Scars (Spanish version)

Por Sergio Silva-Castañeda

Sobre mi ceja derecha tengo una cicatriz. Es producto de un accidente doméstico infantil que realmente no tuvo ninguna consecuencia grave más allá de cambiar mi rutina futbolera de domingo por la mañana. De hecho, podría haber olvidado el asunto si no fuera porque de vez en cuando el espejo me recuerda la cicatriz y algunas veces me han preguntado que fue lo que me pasó encima de la ceja derecha. Con el temblor de 1985 pasa algo parecido: no tuve ninguna pérdida directa más allá de la rutina alterada, sin embargo, es otra cicatriz que aparece cuando me enfrentó a los espejos adecuados o cuando alguien me pregunta si estuve en el temblor (así a secas, pues aunque en la Ciudad de México se registran cientos de movimientos sísmicos al año, el terremoto de 1985 sigue siendo “el temblor”).

Era jueves y como siempre había que prepararse para salir rumbo a la escuela. Tenía 9 años. Sólo recuerdo que estaba buscando algo en la alacena cuando las cosas se empezaron a mover solas, voltee hacia la parte superior de la alacena para descubrir que la alacena completa se movía. Eran las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, la primera vez que sentía un temblor, esas cosas que me habían contado que existían, que pasaban muy seguido en México, la Ciudad donde estaba creciendo, pero que en ese entonces me parecían más cuentos de adultos. Esperamos a que pasara. Cuando finalmente la tierra dejó de moverse mi madre dijo algo terriblemente profético: “Estuvo muy duro y muy largo, esto va a provocar derrumbes e incendios”.

Lo que siguió fue una avalancha. A pesar de su profecía, mi madre decidió que había que ir a la escuela. Al llegar ahí la imagen era de caos: padres preocupados, compañeros llorando y mil rumores corriendo. Mi madre, mi hermana y yo regresamos a casa mucho antes de lo previsto en una ciudad sin semáforos, y con los teléfonos funcionando muy caprichosamente. Dedicamos horas a ver en el canal 13 lo que había pasado en el resto de la ciudad. Más impresionante que las imágenes en la televisión eran las interminables listas de personas que querían avisar a sus familiares fuera de la ciudad que estaban bien. Comimos algo frío pues era peligroso utilizar la estufa. Toda la familia en la ciudad, y cuando digo toda lo digo en un sentido muy mexicano, se reportó: todos bien.

Durante esas horas frente a la televisión varios nombres se quedarían grabados en mi mente, parte de la cicatriz: Hotel Regis, la Súper Leche, Edificio Nuevo León, Multifamiliar Juárez. Algunos otros nombres se inscribían en mi cabeza justo a un costado de los héroes infantiles: La Pulga (rescatista improvisado al que se le atribuye el rescate de más de 10 personas vivas durante los días siguientes al temblor), el tenor Placido Domingo (cuyos familiares habitaban en el derrumbado Edificio Nuevo León en Tlatelolco), Sociedad Civil (nunca supe quien era esa señora, pero se que en esos días escuche su nombre). Las imágenes, los relatos y los adultos a mi alrededor preparándose para ayudar de una u otra forma a las labores de rescate fueron uno de los más importantes ejercicios de aprendizaje. Junto a eso palabras nuevas que enriquecerían el vocabulario de todos los niños de mi generación, escala de richter, escala de mercaly, epicentro, trepidatorio, oscilatorio, desgracia, fragilidad, solidaridad.

Unos meses, varias demoliciones y miles de velorios después, la ciudad, y con ella mi vida, irían regresando paulatinamente a la rutina. Los campamentos de damnificados serían el último recordatorio de lo que había sucedido pero también se fueron mezclando con el paisaje y sus reclamos se fueron fusionando con otros problemas sociales en la ciudad. Como leitmotiv de las posteriores luchas democráticas, la Sociedad Civil se convertiría en la antagonista de las viejas estructuras de poder en la ciudad. Estructuras que mostraron sus primeras fisuras en 1968 pero que habrían de empezar a derrumbarse el 19 de septiembre de 1985.

En los siguientes años, cada que un temblor me sorprendió en algún lugar público, recordaba las tres consignas que nos repitieron en la primaria (por supuesto, después de “el temblor”): No corro, No grito, No empujo. Cada que entró a una habitación desconocida mi primer reacción es voltear a ver las lámparas para tratar de adivinar si serían un buen indicador telúrico. Desde entonces, los marcos de las puertas no son sólo esos trozo de madera que rodean la entrada a cualquier lugar, sino también refugios potenciales. Y nada de esto hace mi vida especialmente diferente a la de gente que no ha vivido desastres comparables, simplemente son signos de una cicatriz que llevo conmigo, justamente como la que esta encima de mi ceja.

 

Sergio Silva-Castañeda is a doctoral student in Harvard’s History Department and a David Rockefeller Center for Latin American Studies Graduate Student Associate.