Invenciones Identitarias Bajo el Gobierno de Chávez (Spanish version)

Bolívar and Beyond

Por Colette Capriles  

El domingo de Resurrección, último día de la Semana Santa, durante la que conviven el fervor religioso católico que llena las iglesias con el paganismo dionisiaco que llena las playas y lugares de recreo, es, en Venezuela como en el resto de Latinoamérica, un día de regocijo que tiene por acto central la “quema” de Judas: en las comunidades populares, en los llamados “barrios”, se fabrica un monigote de tamaño natural que, al caer la tarde, será incinerado para castigar al traidor. El muñeco, compuesto por viejas prendas de vestir, adquiere cada año la fisonomía del personaje público más repudiado. Desde temprano, los muchachos de las zonas populares se instalan en las calles exhibiendo el maniquí que han improvisado, y detienen a los transeúntes pidiéndoles una contribución monetaria para alimentar la hoguera y el jolgorio.

Este año, un muchacho flaco del “barrio” El Pedregal, en Caracas, me extiende un recipiente para depositar mi donativo: es una caja que alguna vez sirvió de envoltorio a una botella de whisky Buchanans. Pregunto, como es de rigor, a quién van a quemar en esta oportunidad. Me responde: “A Juan Barreto”. Se trata del Alcalde Mayor de Caracas, un miembro radical del gobierno de Chávez, ahora caído en desgracia. Será quemado por defraudar las demandas de quienes hace cuatro años lo eligieron, como candidato del presidente Chávez, para gobernar la más difícil de las ciudades latinoamericanas. Y ello, a pesar de su reputación de intelectual orgánico y de su elocuencia postmoderna y revolucionaria en la que se dan cita Negri, Lenin, Gramsci, Guevara y Bourdieu. La trama discursiva de la “revolución bolivariana” se deshace frente a la decepción de sus votantes.

¿Cómo entender lo que pasa en Venezuela, que parece ahogarse en un mar de petróleo y whisky mientras sus habitantes parecen nadar en una abundancia vacía? Los economistas han hablado de la “maldición de los recursos” para referirse a las sociedades que dependen de un esquema rentista de la gestión de sus recursos naturales, lo que condiciona su desarrollo social y político hacia formas políticas patrimonialistas y populistas, que favorecen la desigualdad y la pobreza. Venezuela se ha convertido en la más enfática ilustración de esta tesis, pero en estos últimos diez años, lo ha hecho bajo el marketing implacable de una nueva marca política: el “socialismo del siglo XXI”.

Esta confluencia de, por una parte, una estructura económica rentista que desde hace casi cien años atenaza los senderos por los que discurre el país y, por otra, la rehabilitación del grisáceo mundo del socialismo real, se ofrece al observador como un laberinto en el que los hechos de la cotidianidad, de la política, de la vida y la muerte, de la convivencia social, se convierten en enigmas que hay que descifrar y cuya clave hermenéutica siempre va a depender de qué lado del espejo esté situado el confuso observador. Como si hubiera entrado a una pesadilla postmoderna, quien quiera entender no tendrá hechos a su disposición, sino únicamente narrativas, relatos, versiones, cuya trama dependerá de su benevolencia o antipatía hacia el experimento de la autoproclamada “revolución bolivariana” y del “socialismo del siglo XXI”.

Por ello, el obstáculo más pesado para la comprensión del proceso político venezolano proviene de las identidades políticas difusas que éste ha generado. El vecindario latinoamericano, en el que varios gobiernos provienen del campo de la social-democracia o tienen como altos funcionarios a miembros de la antigua ultraizquierda, ha constituido un excelente horizonte de camuflaje para ocultar la especificidad, o más bien, la excepcionalidad del régimen venezolano. A pesar de que varios miembros del gabinete del presidente Chávez militaron en su juventud en partidos de izquierda radical, ni la cultura política del presidente ni de su entorno, en general, proviene de la izquierda: por el contrario, en la biografía y la formación intelectual del presidente predomina la cultura política tradicional en Venezuela: centralmente, el “culto a Bolívar” (como lo ha denominado aptamente el historiador Carrera Damas), lo que supone el predominio de la cultura militar por sobre la civil y la desconfianza en la política como medio para organizar la sociedad. A ello se une la propia formación militar del presidente y su tipo de sensibilidad social, muy frecuente en Venezuela, guiada por el igualitarismo y el individualismo anárquico (una forma de insurgencia contra la ética universalista que implica la sobrevaloración de los lazos familiares y corporativos por sobre la valoración de las normas abstractas).

El trayecto político del “chavismo”, o del propio Hugo Chávez, no se inicia dentro de la tradición de la izquierda venezolana, pero adopta, a partir de la crisis política de 2002, el vocabulario tradicional (y ya en desuso) de la revolución socialista. Sólo a partir de noviembre de 2004, casi seis años después de haber sido electo, el presidente Chávez comienza a utilizar oficialmente el término “socialista” para referirse a su gobierno y al proyecto “revolucionario”, previamente caracterizado como esencialmente “bolivariano” y “patriótico”.

Este giro, que implica un cambio inesperado de identidad política, tiene su explicación en al menos dos elementos que interactúan entre sí. El primero, la falta de especificidad del bolivarianismo. La identidad bolivariana no es suficientemente distintiva como para marcar la diferencia “revolucionaria”, precisamente por tratarse de un elemento tradicional de la cultura pública en Venezuela, como lo muestra elocuentemente el hecho de que ha sido utilizada por diversos gobernantes para legitimar su discurso: Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Marcos Pérez Jiménez, todos estos caudillos o dictadores militares, desde el siglo XIX, han sostenido su régimen personalista a través de sus particulares interpretaciones de la doctrina bolivariana.

Los primeros años del gobierno de Chávez no mostraron innovaciones en políticas públicas: con los relativamente bajos precios del petróleo, la economía debió ser sometida a un proceso de ajuste macroeconómico ortodoxo, mientras el presidente, entonces muy popular, repetía en sus continuos discursos su oferta tradicional: nuevo orden y progreso, como parafraseando el lema del positivismo clásico, aunque coqueteando con una nada clara “tercera vía” que lo diferenciaría del capitalismo y del comunismo. Pero las cifras de popularidad del presidente Chávez para el primer trimestre de 2002 (33 por ciento de agrado y 58 por ciento de desagrado, según Keller Consultores) mostraban el impacto en la población de ese programa de ajuste. 

La crisis de abril de 2002, que ocurre en esta atmósfera, generó una polarización política inédita en el país. Con ello comienza la construcción de una nueva identidad política para el chavismo, fundamentada en el imaginario socialista en su versión cubana. La relación entre Castro y Chávez, cercana desde que Castro recibió al recién indultado Chávez en La Habana, en 1994, se consolida como una relación política, económica, comercial y estratégica para ambos.

La antigua relación romántica del presidente con los “pobres” y los “excluidos”, con escasa capacidad movilizadora bajo el discurso bolivariano, queda ahora transformada en una relación históricamente discernible como revolucionaria, recreando las categorías de la explotación, del enemigo imperial y de la transformación estructural de la economía.

La inclusión del diccionario del socialismo cubano tuvo además (y este es el segundo elemento importante) un efecto crucial en la universalización del chavismo y en la diseminación de la figura del presidente Chávez como heredero de las idealizadas luchas ancestrales del continente. Le permitió escapar del localismo nacionalista del pequeño universo bolivariano, y capturar un nicho importantísimo del mercado internacional de las indulgencias progresistas. Y sobre todo, permitió al gobierno contar con un horizonte estratégico identificatorio que organizaba menos precariamente su acción política, sus políticas públicas y, sobre todo, sus tácticas discursivas.

Teniendo frente a sí la realización de un referendo revocatorio en 2004, el gobierno se concentró en la ejecución de programas focalizados en lo que la población más pobre percibía como las carencias más urgentes, la salud y el desempleo, que fueron bautizados con el marcial nombre de “misiones”, y que se diseñaron como un aparato burocrático informal, una especie de Estado paralelo, exclusivamente controlado por el Ejecutivo e independiente de la supervisión convencional o controles de la administración pública. Estas “misiones” permitieron suministrar un “contenido” visible al abstracto concepto de “socialismo”, que queda así asociado a la estrategia redistribucionista que había sido común durante los gobiernos socialdemócratas de la década de los 70 y 80, durante los ciclos expansivos de los precios petroleros. Y al igual que éstos, el gobierno de Chávez se estabiliza políticamente y gana cómodamente las elecciones de 2006.

Así, la poderosa nostalgia del venezolano por un gobierno populista que, como en el pasado, redistribuya la renta petrolera dirigiéndola hacia los más pobres, se utilizó como un ingrediente esencial de un régimen que lleva un nombre nuevo: “socialismo del siglo XXI”, y que incorpora un nuevo vocabulario político que consolida la línea divisoria identitaria entre chavistas y antichavistas.

Pero la capacidad financiera de los anteriores gobiernos populistas no es conmensurable con los gigantescos ingresos rentísticos que ha recibido el actual gobierno. Aquella nostalgia ha sido borrada para ser convertida ahora en su contrario: en el recuerdo de una escasez. El fundamento discursivo del “socialismo del siglo XXI” es la transvaloración del pasado: antes de Chávez, nada; después de Chávez, todo. Acompañando sus operaciones ideológicas con un inmenso gasto público orientado a la redistribución y a la estatización forzosa del aparato productivo, el gobierno ha distorsionado la economía al estimular el consumo de importaciones y restringir la oferta nacional de bienes. Las paradojas económicas son sorprendentes: para un hogar de un barrio marginal caraqueño es mucho más fácil contratar DirectTV que obtener agua potable, y es más barato tener un teléfono celular que un medicamento contra los parásitos. Mientras las ganancias de los bancos rompen récords, el número de casos de enfermedades tropicales que habían sido erradicadas con la medicina pública antes de 1998, también rompen récords: malaria, dengue, tuberculosis, mal de Chagas, leishmaniasis.

Paradojas como ésas tienen su expresión en la formación de la identidad del chavismo. Varias operaciones de branding se han sucedido para intentar construir esa identidad que no es sólo política (por el contrario, más bien disuelve la política y la sustituye por procesos de “etnificación” y otras categorías sociales). Es sumamente importante tomar en cuenta el esfuerzo financiero y burocrático que el gobierno de Chávez ha invertido en crear esa identidad: la dimensión espectacular de la política ha pasado a ocupar todo el espacio de la política, a través de la construcción progresiva de lo que se ha llamado “hegemonía comunicacional”, expresada en el control directo e indirecto de la mayoría del espectro radioeléctrico.

Un ejemplo temprano de estas operaciones de branding tiene que ver con una estrategia de focalización del mercado electoral del presidente a través de la conformación de listados o bases de datos que hacen efectiva la diferenciación entre “chavistas” y “antichavistas”: la más célebre es la llamada “lista Tascón”, que fue sucedida por bases de datos más sofisticadas que contienen la historia electoral de todos los ciudadanos inscritos en el registro electoral, distinguiendo entre adeptos al gobierno, disidentes y abstencionistas.

Comunicacionalmente, el gobierno ha construido una imagen corporativa con una estética en la que es central el color rojo: los ministros y altos funcionarios sólo aparecen en público ataviados con prendas de ese color, como también ocurre con los sitios web y las piezas publicitarias del gobierno. Y desde el punto de vista sociológico se ha intentado progresar en la etnificación política, creando tensiones raciales a través de la formación de “tipos ideales” étnicos que representarían a la venezolanidad, en contraste con el ideal de mestizaje que predomina en la cultura popular. Diferenciando entre indígenas, “afro-descendientes”, inmigrantes, y desvalorizando el aporte europeo como “colonialista”, el gobierno de Chávez está procurando disolver la ilusión de armonía que sostiene la autopercepción de los venezolanos como iguales.

Pero en estas operaciones identitarias, como en muchos otros aspectos de su gestión, el régimen de Chávez está simplemente creando realidades paralelas a través de un enorme simulacro. La elaboración discursiva de las nuevas segmentaciones sociales que pretende consolidar el gobierno parece estar destinada precisamente a ocultar la realidad ante el propio chavismo. Aunque esas nuevas identidades circulan y tienen cierta eficacia en la consolidación del vínculo personalista entre el caudillo y los más pobres, ellas flotan en torno a un núcleo duro identitario que para el venezolano sigue siendo el acceso a la modernidad a través del consumo: la expansión del consumo, tanto de bienes de primera necesidad como de bienes suntuarios, ha sido un ancla fundamental para la estabilidad del gobierno, cuya popularidad fluctúa en proporción directa a la sensación de capacidad de compra que tenga la población. De alguna manera, en el consumo todos nos reconocemos como venezolanos, mientras las segmentaciones que pretende el gobierno apenas afectan esta identidad básica.

 


Colette Capriles is a professor of political philosophy and social sciences at the Universidad Simón Bolívar, Caracas. She combines her academic activity with opinion journalism and political consulting. She has published La revolución como espectáculo (Caracas, Editorial Debate, Random House Mondadori, 2004) and several journal articles. Her work La riqueza de las pasiones: la filosofía moral de Adam Smith, received the 2001 national Federico Riu prize for philosophic research. In 2001, she was awarded the annual prize for the best opinion piece in the newspaper El Nacional.