Guarani en el Cine

 

Películas en guaraní paraguayo, sobre Guaraníes y con Guaraníes

Por Damián Cabrera

Una película contemporánea : Paz Encina. Hamaca Paraguaya. 2006. Foto de Christian Núñez, Cortesía de Damián Cabrera .

 

La primera película en guaraní que he visto es estadounidense. Se trata de Jesus (1979), co-dirigida por Peter Skyes y John Krish, doblada al guaraní, y que es habitualmente retransmitida en las programaciones televisivas de Semana Santa en Paraguay. Mi generación no ha crecido viéndose en las pantallas. Con películas como Hamaca Paraguaya (2006) de Paz Encina o 7 cajas (2012) de Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori se ha animado una instancia de proyección internacional, pero también local: hoy los paraguayos podemos vernos en pantalla, y escucharnos. En nuestras propias lenguas.

En Paraguay, hablar guaraní ha estado marcado por signos ambivalentes de afecto y desprecio. En castellano, la palabra guarango significa “incivil, grosero”, y es el apodo despectivo que  reciben quienes hablan guaraní, como si ello constituyese una marca de vulgaridad; pero también hay quienes celebran la así llamada “dulce lengua guaraní” como el legado más importante de la cultura Guaraní a la sociedad paraguaya; lengua indígena, de la familia lingüística Tupí-Guaraní, hablada hoy por una población mayoritariamente no-indígena.

“La historia del Paraguay es la historia de su lengua guaraní” dice el antropólogo Bartomeu Melià en su libro Mundo Guaraní (2011). La historia del Paraguay es también la de una prohibición que pesa sobre esta lengua, y de la exclusión que supone hablarla. Pero es la historia de una persistencia. 

En una escena emergente y cada vez más prolífica del cine en Paraguay, el guaraní de los paraguayos se está haciendo audible a nivel internacional, haciendo visibles sus historias; y se vuelve una cuestión posible. Pero, ¿hablar la lengua guaraní significa ser Guaraní? Quizás ésta constituya una oportunidad para reflexionar en torno a estas ambivalencias, tanto en lo que se refiere al status como a las pertenencias varias del guaraní: el mundo indígena, el campesino paraguayo, y el urbano.

 

PERO EL GUARANI EN EL CINE TIENE SU HISTORIA; UNA, ACASO, NO TAN RECIENTE

 “Las primeras películas en guaraní eran mudas,” me señala el actor y comunicador Manuel Cuenca, autor de Historia del Audiovisual en Paraguay (2009), en el que elabora un recuento de las producciones en el país. Desde principios del siglo XX se había registrado en películas de 35 mm ‒mudas, en blanco y negro‒ comunidades indígenas y campesinas del Paraguay, en las que se conversa o canta en guaraní. Codicia (1954), del director argentino Catrano Catrani, fue la primera película sonora de ficción en incorporar diálogos en guaraní. Basadas en la obra del escritor Augusto Roa Bastos, quien también realizó las adaptaciones a guión, Armando Bó produjo La Sed (1961) y El trueno entre las hojas (1975); en la cual, además de diálogos, se puede escuchar la canción Adiós Lucerito Alba de Eladio Martínez, en guaraní (las escenas de desnudo de Isabel Sarli se hicieron famosas, y ella reapareció en India (1961) y La burrerita de Ypacaraí (1962) de Bó.) La sangre y la semilla (1959) fue la primera co-producción bilingüe paraguayo-argentina. Por su parte, Dominique Dubosc filmó sus primeras obras en Paraguay, a finales de los 60: en clave poética y con las voces de los protagonistas registra la vida de una familia campesina paraguaya y la del leprosorio Santa Isabel en Cuarahy Ohechá (Le soleil l’avu) (1968), y Manojhara (1969).

Aunque traten sobre los Guaraníes o éstos intervengan en las tramas, en muchas películas se ha recurrido a otras comunidades indígenas e inclusive a no-indígenas para representarlos. Para sus películas en las que se hace alusión a los Guaraníes, Bó recurrió a los Maká del Paraguay, que en realidad pertenecen a la familia lingüística Mataco; ya en las primeras escenas de India en las que aparecen se escucha una canción que dice “india Guaraní…”, con Isabel Sarli caracterizada como indígena; paradójicamente, no es difícil encontrar en manuales escolares fotografías de los Maká cuyos pies de foto los sugieren Guaraníes.

Con música de Ennio Morricone, Roland Joffé dirigió The Mission (1986). Robert De Niro y Jeremy Irons protagonizan una historia basada en las legendarias Misiones Jesuíticas del Paraguay. A pesar de mis esfuerzos, no logro reconocer el guaraní de los indígenas que actúan en ella ‒ni siquiera cuando lo habla Irons‒. The Mission no se filmó en Paraguay: las escenas que corresponderían a Asunción se rodaron en Cartagena de Indias, Colombia; una de las locaciones son las Cataratas del Iguaçú en Brasil; y los indígenas no son Guaraníes sino, en gran parte, Waunanas del Chocó colombiano. Pero es posible acortar distancias: líder indígena en Argentina, Asunción Ontiveros interpreta un cacique Guaraní; en el making of titulado Omnibus: The Mission, Ontiveros revela problemas comunes a Waunanas y Guaraníes ‒y acaso a los indígenas en toda América‒: el territorio.

Aunque se llamen igual, hay más de una lengua guaraní; y aun cuando se llamen de otra manera, hay lenguas que son tan guaraní como otras, idénticas a pesar de diferentes. En Hans Staden (1999) de Luis Alberto Pereira los indígenas Tupinambá son interpretados por actores no-indígenas. Basada en las crónicas de Staden y hablada en tupí clásico (de la familia lingüística Tupí-Guaraní), hay en la película una pretensión realista: el director insiste en una suerte de neutralidad desprovista de interpretación (a diferencia de otras películas que abordan la misma historia), pero se basa en un texto previo, un discurso testimonial en sí embebido en interpretación; así, la representación de los indígenas ‒más que de la historia‒ nos arroja la memoria de los blackface del cine estadounidense de principios del siglo XX.

¿No hay actores Guaraníes? Sí los hay: se los puede ver en Terra Vermelha (2009) de Marcos Bechis. Allí es el drama de los Guaraní-Kaiowá (conocidos como Pãi Tavyterã en Paraguay), en la frontera Paraguay/Brasil. Actúan de sí mismos, en su propia lengua, para mostrar la amenaza que el agro-negocio supone para sus modos de ser, en fechas en que el suicidio protagonizado por jóvenes representa un trauma social cada vez más constante. El drama de la ficción es real: el líder Ambrósio Vilhalva (cacique Nádio en la película) interpretó su muerte, y luego fue asesinado, realmente, hace poco más de un año.

Representados por otros, o expuestos por la mirada de otros. Pero quizás esta realidad cambie pronto. Pertenecientes a la misma familia lingüística de los Guaraníes, los Aché han estado rodando. Norma Tapari y Ricardo Mbekrorongi realizaron los documentales Nondjewaregi/Costumbres antiguas (2012) y Tõ Mumbu (2012), respectivamente, en los que recogen testimonios de sus abuelos, en el marco del proyecto Ache djawu/Palabra Aché, que con producción literaria, fotográfica y audiovisual busca un rescate cultural.

EL GUARANI EN EL CINE CONTEMPORÁNEO DE PARAGUAY

¿Es esa mi voz? Como al escucharse por primera vez en una grabación, verse en pantalla, por una vez. Hamaca Paraguaya es la primera película de Paraguay que he visto. La experiencia fue excepcional, acaso porque la película también lo era. Atravesando la historia, se presenta una imagen del tiempo: la idea de una espera/esperanza oscilante y pendular que no cambia de sitio, a pesar de la inestabilidad. Los diálogos circulares están inscriptos en una escena igualmente estructurada por lo circular. En Hamaca… hay un deseo de representar un tiempo paraguayo, que acaso pueda imaginarse en encrucijada con otra memoria temporal, la del oguatáva (caminante) Guaraní, presente en el jeroky ñembo’e (danza/rezo) igualmente circular de los Guaraníes.

El Paraguay atravesaba fechas duras tras la masacre de Curuguaty (el 15 de junio de 2012 durante la ejecución de una supuesta orden de allanamiento, policías se enfrentaron a campesinos sin tierra: el enfrentamiento terminó con la muerte de 17 personas, y fue una de las causales para el golpe de Estado parlamentario, disfrazado de juicio político, que destituyó al entonces presidente Fernando Lugo). Para algunos, ver 7 cajas constituyó una experiencia catártica. Varios meses de salas repletas: cuando me tocó el turno, el fenómeno social hablaba (literalmente) tan fuerte como la película: como el que se escucha por primera vez ‒o como el que se ve‒ eran ahí espectadores bulliciosos, riéndose a carcajadas y aplaudiendo; una sala en ebullición.

Más allá de la historia, del universo representado e imaginado, y de su lenguaje, 7 cajas puede ser leída en clave de metáfora: Acaso no se trate sólo acerca de los únicos mecanismos con los que cuenta el pobre para acceder a una puesta en circulación de su propia imagen en el atiborrado mercado de las imágenes, sino también acerca de las condiciones en las que opera el cineasta paraguayo en una escena de emergencias: el personaje Víctor podría tratarse de un cineasta más en búsqueda de recursos para producir imágenes y hacer en pantalla sus historias, y hacerse en pantalla.

Estas dos son algunas de las películas con guaraní que han alcanzado mayor visibilidad a nivel internacional, pero no son las únicas. Y hay más en camino.

En 2002, Galia Giménez estrenó su María Escobar, basada en una canción homónima en guaraní que por entonces se había vuelto muy popular, trascendiendo estratos sociales. Los cortometrajes Karai Norte (2009) de Marcelo Martinessi y Ahendu Nde Sakupái (2008) de Pablo Lamar son obras maestras del audiovisual paraguayo. Recientemente estrenadas, Latas Vacías (2014) de Hérib Godoy y Costa Dulce (2013) de Enrique Collar giran en torno al pláta-yvyguy (tesoros enterrados durante la guerra en el siglo XIX, sobre los cuales la imaginación de los paraguayos ha versado prolíficamente); ambas están habladas en un guaraní campesino y periférico con relación a la capital Asunción, con actores del interior que no han pasado por las tradicionales escuelas de actuación, aportando una voz fresca al de por sí nuevo cine de Paraguay. Mientras Luna de Cigarras (2014) de Jorge Díaz de Bedoya, en la que el guaraní se muestra en su zona fronteriza con el castellano y el portugués, ha sido nominada a los Premios Goya de España.

                        Enrique Collar. Costa Dulce. 2013. (Fotograma)

                            

En el género documental el guaraní ha florecido en una lista extensa que va desde el patrimonio audiovisual mudo hasta reconocidas piezas que regitran voces campesinas e indígenas, como Tierra Roja (2006) y Frankfurt (2008) de Ramiro Gómez; o Fuera de Campo (2014) de Hugo Giménez. En Yvyperõme (2013) de Miguel Armoa el testimonio de un chamán guaraní que sugiere que “antes éramos los brujos del bosque, hoy somos los brujos de la soja,” da cuenta de las fechas traumáticas y transformadoras por las que atraviesa el Paraguay.

Estigmas y prohibiciones que han pesado sobre el guaraní lo han puesto en una situación de amenaza, y su tránsito de una generación a otra se ha visto dificultado. ¿No tiene cierta participación en esto el hecho de que los medios hegemónicos de comunicación se hablen y se escriban en castellano y no en guaraní a pesar de que la mayoría de la población sea guaraní-hablante o en cierta medida bilingüe?

En 2015 se estrenará Guaraní, del director argentino Luis Zorraquín que, además de estar hablada casi enteramente en guaraní, versa precisamente sobre la lengua guaraní. La película y los abordajes periodísticos que de ella se han hecho hasta el momento pueden servir para explorar las pertenencias ambivalentes del guaraní hoy: las variantes del guaraní de los Guaraníes y el guaraní de los paraguayos. John Hopewell escribe para la revista Variety sugiriendo que la película trata de cuestiones identitarias y de tradición en una jornada protagonizada por “a tradicionalist Guarani fisherman, and his grand-daughter.” Reproduciendo un cable de la Agencia de Noticias EFE, en ABC Color de Paraguay se afirma que se trata de “una historia sobre el desarraigo y sobre la sobrevivencia de la cultura indígena guaraní.” Ambas reseñas se equivocan: se trata de la historia de un paraguayo y su resistencia en la lengua en una apuesta de futuro.

                          Luis  Zorraquín. Guaraní. 2015. (Fotograma). 

Pero, ¿qué significa el lugar de estas confusiones? La palabra guaraní significa tanto: el nombre de una lengua y el de una cultura; por veces, apodo-gentilicio de los paraguayos; el nombre de tiendas, tés adelgazantes y clubes deportivos.

La persistencia del guaraní en una sociedad más occidental que indígena también es ambivalente: lengua subalterna en Paraguay, parecería incoherente su hegemonía, ahí donde se insiste en rechazar lo indígena con vehemencia. Pero esa “grosería” de resistir se hace cada vez más patente, sorteando la mudez también en el cine, donde el guaraní habla más fuerte. Cada vez.

 

Damián Cabrera es escritor, Licenciado en Letras y magíster candidate en Estudios Culturales por la Universidade de São Paulo. Participante del seminario de Crítica Cultural Espacio/Crítica (Paraguay). Integra el colectivo Ediciones de la Ura, y la Red Conceptualismos del Sur. Autor de la novela Xiru (2012), ganador del Premio “Roque Gaona” 2012. guyrapu@gmail.com