Pinochet: el general terremoto (Spanish version)

Por Carmen Oquendo-Villar

“La muerte del General Pinochet Ugarte ha causado un terremoto dentro de las filas del ejercito.” – Noticiero Canal Trece, Viernes 15 de diciembre 2007, 11:30am

Acostumbrado a frecuentes sacudidas, Chile registró dos temblores de tierra el once de septiembre de 1973. Se trata de un país con un alto riesgo sísmico; su geografía está localizada en el Cinturón de Fuego del Pacífico, el cual cuenta con placas oceánicas en constante fricción, capaces de producir una gran acumulación de tensión. Los sismos son, de hecho, parte de la cotidianidad de algunas zonas. Sólo pocas edificaciones de la arquitectura colonial capitalina lograron sobrevivir las frecuentes inundaciones y temblores de su historia. Por otra parte, la Segunda Región ha llegado a registrar una sismicidad de dieciocho temblores al día, lo que da indicios de una actividad telúrica casi permanente.

Chile está pues habituado al imaginario del desastre natural y el siniestro, siendo los terremotos, y en menor medida las inundaciones, los fenómenos que han dominado la constelación del desastre en este país. El imaginario del siniestro, modismo chileno para referirse a los fenómenos de la naturaleza catastróficos, estuvo por mucho tiempo marcado por hitos de índole telúrica, específicamente los terremotos de 1751 y de 1835, hitos que enmarcaron el período de insurrección e independencia de la República (1810-1818). El de 1835 logró fama internacional puesto que sorprendió al joven Charles Darwin durante su expedición científica en Chile. Sacudido por el evento, Darwin anotó lo siguiente en la historia natural nacida de sus reflexiones de este viaje: “Un terremoto destruye de una vez nuestras más arraigadas asociaciones: el mundo, emblema de solidez, se mueve bajo nuestros pies como un manto [delgado] sobre un piso líquido.” Más de un siglo después, este terremoto fue superado por otro aún más traumático. El de 1960 es el más proverbial de la historia chilena. También conocido como el “Gran Terremoto de Chile” es hasta hoy el mayor registrado en el mundo entero. Con una intensidad de 9.5 en la escala de Richter, se dejó sentir en distintas partes del planeta y trajo consigo un tsunami que impactó varios puntos del Pacífico. Destruyó edificaciones, mató cerca de tres mil personas y dejó alrededor de dos millones de damnificados.

Los fenómenos de la naturaleza forman ya parte del ámbito de lo posible y lo imaginable en Chile, a pesar de su naturaleza errática y de la gran destrucción que generan. Las instituciones el país y los elementos de la sociedad civil, como agencias de prevención y organismos de socorro, viven en una incesante y nunca suficiente preparación para enfrentar el azaroso siniestro.  Propenso al sismo, el Chile de 1973 podía fácilmente concebir una intrusión, potencialmente catastrófica, de la naturaleza en el ámbito de lo social y la cultura. Lo que no registraba el imaginario chileno de entonces era el desastre de índole política, típico de la América Latina de los años sesenta y setenta.  El haber tenido una historia colonial relativamente convulsionada, con un permanente estado de guerra a causa de la tenaz resistencia indígena a la conquista española, una también relativamente larga guerra de independencia, y dos décadas (años veinte y treinta) plagada de golpes y gobiernos de facto, no había impedido que Chile generase una autoconcepción basada en la estabilidad política y que viviese enorgullecido de la longevidad de sus instituciones. Chile se había pensado y auto-modelado como la “excepción latinoamericana”, por su sólida base institucional, apoyada en la versión del "Estado en forma" de Diego Portales, el “Organizador de la República” y “Fundador de la Institucionalidad.”

La singularidad chilena ha sido estudiada por Ana María Stuven, quien, en La seducción de un orden, argumenta que desde el siglo diecinueve la institucionalidad y el ordenamiento social han sido elementos constitutivos de la concepción de Chile como nación. Stuven propone que la ideación de la nación durante los primeros cincuenta años de vida republicana fue moldeada por el miedo de las élites nacionales de hacer peligrar el orden social establecido. La fobia por el desorden llevó a esas élites a buscar evitar la disolución del status quo a todo costo, incluso a expensas de los ideales liberales que habían inspirado las guerras de independencia. En eses sentido, la mitología de la institucionalidad hizo que este país, a punto de vivir uno de los golpes de estado más destacados del mundo, se pensara como un país no “terremoteable” socio-institucionalmente, ajeno a la catástrofe política, entendida ésta como un “cambio brusco de estado de un sistema” (Real Academia).

 

EL ONCE DE SEPTIEMBRE

El once de septiembre hubo dos micro temblores, ambos con una magnitud menor de 3.5 en la escala Richter. Los minúsculos fenómenos de la naturaleza casi pasaron desapercibidos por confundirse con las ondas expansivas del estruendo militar. Magnificando la tímida trepidación de los remezones, el trueno aéreo de los Hawker Hunters de la Fuerza Aérea de Chile sacudió contundentemente los escenarios del depuesto orden.

El Golpe que, de cierto modo era ininteligible dentro del marco de referencia de la mitología de la institucionalidad y el orden, también tuvo mucho de previsible. Se veía venir. Se sabía que la crisis política del 1973 había generado ruido de sables entre las FFAA, malestar que podría llevar a la rebelión. Existía una enorme ansiedad colectiva asociada con la aguda crisis desatada durante el gobierno de la Unidad Popular – período de vertiginoso cambio que está riñéndose con la dictadura el estatus de anomalía histórica en la historiografía chilena reciente. Según esta óptica los dos hitos de la historia nacional del siglo veinte serían,  a pesar de ser acontecimientos fundamentalmente inconmensurables,  el once de septiembre de 1973 y el cuatro de septiembre de 1970, día de la elección de Salvador Allende a la presidencia de la república, fecha en que Chile llevó al poder las quimeras de un socialismo sin revolución, un “socialismo con vino tinto y empanada,” la afamada vía chilena.

En el transcurso del año 1973, la consternada lengua de la opinión pública hablaba en los medios de comunicación en contra y a favor de la inminente guerra civil. De cierto modo, los medios de comunicación le daban realidad discursiva a lo que luego se convertiría en realidad empírica. Como argumenta Claudio Rolle, "…paradójicamente, mientras más se habla contra el golpe de Estado, más aparece éste en el horizonte de expectativas, ahora vuelto una amenaza casi ineluctable." A pesar de su inminencia, por más que figurara en el horizonte de expectativas, nada preparó a Chile para la materialización del Golpe, ni siquiera el más anclado imaginario rupturista, ni el  hecho de que un importante sector de la sociedad chilena apoyara la intervención militar. Sobrepasando todo parámetro y registro simográfico, la sacudida político militar de 1973 tuvo un impacto comparable al geológico de 1960. Resonó en el imaginario del colectivo con la percepción de Darwin, para quien el terremoto del 1835 representó un quiebre de “las más arraigadas asociaciones.”  Haciendo palidecer a los otros dos acaecimientos sísmico naturales del once de septiembre, el Golpe se configuró como un cisma histórica que cambió definitivamente el siglo veinte chileno. 

Su primer gran impacto se localizó en algún punto entre Valparaíso y Santiago. Valparaíso, a pesar ser costa y no interior,  fue la ciudad-hipocentro desde donde se liberó la energía del terremoto; fue donde se elaboró el libreto golpista y desde donde la Marina inició el levantamiento al alba de ese martes once. Horas más tarde, antes de mediodía, la Moneda, sede del Gobierno en vías de ser derrumbado, sintió la sacudida. Si ha de entenderse Valparaíso como el hipocentro del Golpe, Santiago, ciudad-blanco del principal ataque militar, puede considerarse entonces el epicentro, punto, que sin ser el foco, es el de mayor intensidad en la sacudida.  Tornándose rápidamente ubicuo, el alzamiento militar replicó su movimiento a lo largo y ancho del país. El movimiento sísmico fue propagándose con imperfección sincrónica por toda la geografía chilena. También diacrónico, el Golpe ha seguido repercutiendo a través de los años hasta el día de hoy. El once de septiembre de 1973 ha quedado inscrito como el día-evento más significativo de la historia del siglo veinte en el país, resonando en el imaginario internacional de la catástrofe de modo análogo al nine eleven norteamericano,

 

EL GENERAL TERREMOTO: LA OLA DEL TSUNAMI

El surgimiento de la imagen de Pinochet en tanto ícono de la historia chilena está irremediablemente atado al once de septiembre.  Si el Golpe se dejó sentir como una suerte de terremoto, el caudillismo de Pinochet emergió, luego del movimiento de esas capas tectónicas llamadas Fuerzas Armadas, como un gigantesco tsunami que arropó la estrecha pero larga geografía chilena. Desde allí, de las grietas de la implosionada tierra, de la sacudida arquitectura, surgió el tótem --entre telúrico, marmóreo y tecnológico-- del general Augusto Pinochet Ugarte.  Pinochet no dio el Golpe; Pinochet se dio con el Golpe. Sacudiendo la tierra, la historia y los cuerpos, este acontecimiento dio a luz al General y los medios masivos de comunicación sirvieron de parteras. El evento le dio corporalidad a su imagen, proyección a su voz, relevancia a sus palabras, generando un cuerpo para el dictador, sobre el cual la ley post-Golpe sería constituida. 

La iconicidad acompañó a Pinochet desde que emergió como actor político. El cuerpo del dictador, con su parafernalia y gestualidad, se generó en los medios a partir de una tirilla de imágenes, sonidos y palabras que en 1973 sacudió al mundo entero. Vuelta a proyectar mil veces en la memoria de millares de personas aún hoy es capaz de golpear con su fuerza expresiva. La imagen de líder, transmutada y reversada, ha quedado clavada como astilla en la retina histórica chilena e internacional. Ese cuerpo, nacido con el golpe, aún traumatiza al Chile de hoy. La onda sísmica sigue vibrando.

Con decenas de juicios sobre el pescuezo y tendido sobre su lecho de muerte, incluso después de su muerte, Pinochet volvió a protagonizar en el otoño de su patriarcado el debate público. Convertido en el punto neurálgico de la noticia,  Pinochet, ya sólo restos, emergió una vez más asociado con la metáfora sísmica. La imagen del líder que emergió con más fuerza durante los funerales fue precisamente la del General-terremoto, figura que, siguiendo la metáfora, sacudió, para bien o para mal (según la óptica), la historia nacional.  Originada en el Golpe, esta metáfora recurre, igual que los terremotos, sin exactitud cíclica a un colectivo incapaz de armar un consenso sobre la imagen y legado de su caudillo.

 

ESCALA DE MEDICION

Existen dos escalas para medir un terremoto. La Richter mide la energía sísmica del terremoto y se basa en el registro sismográfico. Las escala Mercalli no se basa en los registros sino que se concentra en el daño producido en las estructuras y en la sensación percibida por la gente. El país entero se dedicó, con su muerte,  a procesar sus percepciones sobre la figura del caudillo y a gestar una clausura con respecto a ese líder no procesado ni legal ni históricamente. Se hablaba de una multiplicidad de juicios en diciembre, entre ellos divino, histórico y, por supuesto, legal. Se utilizaba --de forma algo fenomenológica (percepción de los fenómenos)--,   la escala Mercalli para medir el terremoto Pinochet, considerando mayormente la percepción sobre la gestión y obra pública del Gobierno Militar, al igual que sus costos y consecuencias.  En una de las pesas de la balanza del juicio público se ponía la presente prosperidad económica y estabilidad política de Chile. En la otra pesa se colocaba el costo humano y social: el asalto a la democracia y a la humanidad. Los defensores del caudillo establecían su versión de la perspectiva histórica; los detractores, articulaban incomodidad con la noción de progreso como catástrofe y pedían espesor ético para el brillo económico.

Su imagen había sido gestada según el motivo borgiano del traidor y el  héroe. Con los rituales mortuorios se generaron fuertes y encontradas reacciones entre los chilenos. Destaca, por ejemplo, el escupitajo sobre su cadáver por parte del nieto de Carlos Prat, antecesor de Pinochet en la Comandancia en Jefe del Ejército, asesinado en Argentina por orden de su sucesor y posterior presidente del gobierno militar. La Plaza Italia, espacio urbano bla bla, cundía con masas que celebraban la muerte del tirano y lamentaban su gran evasión de la justicia. En los medios también estuvieron visibles las largas filas de adeptos que acudieron en masa al velatorio y a las exequias fúnebres del Tata --término de respeto para referirse al varón que ha engendrado, al abuelo.  Acudían a cuidar con celo y devoción los restos, expuestos en vitrina a pesar de la desfiguración e hinchazón del cadáver. Envuelto en el uniforme del padre de la patria y héroe de la independencia Bernardo O’Higgins, el cuerpo del dictador yacía, espada de O’Higgins al pecho, en la misma Escuela Militar donde treinta y tres años antes había juramentado, con unos controlados medios de comunicación de testigo, como presidente de la Junta Militar.

Para nada sorprende que el juicio público postmortem haya contado con un alto componente visual. Y es que Pinochet había llegado a convertirse en un “icono de la cultura pop contemporánea,” según la expresión del escritor Carlos Franz. Se había tornado incluso en el referente único de Chile para millares de personas en el mundo.  Como “Pinochetóloga” que ha pasado la última década siguiéndole el rastro al caudillo, he incluso llegado a cuestionar mi propia monumentalización icónica del dictador. Incluso para mí  --puertorriqueña sin otro vínculo a Chile que el intelectual y el afectivo--  este líder se ha convertido en una figura “larger than life.” En mi propio impulso investigativo confronto el peligroso poder de encantación de la imagen, por lo cual considero imperativo tomar en cuenta la relación simbiótica entre imagen proyectada, percepción y control social. Se torna cada vez más imperativo dar cuenta de la importancia del aspecto mediático para el ejercicio del poder, la retención del control social, y la construcción de la memoria histórica.

Los funerales de Pinochet compaginaron códigos de publicidad y protocolos militares.

El juicio público desatado con su muerte medía al terremoto Pinochet utilizando los elementos de medición de la escala Mercalli –daño y percepción. La lucha por la inscripción de Pinochet en la historia nacional se convirtió en una contienda por manipular la opinión pública y hacer prevalecer tal o cual imagen, tal y cual ropaje ideológico, tal o cual interpretación de su obra y legado. La iconofilia fue la gran protagonista de los funerales. Miles de personas, polarizadas en sus ideologías, se lanzaron a la calle icono en mano; algunos portaban la imagen del brutal dictador y otros la del prócer fundador del Chile moderno. Incluso en alguna ocasión la imagen que enarbolaban unos y otros llegó a ser la misma; el significado que se le adscribía radicalmente opuesto. Siendo la medición del terremoto cuestión de percepción, los medios de comunicación apostaron al juego de la imagen.  Así periódicos y revistas sacaron sus números especiales, recordando la trayectoria del líder, haciendo una selección de las imágenes que caracterizaban su trayectoria y legado. Las nuevas tecnologías hicieron lo mismo; los blogs y los correos electónicos multiplicaban las opiniones sobre Pinochet. El broadcasting independiente YouTube recibió una avalancha de vídeos con motivo Pinochet.

 

MONUMENTO INAMOVIBLE, A PRUEBA DE SISMO

La muerte de Pinochet sacudió la opinión pública de la sociedad civil, al igual que sacudió al gobierno y a las Fuerzas Armadas. Así lo comunicó la consternada perspectiva del periodista del Canal Trece ante la consternación pública suscitada por los comentarios de dos oficiales del Ejército, uno de ellos el nieto Augusto Pinochet III, que en las secuelas de los rituales funerarios,  mostraran simpatía por Pinochet Ugarte y expresaran su afinidad política con el Golpe como instrumento viable. Los cometarios alarmaron a quienes pensaban al Golpe como un evento sin retorno en el Chile del siglo veintiuno y finalmente fueron interpretados por el Gobierno y la cúpula del Ejército como “opiniones políticas” inadmisibles por de un oficial uniformado. A ambos se le dió la baja inmediata de la institución castrense.

“La muerte del General Pinochet Ugarte ha causado un terremoto dentro de las filas del Ejército” decía alarmado el periodista del católico Canal Trece, acaso haciendo eco a la movida situación que tuvo que enfrentar el Gobierno de Michelle Bachelet y el Ejército de Chile. La polémica proliferaba no sólo en torno a los funerales de estado y los honores militares, sino que después se pasó a la riña sobre la posible construcción de un monumento en su memoria, o sobre la colocación de su óleo en la Galería de los Presidentes en la Moneda. Aunque su cuerpo ya se encontrara cremado y el retirado sepelio hubiese secuestrado los restos del General del alcance público, en la palestra pública permanecía el debate sobre la inscripción histórica del cuerpo del caudillo. En esos días de diciembre, el debate era, y sigue siendo, cuál imagen quedará inamoviblemente estampada y monumentalizada en el mausoleo imaginario de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte (1915-2006).

Los desacuerdos sobre el significado de su figura y la descodificación del icono dieron paso a una profunda unanimidad: la incursión de este militar en la historia chilena había sacudido definitivamente su rumbo. Habiendo sacudido también estas páginas, los funerales del Pinochet dejaron atrás la versión más optimista de la ultra negociada transición chilena que aseguraba que el ex-dictador se encontraba sepultado como actor político obsoleto para la democracia del siglo veintiuno, que el ex-gobernante era apenas una sombra, rémora del pasado. Pero, como era de suponerse, Pinochet no había muerto antes de su muerte el 10 de diciembre de 2006, como muchos aseguraban. Se encontraba moribundo, pero no muerto. Oculta su figura, el fantasma de su persona vagaba y se dejaba entrever ocasionalmente en el panorama nacional. Más que un volcán extinto, el aparentemente fosilizado icono permanecía latente, cociendo a fuego lento sus tintas blanco y negro o multicolor, listo para re-emerger, como cíclicamente lo había hecho, de acuerdo a la azar osa lógica del siniestro. Es posible que Pinochet, como teme Ariel Dorfman en su reflexión póstuma , “no vaya nunca a extinguirse de esta tierra.”

 

Carmen Oquendo-Villar is a curator and visual artist of Puerto Rican and Spanish descent. Educated in Latin America, West Africa and the United States, she is now a Ph.D. candidate at Harvard. Also a scholar, she is currently completing a book on performance and politics during Chile’s Coup, specifically about Augusto Pinochet as its leading political icon.