Postales del confinamiento

Escritores latinoamericanos en cuarentena

Por Alejandro Meter

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"Apología del envés, la máscara es el 'negativo' de la belleza: ave de savia negra agazapada entre las llamas de la demencia". (Balam Rodrigo, Chiapas, México)

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Balam Rodrigo

 

Hace unos meses, cuando el estado de California declaró la cuarentena obligatoria, muchos nos preguntamos qué pasaría con nuestros trabajos y proyectos. En mi caso, como profesor de la Universidad de San Diego, he tenido la fortuna y la suerte de lograr adaptarme con cierta facilidad a la modalidad virtual, incluso a pesar de los obstáculos que suelen imponer las nuevas tecnologías.

Sin embargo, todos mis proyectos fotográficos fueron interrumpidos de manera abrupta. Una exhibición sobre mi trabajo de escritores de la frontera entre Estados Unidos y México que iba a realizarse en Mexicali fue pospuesta. Otra exhibición sobre la Diáspora judía en las Américas que iba a llevarse a cabo en el marco de la Conferencia Internacional de LAJSA (Latin American Jewish Studies Association) en Curazao, también se pospuso para el año próximo. Y, por último, la exhibición sobre escritores de género negro que se iba a realizar en agosto en la Biblioteca Nacional de Argentina, y para la cual trabajé más de tres años, también quedó en una suerte de limbo. La cancelación de todos esos viajes, de las charlas y exhibiciones, exacerbado por la imposibilidad de continuar trabajando como fotógrafo, me hizo sentir vacío.

Ante este escenario, mi forma de supervivencia fue la misma que siempre: la lectura. Comencé a leer nuevos libros de fotografía y, también, releí a algunos de los grandes maestros. Durante esas lecturas, descubrí el último libro de fotografías de André Kertész, “The Polaroids”. Tras la pérdida de su esposa y compañera, Kertész estaba emocional y físicamente abatido, lo que lo llevó a retirarse y aislarse en su departamento de Nueva York. Durante este período de aislamiento, silencio e introspección surgiría algo nuevo y original. Kertész adoptó una tecnología relativamente nueva: una cámara instantánea Polaroid SX-70, que le permitió fotografiar libremente dentro de los limites de su hogar sin tener que salir de su departamento para tener que revelar o imprimir sus fotografías. La mayoría de las fotos eran diferentes objetos de la casa, fotografiados junto a la ventana, temprano por la mañana o al atardecer; un ejercicio a partir del cual logró crear una obra completamente nueva.

La ventana del departamento de Kertész me impactó como metáfora de los tiempos que corren, una forma de ver y una nueva oportunidad para conectarse con el mundo exterior. Me hacía falta hacer fotos y sentir la adrenalina que me genera una sesión de retratos.

Por ello, decidí aprovechar toda la tecnología que está a nuestra disposición en esta era digital, desde redes sociales hasta varias plataformas de comunicación. Hice unas fotos vía Zoom, FaceTime y otros programas, pero los resultados me parecían de baja calidad: eran imágenes pixeladas, borrosas y distorsionadas. También me puse en contacto con algunos amigos fotógrafos que fueron importantes interlocutores y que apoyaron el proyecto con entusiasmo. Luego, durante casi dos semanas, experimenté la técnica y el proceso con miembros de la familia y amigos cercanos. Al comienzo utilicé un fondo blanco, pero como no me gustó, comencé a usar unos trozos de cartón que les daban a las fotos una textura muy interesante. Asimismo, empecé a jugar con otro tipo de materiales: madera, plástico, vidrio, hasta cemento. El resultado fueron unas imágenes de una apariencia rústica, que me hacían recordar a las viejas postales o cartes de visite, tan populares en los Siglos XIX y comienzos del XX. Tardé un par de semanas en amigarme con ese nuevo resultado.

En julio entré en contacto con varios escritores latinoamericanos, repartidos en diferentes rincones del mundo: Buenos Aires, Ciudad de México, Habana, Chiapas, Córdoba, Paris, Berlín, Chaco, La Guajira, Caracas, Madrid, etc. Marqué algunos encuentros y comencé a tomar fotos, nuevamente.

Mientras que los retratos son un ejercicio de colaboración, en mayor o menor medida, este tipo de imagen requiere una mayor participación y planificación por parte de la persona fotografiada. Durante la sesión fotográfica, mi rol no es sólo el de fotógrafo, sino también de director y hasta se podría decir de coreógrafo.

Como les explico a los escritores que retrato, no estoy tratando de “documentar” sus vidas o la situación en la que ellos se encuentran, sino más bien, estoy mucho más interesado en capturar el estado de ánimo de la persona. ¿Cómo sienten la pandemia?

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Marcial Gala

 

Los días en cuarentena han afectado a los escritores de diferentes maneras. Algunos han podido trabajar más, otros menos. El escritor cubano Marcial Gala logró escribir una novela completa durante el confinamiento: "No me apagué en el encierro, escribí una novela, pero a veces sentía que volvía a ser niño de nuevo, es más, el mundo se había vuelto un gran claustro materno que quería protegernos de las incidencias de allá fuera".

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Estercilia Simanca Pushaina

 

La escritora colombiana Estercilia Pushaina Simanca, piensa a la escritura y el confinamiento como actos complementarios. Ella escribe desde La Guajira, en el norte de Colombia: "El encierro y el acto creativo, son absolutamente complementarios, en mi caso ninguno de mis textos han sido concebidos en exteriores, pensados sí, pero el acto creativo como tal, la construcción de los diálogos de mis personajes son en el encierro, un encierro voluntario que da vida a los personajes, sus voces y sus verdades”.

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Tatiana Goransky

 

Para algunos escritores, la pandemia ha significado un enorme desgaste, no sólo a nivel personal, sino también a nivel profesional. Tatiana Goransky, quien escribe desde las afueras de la ciudad de Buenos Aires, me dijo que no le teme a no ser “productiva”, y sobre su trabajo creativo dice: "Donde vivo llevamos 164 días de encierro. La cuarentena se decretó en el verano y ya estamos casi en primavera. En 164 días no escribí una sola palabra ni leí un libro. Bueno, en realidad escribí miles de palabras y leí decenas de libros, pero nada de eso fue por placer. Y si leer no es un placer y escribir no es un lugar a donde puedo ejercer todo el control y perderlo al mismo tiempo, entonces para mí no sirve de nada. No le temo a la falta de ‘productividad’, escribir siempre fue un acto lúdico y no hay lugar para jugar cuando se está tratando de sobrevivir. No siento ansias, no siento pena, no siento que se me va el tiempo. Me dedico a las ceremonias de interior y a convivir con mi familia en dulce montón. La escritura, por suerte, me sabe esperar".

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Margo Glantz

 

Desde Ciudad de México, Margo Glantz, como tantos otros, trata de darle sentido a todo y se pregunta: "¿Qué se puede decir o hacer en el encierro que no se repita todos los días en las redes sociales y en las conversaciones diarias? ¿Decir que me asomé a la ventana y vi dos pajaritos y un coche? ¿Que me lavé los dientes tres veces en la mañana y una en la noche; que subo y bajo de manera incesante las escaleras o camino por lo menos media hora diariamente, alrededor de mi mesa para mantenerme en forma y regular mis movimientos intestinales; que me visto como si fuera a salir a una fiesta y me pongo aretes y me reconstruyo la cara, sobre todo mis canosas cejas; que estoy leyendo mucha literatura de contagio o de confinamiento o destrucción (Casanova, Defoe, Bellatin, Sebald, Poe, Perec, Camus, Justo Sierra, Gamboa, Calderón, Henry Dana, Melville, sor Juana y la monja de Ágreda, Emily Dickinson…)? O ¿decir que el encierro te permite reencontrarte contigo mismo; que no releo El amor en los tiempos del cólera, pero recuerdo que mi padre, cuando quería decir algo fuerte, como una maldición, gritaba jolera, que en ruso significa cólera [...]".

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Luis Humberto Crosthwaite

 

Para Luis Humberto Crosthwaite, quien vive en Tijuana, el acto de escribir en confinamiento es un acto familiar, pero uno doloroso: "Siempre escribo desde mi propio encierro, el de mis fantasías y los personajes que las habitan. Ahora escribo desde un encierro que se extiende fuera de mí, mucho más doloroso y oscuro."

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Enzia Verduchi

 

Mientras repaso algunas de las fotografías, me doy cuenta de que muchas fueron tomadas cerca de una puerta o de una ventana, ambos símbolos representativos y sugerentes de nuestro deseo por volver a salir y nuestras ganas de volver a conectarnos con el mundo exterior. Las puertas y ventanas adquirieron un nuevo significado, como lugares que nos conducen hacia la luz y que nos ayudan a salir de la oscuridad. Como en el caso de Enzia Verduchi que, mientras mira por la ventana de su departamento en la Ciudad de México, dice: "Veo pasar los días por la ventana: algún transeúnte que saca el perro a pasear, las ramas de los árboles que crecen robustas, sus hojas verdes; los repartidores de víveres que cruzan el barrio pedaleando sus bicicletas en las tardes de lluvia, el desplazamiento de las nubes, la lenta danza de la luz y la sombra que se entreteje en la duela del estudio. Casi se puede asir el silencio, por momentos solo escucho mi respiración. En el encierro la vida cabe en el marco de la ventana: estoy viva".

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Esther Andradi

 

Esta sensación o sentimiento de que estamos viviendo algún tipo de experimento fue expresado por varios escritores que fotografié. Desde Berlín, Esther Andradi observa: "Si todo el mundo está encerrado, no puedo mirar hacia afuera, a quién buscar, ni cómo salir, adónde, todo se aplana. No hay un exterior adónde ir. Y aunque no todos estemos encerrados de la misma forma ni en las mismas condiciones, el confinamiento global nos confronta con las diferentes posibilidades de lo interior, pero la experiencia e interrelación con lo exterior se reduce al mínimo. Y allí se produce un vacío, donde el tiempo no circula, es uno, y puede ser el mismo ayer, mañana, la noche, el día. Se sufre un extrañamiento de lo colectivo, un exilio del cuerpo social".

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Andrea Jeftanovic

 

Otros escritores han encontrado una relación fortuita entre la fotografía y la escritura en tiempos de cuarentena. Andrea Jeftanovic, desde su aislamiento en Chile, escribe que se siente como si estuviese en un cuarto oscuro: "El cuarto oscuro fotográfico es una caja de pandora, hay una sorpresa, algo de otros y de uno está por revelarse. Me siento aislada, mirando el mundo desde la ventana, esperando que las pequeñas cajas de la tira de contacto me revelen algo de mí misma. Como ocurre en la fotografía durante la pandemia los relieves de las personas fueron empujadas hacia adentro. Todos quedaron fijos en dos dimensiones como hologramas en voces rezagadas, sin tacto ni olfato."

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Myriam Moscona

 

Para Myriam Moscona, el aislamiento la lleva a la repetición de sus propios ritmos: "Encierro solitario y largo como un transiberiano. (También gozoso). Lavar, trapear, clorear. Trastes, más trastes. Leer, escribir. Mirar mucho cielo raso. Suspirar por la intemperie y querer el mar y hacerse el tonto, pero los muertos. La atmósfera, sí, sin duda. Se debe cerrar el obturador. Y vuélvela a tomar que esto va pa´largo. Y aunque bailes, acuérdate que eres población de riesgo."

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Laura Escudero

 

Por último, fue a través de una conversación que tuve con Laura Escudero Tobler, una escritora de Córdoba, Argentina, que logré confirmar que todos compartíamos los mismos miedos y dudas, no sólo sobre el presente, sino también sobre el futuro. Como las fotos que vengo haciendo, todos nos sentimos un poco fuera de foco, fragmentados o incompletos. Escudero Tobler explica: "Este proyecto tiene la lucidez de documentar un tiempo de extrañamiento sin explicación. La imagen desnuda, pixelada como el registro de la atmósfera sin forzar sentidos para los que no hay distancia todavía. Las interpretaciones aparecen fragmentadas, incompletas, veladas también. Hay una ética de la memoria que se ejerce con confianza en los que vendrán, en nosotros mismos después, porque ahora no tenemos suficientes recursos subjetivos para entender lo que pasa. Ni en los cuerpos individuales, ni en los sociales. Si algo sabemos es que hemos perdido nitidez. Y no estaría mal perder algo de la prepotencia de siempre saber qué va a pasar, adónde vamos. No sabemos nada, estamos fuera de foco, totalmente enfocadxs en lo que se desdibuja."

En el lapso de estas últimas semanas, las “Postales del confinamiento” fueron surgiendo en Buenos Aires, Santiago, CDMX, Paris, Berlín, Habana, New York, Guadalajara, Tijuana, Caracas, Madrid y Miami. Además de las fotos que aparecen en este artículo, el proyecto también incluye retratos de Elena Poniatowska, Guillermo Saccomano, Juan Sasturain, Fernanda García Lao, Giovanna Rivero, Daniela Tarazona, por mencionar tan sólo algunos. Recientemente, luego de la insistencia de algunos amigos, decidí ir más allá de la experiencia con escritores Latinoamericanos y comencé a retratar a otros autores en Estados Unidos, Asia, Medio Oriente, Europa y África, pensando en la posible publicación de un libro.

 

Alejandro Meter es profesor de literatura latinoamericana en la University of San Diego, donde enseña cursos de literatura y de historia cultural latinoamericana y también da cursos sobre la experiencia judía en las Américas. Como fotógrafo, Meter se especializa en retratos de escritores mediante diversos proyectos a largo plazo. Sus fotos han sido publicadas en diversos medios en América Latina, Europa y los Estados Unidos y su obra ha sido expuesta en Argentina, México, y EEUU.

Traducción por Mora Juárez Allen