Heroínas de telenovela: Cenicientas y Empoderadas

Por Nora Mazziotti

Me empezaron a interesar las novelas como objeto de estudio cuando, hace más de treinta años, escuché cantar por primera vez una canción a mi hija, que en ese momento tenía dos años. Era la de la presentación de Los ricos también lloran, de 1979, con Verónica Castro. Me di cuenta que el melodrama y su consabida manipulación de emociones se había apoderado de ella. “Aprendí a llorar” era la frase que la canción reiteraba. No está de más recordar que Los ricos también lloran (tal vez uno de los mejores títulos del género) fue la que inauguró la llegada del género a varios países de Europa, a Rusia, a China, con gran éxito. Mucho del éxito se debió a la protagonista, Verónica Castro y a su personaje, la bella y aguerrida Mariana.

Es que, siguiendo el molde de Julieta, de Melibea, las heroínas de telenovelas son las más activas, las arriesgadas, las que entregan todo. En el duelo amoroso que narra la telenovela, en la tremenda contienda que plantea, se hace patente la existencia del OTRO/ OTRA. Porque no se trata sólo de enamorarse de la persona incorrecta. Sino que ese amor es un imposible, es lo prohibido, que interpela todas las expectativas y mandatos establecidos a lo largo de generaciones. Es un amor que cuesta reconocerlo como tal: aparece primero como el juego atracción/rechazo, cuando no como un decidido enfrentamiento. Pienso que las heroínas son casi siempre las más humilladas en las historias, mucho más que los protagonistas masculinos. Es más sencillo para los protagonistas masculinos, a quienes les está permitido el cortejo social, o la atracción puramente sexual.

Para las heroínas, el amor se les revela como algo poderosísimo que las trastorna, las mantiene en vilo, las desafía. Lo niegan, luchan contra sí mismas, se autoengañan…. Hasta que, finalmente, lo aceptan. Lo sienten en el cuerpo. Y ya no dudan. Y esa aceptación las transforma, las redime,  las dota de una fortaleza  de la que carecían, o de la que no tenían conciencia. Entonces, crecen. Y son capaces de enfrentar la pertenencia a una clase social establecida, las diferencias culturales, religiosas. La certeza del amor les da la energía que necesitan para vencer cualquier impedimento. 

Para ese amor naciente, no hay más que obstáculos. Siempre está en riesgo. Es un amor que cuesta reconocerlo, mantenerlo, o recuperarlo. Parece imposible que esa pareja (hasta el momento, heterosexual) se reúna, logre construir algo juntos, haga realidad sus sueños. Sobrevienen las separaciones, los malentendidos, los terceros en discordia, las dificultades que se renuevan a medida que transcurren los capítulos. Es un amor, tal vez para probar que es verdadero, que debe superar al tiempo, la distancia, o las catástrofes más terribles que puedan imaginarse. Muchas veces, los amantes pasan varios años separados, viviendo cada uno en lugares remotos, sin tener certezas de que el amado o la amada esté con vida.

En esas contiendas, brillan las heroínas. Las hay de varios tipos que no siempre responden al arquetipo de la Cenicienta, la pobre y sufrida jovencita que espera a un príncipe. 

Voy a hablar de mis heroínas preferidas. Y esto es deliberadamente arbitrario. Por más que reconozca sus méritos, nunca me atraparon las novelas que hacía la venezolana Grecia Colmenares entre los 80 y 90. Topacio, en Venezuela, luego María de nadie, Grecia, Pasiones, Manuela y otras más en Argentina. El “physique du rol” de la actriz la marcaba  como demasiado ingenua e inexpresiva. Carecía de la fortaleza que necesitaba un personaje que estaba atravesando el calvario que le tocaba atravesar. No me conmovían. Un estilo angelical, imperturbable desde el primero al último capítulo. Algo semejante puedo decir de las que hizo Thalía, las que componen la llamada “trilogía de las tres Marías”, promediando los 90: María Mercedes, Marimar y María la del barrio. Sé que lo que afirmo no coincide con el gusto popular, ya que tuvieron enorme éxito y multitudes de seguidores en todo el mundo. Pero para mí, sobre todo Marimar, por su forma de hablar y su ingenuidad me causaba gracia. La inscribía en un registro humorístico.

En cambio, la mexicana Verónica Castro, en las décadas del setenta y ochenta, compone heroínas que pasan de ser humilladas, burladas,  despreciadas, a enriquecerse con una transformación interna. El derecho de nacer, Los ricos también lloran, Rosa salvaje, Mi pequeña Soledad tienen esa marca. Ella es la salvaje, la postergada, la loca. Pero crece. Aprende a manejar su destino, y consigue el amor verdadero.  

Las heroínas de las colombianas Café (1994) y Yo soy Betty, la fea, (1999), ambas de Fernando Gaitán, están entre mis predilectas. Porque no sólo son aguerridas, dan vuelta su vida como un guante, logran el amor y el crecimiento personal. Sino también porque trabajan y son exitosas en lo suyo. El ámbito del trabajo es predominante en ambas novelas, el mundo laboral y de negocios no les es ajeno. Tampoco llegaron a él por herencia o por ser las hijas o esposas de un hombre poderoso. Llegaron por mérito propio, por estudio y con un enorme esfuerzo. La Gaviota, en Café, pasa de ser una campesina recolectora a gerente de empresas internacionales de café. A estas heroínas se le permiten más cosas que a otras protagonistas: Gaviota sufre, canta y se emborracha. Y Betty, que se luce en las reuniones comerciales, con su inteligencia saca a flote una empresa textil, a punto de quebrar por malas decisiones del dueño. Dueño  del que Betty está secretamente enamorada pero sin albergar la menor esperanza, y que es quien ha llevado la empresa al abismo. Lo interesante de Betty… es que la protagonista permanece fea durante casi toda la novela. Y el galán se enamora de ella siendo fea. Un cambio de look interno, que pasa más por la autoestima que por la cirugía, hacen de Betty una bella además de talentosa mujer. 

En las telenovelas argentinas también tuvimos heroínas fuertes en la década del 90. Las que interpretó Andrea del Boca (Antonella, Celeste, Perla Negra) eran las protagonistas absolutas, sin un galán ni un elenco que les hicieran sombra. Inteligente, respondona, en ningún título la heroína se mostró insegura.

¿Por qué hablo de novelas viejas, de las últimas décadas del siglo XX?  Porque en los años más recientes las transformaciones del género telenovela fueron por carriles que tienen  más que ver con presiones de la industria que por el propio desarrollo melodramático.

En el siglo XXI la novela se trasnacionaliza más y más. Llegan años de novelas donde importa la  mostración del cuerpo, como Pasión de gavilanes (2003) y sus derivados, como La Tormenta o Doña Bárbara. El acento está puesto en  exhibir cuerpos semivestidos en un falso ambiente rural, donde sólo aparecen la hacienda y el pueblo. Los elencos están formados por  actores y actrices latinoamericanos, o ya nativos estadounidenses de origen latino. Presenta machos bruscos y musculosos y mujeres que seducen abiertamente pero cuidan su virginidad más que lo hacía Topacio en los 80, o cualquier heroína de los 50 y 60.  Pareciera que esa hibridación de lugares, de lenguas, de acentos, de paisajes, junto al atractivo sexual de los protagonistas, que prima por sobre su capacidad actoral, es lo que gusta de estas novelas. Pero de ahí no sale una heroína interesante.

Como tampoco hay personajes femeninos importantes en de las narco novelas, la moda posterior.  Aunque en realidad, títulos como Sin tetas no hay paraíso, (2006) o Escobar, el patrón del mal, no deberían ser pensadas como novelas, porque lo que se cuenta no es una historia de amor e identidad, sino de ambición, poder, negocios. Y de  venganza. Pero ocuparon el horario y el lugar de la telenovela, y convocaron a públicos masculinos que ya estaban enganchados con las de exhibición muscular. Las heroínas en este subgénero sufren. No viven para el amor, sino para tener plata. Se someten a todas las humillaciones, donde el tener que rehacerse corporalmente a través de distintas cirugías es tan sólo una de ellas.

Aparece de manera “realista” y cínica el negocio del  narcotráfico, sus traiciones, alianzas y mortales consecuencias. El mundo mostrado no es ya el del bien y el mal, sino que predomina el del mal. El desprecio por la vida es la marca. Si la inicial Sin tetas no hay paraíso terminaba en tragedia y podía pensarse en una moraleja sobre los riesgos de incursionar en ese mundo feroz, años después,  Escobar, el patrón el mal,  ya generaba empatía con el protagonista.

Y en los últimos años, las pantallas se llenaron de novelas turcas. Que ocupan varios espacios en las televisiones abiertas y en el catálogo de Netflix. Si por un lado es interesante ver las posibilidades de transformación del género, la enorme expansión adquirida por el otrora desprestigiado género latinoamericano, también sorprenden los demorados ritmos de narración, la obviedad con que se dicen una y otra vez las cosas. En Argentina, la primera que se exhibió fue Las mil y una noches, luego siguieron ¿Qué culpa tiene Fatmagül?, y muchas más.  Hoy hay cinco novelas turcas en los canales abiertos. Escuché que muchos productores televisivos decían que era un respiro para la industria, que se retomaba el melodrama tradicional. Es cierto. Vuelve a existir una historia de amor, sí, pero son más importantes los personajes masculinos que las mujeres. Por algo los actores adquirieron fama internacional y han realizado giras en distintos países.

Parecería que hay un intento de la industria turca de mostrar su presente lo más occidental posible. Bellas ciudades, el mar, puentes, ríos, tratando de que parezca lo más alejado posible del mundo musulmán, que como es sabido, está construido como el mal, como el enemigo. En Las mil y una noches, si bien la protagonista era profesional, se comportaba como una ingenua muchachita, atada a mandatos de la pre modernidad. Son violentadas, obligadas a aceptar matrimonios por conveniencia, humilladas. Escuché decir que las novelas turcas se podían ver en familia, mientras que muchos títulos recientes de producción latinoamericana tienen escenas muy jugadas para verlas mientras se cena. Es una verdad parcial, porque las turcas refuerzan modelos patriarcales que suponíamos superados.

De los títulos recientes, elijo dos novelas donde la protagonista femenina es audaz, tiene coraje, rompe con lo esperado: Jane the Virgin, y la argentina La leonaJane the Virgin (2014) si bien es la versión hecha en EEUU de un título venezolano, Juana la Virgen, difiere mucho de ésta, en primer lugar por el tono. Se trata de una comedia, de un metadiscurso sobre la telenovela. Una voz masculina en off, un irónico narrador omnisciente, explicita no sólo lo que vamos a ver, sino el tono en que debemos ubicarnos. Y el tono es de parodia, de intertextualidad con la novela. El padre de la heroína, además, es un galán de telenovelas. Pero la protagonista es aguerrida, y con su fuerza y su encanto navega por las presiones, los mandatos y amenazas que se ciernen sobre ella. Es interesante también pensarla como una verdadera novela multicultural. No sólo porque hay personajes de ascendencia latina que hablan en inglés, o que son bilingües. O la abuela que nunca habla inglés, pero lo entiende, sino porque esa convivencia entre yanquis y latinos parece mejor resuelta que en títulos previos. Los elementos latinos como la  religiosidad, el respeto por la familia, el valor de la virginidad, el baile, el colorido, están mostrados en un contexto de “naturalización”, no estereotipados ni en exceso.

La leona es una telenovela argentina emitida en el  2016. En estos últimos años, la producción argentina decayó y las novelas turcas o las brasileras de temática bíblica ocupan varias franjas horarias. Por lo cual esta novela, de una productora independiente, fue importante. La protagonista, madre soltera, obrera de una fábrica textil y luego delegada gremial, se opone a los intentos de vaciamiento de la fábrica. Y se enamora del hombre equivocado, el que viene a vaciar la empresa. La novela tuvo un fuerte discurso de resguardo de la industria nacional. En el marco de las políticas del actual gobierno argentino, que promueve la importación en desmedro de la producción local, sonó como una defensa de las políticas proteccionistas. La heroína también fue trasgresora porque tenía deseos sexuales, disfrutaba del baile, de la bebida, tenía preferencias políticas. La novela también mostró un mundo de mujeres muy solidario, entre confidencias de amigas, compañeras de la fábrica, que se consolaron frente a los rigores de traiciones y enfermedades. 

La rica tradición narrativa de la telenovela se encuentra, hoy, desafiada por las nuevas maneras de narrar, las múltiples plataformas y pantallas, los formatos hegemónicos, como el policial y el thriller, y las nuevas modalidades de consumo que la innovación tecnológica permite. 

No sabemos qué pasará con las heroínas de este viejo y eficaz género de la industria cultural. Creo que  siempre habrá necesidad de emoción…. Continuará.