Recorriendo Yvyvrupa

 

Por Maria Inês Ladeira

Mis hermanas, parientes, es cierto que todas las cosas que se encuentran en este mundo son difíciles para nosotros. Nuestra palabra, cuando emerge de nuestra boca, surge como Nhanderu eté (nuestro verdadero padre). Permitan que él vea que conversamos, que estamos felices. (...) Desde lugares distantes, a través de la caminata verdadera, fue como llegasteis a nuestra aldea. Nosotros, en nuestra condición humana, enfrentamos en esta tierra muchos obstáculos para mantener el contacto entre nuestras aldeas. Sin embargo, con esta caminata, llevada a cabo mediante la orientación de Nhanderu, porque solo él puede abrir nuestros caminos, fue posible encontrarnos aquí en la tierra!

(Chamán de Fortin Mborore, 1997).

Empecé a convivir con los Guaraní en setiembre de 1978 cuando los habitantes de una pequeña aldea, situada en la periferia de São Paulo, construyeron un cuarto de madera para hacer su propia escuela y solicitaron al gobierno una profesora para alfabetizarles en portugués.

Yo me hospedaba en la familia del dirigente político. Muchas veces, al caer la tarde, me sentaba delante de su casa y recibía visitantes recién llegados que hacia allí se dirigían. Una breve conversación y, dependiendo del asunto, un cimarrón o unos cachimbos. En los dos años que me dediqué a enseñar en esta comunidad, a pesar de no dominar la lengua guaraní, aprendí a distinguir a las personas que venían de aldeas lejanas, trayendo, además de noticias, semillas, plantas medicinales y otros bienes para regalar a sus parientes. A veces, se quedaban largas temporadas para vender artesanía en la ciudad y participar de rituales. Poco a poco, conseguí imaginar como eran las aldeas situadas en el litoral sudeste de Brasil y en el interior del Paraná con las cuales esta comunidad mantenía relaciones más próximas, y quién eran sus chamanes y líderes.

Durante los años siguientes me dediqué a trabajar por el reconocimiento de los derechos territoriales indígenas junto al Centro de Trabajo Indigenista – CTI, y tuve la oportunidad de conocer aldeas guaraní en otras regiones de América del sur. Comprendí entonces que la disposición espacial de sus aldeas está asociada a un entretejido social en continua composición; relaciones antiguas y nuevas interactúan, integrando el pasado y proyectando el futuro de sus bases territoriales. Los movimientos y las articulaciones impulsadas por sus generaciones se encuentran en comunicación constante, renovación de experiencias, actualización de recuerdos, y en un continuo intercambio de saberes, de prácticas rituales, de cultivos y de especies naturales.

El territorio Guaraní está formado por una intensa y extensa red de relaciones, a la cual se superpusieron, secularmente, fronteras nacionales y centenas de divisiones político-administrativas. Durante la expansión de la colonización la población guaraní fue drásticamente reducida: estimada en aproximadamente 2 millones de individuos cuando llegaron los europeos, hoy son contabilizados cerca de 180 mil.
           
En los siglos XVI y XVII, los cronistas identificaban como pertenecientes a la “nación guaraní” a los grupos de mismo lenguaje que se encontraban desde la costa atlántica hasta las laderas andinas, en el interior del continente: comunidades designadas por el nombre de ríos, cursos de agua, características fisiográficas y/o respectivos liderazgos políticos. Variaciones lingüísticas, sociales y culturales de esta población han sido puestas de manifiesto en algunas ocasiones en el tiempo y espacio, con el uso de diversos etnónimos.

Pese a las clasificaciones vigentes - Mbya, Nhandéva y Kaiowa en Brasil y a los correlatos en los países vecinos -, tanto la colonización, como las misiones jesuíticas, las políticas indigenistas y, sobretodo, las propias dinámicas guaraní promovieron nuevos organizaciones entre subgrupos.

Las tierras ocupadas por los Guaraní son actualmente diminutas, discontinuas, entrecortadas por haciendas, carreteras, ciudades, disponiendo de poca o ninguna área de floresta. Por eso mismo, en conjunto, son fundamentales en su interacción para mantener en equilibrio el modo Guaraní de vivir. Debido a la escasez de tierras fértiles en las áreas de pendientes para poder practicar sus técnicas milenarias de agricultura, las familias que viven en aldeas en el litoral atlántico necesitan semillas y otros cultivos tradicionales de tenencia que se encuentran en las aldeas en las llanuras del interior. De la misma forma, las que viven en regiones deforestadas por el agro-negocio, se benefician de la existencia de especies nativas encontradas en las aldeas forestales.

Los Guaraní conciben su territorio nacional como la base que sustenta a sus aldeas, que a su vez, dan soporte al mundo. Por tanto, sería poco decir que las secuelas de la expropiación colonial pudiesen recubrir la multiplicidad de implicaciones que representan incontables fronteras, concebidas en sus más diversos sentidos y vividas por las familias Guaraní dispersas en la amplitud de su territorio.

Las familias Guaraní que viven en Guaíra, en la frontera de Brasil con Paraguay, son un ejemplo candente: Después de haber sido expoliadas de sus tierras ancestrales debido a la exploración agropecuaria y a la inundación de gran parte de ellas tras la construcción de la hidroeléctrica Itaipú viven hoy en condiciones críticas, sin tener siquiera la ciudadanía reconocida. A orillas del Océano Atlántico, distante de las áreas fronterizas, también proliferan los conflictos que resultan de la expropiación territorial y de los enfrentamientos por el reconocimiento de los derechos históricos Guaraní. La estrategia utilizada con mayor frecuencia para destituir a los Guaraní de sus tierras es tacharlos de extranjeros, en cualquier parte de las fronteras nacionales.

A pesar de vivir constantemente situaciones límite, los Guaraní toman creen como precepto colectivo no poseer fronteras. El dominio de un amplio territorio se afirma en el hecho que sus relaciones sociales y de reciprocidad no se limitan exclusivamente en aldeas situadas en una misma región. Estas ocurren en el ámbito del “mundo”,  donde las articulaciones entre aldeas próximas y distantes definen la espacialidad de este pueblo.

Los Guaraní conservan la amplitud de su territorio a pesar de no poseer exclusividad sobre este. A ese espacio territorial, donde consolidaron su historia y experiencia, le llaman Yvyrupa (yvy-tierra; tupa-soporte) que traducido de forma simplificada significa plataforma terrestre, donde el mundo sucede. Para los Guaraní, la ocupación de yvyvai (tierra imperfecta) sigue el reglamento mítico relacionado al origen de su humanidad, cuando los antepasados de un tiempo lejano se distribuyeron en familias sobre la superficie terrestre (yvyrupa), para poblar y reproducir las creaciones de Nhanderu tenonde (nuestro primer padre). 

Debido a mi trabajo, pude reparar en las características de movilidad espacial guaraní. Sabía que los contactos entre personas, aunque estuviesen separadas por fronteras nacionales, se producen por vías propias, incluyendo travesías de ríos, medios de transporte y caminatas. Varios intercambios de semillas y especies vegetales fueron estimulados por el CTI, aunque  guardo un buen recuerdo del primer viaje del que participé. Quería observar cómo los Guaraní que viven en el litoral de Brasil, en la punta del mundo (yvyapy) y sus iguales en Argentina y Paraguay, conversarían sobre el mundo actual. Presuponía que oiría pronunciamientos teóricos sobre las condiciones actualidades de su territorio multifacético que extrapolasen el discurso político, producido por los jóvenes líderes.

De ese modo, una mañana de enero de 1997 un grupo formado por dirigentes espirituales y ancianos provenientes de siete aldeas, con su equipaje repleto de recuerdos de lugares y tiempos, se dirigió hacia el oeste. El viaje se inició en la aldea de Barragem, en São Paulo, casualmente la primera aldea que conocí.

Fueron visitadas cinco aldeas en Argentina y cinco en Paraguay. La primera, a la que llegamos a altas horas de la noche después de inevitables dificultades en la frontera, fue Fortin Mborore. La partida, 18 días después, fue desde las ruinas de Trinidad.

En cada aldea, los visitantes, en fila, siguiendo el protocolo, se saludaban: porã eté aguyjevete! Al sonido de flautas, maracas y rabecas, o en celebraciones en las Opy (casa de rituales), dieron abrigo a los visitantes. Después de aquellos momentos, las palabras de los anfitriones y visitantes se alternaban. Destacaban discursos sobre el significado del viaje y críticas relacionadas a la gravedad de la situación agraria.

En su totalidad, esos discursos merecerían un análisis más cuidadoso, lo que ultrapasa los límites de este artículo. Transcribo únicamente algunos fragmentos que expresan principios comunes reconocidos en la retórica, en el origen de las palabras ceremoniales reelaboradas conforme las circunstancias locales y en la percepción de una tierra sin fronteras estatales.

En las salutaciones, se destacaron menciones a la relevancia del caminar (-guata porã) orientado por las divinidades, siguiendo órdenes míticos. En momentos de mucha emoción, los dirigentes se refirieron a la intención de alcanzar yvymarãey (la tierra de la eternidad, donde viven las divinidades).

  • No sé llegar a palabras de los antiguos para recibiros. Yo que soy humano no consigo alcanzar una palabra que venga de Nhanderu. Ya somos adultos y por eso sabemos lo que es bueno y lo que es malo. Ya somo viejos, por eso sabemos agradecerle a él que generó la humanidad, a nosotros los Nhandéva, a hombres y mujeres (...). Por eso vosotros también vinisteis a esta tierra y veréis las cosas preciosas que nuestros abuelos antiguos dejaron. (...) fue él que os dio el coraje para que nos comuniquemos, juguemos y hablemos. Y que esa fuerza pase a nuestros hijos, nietas y nietos. Yo no tengo muchas palabras que decir, pero vuestra presencia me hace muy feliz.
     
  • Estoy hablando, yo, que soy humano, también tengo dificultad en alcanzar la sabiduría. Aún así, allí donde estuviésemos, somos todos iguales, hablamos la misma lengua y sabemos ver. (...)
     
  • Es por eso que estamos haciendo un esfuerzo para tener un solo pensamiento, en todo el mundo, siempre con la misma fuerza. Todos nosotros queremos tener salud, la misma alegría, la fuerza que vosotros tenéis nosotros queremos tenerla. Porque nosotros somos familia, hermanos, la sangre que corre en nosotros es la misma.
     
  • Yo vine para ver a mis familiares. Estaba en la aldea de Iguazú cuando llegaron y vine para acompañarles. Y vi muchas cosas bonitas (...) nos acordamos de nuestros parientes y juntos trabajamos para seguir las mismas palabras en Paraguay, Argentina y Brasil. (...) Porque nosotros, los líderes, vamos a reunirnos y, a partir de hoy, no tendremos más fronteras. Nosotros, los Guaraní, iremos a cualquier aldea.
     
  • Por donde nosotros andamos, por donde nosotros pasamos, pasaron Nhanderu Kuéry (nuestros padres divinos) que pusieron esa tierra, donde nosotros pisamos. (...) y eso ocurrió por Nhanderu, sólo él puede abrir el camino.
     
  • Yo también quiero decir algunas palabras. Es cierto, muchas cosas están difíciles. No es cualquier camino que se encuentra libre para nosotros. Hay muchos males que pueden alcanzarnos (...). Pero con la ayuda de Nhanderu, vosotros hicisteis este viaje y eso es bueno para nosotros y para vosotros también. Por eso, es el hijo de Tupã que nos protege. (...) es por la voluntad de Nhanderu que este acontecimiento sigue adelante, y que ocurra de nuevo.
     
  • Todos los que han venido no van a olvidarlo tan fácilmente. Voy a guardarlo en mi memoria para el resto de mi vida, donde nuestros abuelos pisaron, plantaron y buscaron pasar hacia Nhanderu retã (el lugar de Nhanderu, yvymarãey, la tierra de la eternidad). Nosotros creemos en Nhanderu para que ilumine más nuestros pensamientos, para que sigamos el mismo camino de nuestros abuelos antiguos.
     
  • Vimos el lugar donde los antiguos consiguieron atravesar hacia Yvymarãey. Ellos son los que quedaron y vi el trabajo de los antiguos para atravesar el mundo. (...) los abuelos que no lo consiguieron, anduvieron hasta la orilla del mar para desde ahí cruzar. (...) por eso, nosotros tenemos que mirar al océano. (...) todos los que viven hoy tienen el mismo destino y aquellos que se esfuercen lo van a conseguir.
     
  • Estoy muy contento que mis parientes hayan venido hasta aquí a nuestra aldea. Y en el día de hoy vosotros ya vais a volver a vuestras aldeas. Vosotros que sois mis abuelos y abuelas ya habéis crecido. (...) Cuando llegues a tu aldea nosotros queremos que te acuerdes de nosotros y le cuentes a tus nietos.
     
  • Yo no creí que llegases. Pero lo importante es que vi a mi abuela y, de esa forma, tú ya tienes los cabellos blancos porque tu madre y padre te dieron muchos consejos y tú los seguiste. (...) y que su fe continúe bien fuerte para todos, para tus familiares, tus nietos y nietas. (...) Y tú ya me has visto como soy. Así que en el día que os marcháis, se queda en mí esa tristeza dentro de mi corazón. Pero que le puedo hacer? (...) Yo dije para mi mismo: ya no tengo más a mi abuela, la abuela que tenía ya falleció, pero vi que tenía otra que eres tú que ya está crecida. Entonces usted ya sabe, mi abuela, que soy de una aldea llamada Pastoreo. (...) soy un líder y estoy muy feliz. Tú vas a volver a tu aldea y estás llevando ese pedazo de mí. 

 

Al recorrer los caminos guaraní se puede constatar que el Mercosul, disponiendo de normas estrictamente comerciales, desconsidera el intenso y amplio flujo de intercambios que ocurren desde tiempos inmemoriales entre centenas de aldeas que comprenden un mismo territorio. Aún así, a pesar de las discrepancias relativas a los derechos territoriales, a la ciudadanía y a las formalidades burocráticas, los vínculos y flujos entre este pueblo, no han sido interrumpidos.

 

Maria Inês Ladeira es Doctora en Geografía Humana por la Universidad de São Paulo, máster en Antropología por la Pontífice Universidad Católica de São Paulo. Miembro de la Coordinación General del Centro de Trabajo Indigenista.