se hizo cargo de él. Sale a las 8:30, cargando al bebé en la espalda, rumbo a su pequeño negocio, venta de material de escritorio, en un mercado local. Mientras camina realiza cálculos mentales, pues hoy debe pagar la tercera cuota de su préstamo.

Para muchos, Adela es una más de las miles de mujeres pobres que viven en Bolivia, si bien el país ha progresado en términos de reducción de la pobreza, aún es el más pobre de América del Sur y recientemente superó a Brasil por ser el país de mayor inequidad del continente (medido por el coeficiente Gini).

Para otros, Adela es una mujer indígena que con dificultad ha cursado hasta cuarto curso de primaria. De todos los países latinos, Bolivia cuenta con el mayor porcentaje de población indígena (aprox. 60%), quienes viven en identidades mixtas y variadas de una economía de tipo occidental basada en el emprendimiento privado, combinada con valores espirituales indígenas, bilingüismo, muchas costumbres tradicionales e incluso vestimenta típica.

Para los entendidos en microfinanzas, Adela es una más de los aproximadamente 918 mil clientes atendidos por el sistema microfinanciero de Bolivia a diciembre de 2010, de donde el 58,57% corresponde a la participación de mujeres. Bolivia se ha constituido por muchos años en pionera en el ámbito microfinanciero del mundo.

Los indicadores de salud estándar de Bolivia se encuentran persistentemente en el segundo peor lugar del continente americano, después de Haití. Adelay su familia ya son parte de las estadísticas, pues la mortalidad infantil es de 50 niños por 1.000 nacidos vivos, que mueren antes de alcanzar su primer cumpleaños (2008, ENDSA); la mortalidad materna se encuentra en 310 mujeres fallecidas en 100.000 partos (2008, ENDSA) y la expectativa de vida llega a 65.4 años (2007, PNUD).

El sistema de salud en Bolivia es aún fragmentado en tres grandes rubros: la salud pública, a través de atención en hospitales y centros de salud administrados por el Estado, la medicina privada y la seguridad social. Esta última solamente cubre aproximadamente el 25% de la población Boliviana, lo que deja a 3 de cada 4 Bolivianos en necesidad de recurrir a gastos del bolsillo para la atención de salud y Adela, desafortunadamente, es parte de este grupo.

¿Y quién es Adela en realidad? Para Pro Mujer, organización de desarrollo social, Adela es una mujer fuerte y respetada, Presidenta de su Banco Comunal (grupo de aproximadamente 20 a 30mujeres organizadas que se conocen entre ellas y se garantizan en forma mancomunada para acceder a un crédito); que ha iniciado su negocio hace seis años con un microcrédito de US$150 otorgado por Pro Mujer; que asiste con sus hijos y nieto periódicamente a sus controles médicos en consultorios ubicados en las mismos Centros Focales (agencias) de Pro Mujer; que recibe capacitación en temas de salud, cuidado personal y destrezas básicas en negocios; y que se halla muy orgullosa de ser padre y madre y de contar con un negocio que en los últimos años ha crecido en forma importante, gracias a su esfuerzo.

Mujeres como Adela, en mejor, igual o peor situación, son socias (clientes) de Pro Mujer. Son aproximadamente 93.000 mujeres en Bolivia y cerca de 212.000 en cinco países donde opera la organización (Argentina, Bolivia, Nicaragua, México y Perú). Todas ellas tienen un común denominador, son mujeres emprendedoras que viven o han vivido en condiciones precarias, que sufren exclusión de diversa índole, con poco acceso a servicios salud y limitadas fuentes de financiamiento, pues muchas de ellas necesitan capital para iniciar un negocio y muy pocas entidades corren el riesgo de aprobar un crédito en estas condiciones. Todas ellas son mujeres valerosas que luchan por tener días mejores, que procuran cuidar su salud y que han apostado por gestar uno o varios emprendimientos que les permite generar ingresos para el sostén de ellas y sus familias.

En los últimos 5 años, Bolivia cuenta con un gobierno populista bajo el liderazgo indígena de Evo Morales, que impuso avances en la atención de salud por el sistema público, especialmente dando incentivos económicos a mujeres por el uso de la atención prenatal, partos, servicios postnatales y control del niño sano. Justamente a raíz de esta política de incentivos, se nota una saturación en los centros públicos de atención. Es por eso que las mujeres típicamente clientes de Pro Mujer prefieren no utilizar el sistema público por el alto costo de oportunidad que les significan muchas horas de espera para la atención. Tampoco cuentan con Seguridad Social y son víctimas de un sistema de medicina privada poco regulado con altos costos para su precaria economía. En este nicho entra el servicio de salud de Pro Mujer, proveyendo atención primaria de alta calidad, sin costo en el punto de atención y fácil de acceso.

El combinar Servicios Financieros con Servicios de Desarrollo Humano (salud y capacitación) no es fácil, pero es la fórmula que Pro Mujer ha encontrado hace más de 20 años para posibilitar el desarrollo de la mujer y a través de ella el de su familia y su comunidad, llevando su misión a la práctica.

 

Gonzalo Alaiza, es Licenciado en Administración de Empresas de la Universidad Católica Boliviana y Magister en Finanzas Empresariales, título obtenido en Maestrías para el Desarrollo dela Universidad Católica Boliviana en convenio con Harvard Institute For International Development. Gonzalo tiene más de catorce años de experiencia en el Sistema Financiero Boliviano. Actual Gerente General de Pro Mujer en Bolivia. www.promujer.org.

 

Los efectos políticos de una medida económica

 

Despues del gasolinazo

By Fernando Mayorga

El 26 de diciembre de 2010, el gobierno decretó un incremento en el precio de los combustibles. Una semana después, debido a múltiples protestas populares, anuló esa medida, no obstante continuaron la especulación y el aumento en los precios de alimentos y transporte. El malestar social fue creciendo y tres meses después se realizó una huelga general de trabajadores exigiendo mayores salarios. Por primera vez en cinco años, el gobierno de Evo Morales enfrentó el repudio de sectores sociales leales al Movimiento Al Socialismo (MAS).

Este evento, conocido como gasolinazo, modificó las condiciones políticas para la aplicación de la agenda gubernamental, aunque sigue intacta la disponibilidad de recursos de poder por parte del partido oficialista. Para evaluar esta situación es necesario tener en cuenta que la segunda gestión del MAS se inició con augurios positivos para el despliegue de su proyecto político. Los comicios de diciembre de 2009 dieron como resultado la reelección de Evo Morales con 64% de votos y el control oficialista del congreso. El MAS también obtuvo resultados favorables en las elecciones departamentales y municipales de abril de 2010 ganando seis de nueve gobernaciones y más de tres cuartos de los gobiernos municipales. La supremacía del MAS era innegable y su hegemonía discursiva se imponía en los diversos ámbitos del proceso político.

El gasolinazo no modificó la relación de fuerzas en el campo político pero afectó negativamente la fortaleza del gobierno y la imagen presidencial. Disminuyó la capacidad del gobierno sustentada en el lazo entre el MAS y los movimientos sociales que constituyen su base de apoyo electoral y de movilización política. Asimismo descendió la popularidad de Evo Morales cuyo liderazgo es un elemento central de la estrategia oficialista para los comicios de 2014, una estrategia que apunta a la reelección presidencial para garantizar la continuidad del proyecto político del MAS.

Respecto a la fortaleza política del gobierno el punto de partida es caracterizar el vínculo entre el MAS y los movimientos sociales como una coalición inestable y flexible. La cohesión y amplitud de esa coalición depende de los temas dominantes en el campo político y en la agenda gubernamental. Cuando se trata de un asunto o demanda de alta agregación—v.gr.nacionalización de recursos naturales, aprobación de nueva Constitución y reelección de Evo Morales—la coalición oficialista congrega a una diversidad de organizaciones sociales (campesinos, indígenas, mujeres campesinas, colonizadores, cooperativistas mineros, obreros, juntas vecinales, jubilados, entre otros) y sus miembros actúan de manera compacta bajo la conducción del partido de gobierno. Una vez satisfechas esas demandas generales surgen otro tipo de reivindicaciones, aquellas de carácter grupal o corporativo. Entonces, algunos sectores sociales se alejan de la coalición y esta pierde consistencia para actuar de manera uniforme. Precisamente, el gasolinazo provocó el predominio de intereses corporativos en los sindicatos de trabajadores asalariados y el rechazo de varios movimientos sociales a una medida que consideran antipopular y neoliberal, debilitando a la coalición oficialista que quedó circunscrita a las organizaciones campesinas afines al MAS.

Con relación a la imagen presidencial es necesario destacar que las protestas se produjeron en ciudades donde la votación por el MAS fue mayoritaria. En esas protestas surgieron inéditos estribillos de condena a Evo Morales con acusaciones de traición y sometimiento al neoliberalismo. Varias encuestas realizadas con posterioridad al gasolinazo mostraron una caída de la popularidad de Evo Morales—la cifra más baja en 60 meses al mando del gobierno—con un rechazo de 56% a nivel nacional, cuando un año antes el apoyo al presidente era de 70%. Otro aspecto novedoso es que en las ciudades donde ocurrieron las protestas actúan fuerzas políticas que no forman parte de la oposición convencional de derecha. Algunas son organizaciones políticas de izquierda, como el Movimiento Sin Miedo (MSM) que dirige la alcaldía de La Paz, sede de gobierno, y puede constituirse en rival del MAS en las elecciones de 2014.

En suma, los efectos políticos del gasolinazo tienen doble connotación porque se menoscaba el apoyo popular al partido de gobierno y se cuestiona el liderazgo de Evo Morales. En esa medida, el rechazo generalizado a las decisiones del gobierno puso en evidencia el debilitamiento de la capacidad hegemónica del MAS. Para explicar este aserto es preciso señalar que el MAS logró dominar el campo político en los últimos años mediante la articulación de nacionalismo e indigenismo como ejes discursivos que caracterizan el “proceso de cambio” impulsado por el MAS y que definen la orientación programática de la nueva Constitución Política del Estado.

El nacionalismo se expresa en el retorno del Estado como protagonista en la economía. La nacionalización de los hidrocarburos modificó la relación entre el Estado y las empresas extranjeras para responder a demandas de estabilidad y crecimiento económico a partir del control estatal de los recursos naturales y de la cadena productiva en el sector de hidrocarburos. En esa medida, el gasolinazo fue percibido como una negación de la nacionalización y este giro en la política económica ha debilitado el discurso del MAS porque su interpelación nacionalista y estatista perdió credibilidad. Por esa circunstancia surgieron críticas y cuestionamientos al gobierno desde posiciones de izquierda, tanto partidistas como sindicales. En cambio, el eje indigenista se mantiene incólume porque el MAS no tiene rivales en ese campo discursivo; no obstante algunos pueblos indígenas cuestionan el programa de industrialización promovido por el Estado denotando las contradicciones internas en el modelo de desarrollo.

Después del gasolinazo, el MAS enfrenta un doble desafío. Tiene que encarar la recomposición de la coalición entre el gobierno y los movimientos sociales y debe recuperar la popularidad de la figura presidencial. El éxito en la primera tarea depende de las medidas económicas que adopte el gobierno para restituir la confianza de los trabajadores asalariados y los movimientos sociales que critican su orientación neoliberal. Con relación al segundo tema, el gobierno adoptó una nueva estrategia respecto a la demanda marítima provocando una adhesión generalizada a su postura frente a Chile, inclusive por parte de sectores opositores. Es decir, el gobierno invocó el nacionalismo tradicional para restituir la popularidad de Evo Morales, no obstante el derrotero de esa iniciativa es incierto porque también depende del decurso de la gestión gubernamental en el ámbito económico. La incertidumbre retorna a la política boliviana después de cinco años de gobierno bajo el mando del MAS que condujo la transición hacia un nuevo modelo estatal; un Estado que enfrenta los rezagos históricos de desigualdad y pobreza que caracterizan a la sociedad boliviana a pesar de los innegables avances en la ampliación de la democracia y la ciudadanía.

 

Fernando Mayorga, un sociólogo que tiene un doctorado en ciencias políticas, es profesor y director del CESU de la Universidad Mayor de San Simón en Cochabamba.

 

Arte y Política

 

Identitdad y el arte de descolonización

By Maristella Svampa

La expansión del activismo cultural constituye una de las características más emblemáticas de las nuevas movilizaciones sociales en América Latina. Bolivia no es una excepción, pese a que la fuerte presencia de grandes organizaciones sociales, muchas de ellas de carácter étnico, tiende a invisibilizar el rol político y social que los colectivos y organizaciones culturales tienen, tanto en la creación de nuevos sentidos políticos como en la reproducción y amplificación de las luchas sociales.

En la actualidad, en las ciudades de El Alto y La Paz existen una multiplicidad de expresiones artísticas, desde el teatro, la música, las artes plásticas, así como numerosos colectivos y organizaciones culturales atravesados por una fuerte narrativa descolonizadora, algunos bastante institucionalizados, que subsisten gracias al apoyo de ONGS y la cooperación internacional. Existen casos muy innovadores y de largo aliento, como el de Teatro Trono, fundado en 1989 en El Alto, que estimula el trabajo colectivo a partir de la cotidianeidad de los jóvenes sobre temas de interés social, como la equidad de género, la pobreza y la globalización, y donde la mayoría de los fundadores fueron chicos de la calle. Asimismo, la Casa Juvenil de las Culturas Wayna Tambo, que en aymara significa “encuentro de jóvenes”, nacida en 1995, aparece como un espacio cultural alternativo de gran resonancia, capaz de combinar un enfoque centrado en la matriz andino-aymara con el fortalecimiento de la diversidad cultural. Otro ejemplo es el de Mujeres Creando, un colectivo anarquista y feminista muy creativo y provocador que utiliza el grafitti, haciendo de la calle su escenario principal. Estas mujeres, que se consideran como “agitadoras callejeras” defienden abiertamente la diversidad sexual (“indias, putas y lesbianas, juntas, revueltas y hermanadas”). Dos de sus fundadoras, María Galindo y Julieta Paredes (ésta última presente hoy en Mujeres Creando Comunidad), cuentan con un reconocimiento en el espacio de las organizaciones autónomas a nivel global.

Pero la relación entre arte y política tuvo su momento de inflexión con la masacre del llamado “Octubre negro”, en 2003, que terminó con la renuncia del entonces presidente Sanchez de Lozada y erigió a la ciudad de El Alto como símbolo de la resistencia. Aquellos sucesos plantearon la necesidad de repensar la historia, en un contexto de intensificación de las luchas y, más aún, la identidad étnica de la ciudad, identificada con lo aymara. A través del teatro, la música y la plástica, diferentes artistas y colectivos culturales asumieron la tarea de evocar a las víctimas de Octubre 2003 (más de 60 muertos de El Alto), exigiendo justicia y reparación. Obras de teatro como “Pacto Telúrico”, donde convergieron diferentes grupos de artistas y músicos, o discos como “Canto Encuentro”, en homenaje a las víctimas de El Alto, realizado por Radio Wayna Tambo y Radio Pachamama (del Centro Cultural Gregoria Apaza), y la propia Fejuve (Federación de Juntas Vecinales de El Alto), son ejemplos de la emergencia de un nuevo protagonismo cultural y político, donde la reivindicación étnica buscó tender puentes entre la memoria larga de las luchas indígenas y la memoria corta (la guerra del agua y la guerra del gas), estableciendo, a través de ese mismo movimiento, a El Alto como la gran ciudad-símbolo de la resistencia.

Sin embargo, con el pasar de los años, las formas del activismo cultural existente han puesto de relieve el hecho de que El Alto es una ciudad que esconde varios mundos, sobre todo en lo que se refiere a la nueva cultura juvenil urbana, la cual, por sus connotaciones híbridas y plebeyas, es difícil de asimilar solamente a la idea de una cultura aymarocéntrica. Esto aparece reflejado de manera paradigmática en la radio Wayna Tambo que, desde su creación en 2002, constituye el espacio de cruce entre diferentes grupos de jóvenes—con sus modismos culturales y expresivos—y colectivos de mujeres feministas, que muchas veces quedan relegadas en nombre de los derechos colectivos o de las relaciones de “complementaridad”, propiciadas por la cosmovisión indígena tradicional. Allí nació también una de las primeras expresiones del rap aymara, el hip hop, que en su modalidad boliviana es capaz de mezclar el sonido de los pututus (cuernos de toro), con flautas y tambores andinos, así como de rimar el castellano con el aymara. Uno de sus grandes representantes, Abraham Bojorquez, del grupo Ukamau y ké (Así es y qué), falleció trágicamente en 2009. Sus canciones reflejaban la búsqueda de reconstitución de la identidad aymara en el marco de un nuevo proceso político y social. Pero en los últimos años, como nos recuerda la investigadora Johana Kunin, el rap del altiplano, en sus diferentes variantes, refleja una tendencia a la institucionalización, donde no están ausentes ni la intervención de las agencias de financiamiento internacional y las ONGS ni tampoco las instituciones oficiales. Por ejemplo, los raperos del Wayna Tambo han participado de diferentes actividades oficiales, como la celebración de la nacionalización de los hidrocarburos, mientras que otros grupos de La Paz han grabado videoclips sobre la educación vial y la contaminación auditiva, apoyados por el municipio y ciertas ONGS.

Pero no sólo para los raperos de El Alto la música es el punto de partida de reconstitución de una identidad. Otro ejemplo es el de las asociaciones de Afrobolivianos, quienes recuperaron la tradicional saya de origen africano, que combina la música y la danza, para reconstruir una identidad étnica invisibilizada. La saya fue, a su vez, la carta de presentación de los afrobolivianos (que no superan las 30 mil personas en Bolivia) ante el resto de la sociedad, lo cual se vio coronado en 2008, con el reconocimiento que obtuvieron en la Nueva Constitución Política del Estado Plurinacional.

En fin, pese a todo ello, bajo el gobierno de Evo Morales se ha venido dando una situación paradójica. Más allá de los apoyos visibles al proceso abierto en 2006, el arte político continúa discurriendo por caminos paralelos y no son pocas las organizaciones y grupos culturales que consideran que el discurso descolonizador del gobierno se apoya en una visión folklorizada de lo étnico y en un concepto de cultura meramente instrumental, algo que además se torna visible en la ausencia de políticas públicas en el plano de la cultura, así como en la falta de voluntad del gobierno por promover un relato histórico-político de carácter más contrahegemónico.

 

Maristella Svampa es Doctora en Sociología, Investigadora Independiente del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y Profesora Titular de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Una de sus últimas obras es Debatir Bolivia. Perspectivas de un proyecto de descolonización, escrito en colaboración con Pablo Stefanoni. Véase www.maristellasvampa.net.

 

Los vaivenes de El Alto, la ciudad bisagra

 

Entre La Paz y el Altiplano

Por Xavier Albó

Cuando en 1954 yo pasé por El Alto de La Paz por primera vez, ni me di cuenta. Consistía en sólo unos cuantos galpones y casitas al final del inmenso altiplano, que se quebraba de golpe en La Ceja, a unos 4.100 metros de altura para bajar vertiginosamente hacia el río y la ciudad de La Paz que se desliza de los 3.700 a los 3.200 metros de altura, como otro de Cañón del Colorado lleno de edificios en el fondo y, en ambas laderas, con casitas casi colgantes de ladrillo rojo desnudo.

A fines de la Colonia (1780-81), aquella Ceja ya había cobrado notoriedad por haber alojado a decenas de miles de rebeldes aymaras quienes, liderados por Julián Apaza “Tupaj Katari” y su esposa Bartolina Sisa, mantuvieron cercada a La Paz durante seis meses, con gran hambruna y muerte en los sitiados, hasta que fueron dispersados por las tropas españolas llegadas de Lima y Buenos Aires. Aquel cerco ha quedado hondamente grabado en el subconsciente colectivo, con un síndrome de culpa y miedo en los descendientes de los sitiados; y como un modelo y bandera de lucha en los aymaras, a pesar de que entonces salieron derrotados.

En 1985 El Alto fue declarado municipio independiente de La Paz, desde 2007 ya la supera en habitantes y en 2011 probablemente ya pasa del millón, más de 300 veces su población de 1950. Pese a ser ya la segunda ciudad más poblada de Bolivia (después de Santa Cruz) y a que su índice de desarrollo humano (IDH) ha subido del 0,59 en 1992 a 0,66 en 2005, ocupa todavía el lugar 47 entre los municipios del país, bastante por debajo de todas las capitales departamentales y otras ciudades menores. Pero está cambiando. En los 80 prevalecían aún por mucho las viviendas o cuartitos de una sola planta; ahora ya se van multiplicando nuevos edificios de pisos, algunos con un art nouveau único de El Alto, que de abajo arriba combina tiendas, viviendas, luminosas salas de fiestas y, a veces, una lujosa vivienda chalet en la parte alta (ver fotos).

En el último censo, de 2001, el 74% de la población de El Alto se autodefinía como aymara, aunque los que seguían hablando esta lengua eran sólo un 48%, porque las generaciones jóvenes, nacidas o criadas ya en la ciudad no tienen incentivos para usarla. La gran mayoría son dueños de sus propios lotes, sobre los que fueron construyendo sus viviendas, hay mucho autoempleo y empresas casi familiares.

El Alto ha ido fortaleciendo así su identidad diferenciada de la de La Paz, a la que simplemente llaman “La Hoyada”. Pero ambas juntas siguen siendo una metrópoli unitaria, la mayor del país, con una interdependencia muy fuerte y estructural entre ambas. Los días laborales bajan y retornan quizás 200.000 alteños, abarrotados en miles de minibuses de El Alto a La Paz. Los domingos El Alto y sus minibuses, junto con otro flujo notable que sube desde La Paz, van a la inmensa y polifacética Feria 16 de Julio que ocupa unas 70 o más manzanas y donde se venden “desde alfileres hasta Volvos”. El Alto es el embudo de comunicación terrestre y aérea por el que entran y salen todos los viajeros de y a La Hoyada de la Paz. Si ésta es el corazón político del país, El Alto sigue siendo su pulmón. La burocrática La Paz está avejentada; El Alto es un adolescente en ebullición. En momentos clave paceños y alteños se han unido como “un solo corazón”, para decidir juntos la suerte política del país.

Pero todo esto representa sólo la mitad de las funciones clave de El Alto. La otra mitad son sus persistentes lazos con el inmenso altiplano aymara. Ningún censo ha averiguado cuánta gente mantiene doble residencia en la ciudad y en el campo, pero es evidente que, a nivel familiar, sigue habiendo muchos lazos entre ambos lugares. Salvo en lugares claramente inapropiados, el altiplano no se vacía, sólo frena o estanca su crecimiento, repartiendo a familiares entre el campo y la ciudad, como si ésta fuera otro “nicho productivo y social complementario” (y, por cierto, privilegiado), dentro de la ancestral estrategia andina de combinar el acceso a diversos microclimas para garantizar la sobrevivencia.

Han surgido así los “residentes” como una nueva categoría social muy importante para el campo; así se llama no a los que siguen viviendo en cada comunidad sino más bien a los que “residen” ya en la ciudad. Muchos de ellos organizan ahí sus asociaciones según su lugar de origen y siguen vinculados con sus comunidades originarias. Una ocasión son las celebraciones familiares, en las que sellan parentescos rituales que, a su vez, son fuente de numerosos intercambios, derechos y obligaciones mutuas. Saben también que si cumplen sus diversas obligaciones comunales, incluido el desempeño de cargos comunales y ser prestes de fiestas, mantienen su derecho a algunas parcelas de terreno de cara al futuro. Desde que, con la ley de Participación Popular de 1994, los municipios rurales tienen muchos más recursos, algunos participan además como candidatos a alcaldes y munícipes. Bastantes municipios rurales del altiplano mantienen incluso una segunda sede informal en la ciudad—que puede ser el propio domicilio urbano del alcalde—para atender asuntos de paisanos residentes.

Estos orígenes rurales de muchos alteños ayudan a su vez a entender el peso que en El Alto tienen las “juntas vecinales,” desde los o las “jefes de calle” y la junta de cada zona, barrio y villa, hasta la poderosa FEJUVE (Federación de Juntas Vecinales) de El Alto, que agrupa a más de medio millar de juntas: son como la versión urbana de la comunidad rural. Algunos barrios se formaron incluso inicialmente con gente de un mismo origen geográfico u ocupacional (ej. barrios mineros) y, aunque con los años, se mezcla ahí gente de otros muchos orígenes, puede que su junta siga controlada por gente antigua que refleja aquellos inicios. No hay sector alteño cuyos vecinos no formen parte de alguna asociación de vecinos. Por ello, en medio del caos con que van surgiendo nuevos barrios y servicios básicos en El Alto, no podemos hablar de anomía, como se dice en otras grandes concentraciones urbanas del continente.

Pese a sus muchos conflictos, prebendas, estafas, etc. estas juntas son reconocidas por todos como su autoridad natural. Son las que catalizan obras, servicios, etc. e incluso protestas frente a autoridades municipales u otras instancias públicas por no cumplir lo prometido; muchas veces resuelven asuntos locales de convivencia y son las que se organizan para poner coto a las fechorías de pandilleros y ladrones. Abundan los muñecos colgados de un poste para prevenir y ahuyentar a los posibles ladrones. Cuando alguien nuevo llega a un barrio tomará sus recaudos para ganar “su derecho de piso”, por ejemplo, visitando y entregando unas cajas de cerveza a las autoridades de su nueva junta de vecinos.

Como en el campo, en El Alto hay también permanentes fiestas y celebraciones. Sorprende la cantidad de locales viejos y nuevos existentes en El Alto para fiestas, recepciones, comidas, bailes o cultos. Y, pese a ello, las principales calles tampoco son sólo son para transitar. Son también el lugar público obvio para celebrar y bailar, desfilar, vender, bloquear y protestar...

Pero no siempre ni a todos ocurre así, por lo que—a diferencia de las comunidades rurales—en El Alto es también común que mucha gente, en una misma zona o incluso en la misma calle, vivan lado a lado sin apenas conocerse y participando poco en las asambleas de vecinos. Como en toda ciudad, se entrelazan y superponen entonces otras muchas redes de comunicación entre individuos de barrios distantes, que ya no se basan en la cercanía física sino en otros criterios como parentesco, ocupación, culto, estudio, grupos juveniles, etc. El teléfono celular ha pasado así a ser un instrumento clave y bastante asequible.

En síntesis, desde ambas perspectivas y en ambas direcciones la ciudad de El Alto funciona como una “bisagra” intercultural y catalizadora entre La Paz y el Altiplano.

Esta condición ha fortalecido también la “incidencia política” de El Alto, con ciertas oscilaciones en vaivén. Desde el retorno de la democracia al país en los años 80, sus electores mostraron primero oscilaciones entre la derecha e izquierda con una preponderancia de las opciones populistas, porque les ofrecían obras y servicios.

Con la emergencia de Evo y el MAS desde el 2002, ello llevó incluso a una fuerte polarización interna tanto entre barrios, por sus diferentes historias y opciones, como en cortos períodos temporales. Por un lado, El Alto se ha caracterizado con la gran ciudad revolucionaria, con un toque muy étnico, sobre todo desde octubre 2003. Después de unos primeros bloqueos respondidos a bala en el campo, El Alto pasó a ser el gran protagonista de las movilizaciones y sufrió la mayor parte de las 60 víctimas fatales y 400 heridos de la represión por el ejército, todas ellas del mismo bando y desarmadas; acaecidas sobre todo el 12 de octubre “día de la hispanidad”(!). Acompañé en la calle el velorio de una muchacha llegada del campo unos meses antes. Me subieron a la azotea de su casa, donde la chica había amontonado dos ladrillos para alcanzar a ver lo que ocurría en la avenida. Cuando llegó a sacar la cabeza, una bala de guerra le reventó la cabeza, dejando un mechón de cabello en el otro lado de la azotea como testigo de su paso. Unas cuadras más allá, en un templo estaban velando a un joven y a un anciano desconocidos, que habían traído en carretilla....

Tanta represión no acobardó sino más bien enfureció a los alteños. Organizados por juntas vecinales cientos de miles de alteños confluyeron como una inundación, desde diversos puntos al centro de la ciudad de La Paz. Fue como una reiteración acelerada del cerco colonial de 1781. Esta vez contaban además con la simpatía de muchos habitantes de La Paz y otros, como los cooperativistas mineros, y fue victoriosa. Al final el ejército levantó también las manos, Sánchez de Lozada renunció y huyó. Desde entonces se ha consagrado el grito de los alteños: “El Alto de pie, nunca de rodillas”.

Pero, por el otro lado, ya entonces otros sectores y barrios alteños, efectivamente, no participaron. Uno de sus principales exponentes, hijo del primer alcalde y ahora alto líder de la oposición interna de UN, considera que la perspectiva anterior refleja sobre todo la perspectiva de “una minoría de dirigentes” que “sólo imponen [sus] decisiones intolerantes” y que “en nombre del corporativismo vecinal saludable comete excesos”. Hay que reconocer que, tras la catarsis de octubre 2003, USAID—entre otros—volcó muchos más recursos a la alcaldía para calles y otra infraestructura básica. Desde 1999 la alcaldía estaba en manos del populista Pepelucho Paredes, inicialmente del MIR desde 1999, pero que, con los sucesos de 2003, se descolocó de aquel partido, marchó con los alteños rebeldes y fundó su propio partido, “Plan Progreso” [PP]. Por esa razón más pragmática y/o por otras más ideológicas o políticas, de hecho en las elecciones municipales de diciembre 2004, la misma ciudad que el año anterior se había sublevado, reeligió como alcalde al Pepelucho y su flamante PP por un contundente (53%) frente a sólo un 17% del MAS; y, un año después, en diciembre 2005, mientras un 77% votaba por Evo Presidente, Pepe Lucho se imponía de nuevo en El Alto para ser prefecto, aliado esa vez con el derechista PODEMOS (refrito de ex ADN+MIR), aunque ya con muy poca diferencia frente al MAS (39% vs 38%).

En los años siguientes, como en la mayor parte de la región andina, Evo y el MAS han dominado la escena política en El Alto: en diciembre 2009 Evo y el MAS consiguió el control de la nueva Asamblea Legislativa Plurinacional por más de dos tercios. El Alto esa vez reeligió a Evo y a sus parlamentarios con un inaudito 87%, porque los cuatro últimos años fueron de bonanza, bonos y relativa tranquilidad.

Pero a los cuatro meses, en las elecciones municipales y departamentales de abril 2010 ya aparecieron algunas grietas, en parte porque el anterior triunfo encandiló al MAS y le hizo perder de vista que los escenarios locales siempre son distintos. Precipitó la rotura de su anterior alianza con el MSM, fuerte sobre todo en La Paz. En El Alto el MAS ganó por fin la alcaldía pero sólo con un 39% dejando atrás a su anterior aliado MSM (24%). Pero la gran sorpresa la dio la desconocida “Sole” Chopetón (UN) de apenas 30 años; en febrero las encuestas apenas le daban un 2%; en marzo subió al 18%; el 4 de abril logró un 30%. Los otros dos candidatos eran conocidos ex dirigentes de la FEJUVE, con toda su red de compadres y seguidores vía prácticas prebendales. En la calle la gente decía que debían escoger entre un “cholero” y un “ratero”; y por eso un grupo significativo optó por la Sole, que apeló a ser warmi (mujer), joven y estar al margen de las clásicas componendas.

Apenas ocho meses después, a fines de 2010, el gobierno dictó sorpresivamente un decreto que subía de golpe el precio de la gasolina en un 83% sin notables medidas compensatorias para la mayor parte de la población. Apeló a razones económicas probablemente válidas para hacerlo, como la poca competitividad entre los bajos precios locales y los más altos de los países vecinos, lo que estimulaba el masivo contrabando y otras distorsiones. Pero ello generó enseguida subidas descontroladas no sólo del transporte público sino también de alimentos y otros productos y las primeras protestas masivas incluso en sectores que hasta entonces habían sido muy leales al proceso, incluido El Alto. Sólo algunas cúpulas sobre todo rurales del movimiento popular aceptaron las razones dadas. Pero el desencanto, protesta y pérdida de credibilidad en un gobierno del que tanto habían esperado y tanto prometió fue tan general, que el mismo Evo en persona, una hora antes de las celebraciones de Año Nuevo, retiró el decreto apelando a que debía “gobernar obedeciendo al pueblo”. El nuevo planteamiento fue que la medida era necesaria pero el momento y el modo no eran oportunos. Todo se calmó en lo inmediato y los cohetillos de Año Nuevo fueron también de alegría por la marcha atrás realizada. Pero, pese a los esfuerzos gubernamentales para revertir la nueva situación desfavorable, la caja de Pandora ya se había abierto para no cerrarse.

Ya no fue posible retornar a los precios anteriores ni parece tampoco viable volver al enamoramiento previo. No sólo la oposición sino también muchos sectores populares re-descubrieron que su viejo estilo de marchas, bloqueos, etc. para lograr sus mejoras, por lo general sectoriales, seguía válido. El siguiente globo sonda lo lanzó en abril la antes alicaída Central Obrera Boliviana (COB) con un paro general indefinido y movilizado. La principal demanda expresada eran mayores compensaciones salariales. Otra motivación oculta de ciertos dirigentes era fortalecerse internamente en vísperas de elecciones sindicales. En concreto los previamente combativos sindicatos de maestros y del sector salud, los años anteriores se habían mantenido tranquilos y aquel fallido decreto de diciembre les daba una compensación salarial del 20% para mantenerlos así. Pero lo perdieron al derogarse el decreto. Después el gobierno sólo concedió un aumento general salarial del 10% a ellos y a otros. Pero estos sectores movilizados exigían un 15%. Al final sólo lograron subir al 11% con promesa de un 1% más si, tras un estudio conjunto, se lograba encontrar recursos para ello. En este sentido se fortaleció más el Gobierno que la COB.

¿Cómo reaccionó esa vez El Alto? Significativamente todas las movilizaciones, con el consabido bullicio de petardos mineros, confrontaciones con la policía, etc. afectaron sólo a la ciudad de La Paz, aunque varias marchas se iniciaban en El Alto e incluían a maestros, etc. de dicha ciudad. Pero El Alto como tal esta vez se mantuvo tranquilo como una taza de leche sin interrumpir siquiera las clases en muchos de sus centros escolares. “¿Por qué?”, pregunté a un grupo de jóvenes, y me respondieron: “Es que aquí pocos somos los asalariados”.

 

Xavier Albó es un lingüista, antropólogo y sacerdote jesuita que ha vivido durante muchos años en El Alto.

 

Making a Difference: Archivos históricos en Santa Cruz de la Sierra

 

By Paula Peña Hasbún

Para los interesados en investigar sobre historia y antropología del Oriente boliviano, existen en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, dos centros documentales: el Museo de Historia y Archivo Histórico de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno y el Archivo Histórico del Arzobispado. Ambos centros contienen la documentación histórica, civil y eclesiástica, que data desde el siglo XVII.

La ciudad de Santa Cruz de la Sierra, conocida como la capital del Oriente boliviano, fue fundada en 1561. Es la ciudad más antigua de esta parte de Bolivia, fue trasladada en dos ocasiones, y finalmente desde 1622, se encuentra en su ubicación actual. Durante la época colonial la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra, incluía los actuales departamentos de Santa Cruz, Beni y Pando, que a su vez correspondía al territorio de su Obispado. Después de la creación de Bolivia, en 1825, el departamento de Santa Cruz fue sesionado y en 1842, se creó el departamento de Beni y en 1938 el de Pando.

Los documentos que se conservan en los dos importantes Archivos históricos de la de la ciudad, son relativos a la época colonial y a la republicana. Los Archivos del Arzobispado, son fundamentalmente eclesiásticos, con toda la información producida por el Obispado y con mucha información de las etnias del oriente, dado que era una Iglesia dedicada a la evangelización de los pueblos indígenas de las tierra bajas.

Los fondos documentales que se encuentran en el Museo de Historia y Archivo Histórico son los referidos a la documentación civil. El Archivo Histórico, concentra dos antiguos Archivos; el Archivo Histórico de la Universidad, con dos fondos, uno pequeño Fondo Melgar i Montaño, que concentra documentación colonial y de la época de la Independencia, y el segundo, Fondo Prefectural, con documentación sobre el departamento de Santa Cruz referente al primer siglo republicano. Y el Archivo Histórico Departamental Hermanos Vázquez Machicado, que desde 2009, ha sido anexado al Museo de Historia. Los fondos documentales de este archivo, pertenecen al Municipio y a los juzgados departamentales.

Estos fondos documentales están siendo catalogados, de alguno de ellos solo se tenían índices. El Fondo Prefectural, fue catalogado gracias al apoyo del Program for Latin American Libraries and Archives (PLALA) y al apoyo financiero de David Rockefeller Center for Latin American Studies de Harvard University. En el año 2006, el Museo de Historia y Archivo Histórico solicitó apoyo, para contratar a una investigadora senior y dos jóvenes sociólogos para elaborar el catálogo del fondo documental, que hasta momento estaba organizado en carpetas referidas únicamente al año. Desde noviembre de 2006 y por el periodo de un año, la investigadora, formó a los jóvenes en el trabajo de catalogación, ya que en Santa Cruz no existe la carrera de bibliotecas ni de archivos. Juntos catalogaron 72.080 hojas agrupadas en 4.598 documentos, relativos al periodo 1825 -1910.

Este trabajo fue muy fructífero, ya que no solo se logró ordenar la documentación en 11 secciones y 88 series, reunidas en 145 cajas de documentos, sino que se formó a dos nuevos profesionales con competencias en el área de los archivo. Y de esta manera, se ha podido avanzar en los otros fondos. Los catálogos están disponibles de manera impresa y virtual para los investigadores, que se dedican a la historia y antropología de las tierras bajas de Bolivia durante el siglo XIX.

 

Paula Peña Hasbún es la directora del Museo de Historia y Archivo Histórico de Santa Cruz.