La Derecha Salvadoreña desde 2009

Cómo ARENA se ha adaptado para sobrevivir

por Manuel A. Meléndez Sánchez

En 2009, mientras el FMLN celebraba su muy esperada incursión a Casa Presidencial, el partido político conservador más grande de El Salvador—Alianza Republicana Nacionalista (ARENA)—esperaba con ansias el fin de un año para el olvido. 

En marzo, después de un proceso de nominación alargado y profundamente polarizador, ARENA perdió su primera elección presidencial desde 1984. Para noviembre, un tercio de sus legisladores había abandonado el partido “en rebeldía” y formado la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), robándole a ARENA tanto su “unidad granítica” como su estrecho control sobre la Asamblea Legislativa. En diciembre, mientras ARENA sufría esta gran escisión, Carlos Martínez de El Faro reportó que el partido había acumulado más de seis millones de dólares en deuda. ARENA, observó Martínez, se encontraba en su “hora más oscura”. En los siguientes meses y años, el partido condujo una “purga interna” del ex presidente Antonio Saca y sus seguidores, se vio involucrado en al menos dos casos de corrupción de alto perfil y sufrió una segunda derrota presidencial consecutiva.

Para la mayoría de partidos bien establecidos, tales períodos de fracaso e inestabilidad son parte de la vida política. El poder—especialmente en dosis de veinte años—corrompe y deteriora a cualquier organización. Donde sea que se celebran elecciones libres y justas, hasta los partidos más formidables pierden. Y la cohesión interna, la salud fiscal y la coherencia ideológica de cualquier partido político suele reflejar el sube y baja de su suerte electoral.

Pero para la derecha salvadoreña, los problemas de ARENA representaron una serie de instancias inauditas en la historia democrática del país: la primera vez que la derecha se vio plenamente en la oposición a nivel nacional, sin poder ejercer control sobre la presidencia, la legislatura o la Fuerza Armada; la primera vez que las fisuras entre los conservadores resultaron en dos partidos políticos competitivos; la primera vez que el presupuesto político de la izquierda, apoyada por empresarios desencantados (y, aparentemente, por el grupo empresarial venezolano ALBA) logró superar el de la derecha empresarial; la primera vez que el más antiguo y efectivo grito de guerra de los conservadores salvadoreños—que la izquierda, al tener la oportunidad, impulsaría una “revolución comunista” al estilo de Cuba o Venezuela—tendría que enfrentar las realidades de un gobierno del FMLN decididamente no revolucionario. En pocas palabras, ARENA (y la derecha tradicional que representa) emergió de 2009 y sus secuelas más débil que nunca en al menos cuatro aspectos decisivos: acceso al estado, fortaleza organizacional, salud fiscal y coherencia ideológica. 

Como resultado, muchos observadores esperaban que ARENA enfrentara un largo y difícil proceso de adaptación y recuperación. Algunos hasta predijeron el fin de la derecha tradicional en su encarnación actual. En julio 2014, un líder veterano de ARENA (quien habló bajo condición de anonimidad) recordaría, en términos casi bíblicos, que muchos dentro del partido se prepararon para “años de sequía”. 

En vista de estas sombrías expectativas, lo que la derecha ha logrado desde 2009 es extraordinario. Apenas tres años después de su primera derrota presidencial, ARENA ganó contundentemente las elecciones departamentales y municipales de 2012, asegurándose más alcaldías (116) que el FMLN y GANA juntos (111). Notablemente, ARENA ganó en 9 de las 14 cabeceras departamentales, incluyendo un segundo triunfo consecutivo en San Salvador por márgenes récord. En las elecciones legislativas que se celebraron simultáneamente, ARENA ganó más votos (39.75% del total) y más curules (33 de 84) que GANA (9.6% de los votos y 11 curules) y el FMLN (36.76% y 31 curules). Dos años más tarde, en la segunda vuelta de la elección presidencial, ARENA consiguió el 49.89% de los votos, con apenas 6,500 votos menos que el FMLN. Además, el partido ha recuperado gran parte de su cohesión interna: con un pequeño número de excepciones aisladas (entre las que destaca la deserción de cinco legisladores en 2013), ARENA ha logrado evitar nuevos cismas o defecciones masivas. Lejos de pasar por una “sequía” política, ARENA ha reconquistado su trono como el vehículo electoral más poderoso de El Salvador. 

APRENDIENDO DEL FMLN 

Muchos de las claves del éxito electoral de ARENA tienen sus raíces en la larga historia del partido. El legado de la guerra civil—que muchos aún recuerdan como una batalla entre el FMLN y las fuerzas que hoy representa ARENA—ha permitido al partido adoptar una marca distintiva y crear lazos duraderos con sus seguidores. Desde sus comienzos en la década de los 80, ARENA ha invertido en una organización territorial efectiva y profesional que ha llegado a cubrir casi cada esquina del territorio nacional. Y los constituyentes que están al núcleo del partido—principalmente empresarios tradicionales y sus familias—son un grupo pequeño, intensamente socializado y profundamente leal.

Otros factores tienen poco que ver con el liderazgo de ARENA. Los dos gobiernos consecutivos del FMLN, definidos por pobres resultados económicos y tasas de homicidios espeluznantes, han sido mediocres en el mejor de los casos. Mientras tanto, GANA se ha movido bruscamente hacia el centro político (fungiendo como el aliado clave del FMLN en la Asamblea Legislativa) y no ha logrado cultivar una coalición electoral competitiva (su apoyo se ha estabilizado en un 9-12% del electorado). Y la Corte Suprema, en una resolución clave contra Unidos por El Salvador—los cincos disidentes areneros que intentaron formar su propia fracción legislativa en 2013—prohibió el transfuguismo legislativo. 

Pero también es cierto que ARENA ha sabido perseguir ciertas estrategias para tomar ventaja de estas circunstancias. Dos han sido particularmente exitosas: el enfoque en la buena gobernancia municipal y el “apalancamiento” de la sociedad civil.

La politóloga Alisha Holland ha observado que el FMLN siguió una estrategia clara en su trayectoria desde las montañas hacia la presidencia. Incapaz de formular una campaña presidencial viable en la década de los 90, el FMLN decidió enfocarse en las elecciones municipales, cultivando lentamente el apoyo de la población a nivel nacional a través de los buenos resultados a nivel municipal. Las elecciones de 2009, concluye Holland, fueron la culminación de este cuidadoso plan.

Entre 2009 y 2014, ARENA adoptó una versión acelerada de la estrategia del Frente. En 2009, mientas su partido sufría en otras partes, Norman Quijano—un odontólogo que había completado cinco períodos en la Asamblea Legislativa—ganó una victoria sorpresiva en San Salvador. Como su campaña, el popular primer mandato de Quijano al frente de la ciudad capital fue definido por dos características. Primero, por su incansable enfoque en los problemas diarios y tangibles de los constituyentes locales. Y segundo, por su sutil indiferencia hacia los símbolos, líderes y compromisos ideológicos tradicionales de ARENA.

En las elecciones municipales de 2012—las primeras desde la dolorosa derrota de 2009—ARENA formuló gran parte de su campaña alrededor del modelo Quijano. En sus discursos y plataformas de campaña, los candidatos prometían gobernar con eficacia y se distanciaban discretamente de la marca tradicional del partido. Los candidatos que perseguían la reelección presumían de sus logros tangibles y evitaban los ataques partidarios; aquellos que buscaban quitarle el poder al FMLN apuntaban hacia San Salvador como un ejemplo de lo que podían ofrecerle a la población. Quijano, el sonriente símbolo de la buena gobernancia, aparecía en spots televisivos y vallas publicitarias de todo el país al lado de los candidatos de su partido. La estrategia fue un éxito rotundo: fue por ella, al menos en parte, que ARENA logró ganar las elecciones tan contundentemente. 

Quijano, reelecto cómodamente en San Salvador tras derrotar a Schafik Handal Jr.—hijo de un comandante histórico del FMLN—se convirtió inmediatamente en el candidato de facto de su partido para las elecciones presidenciales de 2014. Tras un desempeño impresionante, Quijano perdió esas elecciones ante el entonces Vice Presidente, Salvador Sánchez Cerén, por menos de 6,500 votos.

Más allá de su enfoque en la buena gobernabilidad local, ARENA ha adoptado una segunda estrategia clave de la que el FMLN fue pionero: el “apalancamiento” de la sociedad civil para enmarcar temas claves y consolidar su apoyo a nivel nacional. Desde 2009, dos grupos de organizaciones de derecha y centro derecha han adoptado un papel más y más visible en la política salvadoreña. Primero, las organizaciones gremiales, como los dos grupos empresariales más poderosos y políticamente activos del país—la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP) y la Cámara de Comercio de El Salvador (Camarasal)—que han intensificado sus actividades en defensa del libre mercado y la “institucionalidad” democrática. Y segundo, una nueva generación de movimientos ciudadanos enfocados en el fortalecimiento democrático más ampliamente hablando. Ellos incluyen, por ejemplo, al Movimiento 300 (un grupo de profesionales jóvenes con fuertes lazos a ARENA) y Aliados por la Democracia (una coalición de 126 organizaciones que es liderada, entre otros, por ANEP). 

Como muchos de sus líderes suelen repetir, estas organizaciones no son ARENA. En casi todos los casos, tampoco están afiliadas o asociadas formalmente a ningún partido. Pero es indudable que ARENA se ha beneficiado de estos grupos, al menos de manera indirecta: cuando la sociedad civil moviliza la opinión popular en contra de acciones identificadas de cerca con el FMLN, es ARENA quien suele cosechar los beneficios electorales y políticos. Y para algunos grupos, la colaboración con ARENA es más directa: el Movimiento 300, por ejemplo, ha contribuido al partido periódicamente con financiamiento y con nuevos liderazgos. 

EL VERDADERO RETO: LA REFORMA INTERNA 

Estas estrategias han permitido a ARENA seguir siendo un poderío electoral. Pero los partidos no viven sólo de elecciones, y muchos de los problemas que salieron a la luz en 2009—como la inestabilidad interna y la desactualización ideológica—siguen siendo una amenaza para ARENA. En particular, el partido aún debe cumplir con lo que podría ser su misión más importante (y más difícil): cambiar la manera en la que se toman las decisiones internas.

A primera vista, ARENA puede parecer sorprendentemente democrática. Sus estatutos establecen que virtualmente cualquier miembro del partido puede competir por una candidatura, ya sea externa (ej. como diputado) o interna (ej. como presidente del partido). Los candidatos son electos por la Asamblea General del partido, un cuerpo multitudinario que funge como “la autoridad suprema” dentro de ARENA. 

En la práctica, la Asamblea General suele cumplir una función menos ambiciosa: validar y legitimar las decisiones del Consejo Ejecutivo Nacional (COENA), una junta de 15 personas que actúa como “el cuerpo máximo de dirección y administración” del partido. El COENA es responsable por presentar posibles candidatos ante la Asamblea General, y puede, si lo desea, elegir una mayoría de sus delegados. En otras palabras, quien controla el COENA controla el partido.

En el pasado, el COENA ha servido como un mecanismo útil para que las distintas corrientes dentro del partido puedan participar en la toma de decisiones críticas. Pero a medida que la derecha salvadoreña se vuelve menos y menos monolítica, la competencia por el COENA seguramente se volverá más y más desestabilizadora: mientras escribo estas palabras, tres de los líderes más visibles de ARENA—Norman Quijano, el actual presidente del partido Jorge Velado y el ex vice presidente del partido Ernesto Muyshondt—compiten amargamente por el control del Comité Ejecutivo. Si ARENA quiere evitar otro GANA, debe seguir democratizando sus procesos internos.

Para lograrlo, el partido se verá obligado a tomar decisiones difíciles acerca de su financiamiento. ARENA continúa dependiendo desproporcionadamente de un pequeño grupo de donantes. Los reformistas dentro de ARENA deberían de darle prioridad a la reforma financiera del partido, no sólo para fortalecer su posición en relación a los donantes tradicionales sino también para darle más viabilidad y sostenibilidad a cualquier paquete de reformas políticas internas. Si se diseña y ejecuta eficazmente, una propuesta reciente para introducir cuotas mensuales entre los miembros del partido—otra táctica de la que el FMLN fue pionero—podría ser un buen comienzo.

 

Manuel Andrés Meléndez es miembro del Departamento de Estudios Políticos de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES). Obtuvo su licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard. Nació y creció en El Salvador.