Flora and Fauna (Fall 2004 | Winter 2005) Español

Experiencias de Adopción de Labranza Conservacionista en la Region Pampeana

 

Por Mariela Blanco

La llamada cuestión ambiental ha cobrado relevancia tanto en la agenda de los países como en los debates académicos. En general, se coincide en reconocer la capacidad limitada de la naturaleza para sostener el desarrollo tal como fuera planteado en el último siglo. Paradójicamente se cuestiona esos modelos de desarrollo como generadores de los más importantes problemas medioambientales. Surge así una nueva definición de desarrollo que busca articular la satisfacción de las necesidades y la preservación de los recursos para las generaciones actuales y futuras. Se conoce como desarrollo sustentable y marca un hito en la perspectiva sobre el desarrollo y en la relación naturaleza sociedad.

La introducción de tecnología conservacionista en la agricultura presenta importantes transformaciones en el medio rural porque más allá de lo estrictamente ambiental su adopción reconvierte la escena sobre la que se sustenta la sociedad rural. Dicho de otro modo, la incorporación de este tipo de agricultura exige una serie de reestructuraciones que involucra procesos tales como incorporación tecnológica, reorganización del proceso de producción y de trabajo y; una serie de habilidades hacia los actores que hacen uso de esta agricultura que concierne a aspectos de características técnicas en torno al manejo de tecnología como también capacidad de gestión y gerenciamiento del sistema. 

Para dar cuenta de las características que asume este proceso en este artículo se presenta el caso del partido de Pergamino[1], considerando los testimonios de distintos actores[2] involucrados en la producción agrícola para destacar las particularidades que asume la adopción y presentar los límites y posibilidades de la agricultura conservacionista.

 

Pergamino en la adopción de siembra directa

Si bien la siembra directa se venía realizando de manera experimental desde mediados de los 70’ es en la década del 90’ cuando el sistema se comienza a difundir entre los productores agrícolas. La detección de procesos de erosión como resultado de la práctica agrícola continua sumado a una serie de políticas económicas que facilitaron la incorporación tecnológica favoreció el proceso de adopción.

 

 Niveles  de adopción

Entre los productores existen diferentes niveles y estrategias de adopción que se pueden distinguir entre aquellos que realizan todo en directa y aquellos que realizan algún cultivo en directa y el resto en agricultura convencional. Estas diferencias en la modalidad de adopción se explica por distintos motivos. Uno, de carácter más estructural, y que tiene que ver con el tamaño de los establecimientos. Los más grandes en general realizan todos los cultivos en siembra directa, mientras que el resto alternan la siembra directa con otra labranza. Otro, de carácter más técnico al que se suma criterios económicos, tiene que ver con las rotaciones de cultivos[3]. Debido a que no todos los cultivos presentan la misma rentabilidad, no todos los productores están en igualdad de condiciones para afrontar las diferencias entre costos/rentabilidad y adopción de siembra directa[4]. También el costo para el acceso a la maquinaria demanda al productor disponer de capital para ser invertido.

“Acá en Pergamino la siembra directa no es algo generalizado. Las estancias sí lo hacen y todo en directa. Pero hay que saber hacer las rotaciones, sacrificar rindes, comprar tecnología”.

“Acá un productor que tiene 150 has o 200 has no hace todo siembra directa, por ahí una vez, pero vuelve a roturar y hace soja. Tal vez porque no tienen la maquinaria y se la dan a terceros. Según los entendidos eso no es directa, es otra cosa”.

Un tipo de modalidad especial de adopción de la siembra directa lo constituye los  contratistas quienes disponen de la maquinaria y la ofrecen como servicios al productor. El tipo de contrato con el productor determina el nivel implementación del sistema. Encontramos contratistas ocupados 100% en establecimientos grandes encargados de realizar las labores de siembra directa. Las decisiones sobre el proceso de producción están a cargo del productor. En cambio, en el caso de contratos bajo la forma de alquiler anual, las decisiones recaen sobre los contratistas.

“La gente con la que trabajamos está muy conforme con la directa. Hay gente que nos hizo el contrato por tres años y otros más reservados no quieren más que por un año.”

Es interesante contrastar estas modalidades de adopción con la percepción de productores que se mantienen en el sistema de agricultura convencional. Ellos destacan las limitaciones económicas de acceso a la tecnología y el tamaño de los establecimientos.

“Nosotros tenemos con mi hermano 64 has en agricultura y las trabajamos con maquinarias viejas, tienen más de 20 años. Este año tuvimos 40 qq promedio de soja, que es más o menos lo que les da a todos. Algunos dicen que con siembra directa también les dio 40 qq, pero yo para hacer ese trabajo me tengo que asegurar que el rendimiento es mejor. Hay muchos vecinos que continúan en convencional. Además si queres pasar a directa te sale un ojo de la cara”.

“Para ingresar al sistema de siembra directa se necesitan como mínimo 200 has, porque si compras una máquina de 50 mil dólares para tu campo solo, es imposible amortizarla. La alternativa para este productor es contratar las labores”.

Frente a las limitaciones de escala y/o económicas encuentran otros motivos para permanecer en la agricultura convencional. Ellos sostienen que no reconocen procesos erosivos en sus campos debido a la continuidad de rotaciones agrícolo- ganaderas.

 

Consideraciones finales

Las diferentes modalidades de adopción en relación con la siembra directa comparten espacios, motivos y limitaciones con otras estrategias de labranzas. Al interior de la siembra directa encontramos criterios que obedecen a aspectos ecológicos, económicos y tecnológicos, estos mismos criterios aparecen como limitantes entre aquellos que permanecen en la agricultura convencional.

Las diferencias son más evidentes en términos de las determinantes sociales para adoptar o no la siembra directa. El sector más desfavorecido para entrar al sistema se encuentra en el estrato de productores medianos descapitalizados o pequeños que resignan parte o toda la dirección de la unidad económica vía servicios de contratistas.

Contrariamente, desde la agricultura convencional, se busca revertir las situaciones de desventaja para mantener activo a este sector; las rotaciones agrícolo-ganaderas, las rotaciones con otros cultivos, la fertilización, etcétera, constituyen ejemplos en esta dirección.

Un actor clave en la difusión de la siembra directa así como en la determinación de las formas de adopción lo constituye el contratista. Este grupo está presente en todas las modalidades de adopción y, bajo determinadas formas se distingue su lugar como “empleado” estable por contrato, como es el caso de los contratistas que brindan servicios de labores a un solo establecimiento agropecuario o, como productor sin propiedad de la tierra pero a cargo de la dirección de todo el proceso de producción y de trabajo.

Para terminar, es interesante señalar la puesta en cuestión desde la agricultura convencional al criterio unívoco en torno a la sustentabilidad que presenta la siembra directa. Se encuentran establecimientos que se mantienen en las labranzas convencionales sin evidencias de degradación de suelos o pérdida de rentabilidad; esto nos vuelve la inquietud hacia cómo resolverá la siembra directa el camino intermedio de combinación de labranzas. También, es importante reconocer -producto de distorsiones en la variación entre costos y rentabilidad de la agricultura en los últimos años-, la presencia de un grupo importante de productores en crisis, con poco margen para la  capitalización y con problemas de degradación de los recursos. Tal vez, la difusión de tecnología de siembra directa apropiada para este sector se evidencia como materia pendiente en la zona de estudio, más aún cuando existen estas experiencias en otros países o en zonas marginales a la región pampeana. 

[1] El partido de Pergamino se ubica al norte de la provincia de Buenos Aires. Productivamente se encuentra en la región conocida como Núcleo Maicero de la región pampeana; la agricultura constituye un 75% del valor bruto de la producción y la ganadería un 25%. 

[2] Los testimonios utilizados en este artículo son extraídos de entrevistas realizadas a: productores que adoptaron siembra directa, contratistas que prestan servicios de siembra directa y productores que se mantienen en el sistema de agricultura convencional.

[3] El principal aporte que realiza la siembra directa al suelo es la cobertura que va formando nuevo suelo a partir de los distintos rastrojos de los cultivos y por lo tanto, las rotaciones son fundamentales para que ésta formación sea exitosa.

[4] En Pergamino el cultivo que mayoritariamente se realiza con siembra directa es la soja de segunda.

 

Mariela Blanco tiene un magister en sociología rural. Trabaja en el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL), en el Área de Empleo y Desarrollo Rural, dirigida por el Lic. Guillermo Neiman, dependencia del CONICET. 

 

 

La trágica saga de la Flor de Escorpión

Por Jorge Mario Mœnera

Casi nadie sabe que en la historia de las maravillosas orquídeas existe un capítulo fatal de terribles tragedias de carne y hueso. Desde un principio, en la mitología griega, Orchis se encuentra en el bosque con el cortejo de Dionisios y pierde la cabeza por una de las mujeres que lo acompañan, intenta poseerla por la fuerza y ella, para defenderse, le ordena a las fieras el monte que lo maten pero, al ver el hermoso cadáver, ella se arrepiente de su orden y le implora a los dioses que le devuelvan la vida. Estos, conmovidos con su súplica, lo reviven transformándolo en orquídeas.

Asimismo en otras culturas la aparición de esta flor que es el símbolo del amor apasionado y de la perfección estética, está ligada a sucesos sangrientos y brutales: en el sur de Asia son sus pétalos el ajado vestido de una diosa vapuleada; en las pinturas de la antigua China las orquídeas, junto a los ciruelos, los crisantemos y el bambú, contemplan, desde serenas pinceladas, el transcurrir de milenios de despiadadas guerras. En las culturas precolombinas, su preciado uso alimenticio, medicinal y religioso las convierten, junto con otras especias, en acicate de la devastadora horda española. Pero es a partir del siglo XIX cuando su fatalidad se manifiesta con mas feroz intensidad. La voracidad que se desata en la Europa victoriana por esta flor acarreará una interminable cadena de muertes, empezando por la de millones de ejemplares de orquídeas muy diversas  que perecieron por las tétricas condiciones de los viajes rumbo al exilio. Es inimaginable la desaparición de tantas especies en medio de huracanes terribles y naufragios, en un drama paralelo al del comercio de los esclavos que surcaron las mismas aguas, todos presas de ese cruel mercado.

Mientras tanto, los bosques eran saqueados para saciar la fiebre de la exquisita afición. Selvas enteras fueron derribadas para apoderarse de las orquídeas que habitaban sus galerías y sus copas y, otro tanto fue depredado por este nuevo género de cazadores para que sus competidores no pudieran conseguir determinadas especies preciosas y quedaran solo en poder de alguno de ellos. En una extraña venganza, muchos de esos hombres pagaron con sus vidas la osadía de ese rapto masivo, sin discernir si su propósito eran científico, comercial o tan solo un irrefrenable capricho. Casi todos ellos, caídos en las redes de la irresistible y letal atracción, terminaron sus vidas siendo cadáveres entre orquídeas, en medio de estas exuberantes selvas que  siguen siendo destruidas de forma encarnizada y sistemática por la tala, la ganadería, la fumigación química indiscriminada  y los bombardeos de extensas áreas que son nicho de especies endémicas.

Colombia, país que tiene la fama de ser el mas rico en especies de orquídeas en el mundo, abunda también en casos de muertes surgidas en la persecución de esta bella flor. Grandes personajes de la historia de la botánica y anónimos recolectores llegaron a estas selvas, como hipnotizados, dando los pasos de un fatídico ritual. Pasaron por aquí Aimé Bonpland, quien terminó su vida de buscador de orquídeas en los límites de Uruguay y Brasil, muriendo dos veces seguidas, la primera de muerte natural y la otra, de varias puñaladas. William Arnold, comerciante victoriano, desaparecido en los estruendosos raudales del Orinoco. Falkenberg, consumido por las fiebres y el delirio en las selvas de Panamá. David Bowman, fue víctima de una imparable disentería en Bogotá. Friederich Carl Lehmann, minero y orquideólogo, fue durante muchos años el cónsul de Alemania en Popayán, donde vivió buena parte de su vida hasta ser asesinado mientras recorría el río Timbiquí. Albert Millican, recolector, pintor, fotógrafo y autor del libro Travels and Adventures of an Orchids Hunter, cuyos huesos reposan desde 1899 en el cementerio de Victoria, Caldas, después de una feroz cuchillada. El renombrado Gustavo Wallis pereció de fiebre amarilla y malaria entre las brumas de las cimas andinas. Enders, uno de los mas grandes recolectores, murió tiroteado en una calle en Riohacha. Y no solo fueron ellos las víctimas de este sino mortal; también muchos de los herbarios que con gran esfuerzo colectaron, desaparecieron por la violencia de los conflictos locales y de las guerras europeas, empezando por el de José Celestino Mutis que fue sacado de afán de Bogotá, perdiéndose parte de su material  en los recovecos de la huida. El fabuloso herbario  de Reichenbach fue casi todo incinerado durante la Primera Guerra Mundial lo mismo que el gran herbario de Rudolf Schelchter, consumido por los bombardeos de 1943 en Alemania. También se perdieron, por la misma causa, una gran serie de láminas que José Celestino Mutis le regaló a Humboldt y este donó a la ciudad de Berlín. La misma suerte corrieron muchos de los jardines botánicos de la Europa de ese entonces, en donde previamente sus encargados habían cocinado a centenares de miles de orquídeas tratándolas de adaptar a invernaderos que tenían todas las características de las cámaras de gas.

Hacia mediados del siglo XX las difíciles condiciones de orden público terminan alejando a los investigadores extranjeros de nuestras selvas por lo que a partir de esa fecha la búsqueda de orquídeas queda en manos de  recolectores colombianos que, salvo contadas excepciones, han engrosado la lista de muertos en pos de la exótica flor: José María Guevara, José María Serna, Evelio Segura, Bernardo Tascón, son algunos nombres conocidos entre tantos desconocidos sacrificados en la trágica saga de la Flor de Escorpión.

 

Jorge Mario Mœnera es fotógrafo colombiano. I Premio Nacional de Fotografía, 1988. Ganador de DRCLAS Art Forum 2003. Parte de su obra ha sido publicada en Orfebrer’a y Chamanismo, texto de Gerardo Reichel Dolmatoff. Orqu’deas Nativas de Colombia, volœmenes 1,2,3, 4, textos de varios autores. El tren y sus gentes; texto de Belisario Betancur. Vidas Casanare–as, textos de varios autores Vista Suelta, Premio Nacional de Fotografia y, El Coraz—n del Pan con texto de Antonio Correa. Algunos de estos libros han sido realizados por Sirga Editor, su sello editorial. En la actualidad prepara la edición de Memoria de Festejos Populares  y La arena y los sueños.

Contacto: <mailto:jmmmunera@etb.net.co>jmmmunera@etb.net.co

 

The Nature of the Tropical Nature: Brazil Through the Eyes of William James (en Portugués)

 

por M.H. Machado

A nós, brasileiros, nenhuma declaração pode soar mais óbvia do que aquela que nos assegura que o Brasil é um país privilegiado em termos da natureza, que suas praias são lindas, que suas florestas tropicais encantadoras, que seus rios majestáticos, suas paisagens magníficas. Desde a mais tenra infância somos treinados a identificar nosso país por meio de exclamações entusiásticas sobre as maravilhas da nossa geografia, isto sem falar da flora e da fauna, cuja variedade e riqueza são, nada mais nada menos, do que tesouros que ganhamos gratuitamente de Deus (isto, claro, quando todos os outros povos estão por ai trabalhando para amealhar as próprias riquezas). A própria carta inspirada de Pero Vaz de Caminha – o primeiro cronista a dar notícias ao Rei de Portugal do achamento das terras novas mais tarde denominadas de brasis – e que se deleitou em descrevê-las em traços edênicos, nelas sublinhando especialmente a presença de inocentes adões e evas nús e amigáveis, ao brindar a nova terra com uma peça de boa literatura e muito encantamento, parecia estar nos destinando a sermos natureza. E só natureza.

Este destino precocemente anunciado nas “visões do paraíso” dos primeiros séculos veio a se confirmar plenamente na literatura de viagem do século XIX. De fato, os relatos de viagem do XIX, ora sublinhando a la Humboldt os aspectos românticos idealistas da paisagem americana, ora voltando-se para o empreendimento científico-classificatório dos naturalistas, a la Martius ou Agassiz no Brasil, ora ainda explorando o pitoresco das descrições dos costumes e relações sociais dos nativos, como o fizeram uns tantos viajantes-aventureiros-comerciantes, se dedicaram a reencenar a descoberta das novas terras, reinventando o espanto original dos velhos cronistas frente à visão do suposto paraíso terreal. Assim, se desde o início já havíamos sido fadados ao mundo natural, o século XIX realizou o mais plenamente possível o nosso destino anunciado. Descritos pelos nossos macacos-mãos-de-ouro, mico-saguis, bichos-preguiça, peixes-boi e outras maravilhas do mundo animal, na qual não faltavam o selvagem despido, todos alocados na natureza atemporalizada de florestas e rios tropicais, o Brasil da época aparecia nesta literatura definitivamente classificado fora do mundo social. De forma que como estudiosa dos relatos de viagem escritos sobre o Brasil do século XIX sou quase compelida a me solidarizar com todos aqueles - por sinal, poucos e raros escritores iluminados– que, de uma maneira ou de outra, discordaram do tom geral, ajudando a tornar nossa prisão-natureza menos panóptica. Não posso deixar de me solidarizar, por exemplo, com uma passagem do grande Machado de Assis, escritor de romances realistas e crítico dos nossos costumes sociais que, em 1893, expressava sua angústia frente à coisificação da qual éramos objetos um tanto quanto voluntários, declarando: “O meu coração nativista, ou como quer que lhe chamem, sempre se doeu desta adoração da natureza.” E continuava ele sua crônica semanal, no costumeiro tom mordaz e contido, o qual deixava entrever seu desgosto quanto a nossa reificação enquanto natureza tropical, relatando a visita que fizera ao Morro do Castelo, na cidade do Rio de Janeiro, com objetivo de mostrar a um visitante estrangeiro os altares da igreja local: “Sei que não são ruinas de Atenas; mas cada um mostra o que possui. O viajante entrou, deu uma volta, saiu e foi postar-se junto à muralha, fitando o mar, o céu e as montanhas, e, ao cabo de cinco minutos: “Que natureza que vocês têm!”... A admiração de nosso hóspede excuíia qualquer idéia de ação humana. Não me perguntou pela fundação das fortalezas, nem pelo nome dos navios ancorados. Foi só a natureza”.

E o que tem isso a ver com a viagem que William James fez ao Brasil entre 1865-66, acompanhando a Expedição Thayer, liderada pelo então diretor do Museum of Comparative Zoology e professor dileto da Lawrence School da Harvard, o notável Louis Agassiz? Bem, desde a primeira vez que passei os olhos pelos papés escritos no Brasil por James, então um jovem de apenas 23 anos de idade, senti que ali palpitava um espírito original, alguém que, apesar de estar inserido numa viagem naturalista, organizada segundo os padrões já bem analisados – isto é, como produtora de entendimento racionalizador, extrativo e dissociativo, que suprimia as relações funcionais e experenciais entre as pessoas, plantas e animais, consolidando um paradigma descritivo e uma apropriação do planeta aparentemente benigna e totalmente abstrata, produzindo uma visão utópica e inocente da autoridade mundial européia e masculina. (Mary Pratt, Imperial Eyes) – se colocava numa posição de independência intelectual. Contrariamente do que se espera de alguém que se engajara numa expedição de coleta de peixes e materiais geológicos na condição de assistente e coletor voluntário, James, em seus oito meses de estadia no Brasil, passadas principalmente no Rio de Janeiro e na Amazônia, garatujou cartas enderçadas a seus familiares, redigiu uma curta narrativa de viagem ao Rio Solimões (esta incompleta), rascunhou um diário e produziu desenhos de qualidade desigual de cenas e figuras da expedição, que expressam uma consciência crítica e um distanciamento moral do empreendimento intelectual colonialista que norteava a expedição. E é por isso que, embora muito bem conhecidos por todos os estudiosos da figura carismática de William James, que já os esmiuçaram amplamente, sempre do ponto de vista da formação intelectual de James, de sua geração e da formação da Harvard University – como Ralph Barton Perry, Gerald Myers, Howard Feinstein, Kim Towsend, Louis Menand, Paul Jermoe Croce, Daniel Bjork entre muitos outros - os registros brasileiros de James ainda merecem um tratamento que os insira no quadro da literatura de viagem naturalista do XIX, distinguindo-os por sua especial empatia na análise do ambiente tropical e das populações não-brancas que o habitavam. Além disso, acredito que uma análise informada por esta perspectivas pode oferecer novas vertentes da própria biografia do fundador do Pragmatismo.

Claro, que os papéis brasileiros de James não são sempre, digamos assim, iluminados por uma aproximação empática e relativista. Neles James expressou muitos sentimentos e emoções, como sua ambivalência com relação ao próprio sentido da viagem, narrou seus momentos de tédio e dúvida, sua vontade de ir o mais rápido possível para casa, seu mal humor com relação a morosidade e preguiça dos nativos, tal como se poderia esperar de um jovem que, engajando-se numa viagem de tal envergadura, que pretendia percorrer áreas poucos conhecidas da América do Sul, se separa, pela primeira vez, de uma família absorvente, colocando-se sob os desígnios de um Agassiz, capaz de decisões erráticas e intempestivas, e que, além do mais, mudava o roteiro da viagem ao sabor dos acontecimentos, matendo seus dependentes sempre na expectativa de suas ordens. Arescente-se a isso o episódio da chickenpox sofrida por James, logo nos seus primeiros meses de estadia no Rio de Janeiro e cujas consequências poderiam ter sido ainda mais funestas e que o indispôs , compreensivelmente, por mêses, contra a viagem e tudo que a cercava. (Por sinal, lendo os registros do episódio da doença de James, acredito que ele realmente tenha tido catapora e não, como supôs Agassiz, varicela, que é um tipo de doença mais benigno). O fato de que James tenha recebido tão pouca atenção dos Agassiz, que não deixaram de visitar fazendas em paragens distantes e quase inacessíveis enquanto um de seus estudantes passava por riscos de vida consideráveis, pode explicar o motivo deste julgamento. Em outros momentos, James simplesmente sucumbiu à exotização, como, por exemplo, na sua muito citada carta a Henry James, endereçada do “Original Seat of Garden of Eden” (July 15th 1865. Houghton Archives), e na qual ele lança mão de imagens derivadas de todo um repertório padrão de descrição da natureza tropical. Segundo ele, por exemplo, apenas “savage inarticulate cries” poderiam expressar as maravilhas do landscape, recoberto de “bewildering profusion & confusion of the vegetation”, and “the inexhaustible variety of its forms & tints”. Estas e outras exclamações hiperbólicas utilizada por James convidam o leitor a imaginar um landscape selvagem e misterioso, bem em consonância com o que, no hemisfério norte, se convencionou caracterizar o ambiente dos trópicos. E assim o fizeram os biógrafos de James, que amplamente citaram e analisaram esta missiva como representativa de um tipo de experiência, intelectual e emocional, evocada pelo mundo luxuriante e liberador das selvas tropicais. Embora o próprio James não tenha localizado o local exato da excursão, é fácil determinar que esta havia se dado na Tijuca, paragem distante apenas algumas milhas da cidade do Rio de Janeiro (não 20 milhas, como supôs James, mas 8, como determinou acertadamente os Agassiz) local aprazível, no qual as altas classes do Rio de Jameiro costumavam dirigir-se nos finais de semana para fazer pequenas excursões de recreio e picnics. Além disso, a excursão liderada por Agassiz, pernoitou no local, hospedando-se no Hotel Bennet, de propriedade de um inglês, que possuía instalações bastante modernas e aprazíveis. Não que a Tijuca não seja linda, é esta ainda hoje, apesar dos condomínios de luxo e shopping malls que hoje povoam este bairro de classe média do Rio de Janeiro, um local de extraordinária beleza. No entanto, muito longe estava a Tijuca de proporcionar uma experiência de selva tropical, como, de fato, James  teria em sua estadia nos mêses seguintes na Amazônia. Do ponto de vista dos cariocas a excursão à Tijuca não passava de um passeio bem educado de final de semana, similar a uma excursão que faziam os bostonians to the shores of Walden Pond nos dias de verão!

No entanto, quando se espera que James seja convencional e que repita o que dele se espera, isto é loas ao exotismo dos nativos e odes a uma natureza misteriosa, atemporal e associal, na qual o viajante presentindo os riscos de uma experiência interna de liberação insonsciente, estabelece um seguro distanciamento emocional do ambiente, ele arrisca e se mostra tanto particularmente persipcaz na demolição do mito da natureza tropical quanto capaz de empatizar com o que vê, sobretudo com as populações nativas. E não mais que de repente somos convidados a descobrir que o Rio de Janeiro é uma cidade que relembra Paris Letter *), que a Amazônia é relativamente civilizada (*), que o ambiente tropical, ao fim e ao cabo, não é assim tão misterioso, mas sim as vezes meio tedioso e repetitivo (*). James se excede, sobretudo, quando quando se mostra capaz de empatizar com os moradores locais, guias, pescadores e outros, índios, negors e mestiços que acompanharam suas excursões de coleta, muitas vezes como suas únicas companhias. Em uma de minhas passagens prediletas, James, obviamente em dia de grande inspiração, observando a conversação dos seus barqueiros com um grupo de mulheres indígenas ou mestiças que pilotavam uma montaria rio abaixo, em algum ponto do Rio Solimões, se pergunta: I marvelled, as I always do, at the quiet urbane polite tone of the conversation between my friends and the old lady. Is it race or is it circumstance that makes these

people so refined and well bred? No gentleman of Europe has better manners and yet these are peasants. (William James Diary 1865-1866, A.Ms.s., 1865, 4498, Houghton Archives). Estas e outras passagens iluminadas que ficaram gravadas em páginas redigidas em tom familiar e descompromissado mostram o jovem James enfrentando, de maneira informal, o famigerado conceito de raça e ainda assim invertendo-o, dando mostras da gestação do pensador carismático e professor brilhante que viria a exercer particular atração sobre todos que dele se aproximavam. Confrontando o convencional e o estereotipado do repertório da literatura de viagem aos trópicos, James experimentava sua peculiar habilidade de empatizar com o mundo que o cercava, relativizando os códigos culturais enquanto tais. Para quem, como James, havia começado a viagem sofrendo de um terrível seasickness e que logo descobriria que “If there is any thing I hate it is collecting” (Letter to To Henry James, Sr., and Mary Robertson Walsh James, ALS: MH bms AM 1092.9 – 2517, Houghton Archives), a viagem ao Brasil acabou sendo bastante produtiva. Mostrando um viajante anti-convencional e empático, os papéis brasileiros de James ainda estão por merecer uma moldura teórica mais adequada ao tipo de experiência que ele viveu e de relato a partir dai produzido. Afinal de contas, por entre as dores e privações de uma viagem aos trópicos nos anos de 1860, residem nos papéis de James os traços de uma primeira descoberta do outro, a quem James, não sem esforço, amigavelmente apreciou.