Sinfonía agridulce

Por Santiago Montoya

Click here to read in English.

sdf
Hipopotamo de chocolate, 2017, chocolate y pan de oro de 24 quilates. Foto por Juan Manuel Garcia

A pesar de estar trabajando con chocolate durante los últimos cuatro años, irónicamente solo hasta hace unas pocas semanas comencé a tomar chocolate caliente al desayuno. El chocolate viene de nuestra plantación familiar en la región del Quindío en Colombia, mi país de origen. Mi padre sembró los árboles de cacao; mi madre tostó y molió los granos. Mientras sorbo este oscuro y delicioso milagro redescubierto, empiezo a recordar como comenzó mi historia personal con el chocolate.

Cuando tenía diez años de edad, mi familia se mudó a la Isla de Providencia, una roca volcánica cubierta de verdes montañas y mares azul turquesa perdida en algún lugar del Caribe. Alguna vez fortín de piratas, incluido el mismísimo Sir Francis Drake, fue donde viví una romantica niñez sin electricidad pero suficientes novelas de Julio Verne y Emilio Salgari para iluminar la imaginación de un espíritu aventurero. Fue allí donde el cucarrón dorado del espejismo de tesoros me picó por vez primera. Yo me aventuraba en cada rincón de las peñascosas montañas para explorar acantilados, quebradas y cuevas, en búsqueda de cualquier posible clave para encontrar el tesoro escondido. Indagaba con los viejos que más sabían sobre piratería, barcos hundidos y probables escondites. Caretié en cada orilla, créanme, intenté cada camino posible. Nunca se me cruzó por la mente qué pasaría con el tesoro una vez lo encontrara. Lo que importaba era encontrar la maldita cosa en antes que nada. 

Durante los siguientes años, me conformé con metas menos ambiciosas: bastarían monedas ordinarias. Al regreso de una larga mañana careteando, se presentó una oportunidad en la orilla de nuestra playa. Un tesoro en la arena me puso a hilar collares de caracoles, los cuales empecé a vender en el aeropuerto local. Recuerdo la mágica experiencia de recibir esas monedas en mis manos. Lo que hoy no sería más que cambio menudo, se sintió como alquímia en aquel entonces. Pero los retos no demoraron en presentarse: los caracoles escasearon. La variedad de diminutas conchas que requería estaban en retirada durante la calma chicha de mayo. 

Mientras esperaba que las olas trajeran consigo nuevas gemas, llegó el verano y mis primos del interior volaron a la isla para pasar unos meses con nosotros. Me impresionó ver cuánto les gustaban los dulces. Más precisamente, los chocolates. Lo cual se convirtió en una oportunidad: tomé mis ahorros, fuí al Pueblo (el lugar donde uno iba a hacer el mercado), y compré tesoros prohibidos para revender a mis parientes: barras de chocolate marca Milky Way, Snickers, y Zero. En aquel entonces la economía del interior de Colombia tenía una economía cerrada, pero la “piratería” sin obstáculos de la isla permitía el comercio de estas preciosas delicias. 

dsf
Detalle de pelota de fútbol de chocolate y mariposa. Foto por Jessica Regler

El negocio despegó rápidamente y las ventas se dispararon. Supongo que se podría decir que el chocolate me dio mi primera experiencia como emprendedor con una pequeña empresa. Yo manejaba la totalidad de la operación: comprar, vender, mercadear, manejar inventarios, lidiar con los ocasionales robos, y por último, resistir la tentación de comer mi propia mercancía. A pesar de que el negocio funcionó bien, no duró mucho. Cuando llegó el fin del verano, sin primos ni conchas por ninguna parte regresé a mis ensueños de tesoros y piratas. 

Unos quince años después, al principio de mi carrera artística, me dejé llevar por otra búsqueda, no relacionada con encontrar y vender cosas de valor, sino precisamente con la noción de valor en sí misma. ¿Qué hacía a una obra de arte valiosa? ¿Qué hacía que su precio lograra los niveles pregonados durante las subastas? ¿Quiénes eran los fulanos a mando de este juego y con qué fin lo hacían? ¿Qué lugar ocupaba yo en este juego? Mientras estas preguntas me embriagaban, en paralelo a mis experimentos sobre técnicas de pintura, me ocupé de numerosos emprendimientos incluyendo ganadería, restaurantes y un hotel boutique. 

Como artista, estuve cerca de 10 años experimentando, centrado principalmente en la estética, composición y las estructuras de forma y color hasta que tuve una ruptura transcendental. Reemplacé los acrílicos y el lienzo por dinero y acero inoxidable como los elementos fundamentales de construcción. Supuse que podría utilizar billetes para componer en la retícula mientras aprovechaba el valor inherente que ya llevaba consigo el dinero. Este giro me liberó de la maraña de valores que me tenía atrapado en las estrechas reglas del mundo del arte y particularmente de su mercado. 

Una nueva exploración comenzó; primero me aventuré en el contenido de los billetes. La estética, narrativa, símbolos, héroes y las siempre presentes mercancías, particulares a cada nación, todas develaron la multiplicidad de tradiciones humanas y su comportamiento. Fue una ventana fascinante al interior de eventos históricos, así como un testimonio de la identidad cultural, sentido de orgullo, y promesas de un futuro mejor. En la progresión natural de esta interacción con el dinero, agoté las posibilidades hasta el punto de triturar el papel moneda para hacer un nuevo papel del mismo, intencionalmente borrando su valor de intercambio.

jlkdfj
Tally sticks harvest. Photo by Santiago Montoya
sfdsd
Tally sticks harvest. Photo by Santiago Montoya
jnk
Tally sticks harvest. Photo by Santiago Montoya
bhkn
Tally sticks knot. Photo by Santiago Montoya
ads
Tally sticks, 2017. Photo by Juan Manuel Garcia

Han pasado cerca de diez años desde que caí bajo el hechizo del dinero, y me encuentro actualmente lidiando con las cosas que representa: mercancías. En el proceso de descubrir los desbalances históricos de consumo entre centro y periferia, empecé a explorar el uso de varios materiales. Uno de mis primeros trabajos en esta línea fue un andamio de madera titulado The Tally Sticks (Los Palos Contables), el cual es una metáfora de la interconexión del sistema financiero, tan frágilmente atado por promesas que nigún ojo (o suma de algoritmos) puede comprenderlo en su totalidad. Para la preparación de esta pieza me aventuré en la reserva natural de El Cerro de Armas en Santander, Colombia, donde mi familia protege cerca de 12,000 acres de selva virgen. Con la ayuda de arrieros locales aprovechamos un árbol de balsamo que había muerto por causas naturales. Después de cortarlo en bloques y transportarlo montaña abajo, fue cortado en delgados y largos palitos, enguacalado y enviado a Londres donde fue presentado como parte de la exhibición titulada Paisajes Improbables. El proceso en sí se sintió como un boceto para un futuro billete. 

Después de esta maravillosa experiencia me picó otro bicho. Me convertí en una especie de mercader, interesado en los orígenes de los commodities, viajando en el tiempo hasta el “descubrimiento” de América. En un principio me cautivó la fascinante historia de la mina de Potosí, y cómo la misma se llegó a ser la fuente de las monedas de plata que se convertirían en la primera moneda de circulación global. La quina, y el consiguiente descubrimiento de la quinina en los días de la conquista le siguieron. Me gusta pensar en esta planta como el árbol de la fiebre, no porque fuese su cura, sino porque abrió los poros de América para que contrajiese otra fiebres como la del oro y muchos otros afanes extractivos por la riqueza. Las esmeraldas se convirtieron en otro tema obligatorio, así como el carbón, el azúcar y la coca. Y por último están las monedas del árbol del dinero: el cacao. Este contiene grandes cualidades: es comestible y huele delicioso; se puede recubrir en hojilla de oro o plata para embellecer su apariencia (y aun así comerlo). Eventualmente, se puede convertir en arte también, dándole una cuarta dimensión de valor que encierra un gran potencial y gran rareza: ganará un valor de cambio mientras conserva su valor de uso. Simplemente no lo dejen derretir! 

fsdf
Malpaso y otros senderos, 2017. Foto por Juan Manuel Garcia
dfs
Detalle de malpaso y otros senderos. Foto por Juan Manuel Garcia

Alrededor del año 2016, habiéndome contagiado de la fiebre del chocolate, empecé a trabajar con mi curador, José Falconi, en el proyecto Malpaso y otros senderos, el cual fue exhibido en el Espacio El Dorado en Bogotá un año después. Este show tuvo un tema unificador que fue la imposibilidad de Colombia de convertirse en una nación moderna, a pesar de sus aparentes riquezas. Entre estas riquezas, que posan como potenciales transformadoras, el cacao se ha convertido en la última tendencia de fortuna y promesas que nos es familiar desde la búsqueda de El Dorado por los conquistadores. 

 Para esta exhibición hice más de 12 piezas diferentes en chocolate, desde balones de fútbol hasta hipopótamos (aludiendo al famoso zoológico de Escobar), todos jugando un rol en la realidad mágica que es la historia de Colombia. Las mismas fueron esculpidas con cacao cosechado en nuestra finca, el cual fue procesado para hacer chocolate amargo, y entonces se recubrieron en hojilla de oro. Durante la exhibición, en el edificio de tres pisos, la narrativa de esta experiencia inmersiva incluía semillas de cacao cubriendo toda la superficie del primer nivel, dentro del cual se erguía un laberinto de la obra Tally Sticks (Palos Contables). Acto seguido, en el segundo piso, se accedía a una instalación que semejaba una capilla. En ella, letras doradas impresas sobre pliegos de dólares reprocesados contabilizaban las promesas fallidas hechas desde el principio de la república. Al final del recorrido, la chocolatería “The Original´s Inn” (La posada de los originales) esperaba en el tercer piso. Los visitantes escribían promesas personales en piezas de papel del tamaño de billetes, los cuales eran intercambiados por la bebida divina: en una pequeña taza de chocolate caliente, una figura recubierta en oro representando el vuelo chamánico, se derretía para recrear el mito del cacique sumergiéndose en la laguna de Guatavita. La segunda edición de esta tienda de chocolate estaba programada para tener lugar en el Museo de Somerville, en la ciudad de Somerville, Massachusetts, cerca de Cambridge, durante el próximo invierno, pero el coronavirus retrazó su inauguración hasta fianles del 2021. La planeación de una muestra de esta naturaleza en el actual estado del mundo se ha convertido en un espejismo utópico. 

hbkj
The Original's Inn. Photo by Jessica Regler

sdsdfs
Preparación de chocolate caliente durante la exhibición en el Original's Inn. Foto por Juan Manuel Garcia

Así como lo hemos hecho con la exhibición del Museo de Somerville, estamos siguiendo los lineamientos día a día de la nueva normalidad para una exhibición ya planeada en el David Rockefeller Center for Latin American Studies (DRCLAS). Titulada La rueda de la fortuna, esta exhibición incluye grabados de chocolate, pero no se enfoca en este material. Aprovechando la invitación hecha por Arts@DRCLAS (ahora Arte, Cine y Cultura) para presentar en el segundo piso una exhibición en la primavera del 2021, he reunido una variedad de trabajos creados entre los años 2012-2020, variando desde un neon, tapices, videos y esculturas de madera, hasta grabados de chocolate. Un foro interdisciplinario, cuyo fundamento es el concepto de valor, convocará académicos con el fin de debatir y pensar acerca de este tema, en conjunto con la exhibición. 

Esta manera de entender el valor, yendo hasta los días en que buscaba caracoles, ha enriquecido mi trabajo, ya sea con chocolate o papel moneda. A través de estos años he presenciado, estudiado y experimentado muchas transformaciones. La locura que desató le búsqueda de El Dorado se ha convertido hasta el día de hoy en un recurrente vértigo entre historias de valentía y codicia humana. El cíclico afán de espejismos, impulsado por la ambición contínua, no retrocede. El cacao se transformó de lo que los Mayas consideraban era la bebida de los dioses para convertirse en una bebida demoníaca perseguida por la inquisición. He aprendido, como “chocolatero”, que en su estado sólido el chocolate es un material excelente y maleable; y cuando se cubre con hojilla de oro se convierte en un cuasi-tesoro. Esto debería ser un recordatorio de la trampa que infalíblemente suponen los tesoros: si te aferras a ellos por demasiado tiempo se derriten, pierden su valor, e inevitáblemente se escurren por entre tus dedos.  

Podremos encontrarnos muchas veces en la vidad dudando acerca de qué es qué; pero estoy seguro de algo que he aprendido a través de mi práctica artística persiguiendo tesoros. El valor es una ilusión como el chocolate amargo: agridulce. 

 

Santiago Montoya es artista colombiano residente en la ciudad de Miami desde el año 2012. Su trabajo se centra en la noción del valor, y como su significado a evolucionado a lo largo de la historia. Siguiendo una extensiva exploración utilizando papel moneda como su principal medio de expresión, se ha concentrado más recientemente en experimentar con materiales como oro, esmeraldas, chocolate, quina, caucho y carbón.