Mayra Santos-Febres y Las Escritoras Boricuas del Siglo XXI (Spanish version)

The Porcupine's Prick

Por Carmen Oquendo-Villar 

Caminaban Franca y Fina una tarde calurosa en dirección al fuerte de San Felipe del Morro, buscando un poco de alivio para sus respectivas pelambres en la fresca brisa que se levantaba del Atlántico, cuando se entabló entre ellas una conversación memorable. Perras sabias y trotamundos retomaban siempre, en sus paseos vespertinos por las calles del viejo San Juan, algún tema literario que les apasionaba y que solían examinar extensamente mientras desahogaban, frente a algún paisaje digno de Francisco Oller y entre aguas mayores y menores, las exigencias naturales del cuerpo y del alma.

— Rosario Ferré
El coloquio de las perras

Mayra Santos-Febres me propuso escribir el prólogo para una antología, Las espinas del erizo: antología de escritoras boricuas del siglo XXI, justo cuando retomaba mis estudios sobre el Caribe; después de un desvío al Cono Sur—y sus imponentes figuras paternas—para refrescar los consabidos discursos caribeños. No había proyecto más adecuado que esta invitación (y reto) que me proponía Mayra: zambullirme en el imaginario vislumbrado por las escritoras de nueva tinta que se suman, desde el siglo XXI, a ese “bien común” llamado literatura puertorriqueña. Encontré muy tentadora esta invitación de aportar con un estudio preliminar y así participar observando críticamente esta intervención en el canon isleño. Acepté.

¿Desde dónde asediaban las nuevas escritoras el canon? Fue fácil reconocer que el sistema narrativo isleño, aún cuando estuviera enfrascado en el discurso del colonialismo y la docilidad, ha compartido muchas características de la discursividad de los patriarcados soberanos. Según Juan Gelpí, en Literatura y paternalismo en Puerto Rico, este canon fue tradicionalmente regido por el concepto de generación literaria, la cual giraba en torno a la gran figura central del padre. El trabajo de las nuevas escritoras se articula como un corpus que reta o irrita lo que podría considerarse la primera “generación” de escritoras mujeres. Interlocutora principal de esta antología, esa generación surgió en los años setenta a partir del distanciamiento que socavó el canon masculino, la desfiguración de la figura patriarcal, y el surgimiento de la idea de la nación como una “casa en ruinas,” para continuar con la metáfora de Gelpí. Santos-Febres argumenta que fue esta generación de escritoras la que solidificó el canon literario femenino en el país e internacionalizó la literatura puertorriqueña en general.

Las escritoras—innovadoras e irreverentes cuando irrumpieron en el panorama literario de las postrimerías del siglo veinte—salían entonces despavoridas pero exhuberantes por las ventanas de la “casa en ruinas” de la literatura nacional. E, irónicamente, a veces tan celosas de la soberana de la casa nacional como los patriarcas. Ahora, en el 2008, ellas mismas son invitadas a co-habitar en esta antología una nueva casa de la escritura localizada en un globalizado siglo XXI. El trabajo editorial de Santos Febres agrupa estos textos por entender que “reta[n] los paradigmas formales de la generación del 70 y de sus más importantes representantes: Ana Lydia Vega, Rosario Ferré, Magali García Ramis, Olga Nolla y Mayra Montero” (2). A estas “Maestras”, las narradoras del 70, va dedicada la antología, por “haber abierto el camino que ahora yo (y otras muchas) recorremos” (6).

Con esas madres y contra ellas se organiza esta antología. ¿Cuáles son los “paradigmas formales” de la generación del setenta que retan las nuevas escritoras de Las espinas del erizo? Entre ellos se encuentran: el habla popular como lengua literaria, la exaltación de las clases populares, la identidad caribeña y latinoamericana. En el caso de muchas, la presencia femenina y feminista. Las nuevas escritoras que nos presenta Santos Febres se alejan de esas modalidades narrativas, y si las incorporan, no dominan la narrativa.

Los textos de esta antología no siguen un paradigma narrativo coherente. Es importante recordar que no se trata de una nueva generación. “No sigo”—dice Santos Febres en el antologario—“criterios estrictamente generacionales—algunas de esta divas nacieron antes, mucho antes que otras.” Clarifica: “Me dirige fundamento mayor.” (2) El silencio con respecto a la nueva producción literaria boricua forma parte de este “fundamento mayor.” En términos de la producción literaria de escritoras, no había habido una antología desde 1986 de escritoras de nuevas tintas. En las décadas de los ochenta y noventa aparecieron dos antologías pero en su mayor ía de las escritoras ya consagradas, como es el caso de las siguientes tres. Ramón Luis Acevedo, Del silencio al estallido: Narrativa femenina puertorriqueña (Río Piedras: Editorial Cultural, 1991), María M. Solá, Aquí cuentan las mujeres. Muestra y estudio de cinco narradoras puertorriqueñas (Río Piedras: Editorial Huracán, 1990), y Diana Vélez, Reclaiming Medusa: Short Stories by Contemporary Puerto Rican Women (San Francisco: Spinsters/Aunt Lute Book Company, 1988). “Es como si después del 70 se hubiera acabado el mundo literario en la Isla”—dice Santos Febres—“Esto se debe en parte a la fragmentación de colectivos literarios, a la publicación mayormente en internet y no sé si consecuentemente, a una publicación mermada en editoriales locales” (3-4). La editora extiende, pues, una invitación a la lectura en el contexto de ese profundo silencio con respecto a la literatura actual en Puerto Rico.

Aunque su persona pública se haya configurado en el espacio público isleño como matrona nacional, Santos Febres y su presente trabajo editorial no buscan inscribir su figura como la matrona literaria de la contemporaneidad. Las espinas del erizo: antología de escritoras boricuas del siglo XXI ubica a las escritoras en el siglo que se adentra sin acatar el modelo de generación literaria y sus imponentes padres y, ahora más recientemente, madres igualmente imponentes. Lo que organiza esta antología es un impulso más cercano a la tradición del taller literario, fenómeno con mucha acogida en las letras puertorriqueñas. El impulso del taller no es genealógico ni vertical, sino cercano al modelo rizomático de Deleuze y Guattari, el cual ha tenido ecos lejanos en el Caribe, como en la obra del martiniqueño Edouard Glissant, el cubano Antonio Benítez Rojo y de la propia Santos-Febres.

“Todo escritor requiere su taller” escribía en 2005 la misma Santos Febres en el prólogo a Cuentos de oficio: Antología de cuentistas emergentes en Puerto Rico, aludiendo metaliterariamente al proceso de formar oficiantes en el mundo de las letras. Esa antología de 2005, producto de los talleres literarios que Santos-Febres lleva impartiendo por décadas en la isla, se adhería al modelo de publicación de tomos de cuentos de talleristas, como lo habían hecho antes Luis López Nieves en suTe traigo un cuento y Mayra Montero en Veintitrés y una tortuga. En Puerto Rico el taller literario ha tenido un importante desarrollo de su literatura a partir de mediados del siglo veinte. Enrique Laguerre fundó en los años cincuenta el primer taller de narrativa en la Universidad de Puerto Rico. Entre los escritores que han ofrecido talleres, sobre todo de cuento, se encuentran Luis López Nieves, Emilio Díaz Valcárcel, Mayra Montero, Edgardo Rodríguez Juliá. Escritora formada ella misma bajo la mentoría de los escritores Ché Melendes y Angelamaría Dávila, Santos-Febres ahora nos presenta en Las espinas del erizo: Antología de escritoras boricuas del siglo XXI una selección del trabajo de las nuevas escritoras que, aunque no fueran necesariamente formadas en su taller, han sido definitivamente acogidas bajo su ala y mentoría. Y es significativo que sea Mayra—escritora consagrada en las letras nacionales e incluso en todo el Caribe hispano—quien proponga este reordenamiento de la historia literaria boricua.

Si bien se inscribe en este marco literario, la presente antología reformula concepciones antológicas previas. Las espinas del erizo no reúne escritoras que acatan obedientemente el modelo de quien las convoca. Por el contrario, en las páginas de la antología encontramos una diversidad de acercamientos y maniobras retóricas. Estas voces no intentan explicar la identidad “mujer’ aun cuando pudieran coincidir con Judith Butler cuando ésta se pregunta—¿qué quiere el género de mí?—pensando en la categoría identificatoria “género” que antecede la subjetividad misma. (Judith Butler, What Does Gender Want of Me? New Psychoanalytic Perspectives, Conferencia Magistral en el Programa de Studies of Women, Gender and Sexuality, Harvard University, 4 de diciembre, 2007). Tampoco definen una “identidad” nacional/étnica/racial, puertorriqueña, ni siquiera caribeña. Todas las identidades anteriores se dan por sentado o se les da la vista larga.

Lo que sí impera en cada cuento son mujeres “bregando, ” por utilizar el consuetudinario término boricua estudiado por Arcadio Díaz Quiñones en El arte de bregar: Ensayos (San Juan: Ediciones Callejón, 2000). Según Quiñones “el verbo bregar flota, sabio y divertido, en los múltiples escenarios de la vida puertorriqueña […] Las mujeres y los hombres emplean sin cesar ese verbo, con libertad e inteligencia. Los puertorriqueños están siempre en la brega, vulnerables, alertas. […] Bregar es, podría decirse, otro orden de saber, un difuso método sin alarde para navegar al vida cotidiana, donde todo es extremadamente precario, cambiante o violento … (19-20). Las mujeres de esta nueva literatura “bregan” de modo protagónico; no como trasfondo. Son mujeres que transitan, no sólo la esfera privada, sino también la esfera pública de Puerto Rico, el Caribe y otros escenarios indefinidos. La categoría “ciudadana” es fundamental para estos nuevos sujetos literarios. “El asunto es”—dice Santos Febres—“que la mujer aparece como agente en esos mundos. Los transita, los cambia, es cambiada por ellos, los explora, ya no desde la mera esfera de lo privado (como madre, esposa, amante, etc.) sino como cuidadana/marginal, profesional, viajera, etc. Desde otra mirada (4).

Esa “otra mirada” también incide en la mirada al mundo de la esfera privada, como ocurre en Carta al padre de Mara Negón, texto que establece diálogos diacrónicos y sincrónicos, con la generación del setenta y con Papí, novela de una estimulante escritora contemporánea de la República Dominicana: Rita Indiana Hernández. Inscrita la figura masculina como pretexto en la Carta al padre, la narrativa del cuento de Negrón explora a filiación de la hija lejos de la tensa y traumatizada inscripción de la figura masculina en la narrativa previa. Evita inscribir la figura masculina como un Ambrosio del cuento de Rosario Ferré: “Cuando las mujeres quieren a los hombres,” cuento en el que la sombra del temible hombre encauza una insospechada solidaridad femenina. Formada en París bajo el ala de Hélène Cixous, Negrón ha sido una importante diseminadora del feminismo de corte francés en la isla. Este padre que nos presenta es su propia re-elaboración caribeña del montaje teórico francés. El recuerdo del padre, ausente y añorado, es el fundamento del que se sirve la hija para explorar su goce (jouissance). “No he querido nunca alcanzarte, mi goce nace de la imposibilidad de alcanzarte, de la imposibilidad de no ver nunca ese rostro” (157). La ausencia de la figura paterna, tópico recurrente en las sociedades caribeñas contemporáneas, recibe como respuesta el goce de la hija, situación narrativa que diverge del tono de Papí de Rita Indiana Hernández (San Juan: Ediciones Vértigo, 2005). El texto de Hernández explaya la furia de una juventud desquiciada por las calles de Santo Domingo. Todo tipo de sostén económico recibe la narradora de su papi, un “PostPater” (término de Manuel Clavell Carrasquillo) criado en los fangales, a la sombra del paternalismo de Balaguer. Luego de “superarse” vive una vida de cuarentón nuevo rico entre el barrio y Miami, totalmente a espaldas de su hija. Papí es el furibundo reclamo de la hija ante el abandono del padre. En ese sentido, Rita Indiana estaría más próxima a las narradoras puertorriqueñas del setenta, a pesar de sus ambientes localizados en un postmoderno y caribeño siglo veintiuno. Lejos de la furia, el reclamo y el descontrol, la Carta al padre de Mara Negrón presenta un goce pausado en un mundo interior que ocupa cada oración, toda la página. El padre es tan sólo el pretexto.

El texto de Mara Negrón—quizás el que más se regodea en el concepto género—es sólo un ejemplo de la conversaciones que entabla esta antología, pero los registros de los otros cuentos son anchos y ajenos. Se trabaja el texto social, el de fantasía, el intimista, el erótico, la recreación histórica. Los tonos son tan diversos como las escritoras. El andamiaje narrativo también. Sin embargo, ninguno de estos cuentos es contestatario. No buscan instaurar “justicia poética” (5). Simplemente exploran la condición de ser mujer en el mundo; ser escritora en el mundo globalizado pero aún profundamente patriarcal en el cual vivimos. La visión de ese gran mundo globalizado narrado, visto desde el minúsculo punto cartográfico que supone esta isla caribeña, hechiza a las escritoras antologadas y a quien las agrupa. “[L]as razones por las cuales me interesa presentar a estas escritoras—dice Santos Febres en el antologario— “es que se adentran en una cultura de la globalización desde Puerto Rico” (3).

Los textos de estas doce escritoras son, según la propuesta de Santos-Febres, las espinas de un erizo que, “a ritmos diferentes, se van hundiendo en la piel despreocupada de la literatura puertorriqueña”. Con este título, Santos-Febres inscribe y reta la tradición cultural de la femme fatale y la vagina dentata, otorgándole un giro caribeño y reivindicativo a una imagen trillada, irritante e, incluso, no procesable. Los erizos, al igual que las escritoras de esta antología, son criaturas que merodean el ambiente, pero que al sentirse amenazadas son capaces de enrollarse sobre sí mismas y formar una bola púas. La casa de la escritura le abre el camino a la inmensa y globalizada intemperie que habitan los erizos, esas criaturas que entran en contacto dejándose sentir.

 

Carmen Oquendo-Villar (www.oquendovillar.com) is a Puerto Rican scholar and artist. She obtained her PhD from Harvard. Her work revolves around issues of media, performance and politics, film and visual culture, as well as gender and sexuality.