Orgullo y prejuicio: Encontrando y esquivando la negritud en la nación de la Virgen Negra

Por Lowell Gudmundson
 

¿Qué significa ser negro en Centroamérica? A lo largo del istmo, desde los garífuna de la costa atlántica hasta los descendientes jamaiquinos y antillanos, los ciudadanos de la región son cada vez más conscientes de su legado afrodescendiente, y quieren visibilizarlo – hasta cierto punto. Por lo general, este renacimiento se ha asociado con poblaciones específicas en cuanto a lengua o etnia, reconociéndolas y aún celebrándolas, mientras que una vez más la negritud se reinscribe como algo perteneciente a los “otros”. Solo muy recientemente se ha producido un intento serio por reposicionar la negritud en el centro de las narrativas históricas dominantes de la nacionalidad mestiza y la autoidentificación contemporánea.

 

Lo mucho que hemos avanzado en este tema en épocas recientes quizás se puede medir al comparar y contrastar el imaginario de principios del siglo XX, y su ahora muy a menudo memoria distorsionada, con representaciones fílmicas y visuales de principios del siglo XXI. En ningún lugar es más chocante esta comparación como en Costa Rica, la nación que más ha apostado por una identidad blanca, paradójicamente yuxtapuesta a la veneración de una santa protectora negra, La Virgen de los Ángeles. Por mucho tiempo la identidad nacional costarricense ha incluido comparaciones peyorativas con sus vecinos centroamericanos, desde las primeras historias oficiales y publicaciones para promover las inversiones a mediados del siglo XIX hasta el presente. Más allá de las demasiado frecuentes guerras civiles de sus vecinos, su mayor pobreza y desigualdad, un elemento clave en todas aquellas comparaciones ha sido la afirmación de que, debido a su aislamiento y pobreza coloniales, los costarricenses descienden de manera abrumadora de ancestros campesinos españoles, con mucha menos herencia indígena, lo que conforma la “leyenda blanca” de sus orígenes, identidad y distintivos nacionales. La negritud o ascendencia africana ha sigo deliberadamente ignorada como fuente de origen e identidad nacionales, y relegada a los inmigrantes foráneos más recientes y grupos minoritarios de regiones periféricas, como ocurre en el resto de Centroamérica.

 

Al igual que muchos presidentes centroamericanos y costarricenses durante el siglo XIX, figuras públicas afrodescendientes de principios del siglo XX procuraron ignorar sus orígenes, como el nicaragüense Rubén Darío o la militante comunista costarricense, legendaria autora de literatura infantil, y Benemérita de la Patria, María Isabel Carvajal, más conocida por su seudónimo, Carmen Lyra.

Muchas de estas figuras políticas e intelectuales se alinearon con los ideales nacionalistas mestizos del momento, a veces empleando o haciéndose eco de imágenes y retóricas abiertamente anti-negras. Más recientemente, aunque no menos polémicas, han emergido expresiones culturales afromestizas que no solo abrazan su negritud sino que intentan colocarla en el centro de la historia y mitología nacionales. Este cuestionamiento de actitudes públicas y experiencias vividas revela un campo sembrado de minas, de silencios y ambigüedades alrededor de la negritud y las percepciones raciales entre esta misma población mayoritariamente mestiza, para quien la negritud puede permanecer como una lejana ascendencia y tradición religiosa, pero también como algo de marcada “otredad” – aún cuando esta negritud es ineludiblemente parte de su comunidad y de su vida cotidiana.

 

Enmarcado en este fenómeno más reciente, el documental “Si no es Dinga …” y su figura central y narradora, Leda Artavia Rojas, ofrece una perspectiva indispensable sobre cuestiones reexaminadas intensamente por esta generación, tanto de intelectuales públicos como jóvenes en general. Exploraremos las vidas e imágenes de Carmen Lyra y Leda Artavia para entrar en el salón de espejos que es la negritud en la nación blanca de Costa Rica.

 

Carmen Lyra y la política sin reconocer colores

María Isabel Carvajal, o Carmen Lyra, (1887-1949) nació de una madre soltera, creció en la pobreza en San José y murió en el exilio en México poco después de la Revolución de 1948 que la había expulsado y proscrito el Partido Comunista del cual había sido co-fundadora. A los diecisiete años, se graduó del Colegio de Señoritas en San José y en menos de una década publicó sus primeros cuentos. Desempeñó un papel clave en la organización de las (a veces violentas) protestas callejeras lideradas por mujeres, incluida la quema del periódico pro-régimen, que contribuyeron a derrocar la última dictadura militar de Costa Rica en 1919. La nueva administración civil la recompensó al año siguiente con una beca para estudiar el sistema de educación infantil en Francia e Italia. A su regreso, ayudó a fundar la primera Escuela Montessori en San José y se convirtió en la primera profesora de literatura infantil en la Escuela Normal de Heredia. Su radicalismo político nunca dejó de afectar a sus relaciones con instituciones y patronos, y la llevó a una colaboración de por vida con individuos que compartían sus ideas y que fundaron juntos el Partido Comunista en 1931.

 

Más allá de la militancia política, sin embargo, la fama perdurable de Carmen Lyra provenía de su autoría de literatura infantil clásica, en particular de sus “Cuentos de Mi Tía Panchita”. Para disfrute de generaciones de niños costarricenses, la colección dio voz a innumerables cuentos folclóricos familiares, incluidos algunos de origen africano como los del “Tío Conejo”. La única fábula explícitamente basada en el “color” se tituló “La Negra y la Rubia”. La crítica literaria contemporánea ha cuestionado las imágenes abiertamente anti-negras y pro-cristianas de la fábula, de redención y favor, en particular en una nación cuya santa patrona y virgen se conoce popularmente como “La Negrita”.

Sin embargo, al igual que ocurre con muchas expresiones ortodoxas anti-negras en boca de afromestizos tanto del siglo XIX como del XX en el resto de Centroamérica, dicha fábula podría leerse no simplemente como otra declaración de lealtad a la iconografía nacional de supremacía blanca, sino como todo lo contrario. Los textos de Lyra, tanto políticos como literarios, no ofrecen pista alguna de su afición por una ironía que raya la sátira, la parodia o el sarcasmo; pero ella tampoco fue una autora ortodoxa del realismo socialista, si tenemos en cuenta que escogió el género de los cuentos de hadas adaptados al contexto local, entre los primeros textos escritos para imitar el habla popular. Así, se podría leer a la favorecida Rubia y a la despreciada Negra como una poco velada alegoría que describiría los costes sociales y psíquicos de enraizadas actitudes y creencias discriminatorias que la misma autora tal vez conocía muy de primera mano.

 

Los especialistas literarios que aun no han detectado o sospechado tal subtexto en la fábula de Lyra sí que han rescatado de la amnesia histórica nacional una fotografía particularmente reveladora e impactante de la joven autora convertida en militante. En la ceremonia para fundar la Cátedra Carmen Lyra en la Universidad Nacional (la antigua Escuela Normal donde fue nombrada como la primera profesora de literatura infantil) en Heredia en 2015, escogieron para la inauguración una imagen empleada por su amiga y admiradora, la anterior Ministra de Educación María Eugenia Dengo Obregón, en su homenaje a Lyra como uno de los muchos icónicos educadores costarricenses en su libro Tierra de Maestros.

 

Como era común en toda Centroamérica entonces y ahora, la memoria histórica (tanto la oficial como la popular) blanquea y ablanda sus íconos con el paso del tiempo. Carmen Lyra, exiliada comunista y villana oficial por más de medio siglo, fue reetiquetada como mártir popular cuando se nombró Benemérita de la Patria en 2016. Su nueva, honorífica y semi-oficial imagen adorna el billete de mayor valor en circulación de la moneda nacional, el de 20000 colones.

 

Carmen Lyra bien puede haber cultivado el “look” austero y proletario de sus muchas imágenes públicas tras regresar de Europa y fundar al Partido Comunista, pero ninguna se compara con la impresionante belleza de aquella imagen joven, de la afromestiza incendiaria preparada para entregar su vida a la “causa del pueblo”. Sus partidarios contemporáneos y póstumos han reseñado sin descanso su nacimiento ilegítimo y pobreza infantil, pero siguiendo la tradición centenaria de silencio asimilacionista, han ignorado su afrodescendencia.

 

Leda Artavia: De la pasarela de alta costura a la estrella de Si no es Dinga

A fines de 2014, la presentación del documental “Si no es Dinga” marcó un partir de aguas local – todo un “acontecimiento”. Producido por Isis Campos Zeledón y Rodrigo “Kike” Molina Figuls, la película de 52 minutos explora una serie de desencuentros costarricenses en cuanto a su relación con la negritud. Los productores emplean una variedad de tropos y estrategias, comenzando por el mismo título, que proviene del dicho colonial peruano “Si no es de Dinga es de Mandinga”, para referirse al mestizaje racial y cultural, ya sea con raíces en lo indígena (Inca/Inga/Dinga) o lo africano (Mandinga). A continuación exploran cómo palabras y expresiones muy comunes, al igual que tradiciones musicales locales, no se reconocen claramente como de origen africano. El documental utiliza entrevistas en la calle con una variedad de hombres y mujeres corrientes, así como con especialistas académicos, para comprender cómo se creó esta peculiar compartimentación de actitudes. A menudo un interiorizado orgullo por la identidad nacional blanca coexiste con un reconocimiento cotidiano del mestizaje de tez oscura, así como una perdurable reverencia para “La Negrita” y el peregrinaje a su basílica en la capital colonial de Cartago cada 2 de agosto.

 

La fuerza motora del documental, sin embargo, es la voz narrativa y la presencia en escena de Leda Artavia Rojas. Es en parte una joven cualquiera, pero también una exploradora que lleva al espectador a través de un viaje de descubrimiento, y más profundamente la musa que ofrece una ventana al mundo costarricense de estereotipos y malos entendidos sobre la negritud; no solo nos ofrece experiencias de vida de primera mano, sino también acceso a su compleja historia familiar. Replantear la iniciativa documental como si fuese simplemente un “llegar a conocer a una persona”, persona tan simpática y encantadora como Leda Artavia, demuestra ser una brillante estrategia para esquivar las tradicionales trampas académicas de una supuesta objetividad y del didacticismo.

 

Al volver a visitar varios barrios de su niñez, ella recuerda a los espectadores que creció enteramente en el Valle Central. Entre bromas y lamentos, se pregunta en voz alta ¿por qué siempre le preguntan si es de Limón o por qué no le gusta el “rice and beans”?, dos referencias que recurren a códigos locales que identifican a la negritud como asociada con inmigrantes antillanos de la costa atlántica. O, ¿por qué la gente que, al parecer, pretende ser cortés, le asegura que no es “realmente” negra? Avanzando en el documental, muchos de los informantes académicos conversan con Leda, intentando explicarle la dilatada e intencional historia de ignorancia sobre el papel de la población negra colonial en el mestizaje, la aparición de mayorías mestizas imaginarias y la negación de negritud como una forma de aceptación parcial de los afrodescendientes hispanos por parte de la educada sociedad “de bien”.

La historia de Dinga se profundiza aún más en una serie de conversaciones entre Leda y sus hermanas mayores sobre sus experiencias con la diversidad racial dentro de la familia. En un intercambio agridulce enlutado por la memoria aún demasiado fresca de la muerte prematura de su madre, la discusión transita desde la oposición del abuelo a su relación con el padre de Leda, hasta cómo las hermanas percibían su diferente “color”, y cómo se identifican ellas en términos étnicos y de raza. En conversación con el genealogista Mauricio Meléndez Obando, pueden identificar múltiples generaciones de sus ancestros a partir de registros parroquiales y álbumes de fotografías familiares, dándose cuenta irónicamente de que todos ellos son, en realidad, primos no tan lejanos. Estos registros demuestran que todos descienden de lejanos ancestros españoles, africanos e indígenas, por más similares o diferentes que sean sus fenotipos en la generación actual, y que evidencian también una fuerte y antigua preferencia por categorías de identificación españolas y mestizas.

Mientras sus hermanas repasan fotos familiares e imágenes, muchos espectadores costarricenses se ven obligados a hacer malabarismos con sus propias y múltiples imágenes de Leda. En Dinga se presenta a sí misma como la narradora veinteañera sin pretensiones y de vestimenta casual que confronta su identidad y posición en su casa, en el Valle Central, pero al mismo tiempo se la conoce como una modelo de alta costura y ganadora de certámenes nacionales en este campo. Recorriendo, al revés, el camino tomado por Carmen Lyra, el reconocimiento para Leda Artavia significa viajar, estudiar y trabajar en Europa, Asia y las Américas, no como preludio a la elección de una carrera en casa, sino como inherente a la misma carrera escogida. Tampoco supone silenciar o sumergir su afrodescendencia. Lejos de ello, tanto en casa como en el extranjero, implica destacar la negritud, su belleza y sus cargas, ante una sociedad que ha sido reacia a reconocerla; una sociedad cuya imaginaria homogeneidad étnica considera que solo las herencias españolas e indígenas constituyen el mito nacional de “nosotros” versus “los otros."

 

Costa Rica es tierra de muchas paradojas, y no solo la de que una auto-proclamada nación blanca venera a una virgen negra como su patrona. El linaje de al menos media docena de presidentes costarricenses se remonta a una mujer esclavizada del siglo XVIII, Ana Cardoso, cuya invisibilidad quizás se pueda explicar por el hecho de que generaciones de jóvenes estudiantes continúan expresando incredulidad cuando se les dice que los africanos y la esclavitud realmente existían en la Costa Rica colonial. Durante mucho tiempo fue un baluarte regional de la política anticomunista, pese a que aquí alguna vez prosperó un reformismo nacionalista liderado por el Partido Comunista de Carmen Lyra, mucho antes de que Italia etiquetara su propia versión como “Eurocomunismo”. Hoy, los que menos exigen a su clase política se angustian por cómo ingresar al mundo “desarrollado”, cuando viven en una sociedad tan transnacional, posmoderna y multicultural como cualquier otra del planeta.

Carmen Lyra vivió y luchó en una era en que el internacionalismo proletario se convirtió en nacionalista, y las ideologías pro-mestizaje ignoraban o excluían la negritud. Ambas ideologías pretendían resolver sus propias paradojas con saludables dosis de optimismo, auto-sacrificio y silencio. La afrodescendencia de Carmen Lyra fue, cortésmente, ignorada por sus camaradas y durante décadas. Leda Artavia nació en el amanecer de una era de resurgente transnacionalismo y políticas multiculturales de identidad étnica. Para su generación, la negritud se ha convertido en una cuestión existencial central de ¿quién soy yo? ¿de dónde vengo? y ¿por qué constantemente estoy rodeado de suposiciones equivocadas? Aunque pueden parecer diametralmente opuestas dichas épocas y los caminos escogidos, estas dos afromestizas compartían una lucha por el reconocimiento, siempre sujeto a ser redimensionado, por amigos y enemigos por igual, una lucha quizás nunca enteramente a su alcance, pero que ninguna de ellas rehuyó.

 

Lowell Gudmundson

Mount Holyoke College

Agradecemos la revisión estilística por nuestro colega de Mount Holyoke, Antonio Illescas.