First Takes: La Bolivia de Evo: 5 años después

 

Inercias, rupturas, desafíos

By Pablo Stefanoni

Hace menos de una década, pocas personas fuera de Bolivia podían nombrar a su presidente. Hoy, Evo Morales no es sólo una figura global, es una suerte de “marca” entre los críticos de la globalización. Si a fines del siglo XX los zapatistas expresaban la aspiración a “cambiar el mundo sin tomar el poder”—en pleno auge neoliberal—Evo Morales expresa en la primera década del XXI las ansias de cambiar el mundo y la forma misma de ejercer el poder: el primer presidente indígena boliviano toma del subcomandante Marcos la fórmula del mandar obedeciendo, escrita en grandes carteles en las calles de Bolivia junto a la foto presidencial.

El 18 de diciembre de 2005, Evo Morales fue investido con un inédito 54% de los votos y puso en marcha un renovado proyecto nacionalista, cuyas dos medidas estrella fueron la nacionalización del gas y el petróleo, y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Si la primera de ellas se proponía acabar con el “saqueo de los recursos naturales”—en los términos del programa del Movimiento al Socialismo—la segunda tenía como meta poner fin al “colonialismo interno”, como los movimientos indígenas denominan a la pervivencia de la exclusión de la mayorías originarias y a las violencias encubiertas que pervivieron bajo los principios liberal-democráticos de igualdad ciudadana. Además, Morales es el David que se enfrenta al Goliat “imperialista”, lo que explica gran parte de su popularidad dentro y fuera del país.

Todo ello ha transformado a Bolivia en un faro para quienes buscan modelos alternativos a la modernidad capitalista y a la crisis actual. La presencia de los indígenas como actores centrales del actual proceso de cambio activa una serie de imaginarios sobre un “otro” capaz de aportar renovadas miradas, cosmovisiones y prácticas políticas, económicas y sociales ante la “decadencia de Occidente”. Pero cuanto más se acerca la lupa, las cosas se ven más complicadas. Si es cierto que Bolivia tiene una mayoría de la población indígena (62% según el censo de 2001) no lo es menos que las ansias de una modernización incluyente emergen con fuerza desde la Bolivia profunda, y Evo Morales es la expresión de esa reactivación de los imaginarios desarrollistas que hoy parecen más poderosos que las propuestas de “vivir bien” siguiendo pautas no materialistas supuestamente inscritas en las cosmovisiones indígenas.

Para muchos de los lectores de ReVista, Evo Morales es visto como parte de un grupo de lideres “populistas” emergentes en América del Sur, que incluyen al presidente venezolano Hugo Chávez, a su colega ecuatoriano Rafael Correa, al fallecido Néstor Kirchner y su esposa y actual presidenta argentina Cristina Fernández o al nicaragüense Daniel Ortega. Pero esa izquierda “carnívora”—al decir de Alvaro Vargas Llosa para diferenciarla de la “vegetariana” (y buena)—no es homogénea. En el liderazgo de Evo hay una fuerte carga de autorrepresentación popular más que de liderazgo mesiánico (en el campo suelen decir que “es uno de los nuestros”), su política macroeconómica hace alarde de una gran prudencia elogiada por el propio FMI y sus políticas sociales pueden asimilarse sin problemas a las del “moderado” Lula Da Silva en Brasil.

En estos más de cinco años, Morales consolidó su poder en medio de una violenta disputa con las elites agroindustriales del oriente del país, y alentando la movilización de los campesinos y sectores populares urbanos. Pero el apoyo callejero se tradujo también en votos: en agosto de 2008 fue ratificado en un “referéndum revocatorio” con el 67% de los votos, y en diciembre de 2009 fue reelegido con un inédito 64%.

No obstante, los festejos de los cinco años—en enero de 2011—estuvieron teñidos por el frustrado “gasolinazo”, un aumento de los combustibles de hasta el 83% anunciado el 26 de diciembre de 2010 por el vicepresidente Álvaro García Linera mientras Evo Morales estaba en Caracas entregando ayuda por las inundaciones. La forma sorpresiva y el tono del anuncio de que se eliminarían las subvenciones a la gasolina y el diésel recordaron súbitamente los ajustes neoliberales de los 90 e inicios de los 2000, y provocaron un descontento popular inédito en la era Evo. Si hasta ese entonces las protestas provenían de la derecha conservadora, esta vez venían de los propios bastiones del “evismo”. Por eso, antes de que el malestar creciera, Morales se apresuró a derogar su propio decreto una semana después. El Presidente boliviano repitió que gobierna “obedeciendo al pueblo” y que aunque la medida era necesaria los movimientos sociales le dijeron que no era el momento. Empero, los aumentos de precios y la incertidumbre creada por la medida alentó una serie de protestas por la carestía de los alimentos.

Además, la minicrisis dejó en evidencia el desfase entre discursos a menudo grandilocuentes (socialismo comunitario, etc.) y los cambios efectivos, mucho más modestos, en la vida cotidiana de los bolivianos. Los éxitos moderados en la lucha contra la pobreza, la implementación de bonos sociales o la construcción de infraestructura (como electrificación rural o carreteras) son avances indudables, pero alejados de una política “anticapitalista”. Al mismo tiempo, el Estado boliviano es crónicamente débil, especialmente en términos de falta de cuadros y poca densidad institucional, lo que pone muchas piedras en el camino al proyecto estatizante del gobierno, como la puesta en marcha de varias fábricas estatales. Las negociaciones oficiales con los pequeños y grandes productores -durante 2011- para buscar un aumento de la producción que reduzca la inflación en alimentos y la escasez de productos como el azúcar—junto al anuncio de incentivos a las petroleras—deja en evidencia que la superación de los mecanismos de mercado es más complicada de lo que el gobierno o los llamados “movimientos sociales” imaginaban.

Por eso no es casual que Evo Morales padezca los efectos de una “crisis de narrativa”: la creatividad parece decreciente a la hora de pensar medidas con el mismo—o parecido—impacto político-simbólico de los momentos iniciales. La última ley de educación ha pasado con un debate público restringido a los directamente afectados (sobre todo los maestros) y está pendiente la aprobación del seguro universal de salud—cuyo proyecto se está elaborando—y de las reformas necesarias para garantizar salud gratuita a la mayoría de los bolivianos, que hoy deben pagar para atenderse en hospitales de muy baja calidad. Ni hablar de los tratamientos de alta complejidad.

Donde sin duda el cambio es más contundente es en el recambio de elites, el masivo desembarco indígena-campesino-popular en la arena estatal, en las transformaciones en la autopercepción de los bolivianos y en la política internacional: Bolivia se vinculó con países como Venezuela, Cuba o Irán después de décadas de sometimiento acrítico a los dictados de Washington.

La compra de un satélite a China, la apuesta a megaproyectos como petroquímicas, hidroeléctricas, minería y carreteras (incluso en la Amazonía) o sus estrechos vínculos con las Fuerzas Armadas dan cuenta de los diferentes imaginarios en juego que—dada la falta de debate entre ellos—por momentos se parecen a un enredo ideológico entre indigenismo y desarrollismo puro y duro. Es posible recortar dos líneas muy generales y esquemáticas, entre las cuales hay varias combinaciones posibles. Una visión—la hegemónica, en la que milita el vicepresidente García Linera—propone un Estado fuerte acompañado de políticas macroeconómicas “prudentes”.

Otra tendencia, más filosófica que efectiva en términos de políticas públicas, se expresa en otros espacios (cumbres y contracumbres del clima, reuniones de movimientos sociales, cursos de formación política): propone un horizonte comunitario, apoyándose en el pluralismo político, económico e incluso judicial que sanciona la nueva Constitución. Esta línea tiene a su principal exponente en el Canciller David Choquehuanca, con gran predicamento entre los aymaras del Altiplano. Las tensiones son especialmente patentes en el terreno del ambiente: mientras Bolivia busca jugar un rol de liderazgo político y sobre todo moral en las cumbres del clima, internamente las políticas vinculadas a la defensa ambiental o a lucha contra el cambio climático son inconsistentes, y los costos de volver a ser una potencia minera—al calor del boom de los precios internacionales—no forman parte del debate público ni de las preocupaciones fundamentales del gobierno.

En este contexto, por primera vez desde su llegada al poder, Morales no sólo se enfrenta a la derecha cavernaria sino a una nueva oposición de centroizquierda, liderada por el Movimiento sin Miedo del ex alcalde de La Paz Juan del Granado, aliado del gobierno hasta principios de 2010. Con apoyo entre las clases medias urbanas, especialmente paceñas, los “sin miedo” buscan presentarse como una variante más democrática e institucional del actual proceso de cambio “criticando los errores y apoyando los avances logrados”. Y para ello buscan capitalizar su gestión municipal paceña, una de las mejores del país en las últimas décadas.

El gobierno respondió con procesos judiciales contra del Granado y el actual alcalde Luis Revilla, un mecanismo que hasta ahora le permitió deshacerse de sus principales rivales conservadores pero que no es claro si podrá darle los mismos resultados contra representantes de la izquierda moderada, aún débil. Este año fue destituido el gobernador de Tarija (sur del país, principal reservorio del gas boliviano), quien consiguió refugio en Paraguay, el ex gobernador de Pando, Leopoldo Fernández, sigue encarcelado a la espera de condena por la llamada “masacre de Porvenir” de 2008, cuando campesinos pro Evo fueron emboscados supuestamente por las huestes de Fernández en la aislada amazonía boliviana. Y varios ex hombres fuertes de la oposición, como el ex líder autonomista de Santa Cruz, Branko Marinkovic, o el ex candidato presidencial Manfred Reyes Villa huyeron hacia Estados Unidos.

Ya en su segundo mandato—con el desgaste que ello implica—además de cierto empantanamiento ideológico, el futuro de Morales, quien busca postularse nuevamente en 2014, dependerá de su capacidad para dar un golpe de timón al proceso de cambio y recuperar parte de la mística de su primera etapa. Sin duda, el “cambio” entró en su momento más prosaico, sin grandes enemigos a la vista—una ventaja y una desventaja al mismo tiempo ya que la lucha contra “los separatistas” hasta 2008 cohesionó a las propias filas. Ahora, los bolivianos esperan que los discursos maximalistas se traduzcan en mejoras económicas concretas en sus vidas cotidianas. Una revolución en sus bolsillos.

 

Pablo Stefanoni es periodista y economista. El es autor de “Qué hacer con los indios...” Y otros traumas de la colonialidad. Actualmente, el es jefe de redacción de Nueva Sociedad, y fue Director de Le Monde Diplomatique Bolivia hasta febrero 2011.