Pandemia lejos de casa 

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Por Juana García Duque

Venir a Harvard al David Rockefeller Center for Latin American Studies (DRCLAS) como Santo Domingo Visiting Scholar ha sido una de las mejores experiencias que he vivido.  Es estar en un ambiente absolutamente retador e inspirador, donde siempre estás aprendiendo y sobre todo cuestionando tus propios pensamientos y conocimientos.

Llegué de Colombia, donde trabajo como profesora asociadada de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes en Bogotá, a  Cambridge con mi familia en lo que sería un año sabático ideal: yo dedicada a mi investigación, mis hijas Alicia de 14 entró en el primer año (freshman) al único high school y Ema de 12 a uno de los middle school y Fernando, mi esposo, comenzaría una nueva exploración profesional. 

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Juana García Duque (tercera a la derecha) con otros DRCLAS Visiting Scholars y Edwin Ortiz (tercero a la izquierda), quien gestiona el DRCLAS Visiting Scholars program.

Ellas rápidamente se adaptaron a sus colegios, hicieron grandes amigos y se convirtieron casi en hablantes nativas de inglés.   Alicia entró al equipo de remo entrenando muy fuerte, tuvo sus competencias de otoño y entrenó duro en invierno para mejorar y tener un mejor desempeño como equipo en la temporada de 2020.  Ema por su lado ha tenido unas actividades extracurriculares increíbles, retos de innovación trabajando a la par con empresas como Bose y el centro de innovación del Hospital Pediatrico de Boston, ser parte de un club de ciencias para niñas y variedad de clases en MIT.  Ser adolescente en una ciudad como Cambridge es un privilegio, pues tienes una oferta de actividades inimaginables en deportes, clases en Harvard y MIT, challenges de innovación y emprendimiento, y sobre todo tienes la seguridad para moverse solas desde muy joven, una autonomía e indepencia que no tenían mis hijas viviendo en Bogotá.

Fernando, quien al principio pensábamos dedicaría más tiempo a viajar a Colombia por los proyectos con su empresa, logró coordinar gran parte de su trabajo desde casa y al recibir su permiso de trabajo; ya tenía proyectos acá.  El poder estar cerca de la familia que vive en las afueras de Boston y en Estados Unidos también era parte de esta gran aventura.

Para mí el día transcurría entre la casa y la oficina, espacio que compartí con un equipo maravilloso de colegas y con los otros Visiting Scholars de DRCLAS con quienes aprendí muchisimo.    Recorriendo a diario un campus magnífico y enorme, teniendo la posibilidad de asistir a clases, conferencias, seminarios, contactar con otros investigadores y profesores, conferencistas, personas muy interesantes de las más variadas disciplinas, ir de paso por la biblioteca a recoger algún libro o trabajar en una de las salas inspiradoras que tienen varias de ellas, ir a alguno de los gimnasios o espacios deportivos, visitar el lago, el río, ir a algún concierto, pasar por alguna de las salas de los museos de Harvard, que quedan a un par de cuadras de la oficina, recorrer la arquitectura de Harvard y MIT y descubriendo a diario maravillosos rincones a lo largo de Cambridge.  Todo esto a pie o en bicicleta, lo que daba cuenta de un ritmo más pausado, con mucho trabajo y proyectos por desarrollar pero sin la presión de una fecha de entrega cercana y con un ambiente tan inspirador que animaba a crear y escribir.  Este tiempo en Harvard ha sido un tiempo de aprender a disfrutar el proceso más que llegar a un resultado particular, es haberme dado la oportunidad de aprender, desaprender, de romper paradigmas y de recibir.  

En medio de este contexto, empezamos a oír noticias sobre el virus que estaba en China, noticias que parecían muy lejanas y de las que no pensábamos podían afectar nuestra rutina maravillosa.  A inicios de marzo, Harvard envió un correo electrónico a sus estudiantes, pidiendo no viajar para el descanso de la primavera que coincidía con la tercera semana del mes. Unos días después, la universidad envió un correo adicional pidiendo a todos que se fueran y no volvieran y que por ahora no volviéramos a las oficina.  Fueron días muy extraños, pues no obstante aún funcionaban bibliotecas y museos con el ID de Harvard, el acceso al  público estaba cerrado.  Tuvimos la posibilidad de estar solos en el Peabody Museum lo cual fue un regalo, pero a la vez se sentía el miedo de que algo más grave de lo que imaginábamos estaba por venir; al mismo tiempo que esto pasaba iban cerrando las bibliotecas y muchos de los cafés y restaurantes. 

Los días siguientes se vivió un ambiente muy extraño en toda la universidad, celebraciones en medio de alegría y tristeza, despedidas y fiestas anticipadas mientras veíamos abrazos, maletas y cómo se iba desocupando poco a poco el campus.  De manera paralela fuimos viendo por televisión y en la prensa cómo cada uno de los países y los aeropuertos de América Latina iban cerrando fronteras y operaciones respectivamente.  En ese momento estando los cuatro, decidimos quedarnos y pasar la tormenta: tomar un avión en esos momentos nos ponía en riesgo a todos, sin si quiera imaginar que la tormenta sería más larga de lo imaginado.

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Juana García Duque presenta su trabajo y vida en el coloquio de los lunes para Visiting Scholars y personal de DRCLAS.

A partir de ese momento, la rutina y la vida cambiaron, claramente no solo para nosotros, sino el mundo entero.  “Stay home,” “social distance” y ahora las mascarillas se convirtieron en nuestra nueva normalidad, mientras nos acostumbramos a estar más tiempo en casa con el trabajo, el colegio en línea, las actividades del hogar, viviendo una cotidianidad nueva en la que aprender a dialogar, a oír y a construir un nuevo relacionamiento se ha vuelto esencial y en especial con las niñas para quienes al igual que muchos adolescentes, esta es una situación frustrante.

En el inicio de la pandemia, mis días transcurrían siguiendo las noticias y el incremento de casos en el mundo entero, intentando analizar y lanzando hipótesis, hasta que un día de tanto agobio e impotencia decidí dejar de tratar de enterarme de todo y analizar lo que ocurría en el mundo y comenzar seguir algunas pocas noticias y los casos de los Estados Unidos, especialmente los de  Massachussetts y de Colombia.

 El estado de Massachussetts y la ciudad de Bogotá tienen una población similar (alrededor de siete millones de personas), pero las condiciones con que cuenta cada uno para enfrentar la pandemia son muy distintas. Vivimos en Cambridge, en las afueras de Boston, donde hay densidad poblacional cinco veces menor que la de Bogotá. Massachussetts es uno de los estados con mejor infraestructura hospitalaria del país.  Mientras que en Bogotá, a pesar de contar con buena estructura hospitalaria, en las zonas más pobladas y más pobres hay menos disponibilidad de recursos hospitalarios.  Otro factor que afecta de una manera importante es que en Bogotá al igual que en el resto del país, la consecución de material hospitalario ha sido difícil frente a la competencia, en su mayoría desleal, debido a los juegos de presión de poder que están ejerciendo los países, principalmente del primer mundo, a nivel internacional. 

Hemos estado bien, en medio de estar lejos de casa, la rutina diaria se hace llevadera en Cambridge porque las restricciones son menores que la cuarentena en Colombia.  Aunque están solamente abiertos supermercados, farmacias y restaurantes para domicilios, se nos permite salir a hacer ejercicio, caminar un poco, aprovechar a respirar, recorrer alguno de los lagos o el río y disfrutar la primavera en todo su esplendor.  A pesar de eso, tengo sentimientos de tristeza e impotencia por lo que pasa en Colombia y América Latina.   

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Juana y su familia

La pandemia con los encierros y medidas para contener el contagio ha generado una situación muy difícil para la economía de Colombia.  El país cerró, según muchos, antes de tiempo, pero no había la información clara del panorama y ante las necesidades proyectadas de infraestructura médica se decretó el encierro con dos objetivos: contener el contagio y preparar la infraestructura hospitalaria.  Decisión difícil porque afectó de manera drástica la economía y a gran parte de la población. Aún si la pandemia desapareciera, la recuperación de la economía será un proceso muy lento debido a la dependencia aún de productos básicos y de sectores como el turismo y las remesas que han caído dramáticamente y por el deterioro social que dejará.

Tal vez lo más preocupante en Colombia y toda la región, es que ya éramos una región marcada por la profunda desigualdad y la pandemia la ha hecho más evidente.  Quedarse en casa para algunos significa la incomodidad de no salir a actividades habituales pero con la posibilidad de clases virtuales de cocina y gimnasia, pero para una gran parte de la población, quedarse en casa es condenarse al hambre o vivir un infierno tanto por hacinamiento como por las condiciones de violencia dentro del propio hogar.

La informalidad ha hecho que la decisión de quedarse en casa sea imposible y ha evidenciado el hecho que una porción enorme de la población vive fuera de un sistema que no ha sabido cómo incluirlos, que los mantiene fuera y cuya única fuente de supervivencia en esta pandemia son los subsidios del gobierno y/o la caridad de la comunidad.  Ver las noticias a través de Internet y Twitter, en las que muestran trapos rojos a manera de bandera en las puertas de las casas de varios barrios de Bogotá y el país en señal de hambre, mientras el gobierno local y nacional repartía ayudas, fue doloroso, fue frustrante.

Estas desigualdades se evidencian aún más entre la ciudad y el campo, y en las mismas ciudades entre los niños que pueden seguir las clases virtuales desde sus computadores de casa, y los niños de colegios públicos que no todos han podido seguir las clases porque deben compartir un computador entre varios miembros de la familia o simplemente porque no lo tienen o no tienen acceso a internet, evidenciando una brecha más, la digital.  Otra de las desigualdades además de la informalidad y la educación, es el acceso a salud,  en la Colombia rural y profunda no hay infraestructura hospitalaria y ni siquera un puesto de salud, eso hace que en gran parte del territorio la gente muera sin poder tener acceso a un hospital o un médico; en casi la mitad del territorio nacional la distancia (en horas) a una unidad de cuidados intensivos es de ocho a diez horas y en este contexto varias regiones que han sido afectadas por el conflicto y comunidades indígenas donde ya se han reportado casos no tienen acceso hospitalario.  

Como si fuera poco, aunque el encierro genere una sensación de pausa, los grandes problemas en Colombia no lo están, son muchos frentes para un país en transición de un conflicto a una etapa de construcción de paz, con una aún débil implementación de lo acordado y con muchas dificultades.  El asesinato de líderes sociales y excombatientes continúa, la deforestación se ha incrementado en medio de la pandemia, fundaciones y expertos denuncian que la quema de tierras durante los primeros cuatro meses de este año podría ser superior a la de todo 2019 y en muchas regiones las normas de cuarentena las están controlando los grupos armados.

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Juana y su familia antes de la pandemia

A pesar de esta situación, la solidaridad ha aflorado en los colombianos, a lo largo y ancho del país se ha movilizado la sociedad para hacer donaciones, repartir mercados y subsidios a quienes más lo necesitan, algunas iniciativas coordinadas por gobiernos locales y nacional, pero la mayoría iniciativas individuales de personas que han logrado movilizar gran cantidad de recursos.   En medio de esto, muchas empresas se han reinventado, han explorado figuras para mantener los empleos y han hecho grandes donaciones.  Hay un sentimiento en medio de esta abrumante inequidad, que hoy todos ponemos para sacar el país adelante.

 Y en medio de esta situación de impotencia de estar lejos de casa en la pandemia, hemos tenido una acogida y una solidaridad que nos ha hecho sentir como en casa.  Nuestra pequeña comunidad de vecinos, amigos y los demás fellows de Harvard nos han adoptado y cuidado como unos miembros más de su comunidad,  además de las llamadas de familia y amigos desde la distancia.  Hemos recibido flores, sopas, saludos, libros, llamadas y mensajes, intercambio de vinos por postre, arcilla e implementos para trabajar cerámica con clase remota a través del jardín, revistas y periódicos con información de América Latina y Colombia previa lectura de ellos para discutir sobre lo que pasa en nuestro país y cómo se vive la pandemia en esa región del mundo. 

Así es que con todos los ires y venires, con la impotencia de estar lejos de casa y con las angustias que nos rodean, sigo pensando que este año nos dio la posibilidad de ser muy felices, viviendo con intensidad cada día porque sabíamos que terminaría y hoy en esta coyuntura, continuamos viviendo con la misma intensidad, un día a la vez, buscando silencio, mirando hacia adentro, valorando como nunca las conversaciones y tiempo en familia, a pesar de esta gran incertidumbre en la que no sabemos cuándo podremos regresar, y cómo cambiarán nuestras vidas.  Largas conversaciones que hemos aprendido a tener oyendo y oyéndonos, apostando para que esta pandemia nos deje las lecciones individuales y como sociedad para habitar este planeta de manera distinta y con la convicción que hay mucha más cooperación y compasión real en estos momentos para generar los cambios que este mundo necesita.  

 

Juana García Duque es 2019-2020 Santo Domingo Visiting Scholar en DRCLAS y Profesora Asociada de la Escuela de Negocios de la Universidad de los Andes, Colombia.  Su investigación en el desarrollo internacional incluye: (i) el rol de la cooperación internacional y el sector privado en la construcción de paz y problemáticas globales  y (ii) la internacionalización  y economías emergentes.