La Crisis de las Tijeras (Spanish version)

Paradojas de una revolución en curso

Por Julio César Guanche  

I.

Los rebeldes que bajaron de las montañas cubanas en enero de 1959, tras expulsar del país al dictador Fulgencio Batista, inundaron la Isla con sus melenas, barbas y collares con motivos religiosos. La imagen de quienes liberaron la nación por sí mismos—desde una ideología no normada por las doctrinas dominantes—recorrió la década e integró en plenitud la imaginación de «los años sesenta».

La Revolución cubana, leída por algunos como una subversión de base campesina por la integración social del Ejército Rebelde, instrumento de su victoria, tenía en realidad poco que ver con las revoluciones campesinas al estilo de la vietnamita, pero compartía con ellas un sentido: permitían, otra vez, redescubrirle al mundo su redondez, su entero tamaño, el rostro completo de los habitantes del planeta.

La Revolución cubana formó así parte de lo que Edgar Morin llamó la «posibilidad de una civilización posburguesa», tras observar en conjunto el significado de las resistencias contra la guerra de Viet Nam, la denuncia de los atropellos franceses en Argelia, la masacre de Tlatelolco, la invasión soviética a Praga, la contracultura, la liberación sexual, la crítica del productivismo y de la sociedad de consumo y la afirmación de los derechos civiles.

II.

En La Habana, antes de transcurrir una década de su triunfo, los revolucionarios cubanos ya habían organizado el desmontaje del dominio imperialista, el reparto de las tierras y las viviendas, la universalización de la educación y la justicia social. Sin embargo, al mismo tiempo, los mismos revolucionarios organizaban expediciones a la heladería Coppelia (centro de reunión de las juventudes urbanas en La Habana), pertrechadas con tijeras para recortar en los jóvenes los cabellos largos, las estrecheces de los pantalones demasiado ajustados al cuerpo y otras «desviaciones de la moral revolucionaria», al tiempo que enviaban a laborar en el campo a los homosexuales, y a otros desafectos a la moral oficial, para que el trabajo los convirtiese en «hombres», o sea, en «revolucionarios». Por curioso que parezca, es cierto: todo ello tenía el mismo objetivo: conquistar la posibilidad de vivir con dignidad y en libertad.

Antes, en la Rusia soviética de los primeros años veinte, León Trostky utilizó la expresión «crisis de las tijeras» para explicar la ruina económica del momento. En esa imaginaria tijera, una de sus dos piezas representaba la industria y la otra a la agricultura. La crisis consistía en la separación—el desencuentro—creciente entre ambas. En Cuba, la imagen real de personas esgrimiendo tijeras para custodiar la fe, sirve para mostrar cómo un proceso revolucionario puede al mismo tiempo encabezar una rebelión continental contra las oligarquías y prohibir escuchar a The Beatles—por considerarlos como expresión de la «decadencia burguesa»—una pieza de la tijera es un contenido no solo alejado, sino opuesto al expresado por la otra pieza de sí misma.

III.

La década cubana de los años 60 está atravesada por dicotomías de ese tipo, pero en rigor se trata de consecuencias de un hecho: parecen paradojas lo que resulta la convivencia de ideologías encontradas dentro del proceso, de rumbos políticos diferentes, y hasta opuestos, contenidos en él, que se mezclaban, confundían y producían síntesis muy contradictorias.
Entre fines de 1967 y enero de 1968, los tribunales cubanos concluyeron un caso calificado de delitos políticos. El proceso, conocido como «la Microfracción», tuvo como principal encartado a Aníbal Escalante Dellundé, dirigente del antiguo Partido Socialista Popular (Comunista)—que se había fundido en una sola organización, junto al Movimiento Revolucionario 26 de Julio y al Directorio Revolucionario 13 de Marzo, a partir de 1962. El delito de Escalante en 1968 fue trabajar en la creación de una corriente política de oposición al curso revolucionario cubano, para situarlo en la órbita plena de la URSS, encarnación en la tierra del ideal socialista, según Escalante.

Al mismo tiempo, en octubre de 1968 un jurado convocado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba premió los libros Fuera del Juego, de Heberto Padilla y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat. La polémica desatada en ese momento sobre el «carácter antirrevolucionario» de esos libros colocaba en lugar provilegiado a los seguidores cubanos del socialismo soviético.

La polémica concluyó tres años después con el célebre «Caso Padilla». Buena parte de la intelectualidad internacional vería en ello, ya en 1971, el fantasma del Stalinismo en Cuba, pero muy pocos observaron la relación entre la crítica al libro de Padilla y la inculpación a Escalante, ambas de 1968, como la expresión de la más aguda tensión existente entre los desarrollos posibles de la Revolución—desde 1961—y de la forma en que dicha tensión se iría resolviendo en el futuro.

Padilla había escrito poemas sobre la vida en el campo «socialista real»:

«Otro me dice que casi está prohibido hablar de guerrilleros, 
que él ha escrito un poema
pidiendo un lugar en la prensa 
para los muertos de Viet Nam. 
Luego vamos al restaurante; bebemos vino con manzanas; 
comemos carne de cordero
con aguardiente de ciruelas, 
"Pero esta paz (grita Judith como quien emergiera del lago Balatón) esta paz es una inmoralidad”».

Vistos cuarenta años después, la oposición al libro de Padilla parece explicarse mejor por su contenido antisoviético, mientras que la denuncia sobre Escalante no es tanto una disputa de poder—eran un grupo de 37 personas sin incidencia real en la vida política cubana—como una actuación contra la URSS, para evitar su control sobre el rumbo del proceso cubano.
Padilla se haría célebre porque su discurso tenía tras a sí a Occidente y a la izquierda socialista mundial, mientras que el de Escalante tenía a sus espaldas a la URSS, gigante con pies de barro—y con hedor—para parte del mundo, pero ambos sucesos son un continuo: una política que, en los sesenta, consideró la pax soviética respecto a Vietnam, América Latina y al Tercer Mundo como una inmoralidad e intentó construir un camino hacia la libertad y la justicia por sí mismos, con «nadie» detrás.

IV.

Pero la explicación sobre la particular «crisis de las tijeras» en Cuba no abarca solo las diferentes opciones políticas y personales existentes dentro del proceso.

En rigor, la liberación nacional no incluía la posibilidad del pelo largo, los pantalones ajustados y la crítica del consumismo. El contenido global de 1968 constituye una impugnación hacia el capitalismo y hacia el «socialismo real», pero contiene en su interior las diferencias provenientes de la desigualdad desarrollo-subdesarrollo. En Francia surgió a partir de una nueva composición de la clase obrera, de la emergencia de un amplio sector juvenil-estudiantil, de la necesidad de acusar la abundancia y el consumismo, de romper la dinámica del «hombre unidimensional» aherrojado por la eficiencia, de recuperar el tiempo de vivir y el ideal perdido de habitar en comunidad.

Esas necesidades no se comunicaban con las necesidades del Tercer Mundo, donde todo lo anterior era diferente: leáse a Ho Chi Minh, Glauber Rocha, Camilo Torres, Amílcar Cabral, Salvador Allende, Ahmed Sékou Touré: hablan del mismo tema: el colonialismo, la dependencia, la deformación estructural de la economía, el saqueo de las riquezas nacionales, la precaria composición de la clase obrera, la pobreza secular y la desarticulación del campesinado, la ausencia de posibilidades educativas, la miseria del hambre y de la enfermedad.

La política cubana de los años 60 fue así el intento de dar a luz a «alguien» en quien reconocer un igual, hecho inalcanzable con la URSS y con su campo satélite.

Ernesto Guevara, Che, lanzó al mundo la consigna de esta necesidad cuando llamó a «crear dos, tres Vietnam» en su mensaje a la primera Conferencia Tricontinental, celebrada en enero de 1966 en La Habana. Se ha atribuido este llamado de Guevara a su «aventurerismo», en coincidencia con las acusaciones que dirigía la oficialidad del campo «socialista real» contra el guerrillero cubano-argentino: aventurerotrotskistapequeño burgués anarquista, todo ello a la vez, si fuese posible. Con ello, se evitaba situar su actuación en otro mapa de sentido: si la URSS concebía la política como negociación de intereses geopolíticos entre las grandes potencias, Guevara la encaminaba a superar los problemas planteados por la opresión del colonialismo, la constancia del subdesarrollo y la dominación imperialista.

La experiencia guerrillera de Guevara en Bolivia, como antes en el Congo, no es en modo alguno el absurdo con que ha sido presentada: una fórmula mágica según la cual veinte hombres en una selva son capaces de cavar en la noche un túnel hacia el poder del Estado y ocupar al alba la silla presidencial.

Organizaciones como la Casa de las Américas, la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) vieron representadas en ellas, con grandes conflictos, las «dos corrientes de la revolución mundial», como las sintetizó el líder revolucionario marroquí El Mehdi Ben Barka: la «socialista», personificada en la URSS, y la de «liberación nacional», paralela a aquella, enarbolada por el Tercer Mundo. En esta última, tales organizaciones encontraban su verdadera inspiración: la lucha política—a través de partidos, guerrillas, movimientos o lo que el contexto aconsejase como más eficaz desde una perspectiva revolucionaria—por conseguir la expresión de las voces de los «condenados de la tierra» de tres continentes.

V.

En la clausura, en 1968, del Congreso Cultural de La Habana, Fidel Castro afirmó: «[El marxismo necesita] comportarse como una fuerza revolucionaria y no como una iglesia seudorrevolucionaria». Por declaraciones como estas, Castro, como Guevara, era acusado por los soviéticos de «hereje» y de «peligroso aventurero».

Pero los revolucionarios cubanos no estaban motivados por la puridad del marxismo y mucho menos por los oscuros intereses de Moscú. Esa política era, en efecto, marxista, pero distinta del marxismo soviético, erigido para legitimar una realidad de opresión política bajo el nombre de «consagración de la libertad». Este «marxismo» justificaba tanto la oposición a la lucha armada como cualquier otra expresión de lucha política que afectase el equilibrio interpotencias y su reparto del mundo. Al mismo tiempo, la herejía tercermundista constituía la resurrección del socialismo republicano de los revolucionarios franceses de 1793, que reclamó a la vez la libertad del burgués y del obrero, así como la del esclavo en las colonias bajo el término genérico «del hombre y del ciudadano».

VI.

En 1967 el diario Granma afirmó en un editorial: «Se puede partir hacia el comunismo y no llegar». Se puede, al luchar por la justicia, causar nuevas injusticias. Se puede perseguir la libertad y cometer muchos errores. Una misma persona puede estar dispuesto a morir por la liberación de un país y al mismo tiempo puede mancillar a otro ser humano de las millones de formas—por negro, por mujer, por gay, por lesbiana, por pobre, por «ignorante»—en que es posible reducir su condición humana.

Un acto justo—ni diez, ni un millón—justifica una solitaria injusticia.

Las tijeras que recortaban el cabello a aquellos jóvenes en Coppelia les arrancaban un atributo de su diferencia pero recortaban, sobre todo, la posibilidad de vivir en mayor dignidad y libertad. Con ello, la historia vivida en Cuba ha legado advertencias revolucionarias al presente. Comprender el precio, las dificultades, los retrocesos y los desarrollos de la libertad como un ideal concreto. La fuerza y la fragilidad de las utopías. La precariedad de la fe, cuando es indiscutida, y su estéril soberbia. El carácter insaciable de la libertad: cuando se vive reclama cada vez más libertad. La lenta decadencia de las revoluciones si no combaten el hábito de la obediencia y la dependencia. Al contrario de lo que sucede con las tijeras, la promesa del socialismo consiste en que la libertad nacional, social y personal son contenidos de una única libertad.

 


Julio César Guanche (Havana, 1974) is an essayist and professor. He is author of several books on Cuban history and politics, the most recent of which is En el borde de todo. El hoy y el mañana de la revolución en Cuba (Ocean Sur, 2007).