Somos la telenovela que queremos ser

Por Omar Rincón

La telenovela es un formato televisivo que se ha convertido en lugar de identidad y juego de representaciones en la vida de los latinoamericanos. Por sus historias, personajes y situaciones pasan las diversas y ambiguas formas del ser y pertenecer a las culturas populares del mundo. La telenovela es, a su vez,  la industria cultural latinoamericana más importante de América latina.

La telenovela es el formato,  el melodrama es su género. Y el melodrama llegó con la revolución francesa y significó la entrada del pueblo a la vida pública. La telenovela nació con “El derecho a nacer” (radionovela cubana en 1948, telenovela mexicana en 1981) que significó el derecho a existir de los sectores populares en los relatos públicos. “El derecho de nacer” es un título que vale porque tiene millones de verdad; el derecho de nacer significaba el derecho de existir en público de los pobres en esa Latinoamérica exclusoria, clasista y racista que era al comienzo del siglo XX.

La telenovela es un formato de televisión que recurre al melodrama para contar que el éxito en las comunidades populares y en los pobres consiste en “alcanzar el amor”, hacer “justicia” del ojo por ojo y diente por diente y ascender socialmente vía el destino o el matrimonio. Y esto es así porque ser exitoso en lo popular consiste en encontrar el amor, lograr justicia y ascender socialmente. 

Telenovela y melodrama se gozan desde abajo, por los sentimientos y con la inteligencia de lo popular; por eso, gustan tanto a la gente común. Su virtud como formato y género está en que no agrede ni trata de ignorante a quien la goza porque ante la telenovela el sujeto se siente inteligente en sus modos de comprender  y divertirse. Así mismo, el televidente no padece de sentimientos de culpa por clase o gusto ya que sus historias, como lo dijo Jesús Martín Barbero, el primer académico en tomarse en serio a este producto bastardo de la cultura, hablan de la socialidad primaria, esa del parentesco, de la solidaridades vecinales, territoriales y de amistad y narran en el tiempo familiar que media entre el tiempo de la historia y el tiempo de la vida. Por todo esto, la telenovela se convirtió en el boom cultural de América Latina en el mundo.

El melodrama significa la entrada del pueblo en escena. Y el pueblo entra con lo que tiene: espectáculo, cuerpo, oralidad, miedo, misterios y expresividad sentimental. Su lógica es moral de buenos y malos, venganzas y revanchas, amores y odios, envidias y complicidades. Más que razones pasiones, más que argumentos emociones. El melodrama nació en Francia con la revolución francesa, pasó de la calle al circo, de ahí a la literatura de folletín y migró a la radio, se tomó el cine, dominó la televisión y da sistema simbólico a la política. Por eso, la vida es un melodrama, una historia de amor y sentimiento.

La telenovela se hizo cargo de esas mayorías “ignorantes” e “incultas” que la Cultura de elites olvidó. Este producto cultural gana porque es fácil de ver, llega a casa y nos narra cuentos que nos gustan. La gente se hizo cargo de que este era su relato porque encontró que lo que hay en la telenovela es la vida de ellos, que esas historias se parecen a ellos. Por eso, en Latinoamérica somos telenovela. Y lo somos porque la telenovela ha sido la encargada de nuestra educación sentimental, eso de cómo se ama y cómo es que nos hacemos pasión, tragedia y comedia. Y lo somos porque la telenovela se ha hecho cargo de nuestras identidades y traumas, por eso para saber cómo somos debemos ir a sus historias. El resultado es un continente cuya memoria común es un melodrama, una lucha por el reconocimiento, una búsqueda por saber de dónde venimos y qué somos, un deseo por el ascenso social.  

El placer de la telenovela no está en los contenidos, ya que como todo relato popular su seducción está en el disfrute de una estética de la repetición; por eso, el televidente cuando ve telenovelas, se relaja, emociona y goza gracias a que reconoce ese placer conocido que es “mujer pura salva a hombre equivocado” y acepta que la sorpresa venga por el cómo cuenten esta historia, si más cerca del suspiro o la lágrima o la risa.    

La telenovela es cultura no por sus contenidos sino porque trabaja sobre la lógica del reconocimiento más que del conocimiento. A sus historias se va para saber quiénes somos, de dónde venimos, qué soñamos, cómo moralizamos, pero sobre todo qué deseamos las comunidades rotas que hemos quedado en el margen de la modernidad.  Por esa razón, las telenovelas actúan como lugar de propuesta estética de los comunes, centro de lucha entre las clases sociales y los sexos, marco teórico para la vida cotidiana, dispositivo del deseo colectivo y expresión de los grandes problemas populares: la paternidad irresponsable, el destino como futuro, el acoso sexual diario, la pasividad masculina, la fuerza femenina, los modos paralegales del éxito. En la telenovela, entonces,  se puede leer cómo hemos venido siendo, cómo nos vamos construyendo y para dónde vamos como colectivo y cultura.

La telenovela es, como explica Jesús Martín-Barbero, escenario cotidiano de las más secretas perversiones de lo social y, al mismo tiempo, de la constitución de imaginarios colectivos desde los cuales las gentes se reconocen y se representan lo que tienen derecho a esperar y a desear.  Y sus deseos y esperas son pocas: “quien no narra, está muerto” (tener historias que contar) y “pobre es quien no tiene amor” (un modelo sentimental de la vida). De ahí nace su vitalidad de interpelación y conexión cultural. Un modo bastardo de mezclar e hibridar, ya que en un mismo relato celebra los valores pre-modernos de Familia, Dios, Tradición, Orden y control moral de cuerpos y violencias… combinados con los asuntos modernos de democracia, derechos y  justicia social… y adobados con las claves tecno-perceptivas y contraculturales de lo urbano y el consumo. Todas las moralidades en un único producto cultural.

Las historias de telenovela son próximas a las necesidades y expectativas de los sujetos populares porque se producen en estéticas más reconocibles ya que los productores se toman en serio los gustos de la gente del común; cuentan desde y con la emoción que es el campo prioritario de expresión del ser humano; y presentan mundos donde es posible el amor, la justicia y el ascenso social que son las grandes banderas de la modernidad. Por lo tanto, más que el contenido es el modo del relato lo que importa ya que re-actualiza la oralidad como base de la comunicación cultural y hace sentido más que desde su texto desde sus subtextos y silencios. Por eso su modo de contar sigue la lógica del “y”, el “entonces” y el “por eso”.  Había una vez una mujer buena, bella pero equivocada… “y” un día conoció a un hombre… y “entonces” se enamoraron… y “por eso” decidió cambiar su vida… “y por lo tanto”.

La televisión es conservadora y de moral restaurativa. Y la telenovela aún más. Cuando una historia/contenido llega a convertirse en telenovela y tiene éxito es porque la sociedad ya está “dispuesta” a que ese relato se haga público. Por eso, los brasileños siguen explorando la telenovela como espacio reflexivo de los asuntos de la brasileñidad: su religiosidad, su modo africano, su juego de identidades, su sueño americano… y poco se meten con los problemas cotidianos y con los sufrimientos del presente. Por eso, los argentinos buscan preguntarse por su “enigma interior”, por su búsqueda psiquiátrica de colectivo, por su ser-en-sociedad y poco ceden al puro amor y al éxito. Por eso, Televisa sigue contando melodramas anclados en el mito de la mexicanidad: patria, familia y la virgen de Guadalupe. Por eso, los colombianos comenzamos reconociendo que éramos Caribe (Caballo Viejo, 1988 y Escalona, 1991), que éramos rurales (Café, 1994) para pasar a ser urbanos y apariencia de modernidad (Betty la fea,1999) y, ahora, a ser cultura narco (Escobar el patrón del mal, 2012).

La telenovela, entonces, sirve para disfrutar un placer conocido pero también para comprender que atormenta/divierte a cada sociedad, encontrar las morales colectivas y comprender la política de nuestro tiempo. Así la telenovela se ha convertido en un espacio de opinión pública popular en América Latina. “Simplemente María” (1969) liberó a la mujer y la convirtió en autónoma en lo económico; “La esclava Isaura” (1976) relató los modos coloniales y racistas como nos hicimos posibles; “Los ricos también lloran” (1979) mostró las miserias de las que están hechas las fortunas y poderes; “Por estas calles” (1992) fue el relato de la decadencia del establecimiento político en Venezuela y cómo se esperaba un mesías que llegara a salvar a ese pueblo abandonado; “Café con aroma de mujer” (1994) nos contó cómo Colombia dejaba de ser un país rural para convertirse en república de ciudades en las que predominaba la apariencia (Betty la fea, 1999) y el narco como moral de ascenso (El Cartel, 2008); “Montecristo” (2006) volvió a poner los derechos humanos y el fenómeno de los desaparecidos en primer plano de la política argentina; “Los archivos del Cardenal” (2011) es una serie chilena que contó la  defensa de los derechos humanos que realizó la Vicaría de la Solidaridad durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990); “Avenida Brasil” (2012) anunció la crisis de corrupción que se avecinaba… Así la telenovela se ha convertido en América latina en un escenario para pensarnos en público y en un dispositivo narrativo para saber quiénes somos y cómo venimos siendo.

Obviamente, al final el relato de las telenovelas es regresivo, conservador y premoderno porque el final feliz implica que la mujer pierda su autonomía al encontrar la felicidad en el amor del hombre; así mismo, solo se cuestionan comportamientos de individuos o clase pero no el sistema político o modelo de sociedad imperante; y se afirma que nada se puede hacer contra el patriotismo, la familia, dios y el control de los cuerpos desde el modelo heterosexual.

Pero también, la telenovela ha llegado a convertirse en el referente de sentido y relato de la política, ya que en el siglo XXI se gobierna en forma de telenovela como lo han demostrado Uribe en Colombia, Correa en Ecuador, Chávez en Venezuela, Evo en Bolivia, Cristina en Argentina, Peña Nieto en México, Dilma en Brasil. Por eso es la lógica de la telenovela la que nos permite comprender/explicar mejor la política en nuestro tiempo porque nuestros presidentes son galanes (Uribe, Chávez, Evo, Correa, Lula, Mujica, Macri…) que buscan desde lo emocional y moral salvar a sus amadas/equivocados pueblos. Su propuesta es amorosa y su actuación es de galanes/celebrities. !El asunto no es de políticas públicas sino de amor en América latina!

La telenovela en el siglo XXI está más productiva, industrial y atrevida que nunca. Su marca narrativa es la velocidad: emoción sin parar; su ética es la del mercado, el individuo y el consumo en la que todo vale para ascender; su pasión es celebrar odios y perversiones y modos mafiosos de venganza; su referente de realidad es el billete y que la felicidad se puede comprar. La telenovela seguirá aquí en la televisión de los populares porque su juego es emocional y desde el deseo,  porque nos hace sentir y soñar, y nos relaja en el ocio pasivo. La telenovela demuestra, una vez más, que para ser universal no hay que perder las marcas de la identidad local ni la lógicas de lo popular; la lucha de los pobres del mundo sigue siendo por el reconocimiento, por el quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos de los sectores populares. No se pierda el próximo capítulo que está buenísimo.

 

Textos de referencia:

CABRUJAS, José Ignacio (2002). Y Latinoamérica inventó la telenovela. Caracas: Alfadil Ediciones.

Revista Gaceta #47 (2000). Dossier Telenovela e identidad. Bogotá, Ministerio de Cultura.

MARTÍN-BARBERO, Jesús y MUÑOZ, Sonia (Coord.) (1992). Televisión y Melodrama. Bogotá: Tercer Mundo.

MARTÍN-BARBERO, Jesús: De los medios a las mediaciones. Bogotá: Secab, 1987/1998.

MARTÍN-BARBERO, Jesús y MUÑOZ, Sonia: Televisión y Melodrama. Bogotá, Tercer Mundo, 1992.

MAZZIOTTI, Nora: La industria de la telenovela. Buenos Aires, Paidós, 1996.

MAZZIOTTI, Nora: El espectáculo de la pasión. Las telenovelas latinoamericanas. Buenos Aires: Ediciones Colihue, 1993.

MONSIVAIS, Carlos: Aires de Familia. Barcelona: Anagrama, 2000.

Revista DIÁ-LOGOS # 44. Dossier Telenovela. Lima: Felafacs, 1996.

VASALLO DE LOPES, Immacolata y VILCHES, Lorenzo (2008), Mercados Globais, Histórias Nacionais (Anuário Obitel 2008), Río de Janeiro, Globo Universidade.

 

 

Omar Rincón es periodista, académico y ensayista colombiano en temas de periodismo, medios, cultura, entretenimiento y comunicación política. Profesor asociado y director de la maestría en periodismo de la Universidad de los Andes (Colombia). Analista de medios de El Tiempo. Consultor en comunicación para la Fundación Friedrich Ebert. orincon@uniandes.edu.co