Tres Épocas, Tres Ópticas, Tres Promesas...

Por Leonardo Vivas Peñalver

Como tantos otros de mi generación, me habría encantado que América Latina desarrollara un cine de gran pegada, que llegara cerca a los sueños de las multitudes. Lamentablemente no ha sido ése el medio cultural de masas más representativo de América Latina. Es otro género, la telenovela, el que se lleva los laureles, a pesar del escozor que eso produce entre las élites del continente. De muy joven, con las películas de vaqueros americanas sólo competían algunas películas mexicanas de estilo charro y, por supuesto, Cantinflas. Apenas nos llegaron los resplandores en extinción de la era argentina del tango. De allí en adelante el cine latinoamericano languideció. Ello fue así no por falta de imaginación, de esfuerzo o de talento cinematográfico. Vienen a mi memoria tres películas como testimonio de lo que digo: Dios y el diablo en la tierra del sol (Glauber Rocha, 1962) de Brasil, Fresa y Chocolate (Gutiérrez Alea, 1994) de Cuba y Amores perros (Alejandro González Iñarritu, 2000) de México. Cada uno de estos films encarna un momento particular, tanto en la manera como la sociedad latinoamericana (si se me permite el abuso) se ve a sí misma, como en la forma cinematográfica de encarar su temática y en la renovación de los votos por un nuevo cine que, esa vez sí, daría con la fórmula de una cinematografía de calidad para el amplio público. Para mí fueron también un espejo de mi propia evolución personal y política. En Dios y el diablo, rocha inaugura la era del Cinema Novo brasileño que hurga en la vida preterida del sertao, los conflictos por la tierra y el milenarismo religioso. A pesar de haber devuelto al cine la realidad social de su tiempo y traer a colación los grandes mitos de la redención social, el Cinema Novo terminó siendo un recuerdo precioso de cinemateca. Fresa y chocolate tiene un tono más intimista que recoge los nuevos conflictos de la sociedad machista cubana cuando se ve en el espejo de sus sueños rotos. Por inventar personajes creíbles y por haber puesto en evidencia uno que otro mito del mar de la felicidad, tuvo una mayor pegada. No obstante, su influencia en el resto del continente también tuvo patas cortas. Finalmente, Amores perros refleja el volcán de la violencia urbana de la gran urbe mexicana. En un guión digno de Vargas Llosa, las tres historias que mezcla representan el chisporroteo de la vida de seres que terminan viviendo para la muerte y desata un ritmo frenético pero lúcido, difícil de conseguir en otras películas latinoamericanas. A pesar de su impacto limitado, para mí las películas mencionadas son tres lupas gigantes que me han permitido saber del mundo en que vivo y de dónde vengo. 

Leonardo Vivas Peñalver es un Fellow en el Centro Carr para Políticas de Derechos Humanos, Escuela Kennedy, Universidad de Harvard.

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