Los Portadores

Por Ned Sublette

 

La espectacular belleza natural de Viñales hace de este uno de los destinos turísticos más atareados de Cuba. Pero los turistas no visitan esta finca de mangos, y el chófer de la guagua que nos trajo no estaba nada feliz por tener que tomar la vía maltrecha que conduce hasta aquí. Además, está lloviendo.

 

Pero no importa, pues habrá una fiesta. Vemos el lechoncito tierno asándose en la púa. Alguien destapa una botella de ron. Nosotros -- yo, con mi colega cubana, la musicóloga / productora Caridad Diez -- junto con 27 viajeros de Estados Unidos estamos hoy en el único sitio de Cuba (que nosotros sepamos) donde los tambores yuka de tradición congo son tocados en celebraciones comunitarias y familiares todavía hoy en día, convocando a los vecinos de más allá de las lomas con tambores que llaman a las fiestas, que no terminan el mismo día en que comienzan.

 

Cuando la industria del azúcar creaba fantásticas riquezas a lo largo de un territorio amplio del occidente cubano, estos tambores estaban por doquier. Si el trabajo se detenía por tiempo suficiente como para un baile, los músicos sacaban sus tambores yuka. Dicen los rumberos que son estos los que están tras el tipo de rumba al estilo del siglo XIX llamada actualmente yambú, la cual todavía se baila ampliamente en nuestros días, o como dice Diosdado Ramos, director de Los Muñequitos de Matanzas: “si bailas yuka un poco más despacio, ya tienes el yambú.”

 

Los diferentes tambores afrocubanos se clasifican por la manera en que los parches se sujetan a su cuerpo. Estos tambores yuka son troncos de árbol de aguacate ahuecados, con los parches clavados; descendientes de tambores de África Central, son identificados con la población congo.

 

A través de mis años visitando Cuba, he presenciado ceremonias, o recreaciones de ceremonias, por practicantes de cinco naciones africanas diferentes. Las más visibles son las yoruba (o lucumí, o ifá, o Regla de Ocha, o santería), con sus cuentas, sus códigos de colores, su blanca vestimenta, tan presente en las calles habaneras, de los iyawó durante su año de iniciación. Esta cultura religiosa, difundida ya en su forma cubana en varios países, brinda un repertorio musical espectacular y formalizado.

 

También está la carabalí (incluyendo la sociedad secreta abakuá para hombres, en La Habana, Matanzas, y Cárdenas, aunque también hay otros grupos de aquella zona de África); arará (del actual Benin, especialmente de la ciudades estado de Ardra y Ouidah); y gangá (Sierra Leona). La más común de ellas, congo, es la que considero el estrato base de la cultura afrocubana, quizás a partir de las últimas décadas del siglo XVI.

 

Por toda Cuba las personas continúan ancestrales prácticas musicales y espirituales, comúnmente a través de los esfuerzos de familias que las mantienen y al mismo tiempo transforman en el uso. Prudencio Rivera, el director del Grupo Tambores Yuka y camionero de día, es una de esas personas a quienes el Consejo Nacional de Casas de Cultura llama portadores. Ellos se encargan de mantener la tradición durante un tiempo y transmitirla a la próxima generación.

 

Mientras miramos, los percusionistas colocan los tambores en el suelo y hacen una fogata para afinarlos, a la manera en que fue descrito por Anselmo Suárez Romero en su novela cubana de 1838, Francisco:

 

[begin quote] Entonces fue menester calentar los tambores; para eso encendían la fogata, así se endurece el cuero que cubre una de sus cabezas, la más ancha, y adquiere su sonoridad, y rebota la mano, y retumba mejor el sonido en los huecos del cilindro; es la clavija del instrumento; sin candela no se oye bien, no se oye lejos por las fincas a la redonda; no aturde, no da alegría, no hace saltar [end quote].

 

Y entonces comienzan a tocar, continuando una tradición que la autora sueca Frederika Bremer describió durante su visita en 1850 a Cuba:

 

[begin quote] La música se componía, además del canto, de tambores. Tres percusionistas parados junto a troncos de árboles golpeándolos con sus manos, sus muñecas, pulgares, palillos tocando el cuero tensado sobre los ahuecados tallos de árboles. Hacían tanto ruido como les era posible, pero siempre manteniendo la afinación y el ritmo de la manera más correcta. [end quote].

 

El grupo tiene la típica configuración africana de tres tambores, con dos que tocan en ostinato mientras un tercero comenta. Las canciones congo tienden a ser muy repetitivas y de hecho, los orígenes de los background de música pop internacional tienen mucho que ver con la tradición musical congo. Quizás porque esta ha sido una parte de Cuba durante tanto tiempo, las canciones congo, e incluso sus rituales religiosos, tienden a incorporar más idioma español que las otras tradiciones africanas de Cuba.

 

Los cantantes repiten los estribillos una y otra vez: El rey del congo tiene que veni’, el rey del congo.

 

Yo había oído hablar de los tambores yuka por años, pero nunca antes los había visto en realidad.

 

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En la religión congo, llamada palo en Cuba, hay dos mundos, la tierra de los vivos y la de los muertos, que están en contacto continuo, separados por una barrera acuosa llamada kalunga. En los campos de caña de azúcar en Cuba, donde la fuerza laboral era forzada a trabajar hasta morir y reemplazada con nuevos arribos esclavos de allende los mares, el territorio entre la vida y la muerte era familiar, comunicándose en ambas direcciones.

 

Fernando Ortiz nos cuenta de un instrumento congo llamado kinfuiti que comunica con los muertos. Yo no pensé que alguna vez vería uno en la vida real, pero eso fue antes de visitar el pequeño pueblo de Quiebra Hacha (también en Cuba occidental, en Artemisa) a ver al grupo Ta Makuende Yaya. La musicóloga cubana Sonia Pérez Cassola, que ha trabajado con el grupo por años, refiere al kinfuiti como “el tambor de los muertos", cuyo llamado llega al otro lado de la kalunga. Es un tambor de fricción; es decir, que en lugar de percutir el parche, suena por rozamiento, con una vara atada al parche del tambor que se golpea con las manos mojadas –un primo organológico del cuica brasilero o el furro venezolano. El mismo hace un sonido de vaivén sostenido de registro bajo: gronc GRONC, gronc GRONC ....

 

En la sala de video proyección que funciona como cine del pueblo, iluminada con luces fluorescentes, el grupo actúa para nosotros. Ta Makuende Yaya se identifica como congo, pero también tocan piezas dedicadas a deidades yorubas (llamadas orishas), que no suenan mucho como la música orisha que yo he escuchado. Estas tradiciones son diferentes, pero se tocan y entrelazan en todo tipo de maneras por toda Cuba. Sin embargo, cronológicamente, la tradición yoruba de alto vuelo intelectual, fue la última en llegar a Cuba; con anterioridad, la capa base de la cultura afrocubana fue congo. Después de la actuación, caminamos calle abajo hasta un pequeño templo originalmente fundado por los esclavizados y reconstruido por la comunidad, dedicado a San Antonio, nombre denotadamente congo.

 

A través de la historia de la esclavitud trasatlántica, los congos se identificaron con el catolicismo; el reino fue catolizado por primera vez en 1491, -sí, un año antes de Colón-, cuando los misioneros llegaron a Mbanza-Kongo (en lo que hoy es Angola septentrional); Nzinga a Nkuwu, el manikongo o rey, inmediatamente aceptó de modo entusiasta y fue bautizado como Rei João I. Convirtió su reino por entero, el cual adoptó los objetos y símbolos del nuevo poder mientras continuaba al unísono con las prácticas tradicionales. De esta manera, la ampliamente discutida sincretización comenzó antes de la Travesía Intermedia, y fue diseminada a todas partes de las Américas; y por todo lo alto y bajo del hemisferio, los congos fueron asumidos como católicos.

 

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En el centro de la isla, Sagua la Grande fue una vez un rico atracadero pluvial para flete azucarero, como deja claro la elegante arquitectura del pueblo. El pueblo está salpicado de religión afro; el cabildo congo Kunalumbo se funda in 1809. Hay una fuerte presencia yoruba en Sagua, e incluso hay en ella una sociedad gangá.

 

La casa de Kunalumbo es pequeña pero está bien cuidada, es un espacio dedicado, un testamento a la perseverancia. Sus paredes interiores están pintadas con cosmogramas y relatos históricos, destacando orgullosamente una interpretación allí, en 1950, de la Orquesta Aragón, uno de los grandes nombres de la música bailable cubana, una charanga con flautas y violines fundada en Cienfuegos en 1939. Cuando ellos tocaron en Kunalumbo, Aragón no había hecho aún grabación ninguna, pero sus carreras consiguieron pronto un empujón con la ayuda de su amigo de pueblo natal Bartolomé Maximiliano Moré.

 

Moré, un guajiro negro, el mayor de dieciocho hijos, creció en la parte central sur de la isla, en un pueblo a unas millas de Cienfuegos del que el mundo conoció principalmente a través de su canción que lo alaba: Santa Isabel de las Lajas. Empezando su carrera como solista ambulante en las tabernas de los muelles de La Habana Vieja, Moré se hizo una estrella durante una prolongada estancia en México como cantante del Conjunto Matamoros, en el que cantó con Francisco Repilado "Compay Segundo", y cambió su nombre profesional a Benny (o Beny) Moré. Después de aparecer en películas mexicanas y en éxitos musicales con Dámaso Pérez Prado, regresó a Cuba en 1950 ya siendo una estrella. Formó su Banda Gigante y con ella surge su reinado como el músico más querido en Cuba, aquel que cantaba todos los géneros cubanos para beneplácito de todos. Fue lo suficientemente firme como para exigirle a los agentes de contratación que dejaran de bloquear a La Aragón de provincia, dejándola fuera del mercado de La Habana.

 

Benny creció en Lajas, donde vivió en la casa contigua al Casino de los Congos, una sociedad mutualista fundada por su tatarabuelo, nacido en África, Ta Ramón Gunda Moré. Desde su niñez tuvo libre acceso al lugar y a sus danzas al ritmo de los tambores makuta. El joven príncipe congo bailaba al son de los tambores makuta, desaparecidos de la vida musical cubana diaria ya hace mucho. Yo no había visto tambores makuta fuera de museos nunca antes. Pero el Casino de los Congos todavía existe en Lajas; en su propia casa, ahora más o menos como entonces, guardan los tambores makuta que Benny escuchó de niño. Sus miembros llevan a cabo una ceremonia solemne, avanzando con la bandera cubana alrededor del perímetro de la casa.

 

Una hora después vamos camino a Palmira, un centro de santeros y babalaos de tradición yoruba. Palmira fue el sitio del último concierto de Benny; después de una vida breve con demasiado aguardiente barato, vomitó sangre antes de actuar en una función allí y murió en un hospital de La Habana el 19 de febrero de 1963 a la edad de 43 años. En Palmira visitamos al director de la agrupación musical Obacosó, quien guarda un juego de tres tambores cilíndricos de dos membranas: tambores de guerra, consagrados a Changó, el orisha de los tambores y del trueno. (La etnomusicóloga Amanda Villepastour me ha enviado una foto de un juego similar en Jovellanos.)

 

Al día siguiente en la ciudad de Trinidad, el grupo Leyenda Folk nos tocó los tambores trinitarios, unos pequeños tambores aserrados con un poderoso restallido. Con eso fueron tres, en menos de 48 horas, los tipos de tambores que nunca había visto antes, y he estado en esto desde 1990. Cuba es inagotable.

 

En Jovellanos, en la provincia de Matanzas, el grupo Ojundegara, centrado en la familia Baró, mantiene su herencia arará cantando en la lengua fon a los fodduces que son más o menos homólogos a los yorubas orishas. Frente a su morada hay un monumento que tiene una contraparte gemela erigida en la nación moderna de Benin luego de una visita que el grupo hizo allá en 1991. Cientocincuenta años no son tanto: uno de los miembros de Ojundegara, Patricio Pastor Baró Céspedes, quien murió en julio de 2016 a la edad de 89 años, fue hijo de Esteban Baró Tossú, traído como esclavo de Dahomey siendo niño alrededor de 1866.

 

Después de 1850, Cuba fue el último lugar en las Américas que traficaba importando esclavos africanos. Las últimas décadas de esclavitud fueron años cimeros en la introducción de yorubas secuestrados que eran traídos a los ingenios azucareros de aquella época al occidente de Cuba, particularmente la provincia de Matanzas. Todos concuerdan en que Matanzas, ciudad portuaria y la "Atenas de Cuba" sobre la costa norte, constituye la gran encrucijada transmisora de la religión afrocubana.

 

Con el tiempo, la religión yoruba se fue moviendo al este llegando a Cuba oriental al filo del siglo XX. El fundamento (elemento activador en los tambores batá yoruba) llegó a Camagüey, en la zona centro oriental de la isla, sólo en 1980, según me cuenta Ángel Echemendía, erudito director del Conjunto Folklórico de Camagüey y, según Abelardo Luardet Luaces, a Santiago de Cuba sólo en 1986. Por tanto hay un estrato congo a lo largo del país, y un poder yoruba en occidente que se fue moviendo al este. La gente frecuentemente es iniciada en más de un sistema religioso afrocubano. A diferencia de La Habana, en Oriente -que no fue tierra azucarera en el siglo XIX- los creyentes generalmente se rayan (iniciarse en palo, evidenciado por escarificación) antes de hacerse santo (yoruba).

 

Y hay además otro factor: los lwa también viven en Cuba. Hay bastante vodú haitiano en Oriente, y en otras partes de la isla, si se mira atentamente.

 

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No hay ninguna manera de comprender la historia del Oriente montañoso o, en este caso, de las revoluciones cubanas que han estallado de este a oeste, sin tener en cuenta a St. Domingue / Haití, cuyas montañas son visibles desde los puntos elevados de Oriente.

 

Hay tres sociedades domingano-descendientes llamadas tumbas francesas (en Santiago de Cuba, Guantánamo, y una rural en las laderas de la Sierra Cristal, cerca de Sagua de Tánamo). Reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural Oral e Intangible de la Humanidad, sus atuendos refieren la vestimenta francesa de salón de fines del siglo XVIII. Ellos bailan tan bien una contradanza como un baile africano; sin embargo, la música se compone sólo de voces y tambores.

 

La tumba francesa rural del montañoso Bejuco estuvo tan aislada que los estudiosos cubanos supieron de ella solo en 1976, aunque sus ritmos y su juego de tambores son similares a los de su contraparte urbana. Su historia es clave en la comprensión de todo tipo de movimientos y migraciones en la Cuba pos-haitiana.

 

En Guantánamo, la bellamente engalanada sociedad de tumba francesa Santa Catalina de Ricci Pompadour está regia en su sede. La última vez que los ví fue en el festival de música mundial en La Habana en marzo, donde su retumbante batería de percusionistas realizó una descarga inolvidable con un grupo de la isla Reunión; así es Cuba.

 

Después de una interpretación por la Tumba Francesa La Caridad de Oriente, de Santiago de Cuba, hace unos años, una de las madrinas del grupo me preguntó si estaba satisfecho. Cuando hice una respuesta afirmativa, sonrió y dijo: "No somos solamente nosotros los seres vivos los que estamos bailando", queriendo dar a entender que los muertos estaban bailando junto con ellos.

 

Pero aunque el espíritu está en todas partes, la tumba francesa no es vodú. Gran parte del vodú en Cuba fue traído como cortesía de los muchos cañeros haitianos llegados en el siglo XX, cuando el azúcar se había expandido a la zona oriental durante la república neocolonial prerevolucionaria. Muchos de ellos se quedaron, constituyéndose en una minoría kreyolo-parlante.

 

En su sorpresivo éxito mundial "Chan Chan", Compay Segundo rememoraba una serie de paradas de una línea de ferrocarril de Cuba oriental: "De Alto Cedro voy para Marcané / Llego a Cueto voy para Mayarí." No he pasado por Alto Cedro, pero llevé un grupo a visitar Cueto, y donde hay una estatua de Compay no había un solo turista del que pueda contarles, pero sí algo que no salió en el Buena Vista Social Club: vodú.

 

En Cueto, un grupo de niñas escolares en un proyecto comunitario nos canta canciones en Kreyol antes de que visitemos la casa de una mambo (mujer experta en rituales vodú) recientemente fallecida. Los miembros de la familia rinden homenaje a los lwa, pero una mujer no se alejó suficientemente antes de que los tambores comenzaran, y resultó montada, o poseída por los espíritus.

 

En Guantánamo visitamos la casa de Francisco, un houngan (hombre experto en rituales); en su modesto patio trasero, el grupo de vodú Los Cossia ensaya.

 

Pero el vodú no solamente existe en poblados de Oriente sino que está en el centro de Cuba también. Es fuerte en Camagüey. Hay vodú en Ciego de Ávila; cuando le pregunté a Ariel Gallardo Ruiz "Goma", director del grupo Rumbávila, si el vodú vino al centro de Cuba por tierra desde el este, me respondió: "También entró por el norte y el sur"; esto es, directo hacia el centro de Cuba portado por los cañeros haitianos durante la primera mitad del siglo XX cuando había demanda de macheteros. Le muestro un video a Goma de una ceremonia vodú en Nueva York de la semana anterior, y lo identifica inmediatamente: "Eso parece una ceremonia para Erzulie", dice. Después de una pausa agrega: "Lo hacemos de manera diferente."

 

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La industria azucarera cubana ha sido reducida, pero todavía existe; y dónde hay centrales (fábricas de azúcar), siguen vivos núcleos culturales importantes. En el centro de Cuba, en el pequeño pueblo Primero de Enero, sede del ingenio Violeta, hay un proyecto comunitario, llamado Nagó, que toca tambores vodú y baila. Sus directores nos llevan a la Casa de las Flores, un gran jardín de orquídeas. Carretera abajo en Baraguá, los miembros del grupo La Cinta ofrecen black cake (una panetela al ron deliciosa) a sus invitados, y nos tocan música anglo-antillana traída por sus antepasados macheteros de las islas anglo-parlantes. Hay como 32 grados celsius y no hay ventilador, pero la actuación es intensa, enérgica e impecable con zancos, palo de mayo, un burro de madera, bombos y cajas redoblantes.

 

En Colón, provincia de Matanzas, Eneida Villegas Zulueta nos lleva a su comunidad, en gran parte descendientes yoruba, quienes viven en los mismos barracones donde sus antepasados fueron esclavizados en el tristemente célebre ingenio Álava del infame Julián Zulueta. Nos muestra las obras del proyecto comunitario Tras las Huellas de Nuestros Ancestros, cuyos miembros han creado su propio museo compuesto de pertenencias y accesorios guardados por sus familias desde la esclavitud. Después de visitar un magnífico grupo de casas templos, escuchamos no uno, sino dos bembés (fiesta sagrada para los dioses) uno tras el otro, uno con niños, bailando los orishas, el otro con adultos.

 

En Güines, cerca del antiguo central Amistad, Luis Pedroso Sotolongo protege el Cabildo Briyumba Congo, que tiene la prenda más grande que yo haya visto. (Tienen una aún más grande, pero hay que hacerse una limpieza antes de poder verla). Aunque Luis consulta el oráculo yoruba frente de la prenda, la prenda es congo. La prenda (nganga es la palabra en Kikongo) es el centro de la práctica del palero: una olla de hierro grande que contiene toda clase de elementos poderosos, incluidos de manera significativa restos humanos, pero también varios elementos naturales, entre los cuales hay palos de diversos tipos de madera.

 

La prenda de Briyumba Congo está hecha de una caldera vieja del central, haciendo concreta la conexión entre el azúcar y la muerte. También hay otras prendas en la habitación, y hay una silla de madera que data de las primeras décadas del siglo XX, cuando la policía destrozaba rumbas y ceremonias, requiriendo camuflar los tambores como artículos de familia: “No señor, no hay ningún tambor aquí, sólo estoy sentando en mi silla...”. La silla de Luis es realmente un tambor de caja grande, todas sus partes dan tonos diferentes, cuando sentado golpea sus costados sacándole ritmo.

 

Al doblar de la esquina de Briyumba Congo, en el barrio de Leguina, está la capilla católica de Santa Bárbara, que es centro de una de las procesiones santorales más grandes en Cuba (famosamente sincretizado con el orisha Changó), cuyo día es el 4 de diciembre. Y está el proyecto comunitario Patio de Tata Güines, en honor del héroe local Arístides Soto, cuyo nombre profesional, Tata Güines, era un saludo congo a su pueblo natal. El Patio está en el solar (apartamentos múltiples alrededor de un patio central) donde Soto nació y creció, al otro lado de la calle de la casa donde el gran Arsenio Rodríguez vivía de niño.

 

Por toda su fama, Arsenio, que trajo a la música popular cubana la conciencia afro, comenzando en los 1930s, es todavía una figura subestudiada, y aunque es principalmente conocido por sus innovaciones musicales, los textos de sus canciones contienen un mundo de tradición y merecen toda una edición académica. Sentado en el Cabildo Briyumba Congo, pregunto a Luis algo que siempre quise saber: qué significa esa frase de Arsenio, “No hay yaya sin guayacán”? Luis sonríe, y señala un prenda más pequeña al lado de la grande: "Esto es yaya" - señala a un palo de madera que se yergue afuera de la prenda, luego a otro - "Y esto es guayacán. Si usted no tiene ambos, ninguno será eficaz”.

 

Si usted quiere comprender algo de las letras de Arsenio, vaya al otro lado de la calle donde creció, y pregunte.

 

 

Ned Sublette es autor de cuatro libros que incluyen a Cuba and its Music: From the First Drums to the Mambo; y (con Constance Sublette) The American Slave Coast: A History of the Slave-Breeding Industry. Es miembro del Comité Sobre la Globalización y el Cambio Social en el Graduate Center de CUNY, y es miembro adjunto en el Instituto Clive Davis de Música Grabada en NYU.

 

Sus Postmambo Cuban Music Seminars llevan personas a Cuba.

información: postmambo@gmail.com

 

El escritor aprecia la ayuda de Caridad Diez, Orlando Vergés Martínez, Doris Céspedes, Sonia Pérez Cassola, Eneida Villegas Zulueta, Teresita Baró, Elivania Lamothe, Queli Figueroa Quiala, Rodulfo Vaillaint, Ben Socolov, Constance Sublette, y muchos otros.