Miradas de Solentiname: Fotografías y Reflexiones

Por Ernesto Cardenal 

Con fotos de la juventud de Solentiname bajo la dirección de Tiago Genovese

 

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Jeffrys Mariana Aguilar Varela

 

Yo me hice sacerdote para fundar una pequeña comunidad contemplativa en una isla del archipiélago de Solentiname en el Lago de Nicaragua. En los doce años y medio que tuvimos nuestra pequeña comunidad en Solentiname fueron muchísimos los visitantes que llegaron, de Nicaragua y el extranjero. Tantos que a veces nos afligíamos porque ya no podíamos hospedar más, y veíamos desde lejos que arrimaban otros a nuestro pequeño muelle con maletas o mochilas. Hubo casos en que llegaban a Solentiname sin pasar por la capital Managua: viajando a Costa Rica y entrando por el Río San Juan al Lago de Nicaragua.

 

También son muchos los que (además de mí) han escrito sobre Solentiname. Y, como yo he dicho muchas veces: se ha hecho de Solentiname una especie de mito. La experiencia que allí hubo y lo que allí realizamos no tiene la importancia que muchas veces se le ha dado. Fue en realidad algo muy modesto.

 

Lo que ha hecho más conocido Solentiname en el mundo es el libro El Evangelio en Solentiname, comentarios del Evangelio hechos por los campesinos junto conmigo, y también con la participación de muchos visitantes. Los comentarios eran a veces tan buenos que yo decidí recogerlos en grabadora y después publicarlos en libro. Este libro ha tenido muchas ediciones y ha sido traducido en muchas lenguas, aun el japonés, el filipino, el coreano. El comentar el Evangelio colectivamente como se hizo en Solentiname se ha repetido después en otras partes, sobre todo en parroquias protestantes en Estados Unidos (adonde fui invitado una vez para que enseñara a hacerlo a una comunidad). Fue un sacerdote español que nos visitó en Solentiname el que me enseñó a mí a hacerlo, como él lo practicaba en un barrio pobre en Managua, y lo había aprendido de un sacerdote panameño que a su vez lo había aprendido de un sacerdote de Chicago.

 

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Jader Jose Hernandez Jimenez

 

No se puede negar la importancia de otros logros de Solentiname, pero fueron debidos no tanto a mí sino más bien a otros. La pintura primitiva de los campesinos de Solentiname se inició cuando el pintor Róger Pérez de la Rocha y yo dimos a un campesino papel y lápices de colores, y después telas y pinceles y óleos, y éste pintó los primeros cuadros. De ahí procede la gran cantidad de pintores que ha habido en Solentiname, cuya pintura se ha hecho célebre y ha influido en todo Nicaragua.

 

La artesanía de madera de balso que también ha hecho famoso a Solentiname la originó un niño campesino de 13 años, Eufredito. Hijo de un jornalero, y él mismo a veces también jornalero junto con su padre, viendo las esculturas en madera que yo hacía, se puso a labrar con una cuchilla Gillet pequeñas figuritas en madera de balso, que es muy suave y liviana. Sus figuras estaban influidas por las mías, que son estilizaciones modernas; aunque las de él eran ingenuas y primitivas, y con mucha gracia. Yo le ofrecí dinero por cada escultura que hacía, y viendo eso otros campesinos empezaron a llevarme figuras hechas por ellos también en madera de balso (pescados, garzas, armadillos, ardillas, tortugas) las que yo también pagaba; y así se generó la famosa artesanía, ahora muy abundante en Solentiname, y que también ha influido en otras partes de Nicaragua.

 

Solentiname también produjo una muy buena poesía campesina, que se ha publicado en otras partes y se ha traducido a otros idiomas. La aparición de esa poesía se debió a pura casualidad. La escritora costarricense Mayra Jiménez que nos visitó en Solentiname, se dio cuenta que los campesinos de allí no conocían mi poesía. Yo no se las había dado a conocer porque pensaba que no la comprenderían, y la gran mayoría de ellos ni siquiera sabían que yo era poeta (y aun la palabra poeta no tendría para ellos mucho significado). Mayra Jiménez había hecho ya antes algunos talleres de  poesía para niños, y resolvió hacer en este lugar uno para los campesinos, con el objeto de que conocieran mi poesía y la de algunos otros poetas nicaragüenses, y que además pudieran empezar a escribir poesía ellos mismos. Todo esto se logró en su taller, y lo más importante es que se produjo la poesía campesina de Solentiname.

 

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Joel Eduardo Carrillo Romero

 

Varias veces me he referido a estos cuatro logros llamándoles “milagros”, porque se habían producido sorpresivamente, y sin que yo los hubiera en lo absoluto planificado. Ahora se puede hablar de un quinto milagro: el de la fotografía de los niños y las niñas de Solentiname; que es también algo en lo que yo no he tenido ninguna participación.

 

Miradas de Solentinametiene una historia muy singular. Resultó que un joven fotógrafo brasileño de 23 años, que estaba estudiando en Estados Unidos, decidió ir a Solentiname y dar cámaras fotográficas a los niños campesinos para que tomaran sus propias fotografías.

 

Anteriormente él no había sabido nada de Solentiname. Estaba insatisfecho de su vida de mucho confort en la Universidad de Boston. Deseaba, en vez de ella, emprender alguna aventura, algo que le diera más sentido a su vida. Entonces le impactó un documental llamado Born into Brothels(“Los niños del barrio rojo”) que trataba de cómo una fotógrafa había ido a Calcuta a fotografiar las prostitutas de la Zona Roja, y mientras lo realizaba empezó a hacerse amiga de los niños de ellas, y les dio cámaras para que aprendieran como un oficio la fotografía. Las fotos de los niños fueron expuestas y gustaron mucho. Todo esto estaba relatado en el documental, y el joven fotógrafo Tiago sintió encontrar en él el rumbo que afanosamente había andado buscando: hacer talleres de fotografía con niños y niñas que jamás hubieran tocado una cámara.

 

En esos días se acordó de un ensayo que había escrito para su clase de literatura, en el que analizaba mi poema Apocalipsis y el cuento de Julio Cortázar Apocalipsis en Solentiname. En el cuento de Cortázar le había llamado la atención su relación con la fotografía y con Solentiname, y allí descubrió que yo era uno de los personajes del cuento. Pero anteriormente él no había leído nada sobre mí. Ni nunca había oído hablar de Solentiname. Tampoco sabía nada de Nicaragua, aunque poco a poco fue sabiendo algo sobre la revolución, sobre la teología de la liberación y sobre Solentiname. Jamás pensó, dice él, que ese poema mío y ese cuento lo iban a llevar a Solentiname. Después se fue informando más y resolvió realizar allí su proyecto. Tuvo un contacto en Internet, y tres meses después estaba desembarcando con sus cámaras en nuestro muelle.

 

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Maria de los Angeles Requenez

 

Las cámaras viejas donadas por amigos y conocidos ya se encontraban un poco anticuadas pero aún funcionaban perfectamente. Otras cámaras habían sido compradas por él mediante una donación de mil dólares que le hizo un amigo de Nueva York. Tiago está de acuerdo conmigo en que este experimento como una democratización del arte y la tecnología. Y dice él: “Fuera de enseñarles algunos conceptos y preceptos básicos, la única cosa que tuve que hacer fue poner las cámaras en sus manos”.

 

Los niños y niñas reaccionaron con gran entusiasmo y curiosidad. Para la gran mayoría de ellos era la primera vez que tocaban una cámara. Hasta entonces las cámaras fotográficas eran algo que sólo los extranjeros y los turistas podían manejar.

 

Para Tiago es sorprendente el que a pesar de la excesiva humedad de las islas, en aquel clima tropical, del uso diario de las cámaras y la manera en que los chavalos las llevaran por todos lados, corriendo, brincando y jugando, sólo una cámara se dañó en todo el año en que se hizo el experimento, y no fue por culpa del operador. Cuando él llegó no faltaron quienes vaticinaran que las cámaras no durarían mucho tiempo, porque los chavalos [niños] las iban a descomponer o las robarían. Ninguna de las dos cosas sucedió. A pesar de la manera bulliciosa de fotografiar cuidaron de las cámaras como si en realidad les pertenecieran.

 

Él les enseñó las funciones más básicas de la cámara, y les dio 45 minutos para que fotografiaran. Observó que al momento de recibir las cámaras todos hacían lo mismo: salieron afuera y se pusieron a inspeccionar el mundo a su alrededor como si por el hecho de tener una cámara lo miraran por primera vez. “Esto me impresionó muchísimo” –dice—“y lo vi como prueba de que a pesar de nuestra familiaridad con lo que nos rodea, para fotografiarlo necesitamos estudiarlo, y esto nos puede llevar a un estado elevado de observación que nos hace ver cosas que nos eran invisibles antes de tener una cámara en nuestras manos”.

 

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Juan Daniel Altamirano Madrigal

 

Estas fotos tienen un valor documental y artístico único según Tiago. Constituyen una visión colectiva del archipiélago realizada desde dentro. Los niños con sus cámaras fueron como espejos de su propia realidad, en la que por cierto hay pocos espejos, a menudo pequeñitos, arrinconados en sus pobres casas. Los chavalos fueron espejos ambulantes, dice  Tiago. Dondequiera que iban sacaban fotos y se las mostraban a todos los que estaban a su alrededor.

 

Otro valor de estas imágenes, también me dice él, es el de la multiplicidad de sus miradas, presentando las diversas realidades de su vida, y de esta manera desmitificando Solentiname. “Estas fotos” –me dice— “revelan el Solentiname cotidiano de hoy, muy distinto del que se lee en los libros y del Solentiname que usted fundó. Por primera vez vemos los protagonistas del Solentiname real retratados por ellos mismos”.

 

Una vez por mes o cada dos meses Tiago organizaba una sesión de crítica sobre las fotos. El objeto era ver una selección de fotos recientemente hechas y hablar sobre ellas para agudizar su percepción. Al principio los niños tenían mucha dificultad en expresarse. A lo sumo, después de muchos silencios alguien se atrevía a decir de una foto que estaba bonita o fea. Pero no podía decir por qué.

 

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Carlos Ignacio Baez Hernandez

 

Los niños estaban teniendo unas clases de lecturas en grupos, donde además de leer libros los discutían después de leídos, y también tenían ejercicios de escritura. Tiago les hacía el taller de fotografía a continuación. Ningún niño podía participar en ellos si no había asistido antes al taller de  lectura, para que los niños asistieran a él.

 

Los niños participaban con gran entusiasmo en el proyecto porque les encantaba fotografiar. Salían felices con cámaras en sus manos, tomando fotos a todo lo que encontraban, y mirando las fotos en las pantallas de sus cámaras, y después mostrando las imágenes a sus padres, abuelos, primos, vecinos y amigos.

 

En los talleres a veces les decía que quería sólo fotos de rostros, o que acercaran lo más posible la cámara al objeto, o que quería sólo paisajes. Pero la mayoría de las veces los dejaba en libertad de fotografiar lo que quisieran. Y muchas de las fotos más curiosas fueron estas. Los niños debían regresar las cámaras en cuanto terminaba la sesión, pero a veces les permitía que tuvieran la cámara por 24 horas para que experimentaran con fotos nocturnas.

 

No se trataba de capacitar a los niños para que fueran fotógrafos profesionales. Lo que él quería era que se divirtieran con una nueva forma de expresión. Él dice que las fotos de los niños y las niñas cambiaron su relación con la fotografía. Esas fotos le hicieron ver las suyas bajo otra luz. Mientras los niños fotografiaban de forma completamente espontánea, él lo hacía según las enseñanzas que había recibido. 

 

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Freddy Bayardo Mejia Madrigal

 

También me dice Tiago, a quien yo llegué a conocer hasta que estaba terminado su proyecto, que el hecho de que unas obras de arte lo llevaran a un rincón prácticamente olvidado del mundo, y que con ello cambiara su vida y también influyera en la de los solentinameños, es para él una lección muy importante. La lección de que hay que ser sensibles a los cambios que cualquier medio artístico puede provocar en nosotros. Que el arte no se debe apreciar solamente en forma estética e intelectual, sino que también nos debe llevar a la acción, y a hacer obras en beneficio de los demás.

 

Esto es lo que ha llevado a él a compartir su proyecto con otras personas en el libro Miradas de Solentiname. Quién sabe, dice él, si este libro servirá también para determinar el rumbo de la vida de uno de sus futuros lectores.

Para mí ha sido el quinto milagro de Solentiname.

 

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Enmanuel Antonio Mendoza Obando

 

 

Para más información sobre este proyecto, ver el sitio web de Miradas de Solentiname, o descargar el ebook

 

 

Ernesto Cardenal(1925) es un poeta, sacerdote y escultor nicaragüense que fundó su comunidad contemplativa en Solentiname en 1966. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. Fue Ministro de Cultura en Nicaragua desde 1979 a 1987.